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LA RENOVACIÓN DE LOS ESTUDIOS ECLESIÁSTICOS EN LA CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA VERITATIS GAUDIUM

Discurso en la inauguración del curso académico 2019-2020 Centro de Estudios Eclesiásticos de Almería Seminario Conciliar de San Indalecio

Estimados profesores y formadores del Seminario;

Queridos alumnos, religiosas y seminaristas diocesanos;

Señoras y señores:

Inauguramos hoy un nuevo curso académico que, sin duda, como cada curso será un reto para profesores, formadores y alumnos de nuestro seminario, como lo es para mí y para todo el presbiterio. A todos nos incumbe la mejor preparación de los seminaristas de nuestros días, porque esta es necesaria para la predicación del Evangelio, la instrucción en la fe y el ejercicio del ministerio pastoral de la comunidad cristiana.

Hace ahora dos años que el Papa Francisco firmaba la Constitución apostólica sobre las Universidades y Facultades eclesiásticas Veritatis gaudium (8 diciembre 1917)[1]. Estamos, pues todavía en período de adaptación y recepción de esta nueva Constitución apostólica, que viene a complementar, con un fuerte impulso renovador, los estudios eclesiásticos. Como todos pueden entender, corresponde a las Universidades y Facultades eclesiásticas llevar a cabo la renovación deseada mediante la ordenación y aplicación de las normas emanadas de esta Constitución, que quiere incorporar a la Constitución apostólica Sapiencia christiana (1979) nuevas normativas sobre la materia, que han sido aprobadas por la Congregación para la Educación Católica siguiendo las orientaciones del magisterio del Papa; y teniendo en cuenta los cambios que exige su adaptación al tiempo presente, acontecidos durante los últimos cuarenta años que han transcurrido desde la Sapientia Christiana hasta hoy. Así, pues, esta incorporación de nuevas normas[2], para una mejor adaptación al tiempo de los estudios eclesiásticos, se ha querido realizar atendiendo por esto mismo a los cambios histórico espirituales que se vienen produciendo tras el Segundo Concilio Vaticano. Todo con el propósito de impulsar la acción evangelizadora de la Iglesia, que tiene en el cultivo de los estudios eclesiásticos y su renovación un punto de apoyo del todo necesario.

Quiero, por ello, referirme a algunas de las consideraciones que hace el Papa Francisco en los tres primeros números del proemio de la Constitución apostólica Veritatis gaudium.

1º. Afirma, en el número 1 del proemio que «el vasto y multiforme sistema de los estudios eclesiásticos ha florecido a lo largo de los siglos gracias a la sabiduría del Pueblo de Dios, que el Espíritu Santo guía a través del diálogo y discernimiento de los signos de los tiempos y de las diferentes expresiones culturales. Dicho sistema está unido estrechamente a la misión evangelizadora de la Iglesia y, más aún, brota de su misma identidad, que está consagrada totalmente a promover el crecimiento auténtico e integral de la familia humana hasta su plenitud definitiva en Dios».

Si tenemos en cuenta esta importante observación, debemos parar mientes en la afirmación que hace el Papa, según la cual la acción del Espíritu Santo hace avanzar, mediante el diálogo y el discernimiento de los signos de los tiempos y de las diferentes expresiones culturales, el sistema en cuanto tal de los estudios eclesiásticos. Es decir, que estos estudios no son sólo obra de la erudición de la mente, sino de la acción del Espíritu Santo, que dirige y ordena los resultados de la investigación y la reflexión sobre la revelación divina, con relación a los procesos y los sistemas culturales hasta obtener síntesis diversas que se van sucediendo en el tiempo, avanzando al ritmo de la historia de la fe y de la Iglesia en el mundo.

2º. Se entiende así que, en el número 2 del proemio, la Constitución avance para el lector que esta es la perspectiva en la que se sitúa el Decreto conciliar Optatam totius sobre la formación sacerdotal, que exhorta a que los estudios eclesiásticos «contribuyan en perfecta armonía a descubrir cada vez más a la inteligencia de los alumnos el misterio de Cristo, que afecta a toda la historia de la humanidad, e influye constantemente en la Iglesia»[3]. Esto exige, observa el Papa, conjugar la meditación de la Sagrada Escritura,  que es «el alma de toda la teología»[4], y el estudio científico de la misma; y junto con la participación en la Liturgia, «fuente primera y necesaria del espíritu verdaderamente cristiano»[5], mantener «el estudio sistemático de la Tradición viva de la Iglesia en diálogo con los hombres de su tiempo, en escucha profunda de sus problemas»[6]. El Papa se atiene al texto conciliar poniendo de relieve los principios fundamentales sobre los que se ha de desarrollar la formación de los candidatos al ministerio sacerdotal.

