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Jesús nos revela que la vida del hombre es don y la gloria de Dios

Homilía del Domingo XIX del T. O.

Lecturas bíblicas: 1Re 19,4-8; Sal 33,2-9 (R/. «Gustad y ved que bueno es el Señor»); Ef 4,30-5,2; Aleluya: Jn 6,51: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo, dice el Señor»; Jn 6,41-52.

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de este domingo es un fragmento más del discurso del pan de vida; y en él Jesús manifiesta conocer bien la dificultad con la que tropiezan sus adversarios para reconocer su origen divino, y aceptar que haya bajado del cielo como maná de vida eterna. Como ya veíamos el domingo pasado, Jesús responde a esta dificultad manifestando que, aunque conocen a sus padres y familiares, para llegar al misterio de su persona se requiere la fe que sólo Dios puede dar. Una fe que no es meramente humana, como oferta de confianza, sino visión interior y conocimiento que sólo puede darse por acción de la gracia en la mente y el corazón del hombre, porque es obra de Espíritu Santo. Por eso les dice: «Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado» (Jn 6,44). Esta respuesta está en paralelo con la que dio a Pedro, que le confesó Hijo del Dios vivo respondiendo a la pregunta de Jesús acerca de lo que la gente comentaba sobre el Hijo del hombre y su origen. Jesús contestó a Pedro: Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16,17).

Esta fe en Jesús sólo se alimenta con la presencia de Dios y la comunión en su cuerpo y sangre, en el pan del cielo que es la Eucaristía. El mismo Jesús como pan bajado del cielo y verdadero maná es el alimento de la fe en su misterio personal y misión divina. La alegoría se prolonga en el discurso dando lugar a una comprensión más ajustada a la realidad que el evangelista desvela como contenido de la revelación de Dios en la persona de Jesús. Jesús es el pan que trae consigo la salvación a quienes lo comen: con este pan el que cree supera la muerte y llega definitivamente a vivir de la vida de Dios.  Por eso, el pan que es Jesús no satisface de momento como el pan terreno, sino que su efecto es satisfacer plenamente el hambre y calmar para siempre la sed: «…el que viene a mí no tendrá jamás hambre y el que cree en mí no tendrá jamás sed» (Jn 6,35).

Jesús es el antídoto eficaz de la muerte: él es la resurrección, y puede así declarar de sí mismo que aquel a quien el Padre otorga la fe que le atrae a él «yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,40). Nadie llega a Cristo Jesús si el Padre no lo atrae a él para que lo resucite levantándolo del sepulcro. Tal es la misión de Jesús, ha venido para cumplir la voluntad del Padre, que «no es un Dios de muertos, sino de vivos» (Mt 22,32), como había respondido Jesús a los saduceos, que negaba la resurrección de los muertos. Jesús se sirve de la fórmula de revelación con la que Dios se da a conocer a los israelitas: «Yo soy…». En efecto, Jesús se manifestará a sí mismo como aquel que es el pan, porque él mismo es la vida que da el pan y es el agua que calma la sed, porque él es el portador del agua de vida eterna; y así dice de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Al igual que la luz de la vida que ilumina el mundo, Jesús es la resurrección de los muertos, como declarara a Marta angustiada por la muerte de Lázaro: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque haya muerto, no morirá para siempre; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás» (Jn 11,25s). Porque Jesús es aquel que da el alimento que produce la vida, él es asimismo el buen Pastor que lleva a sus ovejas a pastos de vida eterna, pues ha venido «para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). El alimento de vida eterna es la vida misma del pastor bueno que es Jesús, porque sólo él puede decir de sí mismo: «yo doy mi vida por las ovejas» (Jn10,15).

