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LOS SANTOS, EJEMPLOS EDIFICANTES DE LA VIDA CRISTIANA

HOMILÍA DE LA SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

Lecturas bíblicas: Ap 7,2-4.9-14; Sal 23,1-6 (R/. «Estos son los que buscan al Señor»); 1Jn 3,1-13; Aleluya: Mt 11,28 («Venid a mí los que estáis cansados y agobiados…»); Mt 5,1-12a.

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy celebramos la fiesta de todos los santos y con ella se ilumina de modo especial la santidad de la Iglesia, que brilla en ellos. Es verdad que la Iglesia está formada por pecadores, porque todos los que estamos dentro de la comunión de la Iglesia y somos sus miembros, aún después de nuestro bautismo que nos limpió de todo pecado, seguimos siendo pecadores. Bien lo sabemos por experiencia que se impone a nuestra conciencia: nuestra libertad no está plenamente liberada de la tendencia al pecado mientras vivimos en esta condición de peregrinos, camino de la patria celestial. Por eso, Jesús nos enseñó a suplicar de Dios Padre en la oración del Padrenuestro que Dios no nos deje caer en la tentación.
El misterio de la santidad de la Iglesia consiste en que todos sus miembros estamos permanentemente siendo santificados por aquel que es “el solo Santo” y que habita en su Iglesia, vive y mora en ella: el Dios uno y trino. El Dios vivo y verdadero santifica a su Iglesia, y es el Padre, de quien procede toda vida y redención, quien obra por medio del Espíritu Santo vivifica a la Iglesia comunicándole la vida divina; y este don admirable de la vida que procede del Padre la Iglesia lo recibe, y en ella cada uno de los bautizados lo recibimos, por medio de su Hijo Jesucristo. Es la santa Trinidad la que obra en nosotros la salvación y lo hace por medio de las tres divinas personas que son el único Dios vivo y verdadero, creador, redentor y santificador de la humanidad.

La Iglesia es santa y nunca dejará de serlo, a pesar de los pecados de sus miembros

Así lo enseña el Vaticano II con el magisterio de la Iglesia de todos los tiempos: la Iglesia es santa y nunca dejará de serlo, a pesar de los pecados de sus miembros, porque «Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y el Espíritu se proclama “el solo Santo”, amó a su Iglesia como a su esposa. Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del Espíritu Santo para gloria de Dios» . Recordando esta enseñanza del Concilio, el Catecismo de la Iglesia Católica da razón de los títulos de la Iglesia como «pueblo santos de Dios» ; es decir, da razón de la santidad de los miembros de la Iglesia peregrina, que unidos a los que por la muerte han alcanzado la plena comunión con Cristo en el cielo, verdadera “Iglesia celestial”, y unidos también a aquellos otros que han entrado en el estado de plena purificación de faltas y pecados como “Iglesia purgante” forman unidos en Cristo la comunión de los santos.
En la comunión de los santos brilla de modo especial la santidad de la Iglesia en aquellos hermanos nuestros que ahora gozan de la vida divina en plenitud porque su ejemplaridad, mientras vivieron en este mundo, es un referente de cumplimiento fiel de la voluntad de Dios, único camino para alcanzar la bienaventuranza eterna: la dicha sin fin de la gloria que Dios otorgará a cuantos le aman. El sermón de la montaña es la predicación de Jesús que se abre con las bienaventuranzas y proclama el camino de la salvación, que no es otro que el cumplimiento de los mandamientos. En el sermón de la montaña Jesús nos remite a la ley y a los profetas, cuyas exigencias son la voluntad de Dios para entrar por la senda estrecha de la salvación. El sermón de la montaña no trata de subrayar el carácter riguroso e implacable de los mandamientos de Dios ni el carácter punitivo radical de su violación; lo que el sermón de la montaña enfatiza es la exigencia radical de la voluntad divina como utopía que reclama la mayor generosidad que inspira un verdadero amor a Dios. Todas las exigencias de la ley divina lo son para mostrar que la santidad estriba y consiste en el amor radical a Dios que se manifiesta en el cumplimiento hasta la tilde que lleva consigo la letra de la ley, es decir, cuanto manda la ley divina.

La santidad estriba y consiste en el amor radical a Dios que se manifiesta en el cumplimiento hasta la tilde que lleva consigo la letra de la ley, es decir, cuanto manda la ley divina.

