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JESÚS NO NOS DEJARÁ NUNCA

HOMILÍA DEL V DOMINGO DE PASCUA

Lecturas bíblicas: Hch 6,1-7; Sal 32,1-2.4-5.18-19; 1 Pe 2,4-9;  Aleluya: Jn 14,5; Jn 14,1-12

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy en el V Domingo de Pascua es el último día en que celebramos la Misa sin la participación de los fieles. El Señor nos ayudará a reconstruir la comunidad eucarística, porque la sagrada liturgia es culmen y origen de la vida cristiana[1]. La Eucaristía, como declaró el Vaticano II es la principal manifestación de la Iglesia[2] y realiza su unidad como vínculo de caridad entre todos los fieles en Cristo[3]. La Eucaristía contiene en sí misma todo el bien de la Iglesia[4]. Hemos vivido largas semanas de confinamiento a causa del virus que ha asolado nuestro país, provocado miles de muertos y cientos de miles de contagiados. Damos gracias a Dios porque podemos ir normalizando la vida de cada día progresivamente y con todas las precauciones, actuando de manera responsable para evitar el contagio. Rezamos por los enfermos y suplicamos de Dios y de la santísima Virgen la Salud que podamos vencer el virus, al tiempo que encomendamos en a cuantos han fallecido.

Damos gracias a Dios porque podemos ir normalizando la vida de cada día progresivamente y con todas las precauciones, actuando de manera responsable para evitar el contagio.

Avanzan los domingos de Pascua que han de llevarnos a Pentecostés, y hoy, en este quinto domingo, el evangelio que acabamos de escuchar según san Juan recoge parte de uno de los discursos de la Cena, en el cual Jesús anuncia a los discípulos su partida y retorno al Padre, del cual procede. Jesús desvela su ministerio, que los discípulos todavía no aciertan a comprender bien y malentienden. Están tristes y sienten que, si Jesús les deja, toda su esperanza se habrá venido abajo.

Jesús les habla palabras de consuelo y les dice: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí» (Jn 14,1). El fragmento del evangelio que hemos escuchado pertenece a uno de los llamados discursos del adiós de Jesús durante la última Cena. Jesús les anima a mantener la fe y les promete el Paráclito, el Espíritu Defensor que les llevará al pleno conocimiento de la verdad; y les dice que, por ahora, ellos no pueden llevarlo todo, pero el Espíritu que el Padre les enviará en su nombre les descubrirá la verdad plena de su persona y de la misión y ministerio que el Padre le ha confiado (cf. Jn 16,13).  Jesús pide al Padre que le glorifique con la gloria que tenía cuando estaba junto al Padre antes de la creación del mundo (cf. Jn 17,5), y les manifiesta a ellos, a sus discípulos, el anhelo de la Casa del Padre: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas… me voy a prepararos un lugar» (Jn 14,2); y añade cuando haya preparado el lugar para ellos, volverá y se los llevará consigo, para que estén siempre con él (cf. Jn 14,3).

El temor que tienen los discípulos es infundado, Jesús no los dejará nunca. La convicción de que el Señor, resucitado de entre los muertos, volverá es creencia intensa de la comunidad pascual, fundada en las palabras de Jesús. Los discípulos temen la marcha del Señor y no saben a dónde va y, aunque Jesús les dice que ya saben el camino, en realidad no saben a dónde va, por eso le responde Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14,5), a lo que Jesús responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí» (Jn 14,6). Por una parte, Jesús les dice que se va, pero por otra les dice que no tengan miedo que volverá para llevarlos con él. Felipe provoca la respuesta más honda de Jesús revelándoles su verdadero misterio: él es el Hijo del Padre y el Padre actúa en él porque está presente en él. Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8), y Jesús responde que verle a él es ver al Padre, porque el Padre y el Hijo son una misma cosa, son un solo Dios revelado en Jesús (Jn 14,10).

En realidad, Jesús no se va del todo, porque ya ahora, si el Padre está en él, como les manifiesta, está también con los suyos, con aquellos que el Padre le dio y de los cuales no debe perderse ninguno, salvo el hijo de la perdición (cf. Jn 17,12).