Francisco recuerda la vigencia del Decreto conciliar, que proponía proceder de este modo, para que los responsables de la formación sacerdotal tuvieran en cuenta que «la preocupación pastoral debe estar presente en toda la formación de los alumnos»[7]. Se trataba de enfatizar que si los alumnos se han de saber orientados al  servicio de la Iglesia universal, aun cuando se inserten en la Iglesia particular que les es propia, en la cual surge y se desarrolla su vocación al sacerdocio, en razón de la misma condición católica de la Iglesia, se han de acostumbrar a «superar las fronteras de su propia diócesis, nación o rito y ayudar a las necesidades de toda la Iglesia, con el ánimo dispuesto a predicar el Evangelio por todas partes»[8].

En resumen, volviendo sobre lo dicho, es de la mayor importancia para llevar a cabo una verdadera renovación de los estudios eclesiásticos recuperar el carácter normativo de las pautas fundamentales del Decreto Optatam totius, para recuperar la orientación que el Vaticano II quiso dar a los estudios eclesiásticos: sin la meditación y el estudio de la Escritura, la participación en la vida litúrgica de la Iglesia y el conocimiento y exégesis de la Tradición de fe de la Iglesia, que es una realidad viva y se desarrolla o evoluciona de modo homogéneo en la historia misma de la Iglesia no se logran con acierto las síntesis que cada época elabora de los estudios eclesiásticos. Esta evolución homogénea que acompaña el desarrollo de los estudios eclesiásticos se da siempre en diálogo con el pensamiento de cada época. Es así, en este diálogo entre fe y pensamiento histórico, como la vida de cada generación se convierte en interlocutora de la comunidad eclesial, vida que es preciso conocer y, en sus mejores valores, incorporar para llegar al sistema que, en cada momento de la historia de la fe, ha de ayudar a que la predicación del Evangelio penetre culturalmente en la vida de los hombres.

Es lo que san Juan Pablo II reiteró durante su pontificado romano: la fe tiende por su propio dinamismo a hacerse cultura: «La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe»[9], y por eso citaba el santo Papa lo que había dicho pocos meses antes: «Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida».[10]

Sin embargo, es necesario comprender bien los procesos de inculturación de la fe y mantener el criterio del magisterio eclesiástico emitido durante los últimos pontificados. Cuando nos disponemos a celebrar el mes especialmente consagrado a las misiones, el octubre misionero que el Papa Francisco ha querido para conmemorar los cien años de la Carta apostólica sobre las misiones Maximum illud (30 noviembre 1919), del gran Pontífice Romano Benedicto XV, conviene volver sobre el oportuno y sustancioso documento «Para una Pastoral de la Cultura», del Pontificio Consejo para la Cultura, a cuya institución por san Juan Pablo II acabamos de referirnos citando la carta por la cual se constituye este Pontificio Consejo. El documento tenía el objetivo de argumentar su propia misión como organismo creado para favorecer la aculturación del Evangelio, aclarando de qué forma se ha poner en relación la obra evangelizadora de la Iglesia y la inculturación de la fe. Decía el documento: «La evangelización propiamente dicha consiste en el anuncio explícito del misterio de salvación de Cristo y de su mensaje, pues “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad” (1 Tm 2, 4). “Es, pues, necesario que todos se conviertan a Él, una vez conocido por la predicación del Evangelio, y a Él y a la Iglesia, que es su Cuerpo, se incorporen por el bautismo” (Ad gentes divinitus, n. 7)»[11]. De lo cual se deduce que la aculturación (inculturación) del Evangelio no puede supeditarse a la vigencia de una cultura determinada sin su transformación interior o «conversión», para acoger a Cristo, recepción que ha de conformar la «cristianización» de cada cultura.

Por esto, es necesario tener presente lo que san Juan Pablo II dice en la Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis a propósito de la inculturación de la fe:

«Ésta [la inculturación], ante las culturas más dispares y a veces contrapuestas, presentes en las distintas partes del mundo, quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de predicar el Evangelio a todas las gentes hasta los últimos confines de la tierra. Esta obediencia no significa sincretismo, ni simple adaptación del anuncio evangélico, sino que el Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se encarna en ellas, superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y con la vida cristiana y elevando sus valores al misterio de la salvación que proviene de Cristo»[12].

Un pasaje de la exhortación del santo Papa del que se hace eco el documento del Pontificio Consejo para la Cultura, para afirmar lo que sigue:

«La ola dominante de secularismo que se extiende a través de las culturas, idealiza a menudo, con la fuerza de sugestión de los medios, modelos de vida que son la antítesis de la cultura de las Bienaventuranzas y de la imitación de Cristo pobre, casto, obediente y manso de corazón. De hecho, hay grandes obras culturales que se inspiran en el pecado y pueden incitar al él. «La Iglesia, al proponer la Buena Nueva, denuncia y corrige la presencia del pecado en las culturas; purifica y exorciza los desvalores. Establece, por consiguiente, una crítica de las culturas… crítica de las idolatrías, es decir, de los valores erigidos en ídolos, de aquellos valores que, sin serlo, una cultura asume como absolutos» (III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano: La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina, Puebla 1979, n. 405)[13].

