Homilías Obispo

HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

Lecturas bíblicas: Dt 8,2-3.14-16; Sal147,12-15.19-20; 1 Cor 10,16-17; Aleluya: Jn 6,51-52; Jn 6,51-59

Queridos hermanos y hermanas:

La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo sigue a la solemnidad de la Santísima Trinidad que celebrábamos el pasado domingo, termino de la revelación de Dios. Tenemos acceso al misterio de amor trinitario de Dios por medio de Jesucristo, camino, verdad y vida. Dios no sólo está presente en la creación y en la humanidad, porque, como dice san Pablo, en Dios vivimos nos movemos y existimos (cf. Hch 18,28). Dios ha querido estar presente entre nosotros de modo singular por medio del Verbo de Dios hecho carne. Como hemos visto en los domingos precedentes, si Dios Padre está en Jesucristo, y ver a Jesús es ver al Padre, que es el rostro visible del Dios invisible (cf. Col 1,15), y si Cristo ha querido estar en el sacramento del altar, en Cristo Jesús es Dios quien está entre los hombres, porque por medio del Espíritu Santo el pan y el vino de la Eucaristía se convierten en el Cuerpo y Sangre del Señor.

Jesús por su resurrección ha sido glorificado en los cielos, pues entró para siempre en el misterio glorioso de Dios, del cual vino a nosotros por nuestra salvación, pero al regresar al Padre, no nos dejó huérfanos de su presencia, quiso seguir presente por medio de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia.  Es el Espíritu el que hace presente a Cristo en su cuerpo místico de un modo espiritual pero verdaderamente real. Son sus palabras: «Y sabed que yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,21).

El Espíritu Santo no sólo hace espiritualmente presente a Cristo en la Iglesia, sino que es también el que por su acción hace que los sacramentos se tornen eficaces, produzcan en nosotros aquello que significan, nuestra salvación. Es el Espíritu Santo el que transforma por medio de la acción y la plegaria del sacerdote el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, haciendo realidad la presencia sacramental del Señor. Bien podemos decir: “Dios está aquí, venid adoradores, adoremos a Cristo Redentor”.

Nuestro Salvador se hizo hombre por nosotros y «despojándose de sí mismo, tomó la condición de esclavo hecho semejante a los hombres» (Flp 2,7), para entregarse a la muerte en la cruz por nuestra salvación.

Nuestro Salvador se hizo hombre por nosotros y «despojándose de sí mismo, tomó la condición de esclavo hecho semejante a los hombres» (Flp 2,7), para entregarse a la muerte en la cruz por nuestra salvación. Con el salmista nos preguntamos: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación invocando el nombre del Señor» (Sal 116/115, 12-13). Bebamos del cáliz de la sangre que nos ha redimido y que nuestra respuesta de amor sea dejarnos guiar por el Espíritu y permanecer en Cristo cumpliendo los mandamientos de amor que nos dejó: de amor a Dios y amor al prójimo, en los que se resumen la ley y los profetas; y postrados ante el admirable sacramento del Altar adoremos el misterio de la presencia Señor del Señor la Eucaristía.

Deberíamos siempre tener presentes todas las dimensiones de la presencia de Cristo en la Eucaristía, porque es inseparable de la presencia en ella del sacrificio de la cruz. Como afirma la tradición de la fe apostólica, recapitulada en las enseñanzas del Vaticano II, en la Eucaristía ha querido el Señor «perpetuar por los siglos, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura»[1].

No repetimos el sacrificio de la cruz, acontecido en el Calvario de una vez para siempre, este sacrificio único e irrepetible se hace presente en el memorial de la Eucaristía con su eficacia redentora. Cuando recibimos la comunión sacramental los efectos de gracia de la redención nos alcanzan personalmente a cada uno de nosotros, produciendo en nuestras almas aquella unión con Cristo de la que participan todos los redimidos, a quienes le han sido perdonados los pecados. La Eucaristía, al introducirnos sacramentalmente en la acción sagrada de nuestra redención, nos asocia al sacrificio de Cristo y así podemos ofrecernos al Padre con él, agradeciendo los dones que manan de este sacrificio: el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la futura gloria que esperamos en la fe.

La Eucaristía es acción de gracias y de alabanza a Dios Padre por la obra redentora de Cristo, por medio de la cual hemos sido salvados. El libro del Deuteronomio que hemos escuchado recuerda a los israelitas cuánto ha hecho Dios por ellos, al conducirlos a través del desierto a la tierra prometida, pero también la dureza de corazón de sus elegidos. Dios quiso probar a Israel en el desierto, para hacer evidente ante los israelitas que sólo su amor misericordioso los arrancó de la esclavitud y, sin tomarles en cuenta su rebelde desobediencia, los libró de los peligros del secarral del desierto y de las serpientes abrasivas. El Señor sólo los condujo y lleno de misericordia «los alimentó con el maná que tú no conocías ni conocieron tus padres, para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de cuanto sale de la boca de Dios» (Dt 8,3).

Las palabras del Deuteronomio son la respuesta de Jesús al demonio, que le tienta en el desierto con palabras seductoras: «Si es Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes» (cf. Mt 4,4). El recordatorio que Moisés a Israel inspira las palabras de Jesús en su disputa con los judíos: Jesús es la palabra de Dios hecha carne y el maná era sólo la figura del alimento de vida eterna que Dios había de darles. Así se lo había dicho a los judíos, que no le reconocieron como enviado del Padre: «En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado tiene la vida eterna: no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida» (Jn 5,24).

