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«La corrección es deuda con el amor, lo único que cabe deber a nuestro prójimo»

HOMILÍA EN EL XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Corregir no es agredir sino atraer a la comunión, para que ninguno de los pequeños se pierda. Es la caridad la que mueve a la corrección del hermano. Sin embargo, la purificación de la comunidad exige a veces el proceso que evalúa el mal infligido a la comunión eclesial.

La corrección fraterna no es caza de brujas, ni denuncias movidas por las pasiones y las concupiscencias, secreta aspiración al poder, envía que acaba odiando los valores y virtudes del prójimo. La corrección es deuda con el amor, lo único que cabe deber a nuestro prójimo.

Ofrecemos la homilía del Obispo diocesano de Almería en la Misa celebrada en la Catedral de la Encarnación en el XXIII Domingo del T. O.

Lecturas bíblicas: Ez 33,7-9; Sal 94,1-2.6-7.8-9; Rm 13,8-10; Aleluya: 2 Cor 5,19: «Dios ha reconciliado el mundo consigo en Cristo»; Mt 18,15-20

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

El evangelio de hoy recoge la que bien pudiéramos considerar como “regla de oro” de la corrección fraterna, que se impuso en la comunidad de la generación apostólica siguiendo la predicación de Jesús. El evangelio nos proporciona una regla para corregir las desviaciones, errores de conducta y, en definitiva, faltas y pecados que pudieran ensombrecer la vida de la comunidad cristiana.

El evangelio nos proporciona una regla para corregir las desviaciones, errores de conducta y, en definitiva, faltas y pecados que pudieran ensombrecer la vida de la comunidad cristiana.

Es bien claro que las comunidades cristianas de la Iglesia apostólica procuraron seguir unas pautas disciplinares que velaran por la conducta de los cristianos, que había de ser coherente con el seguimiento de Jesús. El discipulado de Cristo tiene para los cristianos de la generación apostólica su propia ascesis y disciplina, aun cuando la ascesis de las comunidades cristianas se distinguía por completo de la práctica disciplinar de las comunidades puritanas. Seguían la práctica tolerante y generosa de Jesús con los pecadores, pues Jesús, que comió con pecadores y los excluidos por causa de los ritos de pureza de los judíos, anunció el perdón de los pecados en gestos y actitudes de misericordia desconcertantes para los jefes de los judíos.
Sin embargo, también para los cristianos había, pecados que excluían de la comunidad y que en las generaciones que siguieron a la generación apostólica dieron lugar en la Iglesia antigua a la penitencia pública, y al camino penitencial que había de conducir a los pecadores a la reconciliación con Dios y a su readmisión en la comunidad litúrgica de la Iglesia.
En la regla que nos transmite el evangelio se puede ver que la manera de corregir a un hermano tiene que evitar el desagrado personal de un particular ante la conducta del hermano que peca y se aparta de la comunión fraterna, de ahí que para la tradición jurídica del Antiguo Testamento no sea suficiente el testimonio de una sola persona para acusar o imputar mala conducta a otra; los testimonios han de ser cuidadosamente evaluados evitando así arbitrariedades. El libro del Deuteronomio había establecido una regla: «Un solo testigo no basta como prueba contra un hombre por cualquier culpa o delito que haya cometido: sólo por declaración de dos testigos o por la declaración de tres testigos se podrá fallar una causa» (Dt 19,15).
Sin duda que esta regla influye sobre la redacción del texto que hemos escuchado y al fondo del mismo sobre la lectura que Jesús hace de la Sagrada Escritura y que refleja su predicación. Cabe que un hermano privadamente se vea con otro con ánimo de corregir lo que no es para él coherente con el Evangelio y lo que de hecho es un pecad, porque en el evangelio que hemos escuchado se dice: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele tú a solas con él» (Mt 18,15). La reprensión del pecador es, en un primer momento ajena a un proceso judicial. La imputación de pecado no es el objetivo de la corrección, sino «ganar al hermano» (v. 18,15b). Por eso la corrección comienza con discreción y no podrá comenzarse un proceso comunitario contra el pecador, si antes no hay un esfuerzo por reconvenirlo a solas. Sólo cuando el que es corregido rechaza la corrección, se pueden dar los primeros que pueden llevar al proceso. La regla habla de contar primero con uno o dos o testigos que puedan dar fe del rechazo de la corrección por parte del pecador, y sólo después se puede llegar a hacer saber a la comunidad el pecado del que ha rechazado la corrección, hasta terminar sentenciando la comunidad su exclusión teniéndolo «por un pagano y un publicano» (v. 18,17).