La primera lectura prepara la comprensión del discurso del pan de vida ayudando a mantener la alegoría del pan de vida que se prolonga desde el Antiguo Testamento hasta el relato del evangelista. El pasaje del libro primero de los Reyes que hemos escuchado produce la impresión de que, una vez derrotado el politeísmo al que ha sido arrastrado el reino de Israel, el rey Ajab acata la fe bíblica después de haber visto el milagro del sacrificio de Elías, que hizo bajar del cielo el fuego que prendió la leña húmeda del altar donde se inmoló la res frente a los sacerdotes de Baal. Elías hizo degollar a los sacerdotes de Baal por llevar al pueblo a la idolatría y al abandono del monoteísmo de Israel. La fe bíblica confesaba que el Dios de los padres, de Abrahán, Isaac y Jacob, era el único Dios vivo y verdadero.

Los comentaristas observan que leyendo el relato sagrado da la impresión de que el rey Ajab sube a lo alto del monte Carmelo para participar en la comida del novillo inmolado como sacrificio de comunión, que recuerda el banquete de la alianza del Señor con Israel por medio de Moisés. Sin embargo, el libro de los Reyes no afirma claramente que Ajab llegara a hacerlo, sino que Elías lo invitó a subir y tomar parte en el banquete, y que poco después le exhortó a que ser refugiara en la ciudad de Yizreel para que no lo cogiera la lluvia torrencial que llegaba después de la sequía (cf. 1Re 19,41-48).  De hecho, el retorno del pueblo al Señor no fue seguido con coherencia por el rey, que instigado por la reina Jezabel, una extranjera fenicia de religión politeísta, se propuso dar caza a Elías, que tuvo que huir[1]. El profeta emprende la dura marcha al desierto del sur hacia el monte Sinaí, llamado también Horeb, donde Moisés experimentó la presencia y la santidad de Dios y recibió la ley. En el camino se sintió desfallecer, sin comida ni protección y se echó bajo una retama deseándose ya la muerte, y se quedó dormido. Elías suplica el favor de la muerte como gracia de Dios, ya que no puede soportar su destino y sólo Dios puede librarlo de él (cf. 1Re 19,4). Ora con las mismas palabras con las que oró Moisés ante la rebelión de los israelitas en el desierto por causa del hambre y de la sed: «Si vas a tratarme así, quítame la vida, si he hallado gracia a tus ojos, para que no vea más mi desventura» (Nm 11,15).

El ángel del Señor le despierta por dos veces y le muestra pan cocido en unas brasas y una jarra de agua, que sacian su hambre y sed. Este alimento del camino adquiere de nuevo el simbolismo que boca el maná del desierto que Dios envió a Israel (cf. 1Re 19,7-8). El autor sagrado se sirve de este simbolismo para evocar la marcha de Israel por el desierto sostenido por la mano de Dios. El número cuarenta se repite en la Biblia un período temporal de duración consistente, de discernimiento y transformación personal y comunitaria, en la cual acontecen hechos que determinan tanto la vida ordinaria como sucesos de carácter extraordinario. Elías inició una marcha al monte sagrado de cuarenta días, que evocan los cuarenta años de la travesía del desierto (cf. 1Re 19,8). El propio Jesús pasará una cuarentena días de ayuno y preparación para proclamar el reino de Dios y realizar la voluntad del Padre (cf. Mc 1,13→Mt 4,2). En este tiempo, desasistido de los poderes humanos y de toda otra alimentación que no sea la que Dios pueda proveer, el pan que recibió de Dios, asimilado al maná, como hemos dicho, es asimismo figura del pan divino por excelencia: la palabra de Dios, verdadero maná que transforma la vida del hombre y sostiene su existencia anclada en la roca firme que es el mismo Dios y la ley divina que defiende al hombre de su propia aniquilación, porque el hombre «vive de todo cuanto sale de la boca de Dios» (Dt 8,3). El pan que alimenta a Elías recuerda el maná, pero en el contexto de la liturgia de la palabra de la Misa, viene a ser figura de la Eucaristía, el alimento que comunica la resurrección y la vida eterna.