Por eso, a pesar ser obra de Dios los prodigios del desierto anunciaban obras divinas aún mayores. No fue Moisés el que alimentó a los israelitas en el desierto con pan del cielo, sino el Padre es quien se lo dio y ahora les da el pan definitivo de vida eterna. Por eso Jesús les dice: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe m sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,54-55). Jesús es la Palabra encarnada, el Verbo de Dios hecho carne para que quien lo coma viva eternamente, porque Jesús es la resurrección de los muertos.

La vida viene de Dios y la comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo es el medio de la comunión con Dios, y esta comunión sacramental en Cristo con Dios anticipa la participación en la vida divina que esperamos. Por eso, la sagrada Comunión hace que nosotros seamos una sola cosa en Cristo: «El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan» (1 Cor 10,17). La Eucaristía, sacramento de nuestra unión en Cristo, hace la unidad de la Iglesia, unidad en la que se integran los que vienen a la fe y comulgan el Cuerpo y Sangre de Cristo. El Obispo como primer ministro de la Eucaristía es, por esto mismo, ministro de la unidad de la Iglesia, y con él los sacerdotes, que sirve a la comunión eclesial.

El pecado inclina a los humanos a la división y la historia encierra un cúmulo de rupturas, enfrentamientos y guerras que han destruido la unidad del género humano.

Vivimos tiempos de tensiones y desunión en la sociedad y también en la Iglesia. El pecado inclina a los humanos a la división y la historia encierra un cúmulo de rupturas, enfrentamientos y guerras que han destruido la unidad del género humano. También desde los comienzos de la Iglesia, la desunión de los cristianos merma su credibilidad ante el mundo[2]. Los pueblos y las naciones se enfrentan por el dominio y posesión de las fuentes y medios de la riqueza. Los nacionalismos son una fuente de conflictos y enfrentamientos que generan división y alimentan la idolatría de la supremacía de la raza, la cultura y el poder político. Los obispos españoles exhortaban ya años atrás a considerar un deber moral preservar nuestra unidad, «resultado de procesos históricos complejos que no pueden ser ignorados al servicio de intereses particulares»; y añadían: «Pretender unilateralmente alterar el orden jurídico [del Estado] en función de una determinada voluntad de poder, local o de cualquier otro tipo, es inadmisible. Es necesario respetar y tutelar el bien común de una sociedad pluricentenaria»[3].

Los nacionalismos son una fuente de conflictos y enfrentamientos que generan división y alimentan la idolatría de la supremacía de la raza, la cultura y el poder político.

Hoy vemos como renacen viejos rencores y se abren heridas ocasionadas por enfrentamientos ocurridos en nuestra historia que parecían definitivamente restañadas. La voluntad de imponer una ideología totalitaria no se ha extinguido, como tampoco los egoísmos que amenazan el bien común y la paz social. Estamos tentados como los israelitas en el desierto, sin ser capaces de reconocer que todo viene de Dios y que el bien común ha de primar sobre las ambiciones ideológicas; y, en consecuencia, sobre el autoritarismo con el que el poder político puede llegar a imponerlas. Sólo el respeto a la dignidad y libertad de la persona y de los grupos y sectores diversos de la sociedad genera actitudes de solidarias y fraternas.

La fe en la Eucaristía extiende y prolonga en el alimento del cuerpo el alimento del alma. La fraterna solidaridad de las comunidades parroquiales y de grupos altruistas de la sociedad que en estos días de pandemia estamos viendo son una demostración de la eficacia de la fe vivida, de cómo la fe religiosa que proclama la fraternidad humana cuyo fundamento es la paternidad de Dios contribuye a consolidar la paz social. Cuando nos preocupamos por los sin techo y los que no pueden comer por falta de trabajo a causa de la crisis económica provocada por el coronavirus, el mundo es mejor y la paz social está más cerca.

Cuando nos preocupamos por los sin techo y los que no pueden comer por falta de trabajo a causa de la crisis económica provocada por el coronavirus, el mundo es mejor y la paz social está más cerca.

La Jornada de Caritas, que se une a la solemnidad del Corpus Christi desde décadas nos compromete aún más con las necesidades de tantos hermanos nuestros que nos piden ayuda. La pandemia ha agudizado de tal forma estas necesidades que se ha convertido en un reto a nuestra generosidad. La Eucaristía contiene el sacrificio de Cristo que nos ofrece el mayor amor de aquel que dio su vida en la cruz y «murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos» (cf. 2 Cor 5,15).

Seamos consecuentes con nuestra fe eucarística y adoremos este sacramento del mayor amor, en el que Cristo está realmente presente con su sacrificio. Venid adoradores, adoremos a Cristo Redentor. Con María y con José que contemplaron el admirable misterio de la carne del Hijo de Dios, contemplemos nosotros en el sacramento del altar al buen Pastor y al médico divino que se hace presente con el sacrificio de la cruz. Adoremos al Hijo de Dios, que por amor nuestro entregó su vida para que nosotros no la perdamos.

S.A. I. Catedral de Almería

Domingo de Corpus 14 de junio de 2020.

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

[1] Vaticano II, Constitución sobre la sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 47; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1323.

[2] Vaticano II, Constitución sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 1.

[3] Instrucción pastoral Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias (2002), n. 35].

 

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