Cartas a los DiocesanosNoticias

SOMOS PARA DIOS Y PARA LOS DEMÁS

La vocación hace la felicidad de quien la conoce y la siente

Queridos jóvenes y diocesanos todos

Este domingo la Iglesia celebra la «Jornada mundial de oración por las vocaciones» y también, acumulada por razón de tema, la «Jornada de vocaciones nativas». El lema de estas jornadas está marcado por la invitación del Papa Francisco a que todos, pero especialmente los jóvenes hemos de hacernos la pregunta: “¿Para quién soy yo?”[1].

Se trata de una variación de las preguntas fundamentales que san Ignacio plantea en los Ejercicios: ¿Quién soy? (o ¿cuál es mi identidad?), ¿de dónde vengo? (o, ¿cuál es mi origen?), ¿a dónde voy? (o ¿cuál es mi destino?). El sacerdote como buen pastor está puesto por Cristo para prolongar en la comunidad cristiana la orientación a Dios de la vida de todos y cada uno de los discípulos de Jesús, es decir, de los miembros de la Iglesia. Así, pues, el sacerdote ha de cumplir con la siempre difícil y, al mismo tiempo, sugestiva tarea del acompañamiento que corresponde al guía y pastor, para que cada cual responda a estas preguntas.

Se trata de responderlas sabiendo que en la medida en que la orientación a Dios incluye también la orientación a los hombres sus hermanos, en esa misma medida el que responde a la pregunta “¿para quién soy yo?”, en la que se recapitulan los tres mencionados interrogantes sobre uno mismo, podrá orientar su vida como entrega por los demás en cualquiera de las vocaciones humanas, sin dejar de ser uno mismo por ser para Dios. Esto es así, ciertamente. Ahora bien, si un joven quiere responder a esta pregunta de forma radical es porque se siente capaz, aunque le dé vértigo, de entregarse a las vocaciones de especial consagración. Un joven responde con radicalidad a la pregunta planteada cuando se orienta al ministerio pastoral, que Cristo ha colocado ante los varones, para que prolonguen en la Iglesia la presencia sacramental del Esposo de la Iglesia que es el mismo Cristo. Del mismo modo, un joven responde de forma radical a la pregunta planteada cuando opta por la vida en religión, consciente de que es Jesús quien ha colocado ante los jóvenes de ambos sexos la vida consagrada como forma de entrega a Dios y a los hombres, atrayéndolos a los distintos apostolados que viven los religiosos y religiosas, por medio de los cuales se entregan en favor de los hombres.  Las personas de vida consagrada, hombres y mujeres, hacen suya una vida de consagración, vivida en la contemplación o en la actividad apostólica.

Necesitamos estas vocaciones que hoy escasean, al menos de forma tangible y desconsoladora, como lo estamos viendo y sintiendo en los países de antigua tradición cristiana hoy fuertemente secularizados. Según las estadísticas estamos perdiendo 10.000 monjas al año en el mundo, si bien aumentan en África y Asia, aunque bajan en Europa América y Oceanía. Yo me resisto a pensar que esta pérdida responda fundamentalmente a que el camino de las religiosas esté siguiendo la evolución del papel de la mujer en la sociedad occidental. En esta crisis están en juego otros elementos, y no son menores el alejamiento de las familias de la Iglesia, porque los padres ya no pueden transmitir una fe de la que carecen o han puesto entre paréntesis. ¿Qué chica va a dejarse ganar por la vocación de especial consagración, si ya no se vive la condición cristiana de la vida familiar? ¿Cómo va a surgir y crecer en el seno de la familia la vivencia del valor moral de la donación como papel de la mujer promotora y cobijo de la vida, una vocación al servicio de los enfermos, los pobres y desheredados cuando, en realidad es el poder lo que se ambiciona?  Una sociedad enemiga de la natalidad amparada por una cultura de la muerte no da como resultado la promoción a cualquier precio de la vida, sin más garantías que el amor por la vida en sí misma como valor determinante de cualquier forma de vivirla.  Por eso, si se plantea la promoción social de la mujer y su «empoderamiento» como alternativa al don y carisma femenino de la donación, en realidad no sea ha superado una antropología unisex, que suprime de hecho la diferencia entre el varón y la mujer.

Hoy oramos por las vocaciones de especial consagración a Dios, que incluye el servicio a los hombres, y presentamos estas vocaciones a los jóvenes como formas ricas y variadas de entrega a Dios y los demás. Mediante las variadas formas de las vocaciones de especial consagración, el cristiano llega a encontrarse a sí mismo y halla la alegría de vivir por entero para los demás viviendo para Dios. Dirigiéndose a los jóvenes el Papa dice que las vocaciones son un regalo que, si Dios quiere dártelo, te lo dará transformándote en una persona útil para los demás, algo que te alegrará en lo más íntimo y te entusiasmará más que ninguna otra cosa en el mundo, porque te lo dará «justo a tu medida, a la medida de tu vida entera»[2]. Mirad cómo une el Papa la generosidad de dar la vida con la felicidad de vivirla en la alegría de la fe.

La mayoría de los jóvenes está llamada a vivir el regalo de la vocación universal a la santidad en el matrimonio cristiano, que les hará felices, pero Dios pide a todos los jóvenes disposición y generosa apertura de mente y corazón: para discernir si Dios llama a algunos jóvenes a una vida de radical consagración a Dios, siguiendo de cerca la vida apostólica de Jesús al servicio del reino de Dios y salvación de los hombres. La Iglesia de Jesús necesita pastores buenos que lleven a Dios a los hombres sus hermanos. La Iglesia necesita misioneros que lleven el anuncio del Evangelio y la caridad de Cristo a los que no lo conocen, y por eso necesita, de ellos para fortalecer las vocaciones nativas de las jóvenes Iglesias en desarrollo. Necesita, por esto mismo, junto con los pastores, también religiosos y religiosas, y personas de vida consagrada de diversos carismas y dones, para que el amor de Dios por nosotros atraiga a las gentes de pueblos y naciones a la comunión del aprisco del rebaño del Señor a los que están fuera de la Iglesia o se han alejado de ella. No esquivéis, queridos jóvenes, la pregunta “¿para quién soy yo?”, ni el proceso de discernimiento que requiere responderla acompañados por vuestros párrocos y formadores. Pensad, mis amigos jóvenes, en estas palabras del Papa: «El regalo de la vocación será sin duda un regalo exigente… algo que te estimulará y te hará crecer y optar para que ese regalo madure y se convierta en un don para los demás. Cuando el Señor suscita una vocación no sólo piensa en lo que eres, sino en todo lo que junto a Él y a los demás podrás llegar a ser»[3].

Almería, a 265 de abril de 2021

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

Ilustración; Grupo de jóvenes del Movimiento de adoración eucarística Hakuna.

Este Movimiento apostólico está acogido en la diócesis donde actúa con su propio apostolado eucarístico, particularmente entre jóvenes universitarios.

 

[1] Papa Francisco, Exhortación apostólica postsinodal a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios Christus vivit [ChV] (25 marzo 2019), n. 286.

[2] ChV, n. 288.

[3] ChV, n. 289.

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