Homilías Obispo

La Natividad de María llena de paz a cuantos creen en su divina maternidad

HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

Lecturas bíblicas: Miq 5,2-5; Sal 12,6 (R/. «Desbordo de gozo con el Señor»); Rm 8,28-30; Aleluya: «Dichosa eres Santa Virgen María, y muy digna de alabanza…»; Mt 1-16.18-23.

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María es ocasión de numerosas fiestas marianas en nuestro país y en otros lugares del mundo católico, donde las comunidades cristianas celebran a María glorificando a Cristo el Señor, nacido de sus purísimas entrañas por designio de Dios para salvación del mundo. Esta fiesta llena de gozo este santuario, casa de María, donde la imagen sagrada de la Virgen preside desde hace tres centurias la vida de las poblaciones que se acogen al amparo de su manto maternal. Esta iglesia del primer santuario de la diócesis, cuya construcción autorizó en 1712 el obispo Fray Manuel de Santo Tomás, de la Orden de Predicadores, sustituyó la antigua capilla de 1681. La sagrada imagen de Nuestra Señora de la Asunción los Desamparados tuvo por morada esta ermita, a la que se refería don Lázaro de Martos, el místico vidente del misterio de la gloria de María; una vez autorizada la nueva construcción, su ejecución tuvo que esperar hasta que el gran Obispo D. Claudio Sanz y Torres levantara la esbelta iglesia que nos acoge junto con el complejo conventual, convirtiéndose en meta de peregrinaciones marianas.

La fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María es ocasión de numerosas fiestas marianas en nuestro país y en otros lugares del mundo católico, donde las comunidades cristianas celebran a María glorificando a Cristo el Señor, nacido de sus purísimas entrañas por designio de Dios para salvación del mundo.

La visión del Apocalipsis inspira la talla de la Virgen, que es representada como mujer victoriosa sostenida por los ángeles, a la cual no pudo arrebatar el dragón de las siete cabezas el hijo que esperaba dar a luz la mujer. La imagen de la Virgen el Saliente reúne en sí el misterio de la Madre del Mesías, la inmaculada Virgen María, nueva Eva cuyo linaje aplastará la cabeza de la serpiente (cf. Gn 3,15); y el misterio de la Madre exaltada a los cielos, la mujer protegida por Dios del dragón infernal, a la que el vidente contempla «vestida del sol, con la luna bajo sus pies y coronada de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12,1).
Madre del Hijo de Dios, la Virgen María ha dado a luz al Redentor del mundo, acontecimiento de salvación que ha hecho universalmente célebre la pequeña población de Belén, como profetizó Miqueas: será grande siendo «pequeña entre las aldeas de Judá, porque de ti —dice el profeta— saldrá el jefe de Israel» (Miq 5,2). La maternidad divina es la gloria de María, como decía en la reciente fiesta de la Virgen del Mar, y lo será por toda la eternidad, pues por ella hemos recibido al Autor de la vida, Cristo nuestro Señor. De ella nació el Pastor de Israel, que, crucificado por nosotros, «murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2Cor 5,15). Entregando su vida por nosotros en la cruz el Hijo de María, siendo Hijo de Dios atrajo hacia sí a cuantos ha salvado con su sangre redentora (cf. Jn 12,32), para que formen parte de su rebaño y no haya más que «un sólo rebaño y un solo pastor» (Jn 1016).

Madre del Hijo de Dios, la Virgen María ha dado a luz al Redentor del mundo, acontecimiento de salvación que ha hecho universalmente célebre la pequeña población de Belén, como profetizó Miqueas: será grande siendo «pequeña entre las aldeas de Judá, porque de ti —dice el profeta— saldrá el jefe de Israel» (Miq 5,2).

El dominio de este Pastor prometido será, como anunciaron los profetas, el universo de las naciones, que él reconciliará en su sangre suprimiendo el arco de guerra y proclamando la paz a las naciones, y así «su dominio alcanzará de mar a mar, desde el gran Río al confín de la tierra» (Zac 9,10). Ante este Pastor universal «se postrarán los reyes y le servirán todas las naciones», y él «se apiadará del pobre y del indigente / y salvará la vida de los pobres; / él rescatará sus vidas de la violencia, / su sangre será preciosa a sus ojos» (Sal 71,8.11-12). Nacido de la Virgen María, Jesucristo es el Pastor de Israel prometido y el mesiánico Rey de paz que trae la salvación a las naciones.
Cuando pensamos en los conflictos y violencia que afligen a tantos pueblos y en el sometimiento y opresión que pesa sobre tantos pueblos de la tierra, el nacimiento de María, Madre del Rey de paz que trae la salvación, alegra nuestro corazón y fortalece la certeza de la fe que da alas a la esperanza, porque Dios no ha abandonado a la humanidad. La fe en Cristo Jesús libra al hombre del miedo al abandono, porque Dios se nos ha revelado como amor y ha predestinado desde toda la eternidad a la Virgen María a dar a luz al Redentor del mundo. De esta predestinación habla el apóstol san Pablo, poniendo de manifiesto que la esperanza no puede defraudarnos, porque Dios ha predestinado al hombre desde toda la eternidad «a ser imagen de su Hijo para que él fuera el primogénito de muchos hermanos» (Rm 8,29). Esta predestinación es fruto del amor de Dios por la humanidad, de su misericordia que perdona los pecados de los hombres y los justifica por la fe en Cristo Jesús, y abre su vida a una esperanza cierta en la plena redención de nuestra existencia, pues «a los que justificó, los glorificó» (Rm 8,30). En este camino de fe y esperanza consumada, nos precede la inmaculada Virgen María, a la que contemplamos unida a la obra redentora de su Hijo, del pesebre de Belén hasta la cruz del Calvario. María compartió la suerte dolorosa de su divino Hijo, y por su asunción a los cielos la contemplamos glorificada junto a Cristo Resucitado.

