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ORAR CON EL PAPA Y ENCOMENDARSE A LA VIRGEN MARÍA CON LA ESPERANZA PUESTA EN EL AMOR MISERICORDIOSO DE DIOS

Queridos diocesanos:

Estos días en los que tantos miles de personas sufren las consecuencias de la infecciosa pandemia del Coronavirus, están surgiendo diversas iniciativas para que no dejemos de orar a Dios Padre de los hombres, que ama irrevocablemente a sus hijos y que nos ha manifestado este amor en la entrega de su Hijo por la salvación del mundo: «Porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito…» (Jn 3,16). No debemos olvidar este amor fundamental, que sostiene el mundo y nuestra vida. Jesús murió para que nosotros tengamos vida para siempre. No podemos dudar del amor de Dios que nos ha creado por amor y por amor nos ha redimido.

Por eso, el Papa Francisco nos invita a la oración confiada a Dios, que es Padre lleno de ternura y de amor. Sin embargo, somos mortales y caducos, nuestra vida tiene comienzo y fin, no duramos siempre. Tengamos presente que el Hijo de Dios aceptó al encarnarse en nuestra carne mortal ser en todo semejante a nosotros y por eso dice de Jesús la carta a los Hebreos que «ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado» (Hb 4,15); y por eso, nos invita con toda razón a mantenernos firmes en la fe. Cuando sufrimos como en la situación presente, con tantos miles de personas en el mundo que han sido contagiados de la enfermedad y tantos muertos que han sucumbido, no debemos dejar de orar, sabiendo que la superación de la prueba produce la paz del espíritu de cuantos creen con firmeza que Dios no nos abandona. Jesús curaba y sanaba las enfermedades de cuantos acudían a él cuando veía que la súplica de quienes le pedían ayuda era consecuencia de una fe humilde y confiada. En aquellas sanaciones Jesús anunciaba la victoria definitiva sobre la muerte que llegaría con su gloriosa resurrección.

En la oración reafirmamos este convencimiento de fe en la paternidad de Dios y nuestra fraternidad, y así nos hacemos hondamente humanos. En la oración se alimenta nuestra solidaridad fraterna y el hombre, así probado, mediante la confianza en Dios da lo mejor de sí mismo. La entrega se expresa en obras de amor y misericordia, abriendo el corazón a la acogida de las necesidades de los que sufren. Así lo están haciendo cuantos se ocupan de los enfermos y dan la batalla diaria por devolver la salud a los que han sido contagiados por la enfermedad, y lo hacen con tanta dedicación y entrega que ellos mismos están sacrificando su propia salud.  Cuánto hemos de agradecer su esfuerzo y el de los servidores públicos que se entregan a misiones de vigilancia, provisión de alimentos, transporte de medicinas, y medios sanitarios, servicios públicos sin los cuales no podríamos mantener en estado de cuarentena y confinamientos el funcionamiento de una sociedad como la nuestra.

Por todo ello, hemos de encomendarnos a Dios y darle gracias por tantas personas que no dudan en sacrificarse por el bien común de la salud de todos. Precisamente en estos días, entre las propuestas de oración conjunta, además de la retransmisión que se está llevando a cabo de la santa Misa y del rezo del Rosario, han surgido iniciativas que es bueno secundar con fe esperanzada en Dios que es amor y misericordia. Entre otras propuestas, destacamos éstas:

1. Orar con el Papa Francisco, que nos invita a unirnos todos los cristianos con él en la recitación unánime de la oración que Cristo Jesús nos enseñó, el «Padre Nuestro». Será mañana, solemnidad de la Anunciación del Señor al mediodía.

El Papa nos dice que el día 27 de este mes de marzo, a las 18,00 h. saldrá a la Plaza de San Pedro, en Roma, vacía de fieles, para desde allí invitar a la plegaria común y con él adorar juntos al Santísimo Sacramento, para al final del acto bendecirnos con la sagrada Eucaristía Urbi et Orbi (a la ciudad de Roma y al mundo). Esta iniciativa del Papa será retransmitida por los medios de comunicación, dándonos así posibilidad de unirnos con él en oración ante Jesucristo Sacramentado.

2. Consagración de Portugal y España a los Corazones de Jesús y de María. Otra de las iniciativas que también pondero y encarezco vivamente secundar es la invitación que hemos recibido los obispos españoles a través de la Conferencia Episcopal Española. Se tarta de participar en la Consagración a los Sagrados Corazones de Jesús y de María que tendrá lugar mañana, solemnidad de la Anunciación del Señor, en el santuario de Nuestra Señora de Fátima.

La consagración vendrá precedida del rezo del santo Rosario, que dirigirá el Sr. Cardenal Obispo de Fátima, Mons. Antonio dos Santos Marto. Al final del rezo del Rosario recitará la consagración el Sr. Cardenal Patriarca de Lisboa, Mons. Manuel José do Nascimento Clemente.

El rezo del santo Rosario comenzará en la basílica de Nuestra Señora de Fátima a las 19,30 h. del miércoles, solemnidad de la Anunciación. Podrá ser seguido desde nuestras casas por la retransmisión radiada de COPE y asimismo en imagen por 13TV.

