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La autoridad de la palabra de Jesús se acredita en su poder divino para vencer sobre las potencias del mal

HOMILÍA DEL DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas bíblicas:  Dt 18,15-20. Sal 94,1-2.6-7.-9 (R/. «Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestros corazones»). 1Cor 7,32-35. Aleluya: Mt 4,16 («El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande…»). Mc 1,21-28.

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos el pasado domingo veíamos que Jesús comenzó su vida pública anunciando la llegada del reino de Dios y llamando a la conversión. Una vez que Jesús comienza su proclamación de la llegada del reino de Dios que pide la conversión, el evangelio acredita la palabra de Jesús por los milagros que realiza. El evangelio de san Juan hace explícita esta acreditación de Jesús desde el comienzo de su ministerio público en el relato de la conversión del agua en vino en las bodas de Caná de Galilea. El evangelista, después de narrar el milagro, comenta la acción milagrosa observando que se trata de un signo mediante el cual Jesús «manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él» (Jn 2,11).

Los discípulos pasaron desde la sorpresa y la perplejidad que provocaba Jesús con su requerimiento a la conversión, para acoger el reino de Dios, al gozo de escuchar su nombre al ser llamados por Jesús, que los elige para estar junto a él y enviarlos a predicar.

Los discípulos pasaron desde la sorpresa y la perplejidad que provocaba Jesús con su requerimiento a la conversión, para acoger el reino de Dios, al gozo de escuchar su nombre al ser llamados por Jesús, que los elige para estar junto a él y enviarlos a predicar. San Marcos dice que Jesús «subió al monte y llamó a los que él que quiso, y vinieron junto a él» (Mc 3,13). Su llamamiento fue plenamente soberano y atrajo a sí a sus discípulos, de entre los cuales eligió a los doce apóstoles para asociarlos a su propio ministerio: «Instituyó Doce, para que estuvieran con él y enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios» (Mc 3,14).

Según el evangelista desde el comienzo de su ministerio Jesús se enfrentó con el poder del Maligno curando a los endemoniados. Después de llamar a sus primeros discípulos Jesús llega a Cafarnaún, donde toma la palabra en la sinagoga y cura a un hombre que tenía un “espíritu inmundo” (Mc 1,23). En este relato san Marcos concentra lo que todos han podido contemplar durante la vida de Jesús: su poder sobre los demonios, los exorcismos que realizó liberando a quienes padecían la influencia del Maligno. Jesús ordena imperativamente que salga de aquel hombre y aparece ante los reunidos en la sinagoga como quien tiene poder divino sobre todo lo demoniaco, porque ha sido enviado para revelar la soberanía de Dios sobre las potencias del mal. Se manifiesta así lo que de trascendente y numinoso hay en Jesús y que los demonios conocen[1].

Las obras que Jesús realiza desde el principio dan testimonio de él, acreditan su palabra frente a sus adversarios, por esto mismo vemos que Jesús apelará a las obras para respaldar su autoridad y su procedencia divina.

Tanto la predicación de Jesús, enseñando con autoridad, como los milagros que realiza causan profunda admiración en la multitud y provoca una controversia con los jefes religiosos de los judíos. Las obras que Jesús realiza desde el principio dan testimonio de él, acreditan su palabra frente a sus adversarios, por esto mismo vemos que Jesús apelará a las obras para respaldar su autoridad y su procedencia divina. Así les dice: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre» (Jn 10,38).  La crítica que los adversarios de Jesús dirigen contra él traspasa todo límite razonable, atribuyendo a Belcebú, príncipe de los demonios, el poder de Jesús para obrar milagros y expulsar demonios, pero Jesús reivindica su autoridad y el respaldo divino a su anuncio del reino de Dios: «Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lc 11,20).

