Homilías ObispoNoticias

«Seguir a Jesús incluye estar dispuestos al sufrimiento que conlleva su misión»

HOMILÍA EN EL XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

La impresionante fotografía que ilustra hoy la homilía del Obispo de Almería, Mons. González Montes, es una pintura de Matthias Stom, realizada entre 1633 y 1639, el pintor holandés tenebrista, seguidor de las pautas estéticas de Caravaggio. Lo importante es fijarse en que la luz viene de Jesús, Él es la Luz que ilumina la vida del hombre en la cual hay gozo y dolor que no es posible eliminar por ser parte de la vida misma, pero que Jesús vive como designio divino por el cual pasa el perdón de los pecados y la salvación del mundo. Justo lo que Pedro rechaza, tratando de disuadir a Jesús y merece la reconvención de Jesús, porque tiene pensamientos de los hombres y no de Dios. Jesús no sólo les anuncia por primera vez a sus discípulos su pasión y muerte, lo hará tres veces, pero el final del camino, pero el final de la via dolorosa es la resurrección, no la cruz.

Homilía en el XXII Domingo del T. O.

Lecturas bíblicas: Jer 20,7-; Sal 62,2-6.8-9 (R/. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío); Rm 12,1-2; Aleluya: Ef 1,17-18; Mt16,21-27

Queridos hermanos y hermanas:

En el evangelio de hoy hemos escuchado la recriminación de Jesús a san Pedro por oponerse al designio del Padre sobre Jesús, que comienza a revelarles cuál es su destino de muerte. En los evangelios sinópticos nos encontramos con tres anuncios de la pasión que Jesús hace a sus discípulos. El de hoy es el primero, y sucede después de una escena en la que Pedro, el príncipe de los Apóstoles es el que responde con decisión a la pregunta de Jesús sobre qué piensa la gente de él. Pedro tomando la palabra responde con toda verdad: «Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).

Un pasaje central en el evangelio de san Mateo para comprender que la confesión de fe en Jesús es obra del Espíritu Santo en el corazón de quienes creen que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios. De hecho, Jesús le dice a Pedro: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (v. 16,17). Recordemos que el pasado domingo veíamos esta confesión de fe de Pedro que precede a la declaración de Jesús, que le confía el primado a sobre los Apóstoles entregándole la Iglesia. Jesús le llama piedra y le promete que sobre él quiere levantar su Iglesia.

Este pasaje termina drásticamente en una cesura que separa dos actitudes de san Pedro: la confesión de fe en Jesús, obra del Espíritu Santo, y el pretender apartar a Jesús de su pasión, que acabamos de escuchar y que es obra del tentador. Pretender que Jesús reprima y anule la obediencia de Jesús al Padre, apartándolo de la idea de sufrir la pasión y la cruz, como quiere Pedro, es obra de la carne y de Satanás. Jesús les dirá por esto mismo poco después, cuando les anuncie por tercera vez su pasión, apartándolos de cualquier pensamiento equivocado sobre él: «el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino para servir para dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28). Entendemos que le diga a Pedro, en este primer anuncio de su pasión, que su pensamiento choca frontalmente con la mente de Dios, porque la mentalidad triunfalista de los discípulos manifestada por Pedro excluye el seguimiento radical “detrás de Jesús”. Seguir a Jesús incluye estar dispuestos al sufrimiento que conlleva su misión. Por eso Jesús dice a Pedro: «Apártate de mí, Satanás, que me haces tropezar; tú piensa como los hombres, no como Dios» (Mt 16,23).

El evangelista pone así en contraposición dos pensamientos y palabras de Pedro: la confesión de fe en Jesús como Cristo e Hijo de Dios, obra del Espíritu Santo, y la idea de Jesús como un Mesías triunfante y victorioso sobre los enemigos de Israel, que manifiesta pensamientos de los hombres que no responden a la inspiración de Dios ni a la misión que el Padre ha confiado a su Hijo: Jesús que ha venido a cumplir la voluntad de Dios y hace suyos el sufrimiento y la muerte en cruz  como camino de salvación. En los sufrimientos de la pasión y de la cruz Dios revela su amor ilimitado e incondicional por el mundo y los hombres que llega hasta entregarle a su propio Hijo (cf. Jn 3,16). Jesús exhorta a Pedro a rechazar pensamientos carnales, que excluyen el dolor y el camino de la cruz como medio de redención del hombre pecador y tránsito a la resurrección.

