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Carta a los Diocesanos: «SÓLO JESUCRISTO ES SEÑOR»

Queridos diocesanos:

Con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, culmina el año litúrgico 2019-2020, dando paso a un nuevo año de la Iglesia que comienza con el próximo domingo, el primero de los cuatro domingos del Adviento. La fiesta de Cristo Rey del Universo recapitula la confesión de fe en Cristo Resucitado, a quien Dios levantó de entre los muertos como el primogénito de los que mueren. El Verbo de Dios, que existía desde toda la eternidad en Dios, porque «la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios» (Jn 1,1), tomó nuestra carne en el seno de la Virgen María, y así «se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de Cruz» (Fpl 2,7-8).

Se hace hombre para morir por amor al hombre y, entregando su vida para que nosotros vivamos, alcanzó la gloria de la resurrección. Resucitado de entre los muertos, va delante de la humanidad acaudillando su marcha como cabeza suya. Un misterio que no todos los seres humanos pueden confesar, condicionados como estamos por nuestros orígenes históricos y culturales que nos ubican y delimitan nuestra existencia. Es así, ciertamente, pero cuando la proclamación de Jesucristo alcanza la mente y el corazón de un ser humano, sabe que no está tan sólo ante un programa de conducta que mejore la vida, ni ante una propuesta ética que mejore el alma y torne más morales los hechos humanos. El evangelio de Jesucristo es el anuncio y la proclamación de la Persona divina y al mismo tiempo humanada del Hijo de Dios, Jesucristo nuestro Señor.

Por eso, es obligado recordar, a este propósito, las palabras del papa Benedicto XVI: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[1]. El papa vuelve sobre esta idea exponiendo que uno no comienza a creer por razones teóricas capaces de convencer, sino por el encuentro con una persona que vive en la Iglesia, que en ella mora y la sostiene como comunidad de fe[2]. En verdad, la profesión de fe es un acto personal, pero no crea cada creyente la fe que profesa, muy al contrario, el que viene a fe se adhiere al acto de fe de quien es el sujeto primero y legítimo de la fe, que es la Iglesia[3]. Por eso, sin la Iglesia, el conocimiento de Jesucristo no resuelve nada, porque la razón por sí sola no puede alcanzar el misterio de su divina Persona. Para entrar en el misterio de Jesús el Padre da el Espíritu Santo, que abre el corazón del que viene a la fe. Del mismo modo que nadie va al Padre si no es por medio de Jesús, el Hijo de Dios, así nadie alcanza el conocimiento de quién es de verdad Jesús si no se lo concede el Padre (cf. Mt 11,27; Jn14,6).

Es preciso acordar que el asentimiento que se presta al anuncio de Jesucristo por la Iglesia, implica la aceptación libre y responsable del contenido total de su divino misterio: que es el Hijo de Dios vivo, como confesó Pedro su fe, movido de lo alto, al que no se puede abandonar porque es el Santo de Dios y sólo él tiene palabras de vida eterna (cf. Mt 16, 16; cf. Jn 6,68-69). Jesús es en Enviado por el Padre al mundo para que alcancemos a conocer el amor de Dios y, arrancados del pecado y de la muerte eterna, lleguemos a la eterna bienaventuranza.

Anunciar a Jesucristo es la razón de ser de la Iglesia, por eso silenciar que Jesucristo es el troquel y la horma en el que Dios nos ha creado; que, en Jesucristo muerto por nosotros en la cruz como un maldito entre los malditos, Dios ha redimido el mundo; y que, sepultado entre los muertos, ha sido resucitado y glorificado por Dios, que lo ha dado a la Iglesia como cabeza, para que todo tienda a él (cf. Ef 1,22-223; Col 1,18), aunque no lo notemos, ni seamos conscientes de que Cristo reina para siempre. El autor de la carta a los Hebreos nos ha dejado esta confesión de fe en el reinado sempiterno de Jesucristo: «Él, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre, esperando desde entonces hasta que sus enemigos sean puestos como escabel de sus pies» (Hb 10,12-13).

Sin esta fe en Jesucristo nunca hubieran muerto los mártires sacrificando su vida por un maestro de moral o un líder social tan mortal como ellos mismos, sin esperanza alguna de resucitar. Cuando morían gritando ¡Viva Cristo Rey!, los mártires de Cristo negaban con contundencia cualquiera otra realeza y señorío distinto del señorío de aquel que «reina Dios desde el madero » (Regnavit a ligno Deus)[4], de aquel que suspendido entre el cielo y la tierra es el puente de acceso a la salvación de todo el que confía en él y le suplica: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino» (Lc 23,42); porque escuchará esta respuesta del Crucificado: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43).

