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María nos habla desde la columna del Pilar

HOMILÍA DE LA FIESTA DE LA VIRGEN DEL PILAR

Lecturas bíblicas: 1Cr 15,3-4.15-16; 16,1-2; Sal 26,1.3-5 (R/. «El Señor me ha coronado, sobre la columna me ha exaltado»); Hch 1,12-14; Aleluya: «Afianzó mis pies sobre la roca y me puso en la boca un cántico nuevo»; Lc 11,27-28.

Queridos hermanos y hermanas:

La Fiesta de la Virgen del Pilar coincidente con la Fiesta Nacional y el tradicional Día de la Hispanidad, es motivo de acción de gracias a Dios, que nos ha dado a la Madre de nuestro Salvador como madre espiritual y amparo en las dificultades que lleva consigo la obra del Evangelio y la acción apostólica, y en general y siempre la vida cristiana.  Según una venerable tradición muy antigua, María aparece sosteniendo con su presencia la predicación del apóstol Santiago, acompañado por unos pocos cristianos convertidos por la predicación del apóstol en su incursión misionera en la España romana. La Virgen, que aún vivía en Jerusalén, se apareció a Santiago junto al Ebro en la ciudad de Zaragoza (en latín Caesaraugusta) para levantar el ánimo del apóstol.

Más allá de la autenticidad histórica de esta noticia antigua, la leyenda piadosa responde a una convicción profunda según la cual la Virgen María ha acompañado la predicación del Evangelio y el desarrollo histórico del cristianismo en España.  La tradición piadosa dice que María entregó al Santiago la columna de jaspe sobre la que hoy se venera su sagrada imagen en el primer santuario mariano de España, el Pilar de Zaragoza. Esta fe mariana de la Iglesia en nuestro país se expresa litúrgicamente en la antífona de entrada de la misa propia de este día, que se dirige a la Virgen: «Tú permaneces como columna que guiaba y sostenía dic ay noche al pueblo en el desierto».

María es vista como aquella columna que de día defendía a los israelitas interponiéndose para protegerlos y de noche iluminaba su marcha por el desierto perseguidos por el ejército del faraón (cf. Ex 13,21;14,19). Las realidades que contemplamos en la historia de la salvación son interpretadas como figuras de las realidades venideras, principalmente aplicadas a Cristo y de manera derivada a María y a la Iglesia. Así, sucede con el arca de la alianza, en la que se custodiaban las tablas de la ley y que acompañaba a los israelitas en su marcha. Llegados a la tierra prometida tras la conquista de Jerusalén, el rey David la trasladó a la tienda que le fue preparada en el monte Sión como tabernáculo y templo provisional, donde permaneció hasta la construcción del templo de Jerusalén por Salomón. De ello habla el libro primero de las Crónicas, del que hemos escuchado un fragmento. En él vemos cómo ordena David a los levitas organizar la procesión litúrgica de traslado y entronización del arca, pidiendo que se sirvieran de los hermanos cantores para acompañar con himnos y cantos la traslación (cf. 1Cr 15,27).

Del mismo modo que el arca contenía la Palabra de Dios grabada en tablas de piedra, así María es el arca que ha contenido en sí misma la Palabra de Dios hecha carne, el Verbo de Dios humanado. Así la invocamos en las letanías del rosario, como contemplamos en ella el templo del Espíritu, porque en ella el todopoderoso, por obra del Espíritu creador, dispuso un cuerpo para el Hijo de Dios. Este cuerpo de Jesús es el verdadero templo donde habita la plenitud de la divinidad, pero Jesús lo ha recibido de María por obra del Espíritu. Así en la anunciación, el ángel respondió a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35). María es, por esto mismo, la gran figura de la Iglesia como portadora de la Palabra y madre de cuantos son alumbrados a la fe en su seno. Dice de este modo el Vaticano II: «Contemplando su misteriosa santidad, imitando su amor y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, también la Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios»[1].  Por esto mismo, como son dichosos el vientre y los pechos de María, así la Iglesia es bienaventurada madre de los hijos que engendra a luz de la fe para una vida nueva e inmortal.

María es inseparable de la Iglesia, siendo contemplada como amparo orante de los cristianos, a los que acoge bajo su manto maternal. Lo vemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde María aparece en medio de los discípulos y las santas mujeres, recogidos en torno a ella en la comunión del cenáculo tras la resurrección de Jesús. Todos ellos se dedicaban a la oración en común en espera de la llegada del Espíritu Santo, que los conduciría bajo su impulso emprendedor a la predicación, tal como había sido prometido: «que se predicaría en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén» (Lc 24,47). En algunas pinturas de las catacumbas romanas de Priscila se representa, en el cubículo llamado de la Velatio una mujer orante de cabeza cubierta, que en sentido figurado puede ser representación de la Iglesia orante, como prolongación de la escena orante de la que habla el libro de los Hechos. En estas mismas catacumbas puede verse una representación del siglo II de la maternidad de María con el niño Jesús y el profeta Balaam, la más antigua imagen de la Virgen María.

