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LA HISTORIA DE AMOR DE DIOS POR SU VIÑA

HOMILÍA EN EL XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Jesús contó a la multitud la parábola de estos malvados viñadores, censurando con dureza la conducta de los escribas y fariseos. Lo hizo ampliando y modificando la historia de amor de Dios por la viña de Israel que encontramos en el profeta Isaías. En tiempo de vendimia, con una imagen de los viñedos españoles, esta parábola alegórica es conmovedora y advierte de la patología que, como a Israel la padeció, puede también padecerla la Iglesia, si los pastores y el pueblo fiel abandona a Dios y no hace realidad el Evangelio de Jesús en la vida de cada uno de los bautizados. Invitamos a leer y la homilía del Obispo diocesano.

Lecturas bíblicas: Is 5,1-7; Sal 79,9.12-16.19-20 (R/. La viña del Señor es la casa de Israel); Aleluya: Jn 15,16 (“Soy yo quien os ha elegido a vosotros…”); Mt 21,33-43

Queridos hermanos y hermanas:
El evangelio de este domingo es una alegoría dramática de malos viñadores, una imagen que en este tiempo de vendimia nos ayuda a comprender mejor la palabra de Dios. Es una alegoría conmovedora del pueblo elegido y su misión en la historia de nuestra salvación. Dios eligió un pueblo que no fue fiel a la alianza que hizo con sus padres, alianza que reiteró en el Sinaí por medio de Moisés. El pueblo de elección divina fue rebelde a Dios, dando muerte a los profetas que le fueron enviados para orientar su conducta al cumplimiento de los mandamientos de Dios. San Mateo, después de recoger esta parábola alegórica de los viñadores homicidas, en un pasaje cercano un más adelante en su evangelio, recoge también la parábola de un rey que invitó al banquete de bodas de su hijo, y los convidados rechazaron la invitación con diversas excusas, e incluso llegaron algunos invitados a escarnecer a los enviados a invitarles y los mataron. Este rechazo acarrea el enojo del rey, que «envió sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad» (cf. Mt 22,5-6). Esta parábola tiene gran semejanza con la parábola claramente alegoría que acabamos de escuchar en el evangelio de hoy.

El evangelio de este domingo es una alegoría dramática de malos viñadores, una imagen que en este tiempo de vendimia nos ayuda a comprender mejor la palabra de Dios. Es una alegoría conmovedora del pueblo elegido y su misión en la historia de nuestra salvación.

Poco más adelante san Mateo recoge las invectivas de Jesús contra los jefes religiosos de Israel. Después de censurar duramente la hipocresía de los escribas y fariseos, Jesús increpa a Jerusalén, lamentando que el pueblo elegido haya dejado pasar la “hora” de la salvación sin reconocer al enviado por el Padre. Finalmente, Jesús dirige un grave apóstrofe contra la ciudad santa: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no habéis querido!» (Mt 23,37).
La narración evangélica impresiona por la crueldad que los arrendatarios de la viña practican con los que le son enviados por el dueño y propietario de la viña, que envió a sus criados dos veces a recoger los frutos que le correspondía por el contrato de arrendamiento. Todos fueron asesinados por los labradores que pretendían adueñarse de la viña y de sus frutos. A pesar de esta crueldad, el dueño no toma medidas hasta que envía a su hijo y también es asesinado. Es evidente para cualquier lector sin prejuicios que Jesús está refiriéndose a lo que poco más adelante dice el evangelio: el pueblo elegido dio muerte a los profetas que Dios fue enviándoles, y que al final conforme a la profecía de Jesús, al narrar este comportamiento desleal y rebelde, los jefes religiosos de Israel sentenciaron a muerte al propio hijo del dueño de la viña de Israel, al mismo Jesús.
La pregunta de Jesús a los que le escuchan es provocadora para los dirigentes de Israel: «Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Le contestaron hará morir de mala muerte a esos malvados, y arrendará la viña a otros labradores que le den los frutos a su tiempo» (Mt 21,40-41). Es el castigo que anunció el profeta Isaías, a quien hemos escuchado en la primera lectura. Dios se lamenta de la improductividad de la viña de su elección, que Dios ha cuidado con esmero: «¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no haya hecho?» (Is 5,4).
Como consecuencia de la agresiva improductividad de una viña que en vez de uvas da agrazones, su dueño la desecha, derribando la tapia que levantó para protegerla y derribando la torre que colocó en medio de ella. El dueño de la viña la despojará de toda protección y dejará de cuidarla, prohibiendo a las nubes que lluevan sobre ella.
Hemos respondido a la primera lectura cantado con el salmista: «La viña del Señor es la casa de Israel» (Sal 79,16). El pueblo elegido es la viña que el Señor sacó de Egipto y plantó en terreno de los gentiles, a las cuales expulsó para plantarlos a ellos. Dios los eligió para que anduvieran por el camino de sus mandamientos, pero Israel se alejó de la voluntad de Dios. Dice Isaías: «Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos» (Is 5,7). En la historia del cristianismo diversos comentaristas han querido ver en este texto evangélico la reprobación de Israel, que adquiere un dramatismo al límite en la alusión al rechazo de Cristo como piedra angular de la Iglesia: «¿No habéis escuchado nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular; es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?”» (Mt 21,42).
Algunos comentarios han sido antijudíos, y no han faltado quienes, ante las palabras de Jesús, anunciando que Dios les quitará el Reino de los cielos al pueblo elegido y se dará a un pueblo que produzca sus frutos (cf. Mt 21,43), ven la oposición que se dio realmente entre la resistencia judía a aceptar a Jesús como enviado de Dios y la acogida de la predicación del Evangelio por los pueblos gentiles o paganos. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, encontrándose cómo Pablo y Bernabé, al ver en Antioquía de Pisidia el rechazo de la predicación por parte de los judíos, les dicen: «Era necesario anunciaros a vosotros la palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os consideráis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los gentiles» (Hch 13,46). De hecho, tras la huida de los cristianos de Jerusalén por causa de la persecución desencadenada tras el asesinato de san Esteban, comenzaría con la dispersión el anuncio del Evangelio a los paganos.
Con todo, Dios no ha rechazado a su pueblo, lo ha abierto a la llegada de las naciones paganas y a su integración en el viejo olivo doméstico de Israel. Por eso, este evangelio tiene un significado importante para comprender cómo llega la Iglesia a convertirse en el nuevo pueblo de Dios, al que el mismo san Pablo llamará “Israel de Dios” deseándole la paz y la misericordia de Dios (Gál 6,16). Sucede en la historia de la salvación lo que dicen los que Jesús dice a los que escuchan la parábola de los viñadores homicidas: «arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo» (Mt 21,41). Dios ha hecho de Jesús, rechazado por su pueblo, la piedra angular del nuevo pueblo de Dios nacido del Israel elegido y amado al cual convoca a todos los pueblos. Por eso, la Iglesia como Israel de Dios ha de cuidarse de los peligros y enfermedades que le acechan, y que son los mismos peligros y enfermedades a los cuales sucumbió Israel, al que Dios, sin embargo, no ha rechazado.