El evangelio avanza sobre la idea central en el discurso del pan de vida: la revelación de Jesús como aquel en quien se hace visible el Padre, porque Dios no puede ser visto dice el evangelista: «A Dios nadie lo ha visto jamás; Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer» (Jn 1,18→3,13). Sobre ese principio del conocimiento de Dios en Cristo se asienta el acceso a Dios por medio de la humanidad de Jesucristo como Verbo encarnado del Padre, Hijo unigénito, engendrado en Dios y nacido como hombre de la Virgen María. Es el Hijo el que ha visto a Dios, ninguno otro ser ocupa el lugar del Hijo único de Dios, por eso es necesario dejarse conducir por Dios para conocer al Hijo. El evangelio de san Juan tiene un doble movimiento de revelación: Dios es revelado por Jesús y el conocimiento de la identidad verdadera de Jesús es revelación de Dios. Por eso el conocimiento de Cristo vivifica, motivo por el cual debe ser conocido como aquel en quien el Padre se revela, como dice Jesús a Felipe: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muestra nos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?» (Jn 14,9-10).

Son muchos los síntomas de que los cristianos estamos siendo víctimas de una gran confusión en detrimento del Evangelio. Jesucristo es el don preciado que hemos de entregar al mundo, para que se salve por él, porque en la vida del hombre está la misma gloria de Dios (S. Ireneo de Lyon). No se trata ya, como sucedía con las propuestas humanistas y alternativas a la fe cristiana en el pasado siglo XX, resultado de un concepto errado de Dios y del hombre, sino de la pérdida cada vez más notoria de la identidad verdadera del ser humano creado a imagen de Dios. Hoy se impone una ideología que no necesita de Dios, porque el hombre ha perdido la capacidad de reconocer su propia identidad. Así, hoy se sostiene que cada uno será lo que quiera hacer de sí mismo, como si el hombre pudiera por sí mismo crear su propia identidad, pues dice Jesús: «quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?» (Mt 6,27).

El mundo necesita, por esto mismo, del conocimiento de Jesús como portador de vida y resurrección para el hombre. Llevar a Jesús al mundo es la evangelización que el mundo necesita: mostrarle la novedad que Dios nos ha revelado en Cristo, una humanidad liberada de la entelequia y la nada de un mundo sin Dios, de un ser mundo abierto a lo que el hombre quiera hacer de sí mismo, como si el hombre pudiera crearse a sí mismo contra la realidad que Dios ha puesto en él. Dios nos ha revelado en Jesucristo la imagen de nuestra propia humanidad, en la que el amor constituye nuestra más honda verdad. En ella Dios nos da a conocer la apertura de cada ser humano al amor del prójimo, a estar llamado a ser amado y a amar al prójimo como razón y condición de una vida con sentido, porque así exhorta san Pablo a los Efesios: «como hijos queridos de Dios, vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por vosotros como víctima de suave olor» (Ef 5,2).

Santo Domingo de Guzmán, de cuya muerte en la pasada fiesta de la Transfiguración del Señor se han cumplido ochocientos años, lo dejó todo para lanzarse a los caminos de la Europa medieval y proclamar que la salvación del hombre y la concordia en la paz de las naciones sólo se asienta en la palabra de Dios. Que este gran testigo de la fe y ministro de la evangelización interceda por nosotros y su magisterio nos enseñe a recurrir al amparo de la Virgen Madre del Señor para no perder la orientación cristiana de la vida.

Adolfo González Montes + Obispo de Almería

S.A.I. Iglesia Catedral de la Encarnación

Almería, a 8 de agosto de 2021

 

[1] J. T. Walsh-Ch. T. Begg, «1 y 2 de Reyes», en R. E. Brown-J. A. Fitzmyer, R. E. Murphy (eds.), Nuevo comentario de San Jerónimo. Antiguo Testamento (Estella, Navarra 2005): nn. 32-33.

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