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«La envidia está en el origen de las divisiones, los enfrentamientos y las descalificaciones por llegar a poseer distintas cotas de poder»

HOMILÍA EN EL XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas bíblicas: Is 55,6-9; Sal 144,2-3.8-9.17-18 (R/. «Cerca está el Señor de los que lo invocan»); Flp 1,20-24.27; Aleluya: Hch 16,14: «Abre, Señor, nuestro corazón…»; Mt 20,1-16.

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de este domingo nos presenta la parábola de los trabajadores que fueron contratados a diversas horas del día para la labor en la viña del dueño que contrata. La sorpresa de estos trabajadores se produjo cuando, al terminar la jornada y acudir a recibir el cobro de la labor realizada, el dueño de la misma decidió a dar el mismo jornal de un denario a todos por igual, lo que levantó las protestas de los viñadores que habían sido contratados desde las primeras horas del día y habían «aguantado el peso del día y del bochorno» (Mt 20,12).
Lo primero que llama la atención en la parábola es la desproporción entre el esfuerzo realizado por los primeros viñadores con relación a los más tardíos y a los que llegaron a última hora del día antes de anochecer, y la igual recompensa que recibieron, un denario cada uno. Este desajuste entre mérito y recompensa llama, en efecto, la atención y, para explicarlo nos ayuda la primera lectura del profeta Isaías, que pertenece al último capítulo del llamado Libro de la Consolación (Is 40-55), que data de mediados del siglo VI a. C. y recibe el nombre del comienzo del que sería su primer capítulo, ahora equivalente al capítulo 40 de Isaías. El profeta exhorta al gozo del corazón, al consuelo, porque Dios ha decidido dar fin al cautiverio de los desterrados en Babilonia y devolverlos a Jerusalén y la Tierra santa. En el fragmento del capítulo final, que es el que acabamos de escuchar, el profeta recuerda a los judíos que los planes de Dios y los planes del hombre no son convergentes: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos —oráculo del Señor—. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes que vuestros planes» (Is 55,8-9).

Los planes de Dios y los planes del hombre no son convergentes: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos

El hombre no puede por eso poner a Dios a su favor manipulando la voluntad divina. Dios no tiene necesidad de nada que el ser humano pueda ofrecerle. Por eso, san Pablo tiene probablemente en cuenta este pasaje de Isaías para decir a los Romanos: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondable son sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!» (Rm 11,33). Sólo en Jesucristo hemos conocido la mente de Dios y, tal como la parábola nos descubre el actuar de Dios podemos comprenderla y llegar a la conclusión de que el hombre nada puede poner ante Dios como meritorio para que Dios le dé su recompensa, pues incluso la recompensa por del trabajo realizado en la viña es fruto de la gratuidad del Dios que nos salva. En efecto, dice un buen comentaristas del evangelio de san Mateo refiriéndose a este evangelio: «Esta extraña parábola mata el concepto de recompensa o salario en el momento de aplicarlo» y hace dudosos conceptos como premio y rendimiento, porque el salario es también gracia y recompensa gratuita . En consecuencia, añade por su parte san Gregorio Magno: «Ninguno se engría por sus obras buenas ni por el tiempo que ha empleado en practicarlas (…), pues, aunque sabemos cuántas cosas buenas hemos practicado, ignoramos todavía la escrupulosidad con la que las examinará el justo juez»

Esta extraña parábola mata el concepto de recompensa o salario en el momento de aplicarlo» y hace dudosos conceptos como premio y rendimiento, porque el salario es también gracia y recompensa gratuita