La grandeza de María está objetivamente vista en su maternidad divina, pero como recoge el evangelio de san Lucas de este día, esa grandeza de la Virgen es inseparable de su elección divina como mujer en la que se ve consumada la bienaventuranza de los creyentes, que Jesús quiso situar en su justo lugar: la grandeza de María, razón de su bienaventuranza, está en la fe con la que acogió la Palabra de Dios, que de ella nació humanada. Por eso respondió a la mujer que alabó a María: «Mejor: ¡Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen!» (Lc 11,28).

Cuando nosotros flaqueamos en la fe miremos a la sagrada imagen de la Virgen que nos habla desde la columna del Pilar y nos dice cómo por su constante oración intercede por nosotros, porque es inseparable de los discípulos del Señor, que se los dio como hijos. Hoy, en este día de la Hispanidad, oramos por España, una de las grandes naciones de raíces cristianas, que recibió muy pronto la predicación evangélica, y cuya historia es inseparable de la historia de la fe en y de la Iglesia de Jesús. Hemos de ser conscientes del abandono de la fe por tantos españoles que han sido educados en ella, y hemos de dolernos por las familias en cuyo hogar ya no se transmite la fe cristiana, o en las que sus miembros viven alejados de la Iglesia y ya no se identifican con la vida de los cristianos. Nos hemos convertido en una nación que elabora leyes de difícil asimilación a la tradición cristiana, y a veces en oposición frontal a la fe católica que nos ha identificado en la historia. Los constantes obstáculos puestos a la enseñanza de la religión y moral católica en la escuela se suman a la desconsideración de la presencia social de la Iglesia en nuestro país. Son mayoría los cristianos laicos presentes en las instituciones de la vida pública que carecen de un verdadero compromiso con su fe y, apelando tantas veces a la tolerancia, en realidad se avergüenzan de su f a la hora de «dar la cara por nuestro Señor» (2Tim 1,8). Ni los laicos ni los que somos ministros del Evangelio hemos de olvidar que «la palabra de Dios no está encadenada» (2Tim 2,9). Con la ayuda de María estamos llamados a seguir a «Jesucristo, que ante de Poncio Pilato rindió tan hermoso testimonio» (1Tim 6,13), dando fe de palabra y de obra de su realeza mesiánica y de su misión como revelador de la Verdad (cf. Jn 18,36-37)[2].

La llamada que san Juan Pablo II hizo en Santiago de Compostela a las naciones cristianas de Europa a ser conscientes de su historia, para que Europa siga siendo ella misma como vocación y misión, es una llamada que sigue siendo urgente secundar: «Vuelve a encontrarte. Sé tú misma»[3]. Es una llamada a los cristianos del continente viejo a volver sobre sus raíces cristianas y reconstruir la unidad espiritual de Europa. Una llamada a superar la tentación de abandonar la fe y conjurar el camino suicida hacia la nada, hacia un nihilismo que carece de futuro. España fue capaz de una grandiosa obra misionera, que no pueden oscurecer los errores cometidos en la colonización, porque la colonización en sí misma una gran obra humanitaria y cultural de valor universal en la historia de los pueblos y en el concurso de las naciones. No es desconocido para nadie que la crítica a la historia de España en América está motivada en parte por una crítica a la evangelización que difunde hoy un indigenismo antihistórico. El Papa nos recordaba no hace mucho cómo España tiene asumir su propia historia sin complejos, porque la autocensura como programa sólo conduce a la inhibición y al fracaso como nación. Debemos pensarlo en este día de nuestra Fiesta Nacional, al tiempo que rogamos a la Santísima Virgen del Pilar siga protegiendo a España y a sus instituciones cívicas y sociales, apartándolas de la tentación de ir contra la realidad histórica y poner en riesgo el valor moral de la unidad. Que la Virgen del Pilar, Reina y Señora nuestra, Madre de España, nos ayude a ser cristianos capaces del gran compromiso y misión que es la tarea de la nueva evangelización.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 12 de octubre de 2021

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

Ilustraciones:

Imagen de Nuestra Señora del Pilar. Gótico tardío. Siglo XV. Basílica del Pilar. Zaragoza  

Mujer orante. Cubículo de la Velatio. Siglo III. Catacumbas de Priscila. Roma

Maternidad de la Virgen María. Lóculo del arenario. Siglo II. Catacumbas de Priscila. Roma

 

[1] Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 64.

[2] Biblia de Jerusalén: Nota a 1Tim 6,13.

[3] Discurso en el acto europeísta celebrado en la Catedral de Santiago de Compostela (martes, 9 de noviembre de 1982), n. 4: Juan Pablo II en España. Texto íntegro de los discursos del Papa. Ed. de la Conferencia Episcopal Española (Madrid 1982)242-243.

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