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Señor, ¿a quién vamos a acudir? Sólo tú tienes palabras de vida eterna

HOMILÍA DEL DOMINGO XXI DEL T. O.

Textos bíblicos: Jos 24,1-2.15-18; Sal 33,2-3.16-23 (R/. «Gustad y ved que bueno es el Señor»); Ef 5,21-32; Aleluya: Jn 6,63.68 («Tus palabras, Señor, son espíritu y vida»); Jn 6,61-70.

Queridos hermanos y hermanas:

Con el fragmento del evangelio que hemos escuchado termina Jesús su discurso del pan de vida, que hemos venido comentando los últimos domingos. El discurso causa una gran impresión sobre los muchos que siguen a Jesús, sus discípulos y sus apóstoles. La identificación de Jesús con el pan de vida y las expresiones “comer mi carne”, “beber mi sangre”, afirmando de sí mismo ser el verdadero “pan de vida”, escandaliza a sus oyentes porque interpretan de manera material las palabras de Jesús. El evangelista dice que los judíos discutían entre sí y se preguntaban: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» (Jn 6,52); y Jesús insistía: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (v. 6,53). Estas palabras de Jesús hieren la sensibilidad de los judíos, que no las entienden, su entendimiento no trasciende al nivel espiritual al que se orientas las expresiones literales. No tienen fe en Jesús, porque como el Resucitado dice a los discípulos de Emaús no han entendido las Escrituras (cf. Lc 24,25-27).

Jesús les habla de sí mismo porque les da a conocer de qué modo las Escrituras hablan de él como la Sabiduría del Padre.

Jesús les habla de sí mismo porque les da a conocer de qué modo las Escrituras hablan de él como la Sabiduría del Padre. Su enseñanza les abrirá los ojos porque esta enseñanza y sabiduría divina es el fruto del árbol de la vida, al que no tenían acceso nuestros padres en el paraíso (cf. Gn 2,9.16). La nueva situación ya no es como la del paraíso, el que come la carne del Hijo del hombre se alimenta de la palabra de Dios y de la sabiduría divina que Jesús ofrece con su enseñanza. Quien come este alimento de vida, quien viene a Jesús y se alimenta de él, ya no será echado fuera como sucedió con nuestros primeros padres, que comieron en el paraíso del árbol de la vida para vivir siempre y no morir, pero perecieron porque fueron echados fuera como consecuencia de la desobediencia y de la trasgresión cometida (Gn 3,22-23). Se entienden las palabras de Jesús, que dice: «Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí, no lo echaré fuera» (Jn 6,37)

Jesús ha bajado del cielo para dar al mundo el pan de la vida que es él mismo, y aludiendo a su propia pasión les dice que él entrega su carne por la vida del mundo (Jn 6,51)[1]. Por eso, ante el rechazo de la gente que no puede aceptar su palabra, Jesús responde elevando el desafío e identificándose con el Hijo del hombre, el ser divino que el profeta Daniel vio venir sobre las nubes del cielo (Dn 7,13). Jesús ha bajado del cielo y subirá dónde estaba antes (cf. Jn 6,62) y al decírselo a sus oyentes provoca en ellos la división que genera la opción por él y contra él. En la narración de la pasión a la pregunta del sumo sacerdote demandándole que responda a la pregunta de si es o no el Mesías, el Hijo del Bendito, Jesús responde aludiendo al pasaje del profeta Daniel: «Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo» (Mc 14,62).  Jesús se convierte así, como lo profetizó el anciano Simeón, la “piedra de contradicción” con la que tropiezan los hombres (cf. Lc 2,34), porque provoca la determinación de seguirle o de abandonarle en sus seguidores y discípulos.

Con este discurso Jesús se ha colocado al nivel del Dios de Israel y ha desafiado a los que le siguen con su pretensión de ser igual a Dios exigiendo elegirle a él o rechazar su persona y mensaje.

Con este discurso Jesús se ha colocado al nivel del Dios de Israel y ha desafiado a los que le siguen con su pretensión de ser igual a Dios exigiendo elegirle a él o rechazar su persona y mensaje. Esta situación es iluminada por la primera lectura del libro de Josué, que coloca a los israelitas ante la elección del Dios de Israel o el retorno de las tribus a los dioses de sus antepasados. En la sagrada Escritura vemos cómo Dios renueva su alianza con Israel en varias ocasiones que representan un retorno al origen de su propia existencia como pueblo de la elección divina. La alianza de Dios con Noé después del diluvio es promesa de que Dios no quiere y no ejecutará nunca la destrucción de la humanidad (cf. Gn 9,12-17). Seguirá después la alianza con Abrahán, que abre la historia de la salvación a la constitución del pueblo elegido (cf. Gn 12,2-3). La liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto conducirá a través de la marcha por el desierto al pacto del Sinaí, verdadera constitución del pueblo de Dios. El Señor entrega la ley con los mandamientos por medio de Moisés a su pueblo y el pueblo ratifica su voluntad de cumplirlos, y Moisés ordenó a algunos jóvenes israelitas que ofreciesen algunos novillos en sacrifico de alianza y derramó parte de la sangre de los novillos sobre el altar. Leyó el libro de la alianza a los israelitas y el pueblo respondió: «Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho el Señor», y entonces Moisés roció con la sangre al pueblo y les dijo: «Esta es la sangre de la Alianza que el Señor ha hecho con vosotros» (Ex 24, 7-8).

La liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto conducirá a través de la marcha por el desierto al pacto del Sinaí, verdadera constitución del pueblo de Dios.

