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“Sólo adheridos a Cristo resucitado, señor de vivos y muertos, podremos dar testimonio de él y llevar adelante la misión de anunciarle al mundo”

HOMILÍA DEL DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Lecturas bíblicas: Hch 10,34a.37-43. Sal 117,1-216ab-17.22-23 (R/. «Este es el día en que actuó el Señor…»). Col 3,1-4. Versículo: 1Cor 5,7b-8a («Ha sido inmolada nuestra víctima pascual»). Jn 20,1-9.

Queridos hermanos y hermanas:
Con la vigilia pascual llegábamos en anochecer del Sábado Santo a la meta litúrgica del Triduo pascual: celebrar la resurrección gloriosa del Señor. El contenido del anuncio apostólico (kérygma) lo encontramos formulado en la primera carta a los corintios, donde san Pablo dice que ha transmitido a los cristianos de sus comunidades lo mismo que él ha recibido, aquel anuncio que es anterior a él: «que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras» (1Cor 15,3-4).
La vigilia pascual fue anoche la gran celebración de la luz, símbolo de Cristo resucitado que ilumina las tinieblas del mundo. El cirio pascual entró procesionalmente en la Catedral disipando la oscuridad y poco después el pregón pascual anunciaba la gran noticia de la resurrección, invitando a la alabanza al Dios de vivos que ha devuelto a la vida al pastor de nuestras almas, Cristo Jesús. Después de la extensa liturgia de la Palabra, con las lecturas bíblicas que recorrían la historia de nuestra salvación, la liturgia bautismal adquirió una fuerza esplendorosa con la introducción de siete catecúmenos adultos en la Iglesia que, después de dos años de preparación en la travesía del catecumenado, recibían los sacramentos de la iniciación cristiana del Bautismo y Confirmación, para acercarse después a la mesa de la Eucaristía.

Después de dos años de preparación en la travesía del catecumenado, siete catecúmenos recibían los sacramentos de la iniciación cristiana del Bautismo y Confirmación, para acercarse después a la mesa de la Eucaristía.

En la misa de la vigilia, después del bautismo de los catecúmenos los cristianos que formábamos parte de la asamblea litúrgica renovamos las promesas bautismales. Así lo han de hacer todos los cristianos que al menos en Pascua después de recibir el perdón de los pecados en el sacramento de la Penitencia, reciben la sagrada Comunión en la celebración de la misa pascual o en algún domingo de Pascua. He de recordar lo que dije en la misa crismal, en la que fueron bendecidos los santos óleos y consagrado el santo Crisma: no hay vida cristiana sin sacramentos, porque por medio de ellos nos llega la vida divina que es la savia que alimenta el cuerpo místico del Señor, en el cual los sarmientos se nutren esa savia que viene de la vid que es Cristo.
Los sacramentos fundados por Cristo, que es su autor, han alcanzado su fijación definitiva por la acción del Espíritu Santo en la Iglesia. El Espíritu es el gran don de la Pascua, fruto del árbol de la cruz, de donde brotaron el agua y la sangre del bautismo y de la Eucaristía, como veíamos en la misa crismal. Los creyentes en Cristo llegan al bautismo por la confesión de la fe en Cristo, y la fe es la respuesta del que cree al anuncio del Evangelio, como hemos visto en la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles. Hallándose Pedro en Cesarea Marítima fue invitado por el centurión romano Cornelio a su casa, sintiéndose Pedro movido por el Espíritu Santo a otorgar el bautismo a esta familia de paganos para ser integrados en la Iglesia. En casa de Cornelio, Pedro da cuenta de lo que había sucedido con Jesús después de que Juan iniciara el bautismo de penitencia. El apóstol primado relató cómo Dios había ungido «con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,38), de todo lo cual los apóstoles eran testigos. Pedro les dijo cómo Jesús fue muerto por los judíos y colgado del madero de la cruz, para anunciar con gran fuerza que a ese Jesús Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos elegidos, a los apóstoles, que comieron y bebieron con él después de resucitar de entre los muertos (v. 10,39 y 40). El Resucitado les encargó «predicar al pueblo, dando testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos» (v. 10,42). Todo lo cual sucedió conforme había sido predicho por los profetas.