Se trata de una iniciativa muy hermosa que la Virgen María nos ofrece a dos pueblos hermanos, unidos en la historia en el común escenario de la geografía de la Península Ibérica. Pongamos el destino de nuestras naciones y de nuestras vidas en manos de Dios, ofreciendo nuestro sufrimiento como ofrenda de amor por el perdón de nuestros pecados y la salvación del mundo ante el Señor y su Santísima Madre. Sabemos que estamos siempre en las manos de Dios y, por eso, mientras ponemos todos nuestros esfuerzos al servicio de la noble causa de vencer la pandemia del Coronavirus, nos confiamos plenamente a Dios, que es Padre amoroso de todos y nunca nos abandona, pues sólo permite los males para que de ellos salgan mayores bienes.

En España hay una honda devoción a la Virgen y la advocación de Nuestra Señora de Fátima ha calado hondamente en el corazón de los fieles desde las apariciones de la Virgen a los humildes pastorcitos en 1917, pidiéndoles oración y penitencia por la conversión de los pecadores y su retorno a la fe y al cumplimiento de la voluntad de Dios, que siempre es beneficio para la vida del hombre. La sagrada imagen de la Virgen de Fátima ha recorrido toda la geografía hispana, recibida con fervor por los fieles, que no dudan en invocar su protección siempre, pero sobre todo en los momentos de mayor dificultad y desgracia.

La pandemia que asola ya no sólo nuestro país y tantos países de Europa y del mundo, después de haber sumido en la enfermedad a tantos miles de personas en China, se extiende cada vez más. Los padecimientos que el Coronavirus está provocando son consecuencia de la enorme capacidad de expansión infecciosa que este virus desarrolla. Hemos de estar convencidos de que, con la ayuda espiritual de Dios, que fortalece nuestra fe, y el auxilio de la ciencia y la buena organización sanitaria, venceremos sobre la enfermedad. En este empeño todos hemos de poner de nuestra parte la colaboración disciplinada respetando y cumpliendo las orientaciones de nuestras autoridades sanitarias, para de este modo recuperar pronto la salud y volver a la vida de cada día, tras esta dura prueba, que vivimos como personas individuales y como colectivo social.

Dios no nos dejará nunca de su mano misericordiosa. Es nuestro amoroso Creador y Redentor, y sabe lo limitados que somos como criaturas y lo que nos condiciona el pecado. No debemos olvidar nunca nuestra medida. Nuestra vida se levanta sobre la roca firme que es Dios. Como les recordaba san Pablo a los que le escuchaban en él areópago de Atenas: Dios nos ha creado y no necesita de nosotros, porque «a todos da él la vida, el aliento y todas las cosas» (Hech 17,25), y les mencionaba las palabras de uno de sus poetas que con gran acierto dijo de Dios «en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28).

Ahora que estamos en esta Cuaresma de prueba personal y colectiva, dejemos que Dios nos rehaga por dentro, conscientes y confiados de que Dios es Padre que nos escucha y se ha hecho solidario de nuestro dolor en la pasión y la cruz de su Hijo, al que siempre estuvo en la tierra unida su Madre, que ahora glorificada en el cielo intercede junto a Jesús por nosotros.

No nos desanimamos y con el corazón lleno de fe presentemos a la Virgen María nuestra sincera voluntad de seguir el camino de los mandamientos, y estar siempre listos para dar testimonio del Evangelio, único camino de futuro para la humanidad, porque de Dios viene la verdadera imagen del hombre. Nos la ha ofrecido en Cristo, el hombre nuevo, que ha vencido el pecado y la muerte, y sólo Él es el Señor de la vida.

Celebraremos mañana la solemnidad de la Anunciación del Señor, Jornada que los obispos hemos querido dedicar a la defensa de la vida, y que este año cobra una especial significación. La Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida nos propone un lema para este año que merece todo nuestro apoyo: «Sembradores de esperanza», en un tiempo en el que se afianza una cultura de la muerte que está resultando a veces tan hipócrita, porque mientras se dice defender a los más débiles, no se duda en desechar la vida que aparentemente resulta inútil: la de los enfermos incurables, a los que se les propone considerar la posibilidad del suicidio asistido y la muerte inducida y programada deliberadamente que es la eutanasia en su forma más radical. Se hacen grandes alharacas que ocultan la verdad de los hechos, los programas de actuación política contrarios a la protección de la vida humana desde el nacimiento a la muerte natural, olvidando la promoción de los cuidados paliativos y la altura moral de miras a la hora de preservar el bien intangible que es la vida humana.

Por todo ello, invito a leer con detención el Mensaje de los obispos de la Subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida. A todos deseo vivir la fiesta de la Anunciación, misterio del Señor y de María al que está dedicada nuestra Catedral, con fe en la humanidad del Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros, que cargó con nuestros sufrimientos y nuestra muerte para salvarnos y darnos la vida. Pido por cuantos sufren la enfermedad en esta pandemia infecciosa y encomiendo el eterno descanso de los fallecidos. Que Dios dé su paz a los que nos han dejado en estos días y que la intercesión de Nuestra Señora de Fátima ayude a los enfermos y a todos con su intercesión por nosotros, para que no decaiga la esperanza en el triunfo de la vida. A todos invito a recitar esta invocación confiada en el favor constante de la Virgen Madre del Redentor:

V/. Nuestra Señora de Fátima, Salud de los enfermos y Madre de la esperanza. R/. Ruega por nosotros.

Almería, a 24 de marzo de 2020

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

 

 

 

 

 

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