En realidad, Jesús no se va del todo, porque ya ahora, si el Padre está en él, como les manifiesta, está también con los suyos, con aquellos que el Padre le dio y de los cuales no debe perderse ninguno, salvo el hijo de la perdición (cf. Jn 17,12). El lenguaje de Jesús suscita perplejidad y duda, pero todos ellos saben que el camino, la imagen que está utilizando Jesús, es un elemento de su propia fe judía: el camino que Dios abrió para ellos en el desierto, para que llegaran a la patria prometida; el camino de retorno del destierro, anhelando la visión del templo. Hay un camino que lleva al templo del judío piadoso. El salmo 42/43 recoge el lamento del levita desterrado que anhela la casa de Dios, el templo de Jerusalén y exclama: «Mi ser tiene sed de Dios, / del Dios vivo; / ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?» (v. 3). Más adelante dice: «Recuerdo otros tiempos / y desahogo mi alma conmigo: cómo entraba en el recinto santo, / como avanzaba hacia la casa de Dios… / Espera en Dios, que volverás a alabarlo: / salud de mi rostro, Dios mío» (vv. 5-6).

Ahora Jesús les dice que él, el mismo Jesús, «es el Camino y él es la Verdad y él es la Vida y, porque es así, «nadie va al Padre si no es por mí» (Jn 14,6), que encontrarán si van por ese camino. Entretanto ha de esperar la vuelta del Señor y permanecer en unidos en el amor, el mismo amor que él les tiene ―les dice Jesús ― «como yo os he amado» (Jn 13,34). El amor que será el distintivo de sus discípulos (cf. Jn 13,35). Las dificultades y tensiones en la convivencia son realidad humana a la cual no ha escapado nunca la Iglesia. Ya en sus orígenes, como vemos por el libro de los Hechos, surgieron estas tensiones, quejándose los helenistas, los cristianos venidos de los judíos y prosélitos de cultura griega que vivían entre los paganos fuera de Palestina, como hemos escuchado en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. A la queja de los helenistas ante los Apóstoles, éstos responden con la institución de los Siete diáconos, y dan así comienzo a las primeras estructuras de cohesión de la comunidad eclesial, manteniéndose al frente de la Iglesia los Doce, a los que asistentes los presbíteros, para predica autorizadamente la Palabra y presidir la oración.

Permanecer en el amor es cumplir sus mandamientos (cf. Jn 14,15) y esta permanencia es ayudada por la autoridad del ministerio apostólico, al que corresponde la presidencia y las tomas de decisión en favor de toda la comunidad. Esta ayuda y garantía de la comunión eclesial en nada merma la realidad santa de todo el pueblo de Dios de la que habla la primera carta de san Pedro, que hemos escuchado como segunda lectura: la Iglesia es un pueblo sacerdotal: «un sacerdocio santo para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo» (1 Pe 2,5). Todos los bautizados son asociados al sacerdocio de Cristo, formando una casa espiritual en cuya construcción todos ellos son piedras vivas. La construcción se levanta sobre la piedra angular que es el mismo Cristo: piedra, dice el Apóstol, «rechazada por los constructores, pero escogida y preciosa ante Dios» (1 Pe 2,4).  La Iglesia, nuevo pueblo de Dios es el templo, dice san Pablo, en el que habita el Espíritu (cf. 1 Cor 3,16) en el que la comunidad sacerdotal ejerce el nuevo sacerdocio, ofreciendo a Dios sacrificios espirituales, que son asociados a la ofrenda única de la Eucaristía, ofrecida por manos del sacerdote en la persona de Cristo, sacerdote único y Mediador universal, como ahora vamos a hacer ofreciéndola por el pueblo de Dios.

S.A.I. Catedral de la Encarnación, 10 de mayo de 2020

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

[1] Vaticano II, Constitución sobre la liturgia Sacrosanctum Concilium [SC], n. 10.

[2] SC, n. 41.

[3] SC, n. 47; cf. Id., Constitución sobre la Iglesia Lumen gentium [LG], n. 11.

[4] Vaticano II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, n. 5; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1324.

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