La evangelización tiene como propósito dar a conocer a Cristo y su obra redentora, conforme al designio de Dios, para que la respuesta de la fe en el que cree conduzca al bautismo. El mensaje tiene un alcance universal, como Pedro lo pone de manifiesto en casa del centurión romano Cornelio

El bautismo en el nombre de Jesús es mandato de Jesús resucitado, que envió a los apóstoles anunciar la Buena Noticia de la redención en su muerte y resurrección, para que el que crea y sea bautizado se salve (Mt 28,20; cf. Mc 16,16). La evangelización tiene como propósito dar a conocer a Cristo y su obra redentora, conforme al designio de Dios, para que la respuesta de la fe en el que cree conduzca al bautismo. El mensaje tiene un alcance universal, como Pedro lo pone de manifiesto en casa del centurión romano Cornelio, no sin temor y escrúpulo por parte de los cristianos judíos apegados a las tradiciones de Moisés. Esta situación de duda y desavenencia entre cristianos judaizantes y cristianos de la gentilidad motivarán el primer concilio de la historia, la asamblea apostólica de Jerusalén. El gran argumento de san Pedro es que la apertura de la salvación a todos los pueblos gentiles es designio de Dios que otorga el Espíritu Santo sin distinciones a cuantos acogen el anuncio del Evangelio y se convierten a Cristo. Por ello les recordaba a todos las palabras proféticas de Juan Bautista, que había anunciado el bautismo de Jesús como “bautismo con el Espíritu Santo”, sacando la conclusión de que, si acogen a Cristo, «también a los gentiles les ha dado Dios la conversión que lleva a la vida» (Hch 11,18).
La predicación apostólica tiene su causa y fundamento en el sepulcro vacío, que contemplaron los apóstoles, y las apariciones de Jesús resucitado. Son estos hechos los que le dan origen a la predicación del Evangelio. El evangelio de san Juan que hemos proclamado se centra en el sepulcro vacío, noticia que los expertos en el Nuevo Testamento dicen que procede de la tradición oral de Jerusalén, lugar de la pasión, muerte y sepultura de Jesús. María Magdalena encuentra vacío el sepulcro y corre asustada a comunicar a los apóstoles lo sucedido: la piedra del sepulcro está corrida y el sepulcro vacío. Pedro y el discípulo a quien tanto quería Jesús salieron corriendo para comprobarlo. Vieron las vendas por el suelo y el sudario enrollado en un sitio aparte. Al discípulo amado se le abrieron los ojos y recordó que así lo había prometido el Señor: «vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús tenía que resucitar de entre los muertos» (Jn 20,b.9).
Jesús se aparecerá a Pedro y a los apóstoles, según lo transmiten la primera carta de san Pablo a los corintios, que dice que el Resucitado se apareció también «a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron»; para añadir: «Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, que soy como un aborto» (1Cor 15,6-8). El evangelio de san Juan se apareció a María Magdalena, que con las demás santas mujeres habían acudido al sepulcro y lo habían encontrado vacío, entre ellas Juana, mujer de Cusa, y María la de Santiago. San Lucas dice en su evangelio que ellas entraron en el sepulcro, vieron a dos hombres de resplandecientes vestiduras que les hicieron recordar que Jesús lo había que sería entregado a manos de pecadores y sería crucificado, pero que al tercer día resucitaría (cf. Lc 24,8).

La resurrección es el hecho trascendente que mueve e impulsa el movimiento cristiano, con el riesgo para los mensajeros de lo ocurrido de poner en juego la vida por anunciar que Jesús vive para siempre, una vez cumplida su pasión y muerte para perdón de los pecados de todos.

La resurrección es el hecho trascendente que mueve e impulsa el movimiento cristiano, con el riesgo para los mensajeros de lo ocurrido de poner en juego la vida por anunciar que Jesús vive para siempre, una vez cumplida su pasión y muerte para perdón de los pecados de todos. En este hecho que cambió la historia de la humanidad, tienen su origen tanto la vida en Cristo que comienzan sus discípulos, a él adheridos y por él dispuestos a morir, como la misión del anuncio universal de la salvación.
Con estas reflexiones que nos sugieren los textos sagrados sobre la resurrección y el anuncio, la vida en Cristo, que dimana de la fe en la resurrección, tiene que llevarnos a un desprendimiento del espíritu del mundo que representa constante tentación y llamada. A ello nos mueve la carta a los Colosenses, donde san Pablo nos exhorta a ser consecuentes y vivir adheridos a Cristo y a las realidades celestiales a las que nos conduce su llamada al seguimiento y al ejemplo: «Ya que [por la fe en el Evangelio y el bautismo] habéis resucitado con Cristo… aspirad a los bienes de arriba y no a los de la tierra» (Col 3,2).
Sólo adheridos a Cristo resucitado, señor de vivos y muertos, podremos dar testimonio de él y llevar adelante la misión de anunciarle al mundo. Por eso, como hemos suplicado de Dios en la Cuaresma, sin dejar de buscar cuanto nos es necesario para la vida de aquí abajo y atender los bienes necesarios de la tierra, que son nuestro sustento y bienestar, aspiremos a los bienes imperecederos de nuestra conversión a Cristo y salvación en él, y busquemos el alimento de la palabra de Dios.

Almería, a 4 de abril de 2021

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

ILUSTRACIÓN. EUGÈNE BURNAND. Pedro y Juan corriendo al sepulcro la mañana de Pascua (1898). Lienzo.

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