Por eso la corrección comienza con discreción y no podrá comenzarse un proceso comunitario contra el pecador, si antes no hay un esfuerzo por reconvenirlo a solas.

En las cartas de san Pablo encontramos incluso que la sentencia de la comunidad contra el pecador termine en su excomunión, aunque sea temporal, supuesto siempre el fracaso del intento por hacerle cambiar de conducta. Refiriéndose el Apóstol en la primera carta a los Corintios a un incestuoso, que convivía con la mujer de su padre, con su madrastra, el propio Pablo exhorta a la comunidad al proceso público de excomunión, exhortando a la comunidad a entregarlo a Satanás (cf. 1 Cor 5,5), para que sea remediada una situación de grave pecado. Duras palabras del Apóstol, que después de pasado un tiempo considera que es preciso recuperar al hermano pecador, para que no se pierda comido por la tristeza alejado de la comunidad de salvación.

Vivimos hoy entre descalificaciones de unos por otros, que agravan con demasiada frecuencia los medios de comunicación como nunca antes. Descalificaciones que esconden pasiones y concupiscencias que son asimismo consecuencia del pecado.

Vivimos hoy entre descalificaciones de unos por otros, que agravan con demasiada frecuencia los medios de comunicación como nunca antes. Descalificaciones que esconden pasiones y concupiscencias que son asimismo consecuencia del pecado. Se mancilla la imagen del prójimo con facilidad, la mentira y la calumnia se arrojan al rostro de las personas, para destruir su reputación y crecer o medrar a costa del descrédito de los demás, de aquellos que no nos gustan o que nos irritan demasiadas veces por sus cualidades, sus bienes, sus valores y virtudes. La descalificación con demasiada frecuencia está movida por el deseo de poder y por la envidia, por el deseo de humillar y despojar para poseer y brillar a costa de los otros. La mala fama de las personas se hace correr a base de rumores, que se diluyen al fin en un simple se dice o se cuenta, un he oído o me han dicho, sin apelar a testigos cualificados y veraces. Las redes sociales conducen con demasiada frecuencia verdadera basura arrojadiza sobre el rostro del prójimo.
Ante una situación así, verdaderamente inmoral, porque es resultado de una convivencia socialmente corrompida, ¿qué hacer? El profeta es en la Sagrada Escritura un enviado por Dios para denunciar a su pueblo sus pecados; y del cumplimiento fiel de su misión de atalaya depende su propia salvación. Si no cumple su misión, se pierde el pecador, pero también se perderá el profeta, porque Dios le pedirá cuenta de la sangre del pecador. Dios dice a Ezequiel: «Si yo digo al malvado: “Malvado, eres reo de muerte”, y tú no hablas… el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre» (Ez 33,8).
El Evangelio es un anuncio de salvación gratuitamente ofrecido por el Dios de misericordia infinita al pecador, pero no podrá ser salvado sin el arrepentimiento de sus pecados. Es preciso que se convierta a Dios y a Cristo, y que deje al Espíritu Santo transformar su vida humana. Por eso la pregunta de san Pablo sigue en pie y sigue quemando nuestro corazónh, poniendo a prueba nuestra fe, nuestra condición de testigos del Evangelio: «¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique; y ¿cómo predicarán si no son enviados?» (Rm 10,14s) Son necesarios predicadores, testigos de la salvación y desveladores de la tiniebla de un mundo que tiene que salvarse con todas sus cosas buenas, pero no se salvará sin conversión. Si estamos llegando a una situación en la que se confunde el bien con el mal, ¿cómo podremos salir de esta situación si alguien no denuncia el mal como mal y lo distingue del bien?
No deja de ser significativo que el evangelista haya unido este pasaje de la corrección fraterna con la facultad de perdonar los pecados que Jesús confía a sus apóstoles. La corrección fraterna tiene como finalidad el compromiso de caridad de cada cristiano, miembro de un pueblo profético, con la santidad de la comunidad de salvación que es la Iglesia. Es verdad que en ella hay buenos y malos, pues la realidad social de la Iglesia está compuesta por justos y pecadores, es un corpus permixtum; y, por eso mismo, tiene su cometido profético cada bautizado: somos solidarios de la salvación de todos, aunque nadie puede ser sustituido en el acto de fe ni en la posición que cada uno tiene ante Dios, que sólo Dios conoce. Podemos, sin embargo, interceder unos por otros, sabiéndonos unidos en la comunión de los santos. Hemos de estar preparados para atajar el mal, una misión costosa, pero una misión que es ejercicio de caridad para con el prójimo, al cual le debemos el amor, como dice el Apóstol: «A nadie le debáis nada más que el amor; porque el que ama tiene cumplido el resto de la ley» (Rm 13,8).