Por eso, la Iglesia como Israel de Dios ha de cuidarse de los peligros y enfermedades que le acechan, y que son los mismos peligros y enfermedades a los cuales sucumbió Israel, al que Dios, sin embargo, no ha rechazado.

Recordemos que san Pablo dice en la carta a los Romanos que Dios no ha rechazado a su pueblo, que las promesas de Dios permanecen para siempre. Él mismo se ofrece a ser un proscrito y un maldito con tal de ganar a los de su raza para el Evangelio, enunciando a continuación con gran belleza los bienes que nos han venido por ellos: «Son israelitas; de ellos es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas, y los patriarcas; de ellos también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén» (Rm 9,4-5). Así, en la carta a los Efesios añade que Dios ha hecho de los dos pueblos uno solo, «Porque él [Cristo] es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro divisorio, la enemistad…» (Ef 2,14). La muerte de Jesús está en la perspectiva de Dios y así se lo dice el Resucitado a los discípulos del camino de Emaús: «No era necesario que el Cristo padeciera para entrar así en su gloria? Y empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras» (Lc 24,26-27). El antisemitismo no puede apoyarse en la muerte de Jesús. Jesús murió no sólo por la nación de los judíos, como profetizó el sumo sacerdote Caifás, «sino también para reunir en uno a los hijos que estaban dispersos» (Jn 11,52).
Dios ha unido a los pueblos: judíos y gentiles, porque en la transgresión de todos está la causa de la muerte de Cristo, en el cual hemos sido reconciliados. La muerte de Jesús es designio divino, mediante el cual Dios permitiendo la muerte de su Hijo, perpetrada por los hombres y no por Dios, ha dejado al descubierto su pecado; pues —como les dice Pablo a los de Roma— «todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Rm 3,21-24).
Ciertamente, Jesús ha modificado la historia de la viña que nos cuenta Isaías, añadiendo a la narración del profeta que el dueño arrendó la viña a unos labradores y que, conforme a lo pactado con ellos envió primero a los siervos y luego a su propio hijo a cobrar el fruto de la viña; y que los viñadores no sólo acaban con los enviados, sino incluso con el hijo del dueño con gran perversidad. Los lectores del evangelio saben que los enemigos de Jesús hicieron con él lo mismo que los viñadores con el hijo del dueño, sacándolo fuera de la viña y dándole muerte. Jesús fue sacado de la ciudad santa de Jerusalén y fuera de sus murallas fue crucificado conforme le habían pedido a Pilato los jefes religiosos de Israel. Esto sucedió así, pero no es posible hacer recaer sobre Israel la muerte de Jesús, como si nada hubieran tenido que ver con ella los pecados de la humanidad, generación tras generación. La muerte de Jesús fue una muerte prevista en el designio misterioso de Dios, que lleno de misericordia la convirtió en muerte reconciliadora haciendo de ella el medio de unidad de los pueblos (cf. 2 Cor 5,19).
La Misa es sacramento de unidad y de paz, en ella se suprimen las oposiciones entre quienes participan en la misma comunión, que hace de todos los que participan en ella una sola cosa en Cristo. La comunión eucarística da verdadera fundamentación a la recomposición de la unidad de la humanidad perdida por el pecado, haciendo de los cristianos, como dijo el Vaticano II, verdadero sacramento de la unidad del género humano. Participar de esta reconciliación que se nos ofrece en el sacrificio eucarístico de la Misa es abrir nuestra vida a la paz que viene de arriba, a la paz que llena el corazón del gozo de la salvación, que Jesús ha conquistado en la cruz para cuantos acogen el Evangelio. La participación en el sacrificio eucarístico dispone a quien acoge la paz que él nos da para hacer propio cuanto de bueno hay en el mundo, como recomienda san Pablo a los Filipenses: hemos de hacer nuestro todo lo que es verdadero, noble, justo, puro amable, digno de alabanza; lo que es virtud y mérito; y haciéndolo así, dice el Apóstol «el Dios de la paz estará con vosotros» (Flp 4,8-9).

S.A. I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 4 de octubre de 2020

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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