Los mártires morían sabedores de que el César imperial y sus agentes de autoridad no eran otra cosa que mortales, que muertos no podían levantarse y su sepulcro seguía conteniendo el cadáver putrefacto de un humano sin otro futuro; que los asesinos que, siglos después de las persecuciones romanas, los inmolaban en nombre del progreso de la modernidad, la revolución o el bienestar social prometido de una imaginada sociedad sin contradicciones lo hacían propugnando sistemas de gobierno y organización social que habían de fracasar después de generar inmensos sufrimientos. Hoy Europa busca la superación de los sufrimientos padecidos y las oposiciones bélicas y, equivocadamente, cree que podrá conjurar los desacuerdos de otros tiempos ignorando las libertades que debe a sus propias raíces cristianas.

Cuando Pio XI dio cauce litúrgico a la fiesta de Cristo Rey el 11 de diciembre de 1925, en Europa ascendían los totalitarismos que todo lo inundaban y someterían a la esclavitud naciones y poblaciones humilladas. Tras el Vaticano II la solemnidad culmina el año litúrgico sin relación directa con algún tipo de sistema político, porque la realeza de Jesucristo corresponde a su señorío sobre el mundo universo que fue creado en él, en él subsiste y por él ha sido redimido. En aquellos años difíciles de principios del siglo XX se fue gestando el alcance social del reinado de Cristo, que había de transformar las relaciones humanas de los creyentes, y hoy tiene que seguir motivando el compromiso de los católicos en favor de una sociedad reconciliada y libre, que aspira a la justicia y la paz que vienen de Dios, sin miedo a los fantasmas del confesionalismo, que tanto inhibe la acción política de los católicos.

Hoy, el secularismo y el laicismo son ideologías beligerantemente anticristianas —como lo fueron los totalitarios del pasado siglo— y la crítica de la religión sigue víctima de sus prejuicios inveterados. ¿Cómo es posible este culpable desconocimiento de la naturaleza de la religión? Se sigue ideológicamente remitiendo la religión al ámbito de la privacidad más silenciosa, donde han de vivir asfixiados los sentimientos religiosos, so pena de ser acusado de imponer visiones del pasado al ideal laico de una sociedad sin Dios y sin Cristo. El proceso de secularización que vivimos ha sido objeto de una importante reflexión del papa Francisco, quien afirma que este proceso secularizador, «al negar toda transcendencia ha producido una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y la juventud, tan vulnerable a los cambios»[5]. De ahí la importancia de que la libertad religiosa no sea excluida de los sistemas de educación en nombre de una supuesta neutralidad laica.

Nos conviene a los católicos recordar las palabras de Jesús que nos exhorta a no tener miedo y pregonar el mensaje que el Resucitado encomendó a sus discípulos. El anuncio es la razón de ser de la Iglesia y es la encomienda de Jesús resucitado, que reivindica para sí el poder que el Padre ha puesto en sus manos: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). No hay un cristianismo sin Cristo, o con Cristo velado y tan sólo sugerido, para adivinanza de iniciados y contemporizadores avergonzados o temerosos de ser excluidos de una sociedad emancipada y laica. Las palabras de Jesús no tienen vuelta de hoja: «A quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,27.33).

El poder real de Cristo no se mide ni mensura por el poder político de este mundo, pero todo poder, y también el poder cultural y el político, son objeto de la llamada a la conversión a la realeza que Cristo tiene sobre la realidad toda de este mundo. Por eso, hemos de recordar a cuantos quieran escucharnos que la historia guarda demasiadas enseñanzas, que emergen de amargas experiencias, para haber comprendido ya que una sociedad libre no puede excluir a Dios sin violar los derechos fundamentales del hombre.

Con mi afecto y bendición.

Almería, a 22 de noviembre de 2020, Solemnidad de Cristo Rey del Universo

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

[1] Benedicto XVI, Carta encíclica sobre el amor cristiano Deus caritas est (25 diciembre 2005), n. 1.

[2] Benedicto XVI, Carta apostólica en forma motu proprio Porta fidei [PF] (11 octubre 2011), n. 11.

[3] PF, n. 10.

[4] Verso del himno «Vexilla Regis prodeunt».

[5] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), n. 64.

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