Cafarnaún era un poblado de pescadores, acostado en la ribera noroccidental del lago de Galilea. Núcleo de tránsito, fue creciendo al convertirse en cruce de comunicaciones. El camino de Asiria al Mediterráneo se desviaba hacia el sur de Palestina, pasando por Cafarnaún antes de su intersección con el camino del mar o via maris, que recorría Palestina de norte a sur pegado al litoral. El poblado llegó a tener vida y afluencia, pero su nombre hizo más conocido por su vinculación con Jesús, que residirá en Cafarnaún en casa de Simón Pedro, aunque él como su hermano Andrés y Felipe procedían de Betsaida, otra de las poblaciones de la ribera del lago de Galilea. Jesús se lamentará de que en Cafarnaún igual que en las ciudades del lago ha realizado milagros que deberían haber afianzado la fe de sus habitantes en él como enviado de Dios, exclamando: «¡Ay de ti, Corazín, ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubiesen hecho los milagros que se han hecho en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza» (Mt 11,21).

Esta es la población en la que san Marcos presenta a Jesús enseñando con autoridad y realizando el exorcismo que liberó al hombre que tenía el espíritu inmundo. Los demonios conocían el misterio de Jesús, y el endemoniado de Cafarnaún grita confesando quién es en verdad Jesús, cuya palabra y actuación asombra a los reunidos en la sinagoga. Aquel espíritu inmundo tiene miedo de que Jesús le expulse porque tiene poder divino para echarlo fuera del alma atormentada del endemoniado, porque sabe que es lo que confiesa de él: «el Santo de Dios», el consagrado por Dios para su misión por la unción del Espíritu Santo (Mc 3,24; cf. Lc 4,34 y Jn 6,69). Ve en él el profeta prometido en el Deuteronomio, el libro de los discursos de Moisés, del cual es la primera lectura que hemos escuchado, donde se nos anuncia que no será Dios el que hable en el futuro, porque la palabra viva de Dios fue como un incendio para los israelitas. Dios le dice a Moisés: «Yo les suscitaré de entre tus hermanos un profeta semejante a ti» (Dt 18,18).

El demonio ve en Jesús a quien habla en nombre y en el poder de Dios, porque lo considera profeta como aquella viuda de Sarepta que consideró a Elías como «hombre de Dios» (1Re 17,18) y no quería nada con él pensando que le incriminaba por sus faltas y pecados. También Eliseo recibe el nombre de «santo hombre de Dios» (2Re 4,9), nombre que aparece aplicado a otros personajes bíblicos. El demonio dice lo mismo que quienes temen ser descubiertos, pero Jesús le da la orden de callar y el demonio obedece. El episodio manifiesta la autoridad de Jesús para actuar igual que para enseñar. La autoridad de Jesús es bien distinta de la de los escribas que comentan las enseñanzas de Moisés (cf. Mc 1,22), lo que causa gran extrañeza y asombro entre sus oyentes, que exclaman: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad!» (v. 27a). El evangelista pondera la enseñanza de Jesús y la contrapone a la de los escribas y letrados judíos; y describe la acción milagrosa de Jesús que, liberando del poder del demonio al enfermo, le transforma de raíz todo su ser al devolverle la salud.

Jesús realiza los milagros, como confiesa el endemoniado, porque que su unión con Dios se manifiesta en su unción por el Espíritu Santo en el bautismo, que le habilitó para su misión y bajo cuyo impulso y sostén llevará a cabo la proclamación del reino de Dios y la enseñanza. Jesús aparece de este modo como el profeta que Dios prometió a su pueblo y que habría de venir después de Moisés, ciertamente, pero hablará y actuará como quien es más grande que Salomón y que el profeta Jonás (cf. Mt 12,41 y 42). En el bautismo la voz del cielo declara a Jesús como el «Elegido de Dios» (Jn 1,34), el «Hijo amado» de Dios (Mc 1,11), que ordena en su transfiguración se le escuche (cf. Mc 9,7; Mt 17,5; Lc 9,35). Se aplican así a Jesús las palabras referidas al profeta que había de venir: «Pondré mis palabras en su boca y dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas» (Dt 18,19).