En este camino de fe y esperanza consumada, nos precede la inmaculada Virgen María, a la que contemplamos unida a la obra redentora de su Hijo, del pesebre de Belén hasta la cruz del Calvario. María compartió la suerte dolorosa de su divino Hijo, y por su asunción a los cielos la contemplamos glorificada junto a Cristo Resucitado.

Por este motivo, el evangelio según san Mateo que acabamos de proclamar comienza con la genealogía de Jesucristo, nacido en Belén «la menor de los clanes de Judá, cuyos orígenes vienen desde antiguo, de tiempo inmemorial» (Miq 5,1), porque tal como anunciaron los profetas Belén, “casa del pan”, es la ciudad de David, origen del Mesías. Por esto la genealogía de Jesús comienza haciendo alusión a su condición de hijo de David, como lo invocaban cuantos acudían a él pidiendo ser curados y liberados del mal; y como aclamaron a Jesús en la entrada en Jerusalén el domingo de Ramos. Jesús es hijo de David e hijo de Abrahán, David es el padre de la dinastía real de Israel y a su vez desciende de Abrahán, padre del pueblo hebreo, elegido por Dios en favor de la humanidad. En la genealogía el evangelista aúna las generaciones en tres grupos de catorce generaciones cada uno: de Abrahán a David, desde David a la deportación de Babilonia, y desde la deportación hasta Cristo (Mt 1,17). Por todas ellas pasa la ascendencia mesiánica del Salvador, que está por encima de la condición de quienes forman la cadena de generaciones transmisoras de la vida que nutre la humanidad de Jesús, en una continuidad histórica que conduce hasta «José, esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo» (Mt 1,16).
El evangelista, inserta de este modo la naturaleza humana de Cristo en la historia que la fe como humanidad del Hijo de Dios, porque «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). El evangelio afirma la concepción virginal de Cristo, que colocó a José ante el misterio de María y con la ayuda de Dios, que en sueños le dio a conocer que lo que había en ella venía del Espíritu Santo, José acogió a la mujer con la que estaba desposado, dando crédito de fe plena a cuanto se le anuncia: «Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque salvará a sus pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Es misión de san José dar nombre a Jesús y como cabeza de familia hacer las funciones de padre ante los hombres, haciendo de la sagrada Familia el ámbito humano querido por Dios para el nacimiento y el desarrollo de la vida de su Hijo.
Cuando se cumplen los 150 años de la declaración de san José, el santo esposo de María como Protector de la Iglesia por el beato Pío IX, la Iglesia nos presenta al padre de Jesús a los ojos del mundo y ante la ley, como el hombre de fe que acoge la palabra de Dios. San José como la Virgen María viven de la palabra de Dios, por eso ambos son presentados a la congregación de la Iglesia como realización perfecta de la obediencia de la fe, que sostiene la vida en el amor de quienes se fían de Dios. José es modelo de quien es justo por su fe y ha puesto toda su esperanza en Dios: el modelo de la paternidad vivida y realizada conforme a la mente de Dios, que hoy tanto necesita el padre de familia, que en íntima comunión de fe y vida con su esposa hace de la familia el ámbito de amor, de procreación y educación de la vida de los hijos que es garantía de estabilidad y futuro de la sociedad. Por eso lamentamos que una sociedad como la nuestra no tenga toda la protección que necesita la familia, y que hoy es tan agredida y desestabilizada por una cultura que es contraria al proyecto de Dios para el ser humano.
Pidamos a María y a José su intercesión en favor de las familias de cuantos hoy acudimos a esta casa de María. Pidamos a Nuestra Señora su amparo maternal, invocándola como refugio de pecadores, salud de los enfermos y cobijo de todos los desamparados.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 8 de septiembre de 2021

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

 

 

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