Hemos de pensar que interesarnos por la salud espiritual de nuestros hermanos fortalece nuestra comunión con ellos, su vida se convierte en parte de la nuestra, y nuestra oración se fortalece.

Nos cuesta interesarnos por el prójimo y por su salud espiritual, porque nos aparta del hermano el individualismo en el cual estamos encapsulados, no queriendo saber nada de lo que le pasa a los demás, no queriendo vernos comprometidos, recibir malas respuestas o ser agredidos. Hemos de pensar que interesarnos por la salud espiritual de nuestros hermanos fortalece nuestra comunión con ellos, su vida se convierte en parte de la nuestra, y nuestra oración se fortalece. Con el testimonio de la fe que lleva consigo hacer frente al mal, se agranda la visibilidad de la Iglesia como sacramento de la presencia de Cristo en el mundo. El fin último de la corrección es atraer al hermano a la verdad de la fe y a la comunión en el amor. No es su descalificación lo que mueve a interesarnos por él, sino el perdón de Dios para sus faltas y las nuestras, porque el evangelio de Cristo es evangelio de la misericordia.
El evangelista san Mateo coloca el pasaje de la corrección fraterna inmediatamente después de haber narrado la parábola de Jesús sobre la oveja perdida: cómo la busca el pastor hasta encontrarla y devolverla al rebaño, porque —sentencia Jesús— «no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños» (Mt 18,14).
El evangelista después de la corrección fraterna coloca la oración en común de la comunidad, para subrayar que es la comunión de los hermanos lo que hace fuerza en la oración: bastará reunirse en nombre de Jesús, que estará presente en medio de ellos, para que el Padre les conceda cualquier cosa que le pidieren (cf. Mt 18,19-20). Contenido de la oración en común es la súplica del perdón de quien ha pecado: «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación» (Mt 6,12-13), a la que todos estamos expuestos. El perdón lo vincula el Señor a la comunión necesaria para que lo que atamos en la tierra quede atado en el cielo.
Que este sea el espíritu que sostenga nuestra celebración de la Eucaristía cada domingo, para que nos sintamos fortalecidos en la fe, solidarios en el común obrar el bien, interesados por la salvación de nuestros hermanos y deudores de Dios, que a todos nos perdona en Cristo, pues hemos sido rescatados en su sacrificio redentor, que ahora hacemos presente en el altar.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
Almería, 6 de septiembre de 2020

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

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