La predicación del Evangelio derriba de su poder a Satanás (cf. Lc 10,18), pero la victoria definitiva de Jesús sobre el Príncipe de este mundo es la hora de la cruz, en ella Cristo atrae a sí todas las cosas y, al ser levantado sobre la tierra, vence el poder del Príncipe del mundo, que es derribado y echado fuera (cf. Jn 12,31-32).

Como el Siervo de Dios del que habla Isaías (cf. Is 42,1-4), Jesús llevará las palabras e instrucción de Dios hasta los confines de la tierra; y que su misión sea la de «expulsar a los espíritus inmundos, agentes de Satán, pone de manifiesto que despoja a éste de su poder regio»[2], del poder que tiene el Príncipe de este mundo. La predicación del Evangelio derriba de su poder a Satanás (cf. Lc 10,18), pero la victoria definitiva de Jesús sobre el Príncipe de este mundo es la hora de la cruz, en ella Cristo atrae a sí todas las cosas y, al ser levantado sobre la tierra, vence el poder del Príncipe del mundo, que es derribado y echado fuera (cf. Jn 12,31-32).

La carta primera de Corintios que seguimos leyendo como segunda lectura, nos introduce en un tema hoy difícil de tratar y demasiado silenciado: la castidad como virtud, de la cual ya hablamos hace dos semanas. El domingo segundo del tiempo ordinario nos deteníamos en la firme exhortación de san Pablo a desechar de todo punto la fornicación, y a considerar el cuerpo como templo del Espíritu Santo y pertenencia de Dios, que nos ha creado y redimido en Cristo. Hoy continúa la exhortación del Apóstol invitando a los bautizados a dejarse ganar por el ideal de la vida de consagración. Es una buena ocasión para reflexionar ante la cercanía de la jornada de la vida consagrada del próximo 2 de febrero, fiesta de la Presentación de Jesús en el templo de Jerusalén. Esta jornada ha echado raíces en la Iglesia como ocasión privilegiada para la oración y reflexión sobre la necesidad de la vida consagrada en la Iglesia.

La vida consagrada requiere en nuestro tiempo coraje y dedicación para seguir a Cristo, imitando su total entrega al Padre y afirmando con su propia existencia el valor absoluto de que tiene la primacía de Dios

San Pablo alaba la vida en virginidad consagrada al Señor y el celibato por el reino de los cielos en aquellos a los que el Señor atrae a sí, para que vivan y obren sin un «corazón dividido» (1Cor 7,33). La vida consagrada requiere en nuestro tiempo coraje y dedicación para seguir a Cristo, imitando su total entrega al Padre y afirmando con su propia existencia el valor absoluto de que tiene la primacía de Dios. El Apóstol sabe que no todos tienen esta vocación, pero, aun así, hay que ayudar a los que la tienen, sobre todo a los jóvenes, porque les cuesta vivirla con entrega y sin ambigüedades.

La mujer que opta por la virginidad y el varón célibe tienen libre el corazón para y entregarse por entero a los asuntos del Señor, «consagrándose a ellos en cuerpo y alma» (1Cor 7,34), que se sirve de ellos para llevar su amor a todos los demás. El matrimonio es el estado de la mayoría de los bautizados, porque así lo ha querido el Creador. El matrimonio es una vocación hermosa y santa, pero la preocupación por las cosas temporales, buenas y necesarias, y al mismo tiempo relativas, puede generar desasosiego y a veces la división del corazón.

Hoy son pocas las vocaciones a la vida consagrada, por el carácter secular de la vida laboral y social, por una cultura que aleja a los jóvenes del camino radical del Evangelio. Sin embargo, estas vocaciones son necesarias para Iglesia y para el mundo, y hemos de pedirlas a Dios unidos a la Virgen María, para que sean una señal y sacramento que indique la dirección hacia la vida del mundo futuro en Dios.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

31 de enero de 2021

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

[1] Cf. J. Gnilka, El evangelio según san Marcos, vol. I. Mc 1-8,26 (Salamanca 1986) 93-95.

[2] Biblia de Jerusalén. Nota a Mc 1,21.

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