3º. Finalmente, en el n. 3 del proemio, de la Constitución apostólica Veritatis gaudium, el Papa Francisco observa que la renovación de los estudios eclesiásticos tiene que contar con el siguiente supuesto: que dichos estudios «no deben sólo ofrecer lugares e itinerarios para la formación cualificada de los presbíteros, de las personas consagradas y de laicos comprometidos, sino que constituyen una especie de laboratorio cultural providencial, en el que la Iglesia se ejercita en la interpretación de la performance [comportamiento, actuación] de la realidad que brota del acontecimiento de Jesucristo y que se alimenta de los dones de Sabiduría y de Ciencia, con los que el Espíritu Santo enriquece en diversas formas a todo el Pueblo de Dios: desde el sensus fidei fidelium hasta el magisterio de los Pastores, desde el carisma de los profetas hasta el de los doctores y teólogos».

Es decir, los estudios eclesiásticos no pueden cerrarse sobre sí mismos, sino que han de estar abiertos al fecundo diálogo de hibridación que ha de producirse por la acción del Espíritu Santo en el conjunto del pueblo de Dios, desde el sentido de la fe de los fieles al magisterio de los doctores y los teólogos de la Iglesia. Esto significa que la atención que los responsables del desarrollo de la vida académica han de prestar al conjunto de la vida cristiana es un elemento de primer orden, para evitar el repliegue sobre sí mismos de los estudios eclesiásticos. La labor de los centros donde se imparten estas materias y se trabaja sobre su aplicación a la vida de la comunidad eclesial tiene que estar orientada pastoralmente, tal como pedía el Decreto sobre la formación sacerdotal, si se entiende correctamente lo que dice el texto conciliar. No se trata de pragmatismo alguno, ni tampoco de elaborar un recetario de aplicación a las dificultades de la vida de la comunidad eclesial, sobre todo, con relación a la presencia evangelizadora de la Iglesia en la sociedad; y teniendo en cuenta, claro está, la diversidad de situaciones en las que se desarrolla la vida del pueblo de Dios.

Se puede preguntar: entonces, ¿de qué se trata? Según la nueva Constitución apostólica sobre los estudios eclesiásticos, se trata de proyectarlos sobre la vida, en su conjunto, de la comunidad eclesial; y se trata, por esto mismo, de iluminar sus acciones, necesidad y legitimidad de la misma de la propia comunidad eclesial con relación a la predicación del Evangelio, la meditación de la fe y la vida en Cristo. Esta última no se puede separar de las dos primeras, porque la vida en Cristo está configurada por la práctica sacramental y el código moral de conducta cristiana y expresa tanto en la práctica religiosa como en la cualificación moral de conducta tanto el contenido del Evangelio anunciado como la experiencia reflexionada y vivida de la fe.

Como se puede concluir tras la exposición de estos tres puntos que abren en el proemio el alcance de las normas que establece la Constitución Veritatis gaudium, creo que merecía la pena detenerse en lo que se dice. La influencia sobre los estudios eclesiásticos, es decir, sobre su organización y aplicación, será profunda y extensa en los próximos años, en la medida en que se vaya aplicando el espíritu y la letra de la misma, que se concretan en las normas comunes y especiales que organizan y regulan estos estudios. Su importancia para la vida de la Iglesia y la formación de sus ministros no se puede ignorar.

Queda inaugurado el Curso académico 2019/2010 en el Centro de Estudios Eclesiásticos de Almería.

Almería, a 23 de septiembre de 2019

 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

[1] Cf. Constitución: https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2018/01/29/gau.html

[2] Cf. la normativa que concreta las normas comunes y normas especiales contempladas por el Papa Francisco en la Constitución: Congregación para la Educación Católica, Normas aplicativas de la Congregación para la educación católica en orden a la recta ejecución de la Constitución apostólica «Veritatis gaudium» (27 de diciembre de 2018), incluidas en el Apéndice I que acompaña la Constitución y colocadas en el mismo lugar del sitio de la Santa Sede en la red de juntamente con la Constitución apostólica con fecha 21.1.2018.

[3] Vaticano II, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius [OT] (28 octubre 1965), n. 14.

[4] OT, n. 16.

[5] Ibid.

[6] Ibid.

[7] OT, n. 19.

[8] OT, n. 20.

[9] Cf. San Juan Pablo II, Carta por la se instituye el Pontificio Consejo para la Cultura (20 mayo 1982).

[10] San Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el congreso nacional de Movimiento eclesial de compromiso cultural (16 enero 1982).

 

[11] Pontificio Consejo para la Cultura [PCC], Para una pastoral de la cultura (23 mayo 1999), n. 4.

[12] Pastores dabo vobis, n. 55.

[13] PCC, Para una pastoral de la cultura, n. 5.

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