Jesús sabe qué desconcierto provocan sus palabras en los Apóstoles, pero no retrocede y volverá a reiterarles el designio del Padre sobre él con estas palabras: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, le matarán y al tercer día resucitará» (Mt 17,23). El evangelista comenta en el mismo lugar que estas palabras les entristecieron mucho. Para contrarrestar esta tristeza Jesús se transfigura anticipándoles la imagen espiritual y gloriosa del Resucitado ante los discípulos que le son más cercanos: Pedro, Santiago y Juan, y les prohíbe que digan nada hasta que resucite de entre los muertos. Cuando llegue el momento de la pasión, huirán atemorizados abandonando a Jesús a su suerte. Sólo cuando Pedro y Juan llegaron al sepulcro y lo encontraron vacío, como habían dicho las mujeres, el discípulo amado, que había llegado primero y sólo entró en el sepulcro después de Pedro, al entrar y encontrarlo vacío, «vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús tenía que resucitar de entre los muertos» (Jn 20,8-9). Lo mismo sucedió con los discípulos de Emaús y con los demás apóstoles, y sobre todo con Tomás, que se negaba a creer.

El proceso de conversión a Jesús tiene su propio recorrido y éste pasa por comprender que el seguimiento de Jesús y el discipulado del Señor pasa por cargar con la propia cruz, en la esperanza de la resurrección. Cargar con la propia cruz mediante la negación de sí, porque aspirar avaramente a mantener como botín la propia vida olvidando que estamos en las manos de Dios, puede llevarnos a la mayor de las paradojas en boca de Jesús: «Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierde por mí, la encontrará» (Mt 16,25).

Los pensamientos de Dios distan de los pensamientos de los hombres había dicho Dios por medio de Isaías: «no son mis pensamientos vuestros pensamientos» (Is 55,8; cf. 8,14). La conversión a Cristo pasa por hacer propios los pensamientos de Dios y gobernarse por ellos. Es lo que dice san Pablo en la carta a los Romanos: «Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rm 12,2). La conversión es transformación de la mente mediante el molde de la voluntad de Dios, que sólo quiere para el hombre el bien y la felicidad definitiva y eterna, adelantada en la resurrección de Jesucristo. Los grandes santos comprendieron que en la conversión a Dios y a Cristo estaba la salvación y la vida eterna, como san Ignacio de Loyola que comprendió el alcance de las palabras de Jesús que le abrieron al cambio y transformación de su vida: «Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?» (Mt 16,26). Lo supieron siempre los mártires, como el Obispo Diego Ventaja, de cuyo martirio se cumplen este domingo ochenta y cuatro años.

Perder la vida para salvar el alma es el camino de todo compromiso moral que resulta de la fe en un Dios providente y amoroso, cuyo amor se nos ha manifestado en la cruz de Jesús. Salvar el alma merece todos los sacrificios, aunque sean oneroso y al hombre le cueste la elección de Dios, como el costó al profeta Jeremías, que intuía los peligro de ser profeta, pero no podía menos de reconocer que a la seducción de Dios nadie puede resistir. El profeta quisiera olvidarse de la palabra de Dios, pero la palabra divina le quemaba en el pecho y Dios fue más fuerte, porque su amor lo es. El amor del hombre no tiene medida comparable con el amor de Dios. Por eso, hemos respondido con el salmista a la lectura del profeta Jeremías: «Tu gracia, Señor, vale más que la vida» (Sal 62,4).

En la celebración de la Eucaristía Cristo nos ha dejado el memorial de su pasión como testimonio y sacramento perenne de su amor por nosotros, del amor de Dios que entregó al mundo a su propio Hijo. Que la comunión en el cuerpo y sangre del Señor fortalezcan nuestra fe y aviven el amor que nos haga testigos valerosos del sacrificio de Jesús, testigos del amor de Dios que en él nos ha sido revelado.

Almería, a 30 de agosto de 2020

Aniversario del martirio del Obispo Diego Ventaja

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

 

Mostrar más

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba
Cerrar
Cerrar
X