Podemos sentir miedo ante las exigencias de la ley, pero este miedo desaparece cuando se ha conocido a Dios y su misericordia, su amor irreversible. La ley de Dios no es contraria a la libertad del hombre, porque Dios ha querido libre a ser humano, de lo contrario no podría ser interlocutor de Dios. La ley de Dios hace posible al hombre la verdadera libertad, porque Dios sólo manda amar el bien, siendo él mismo la suma bondad y el bien sumo que el hombre puede desear. Dios manda practicar el bien, y hemos de hacerlo como lo han hecho los santos, llegando incluso a las lágrimas; es decir, al sufrimiento que la apuesta por el bien genera por la incomprensión de los malos. Por eso, las bienaventuranzas proclaman dichosos a cuantos padecen la persecución por causa de la justicia del reino de los cielos.
Los santos —y sus biografías nos dicen con qué frecuencia— cargaron con su dolor padeciendo la injusticia y el dolor ajeno, supieron sufrir con los que sufrían a su lado; y con un corazón limpio buscaron el bien de sus hermanos y «fijos los ojos en Jesús, iniciador y consumador de la fe, que, sin miedo a la ignominia soportó la cruz en lugar del gozo que se le proponía, y está sentado a la diestra del trono de Dios» (Hb 12,2). Los santos fueron configurados con Jesús llegando, en el caso de los mártires, a sacrificar su propio cuerpo unidos a Cristo crucificado, dando así muerte al odio que enfrenta a los seres humanos, para llegar a ser en el mismo destino del Señor que los unió a su cruz verdaderos constructores de reconciliación y de paz.
Quienes así cumplen la palabra de Dios, no se contentan tan sólo con invocar a Dios, sino que alcanzan la salvación cumpliendo la palabra de Dios en su vida; porque «no todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7,21). El sermón de la montaña es un programa de obras, porque «todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego. Por tanto, por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,19-20). Si Dios nos manda llevar a cumplimiento sus mandamientos es porque es posible cumplirlos, y si pide que lo cumplamos con radicalidad es porque el amor que de él procede alimenta y sostiene nuestra capacidad de hacer el bien hasta dejar en ello la propia vida, para recobrarla definitivamente de él en la resurrección de los muertos. Todo viene de la gracia de Dios, autor de la ley y de los mandamientos. Cumpliendo la ley, Dios nos hace partícipes de su propio obrar, de cómo actúa él con nosotros .
Las bienaventuranzas y el sermón de la montaña son el programa evangélico de vida que nos introduce en la senda que han de andar los discípulos de Jesús. Este programa de vida contiene cuanto han de proclamar al mundo los discípulos como enviados por Jesús a anunciar la buena nueva de la salvación. No olvidemos cómo Jesús resucitado envía a sus discípulos a la misión en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y les añade: «enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabes que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Los santos se han aventurado por el camino arriesgado de una vida entregada a la realización de la verdad en el amor a Dios y a los hombres, haciendo programa de vida las bienaventuranzas.

Los santos han practicado las obras de salvación, no como quienes aparentan cumplir la palabra de Dios, pero hurtan la verdad evangélica que dicen haber conocido llevando una conducta falta de coherencia con la fe que profesan. Los santos se han aventurado por el camino arriesgado de una vida entregada a la realización de la verdad en el amor a Dios y a los hombres, haciendo programa de vida las bienaventuranzas, que «dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su pasión y de su resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana» .
Por esto mismo la visión el Apocalipsis que nos ofrece de los santos es la de una multitud inmensa marcada por la señal de su pertenencia al Cordero inmaculado sacrificado por nosotros, Cristo Jesús con las señales gloriosas de su pasión, acompañado de los ángeles y de los santos, que visten blancas vestiduras por haber sido purificados de toda mancha vertiendo su sangre su generosa por amor al Cordero. Estas vestiduras son la señal del martirio que han padecido, al cual se refieren las palabras finales: «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero» (Ap 7,14). Esta pureza de los santos es la que corresponde a los hijos de Dios, como dice san Juan en la primera carta aludiendo a la consumación de la vida divina en los santos, pues «ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos […] porque le veremos tal cual es» (1Jn 3,2). Le veremos cuando vivamos en el cielo de la vida divina, llegando a ser divinizados.
Los santos, ejemplos edificantes de vida cristiana, nos estimulan a seguir el camino de la vocación a la santidad a cada uno de los bautizados, y son con María, la “toda santa”, figura e imagen de la Iglesia, una llamada permanente a la santidad. Recordemos las palabras del santo papa Juan Pablo II: «Los santos y santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de la historia de la Iglesia. Hoy tenemos una gran necesidad de santos, que hemos de implorar asiduamente de Dios» .
Que la bienaventurada Virgen María, su castísimo esposo san José y todos los santos nos ayuden a ser fieles a la vocación universal a la santidad a la que hemos sido llamados y compartimos en la Iglesia.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
1 noviembre 2020

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

Ilustración: pintura de Anibale Carracci, «la Trinidad en la Gloria con los Santos»

 

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