Esta idea de la gratuidad de todo salario es ya interpretación de los santos padres de la Iglesia antigua. Los trabajadores que murmuran tienen envidia de un salario gratuito, que sólo Dios puede dar, no los hombres, por lo cual «se concede el salario por una observancia excelente e irreprochable de la ley como un don de la gracia mediante la fe» . Lo que importa, al final es la fe que tiene que acompañar el trabajo esforzado de la jornada, porque sin la fe el salario, que siempre es gracia, no se puede recibir, ocurriendo lo que sentencia Jesús: que «los últimos serán los primeros y los primeros los últimos» (Mt 20,16).
Jesús nos advierte que no podemos fiar en nuestras obras, olvidando que nuestras obras son fruto de la fe, por eso tenemos que manifestar en ellas la fe que profesamos, como advierte Santiago: «la fe, si no tiene obras, está muerta por dentro» (Sant 2,17); pero si fiamos sólo en las obras sin atenernos a la fe ue las inspira y de la cual son fruto, caeremos en el error de pensar que Dios nos debe la salvación. La salvación es fruto del amor de Dios por nosotros, y fue Dios quien nos envió a su Hijo para que fuéramos salvados por medio de él y en él, en su sangre redentora. Como dice san Pablo, al afirmar que «Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8; cf. 1 Jn 4,9). No podemos perder de vista que Pablo les dice a los de Éfeso: «En efecto, por pura gracia estáis salvados mediante la fe” (Ef 2,8).
Esto es lo que significa que habrá últimos que son primeros y primeros que serán últimos. Jesús lo puso de manifiesto ante los escribas y fariseos que también los paganos, que vendrán de Oriente y de Occidente para, por la fe, acceder al banquete del reino de los cielos y sentarse a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob, mientras son echados fuera hijos del reino (cf. Mt 8,11.12). Jesús pronuncia esta sentencia después de haber curado al criado del centurión romano, cuya fe Jesús alaba: una fe de la que dice no haber encontrado una semejante en todo Israel (v. 11,10). san Lucas la une esta sentencia a la fuerte crítica que realiza Jesús a quienes se fían de las obras religiosas externas, pero no son consecuentes con su fe, para concluir con la advertencia que hemos escuchado en el evangelio de hoy: «Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos» (Lc 13,30).
La crisis de la sociedad cristiana que padecemos hoy es el resultado de una profunda quiebra de la fe en Dios y en Cristo Jesús. Necesitamos reavivar la fe para poder evangelizar la sociedad, porque sin la fe podremos lograr un determinado bienestar, pero no renacerá en nuestros corazones el hombre nuevo, abierto a su destino trascendente. El hombre redimido por Cristo se cualifica por su caridad, la virtud llamada a permanecer mientras que la fe y la esperanza pasarán. Una vez alcance la gloria, los redimidos en Cristo habrán llegado a la visión plena y a la posesión del objeto de la esperanza: la participación en la vida divina.

La envidia está en el origen de las divisiones, los enfrentamientos y las descalificaciones por llegar a poseer distintas cotas de poder.

Por eso, el amor no pasa jamás y permanecerá en la vida eterna, donde alcanzará su plenitud. Este amor es contrario a la envidia de los trabajadores que no pueden aceptar que el dueño de la viña premie por igual a todos los que fueron a trabajar a horas distintas del día. La envidia está en el origen de las divisiones, los enfrentamientos y las descalificaciones por llegar a poseer distintas cotas de poder. La pugna insana por los cargos más importantes y los primeros puestos responden a un dinamismo pecaminoso movilizado por la envidia. Como vicio indeseable, la envidia está por eso mismo en el origen del dinamismo inmoral de la revancha y de la malquerencia que conduce al homicidio. Tengamos presente que participar en el Reino de Dios, es decir, recibir un denario como premio del trabajo en la viña del Señor es efecto de la bondad de Dios, que pregunta a los quejumbrosos trabajadores de la primera hora lo que hemos escuchado: «¿Es que no tengo libertad para hacer con lo mío lo que quiero? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» (Mt 20,15-16). San Gregorio Magno comenta que es necia la murmuración del hombre provocada por la envidia contra la bondad de Dios, y añade que podríamos quejarnos si Dios no diera lo que debe dar, pero no si da lo que no debe.
La generosidad de Dios es el fruto de su pensamiento amoroso, de su eterna misericordia, que no deja de atraernos a la salvación a pesar de nuestros pecados y de nuestro alejamiento culpable de su regazo de infinito amor. Que la Eucaristía que ahora vamos a celebrar acrecenté nuestros sentimientos de acción de gracias por el don gratuito de la salvación que Dios nos da por el sacrificio de Cristo; y nos ayude a fortalecer nuestra voluntad de testimonio.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
20 de septiembre de 2010

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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