Estas palabras las encontramos en boca de Jesús que las refiere a su propia sangre entregada para la salvación de los hombres. Jesús las refiere a la definitiva constitución de la alianza de Dios con la humanidad en la sangre de Jesús que será entregado a la pasión como la mayor y suprema prueba de amor de Dios por los hombres (Jn 15,13). La alianza en la sangre de Jesús viene a colmar la promesa de los profetas que hablaron de una alianza definitiva de Dios con su pueblo para los tiempos escatológicos, tiempos últimos y de consumación de lo prometido, no como la alianza del Sinaí al salir de Egipto, sino una alianza nueva, de alcance espiritual, que llevará a Israel al conocimiento inmediato de Dios (Jr 31,31-34; Ez 16,62; 36,28).

La alianza en la sangre de Jesús viene a colmar la promesa de los profetas que hablaron de una alianza definitiva de Dios con su pueblo para los tiempos escatológicos, tiempos últimos y de consumación de lo prometido

Entre la alianza del Sinaí y la nueva alianza en la sangre de Jesús (1Cor 11,25; Mc 14,24 y par.), la sagrada Escritura nos ofrece diferentes narraciones en las que Dios renueva la alianza con su pueblo, entre las cuales se encuentra la narración del libro de Josué, tras el paso del Jordán y en la entrada en la tierra prometida. Reunidas las tribus de Israel, Josué les colocó ante la decisión de cumplir los mandamientos del Señor vinculando al Dios de Israel con el asentamiento de los israelitas en la nueva tierra, o bien abandonar el culto al Señor y que los congregados volvieran a los dioses de sus antepasados. La respuesta unánime del pueblo fue: «También nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios» (Jos 24,18).

Sin duda que las tribus israelitas incorporaron en gran medida a las poblaciones que encontraron asentadas en la tierra prometida, pero aceptando en la integración la fe monoteísta de Israel y la confesión de la historia de salvación que había jalonado el pasado histórico de Israel. La renovación de la alianza en Siquén siguió al asentamiento de israelitas en las tierras conquistadas, lográndose en esta ciudad, siempre habitada y no destruida durante la conquista, la unidad de culto de las tribus, contra la tentación de contaminación de los cultos paganos[2]. Una vez conquistada la tierra tras la consolidación del reino por David, Dios le promete la consolidación del trono (cf. 2Re 7,8-13), promesa que mira a un futuro de plenitud de la presencia de Dios en su pueblo, como anunciaron los profetas, futuro que llegará con la alianza en la sangre de Jesús.

El reto que plantea Josué a las tribus de la liga hebrea y las poblaciones cananeas es figura de la alianza en Cristo Jesús, y coloca a los israelitas ante la determinación de ratificar la fe de los padres. La elección del Dios de Israel por las tribus israelitas se proyecta sobre el desafío que Jesús plantea a los que le siguen preguntando a los apóstoles qué van a hacer y si también ellos quieren marcharse como los muchos que le han seguido y ahora se van. La respuesta de Pedro, que habla en nombre de los apóstoles, no deja lugar a dudas: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,68-69). Ante la dificultad que plantea el discurso del pan de vida a los seguidores de Jesús, éste les dice que su plena aceptación es obra de Dios: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si mi Padre no se lo concede» (Jn 6,65). La confesión de Pedro acerca este pasaje del evangelio de san Juan al pasaje de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, cuando también Pedro responde por todos a la pregunta de Jesús sobre lo que dicen los hombres acerca de quién es el Hijo del hombre. Pedro responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16). Jesús replicará a la confesión de Pedro diciendo que no es obra de la carne o de la sangre, sino que viene de Dios. Sólo la fe que Dios otorga abre el acceso al misterio de la persona de Jesús. Dios revela por medio del Espíritu Santo quién es en verdad Jesús y que sólo él tiene palabras de vida eterna.

El amor conyugal se fundamenta y enraíza en el amor de entrega de Cristo a la Iglesia. El matrimonio es asimismo un pacto de amor en el que se refleja la alianza nupcial de Cristo con la Iglesia (cf. Ef 5,25-27).

La carta a los Efesios, que continuamos escuchando en estas misas dominicales, nos coloca asimismo ante el misterio de amor que es el matrimonio, que ha de ser vivido como entrega sin límites de quienes ya no son dos, sino una sola carne (cf. Ef 5,31→Gn 2,24). El amor conyugal se fundamenta y enraíza en el amor de entrega de Cristo a la Iglesia. El matrimonio es asimismo un pacto de amor en el que se refleja la alianza nupcial de Cristo con la Iglesia (cf. Ef 5,25-27). Como hemos visto en la narración del libro de Josué, la respuesta de los israelitas fue la de servir al Señor. No otra cosa es el amor sino servicio, por eso excluye relaciones de dominio que no son compatibles con el amor de como entrega de la propia vida. Un amor que en su más honda verdad es en sí mismo irreversible, razón última de la indisolubilidad del matrimonio según la mente de Dios. La entrega de Jesús por nosotros adquiere presencia sacramental en la Eucaristía, que alimenta nuestro amor a Dios y al prójimo. La imagen del amor divino que encontramos en el amor conyugal invita al mutuo servicio en el amor a todos los cristianos, para que la Iglesia sea ante el mundo verdadero sacramento de la unidad de todos los seres humanos en Cristo.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, 22 de agosto de 2021

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

Ilustración. Duccio di Buonisegna, Jesús se aparece a los apóstoles. Retablo de la Maestà (1308-1311). Catedral de Siena

[1] Cf. Biblia de Jerusalén: Nota a Jn 6,51.

[2] Cf. M. D. Coogan, Josué, en R. E. Brown, J. A. Fitzmyer y R.E. Murphy (eds.), Nuevo comentario bíblico San Jerónimo. Antiguo Testamento (Estella, Navarra 20025), n. 7: 88 (com. a Jos 24,1-28).

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