Homilías Obispo

HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

Lecturas bíblicas: Núm 6,22-27; Sal 66,2-3.5-6.8; Gál 4,4-7; Lc 2,16-21

Queridos hermanos y hermanas:

Nos congrega en la celebración de esta misa estacional la solemnidad de Santa María Madre de Dios. Esta fiesta, que hunde sus orígenes en la Iglesia antigua de Oriente y de Occidente, centra hoy nuestra atención en el personaje más importante de la Navidad después de Jesús. Estos días hemos estado centrados en el personaje principal de la litúrgica de la Navidad: Jesús, al que volveremos a ver en el centro en la celebración de la Epifanía. Hoy la Iglesia vuelve su mirada hacia la Madre de Jesús y con la Iglesia de todos los tiempos le rinde el culto que corresponde a la que es verdadera Madre de Dios como madre que es del Hijo eterno, del Dios Unigénito.

En el Oriente bizantino, esta fiesta mariana se celebraba el 26 de diciembre, un día después de la Natividad del Señor. En Occidente, esta fiesta se celebraba en días diferentes, según lugares, en diciembre y en enero. En España la fiesta en honor de Santa María se celebraba el 18 de diciembre, fecha que ha permanecido hasta nuestros días como prolongación de la antigua fiesta en la memoria de Santa María de la Esperanza y «Virgen de la O», simbolizando el estado de buena esperanza de la madre de Jesús. En Roma, sin embargo, ya en el siglo IV se celebraba esta fiesta mariana en la octava de la Navidad, día que ha recuperado la reforma litúrgica del Vaticano II[1].

En esta fiesta María aparece ante el pueblo de Dios como la bendecida por el Señor. En María se concentra y recapitula la eficacia de la bendición que Dios entregó a Moisés, para que el sumo sacerdote Aarón bendijera al pueblo (Núm 6,22-27). La bendición de Dios hace de María la mujer destinada a ser madre del Mesías, el «Hijo del Altísimo, a quien el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33). Así se lo anuncia el ángel a María. El destino del que toda mujer israelita podía preciarse, si Dios así la elegía para ser madre del mesías. María fue destinada por el designio divino a ser la madre del Mesías y fue bendecida por el Señor Dios.  Este su destino divino la sume en la contemplación de cuanto a ella le ha acontecido.

Como pone de manifiesto el padre de la Iglesia del siglo VII al VIII san Beda Venerable, hay una contraposición de actitudes entre la gozosa predicación de los pastores y el silencio de María sumida en meditación. Los pastores, en efecto, no guardaron silencio sobre lo que les había sido revelado por los ángeles, todos comunicaron lo que habían visto y oído. Es la misión que reciben también, dice san Beda, los pastores de la Iglesia como continuadores de los apóstoles y de los varones apostólicos, cuyo ministerio de la predicación les convierte en pregoneros y heraldos del Evangelio[2]. María, sin embargo, guarda silencio y medita cuanto le ha acontecido. Ella conoce la profecía de Isaías sobre el nacimiento virginal del Emmanuel y ha experimentado el parto de un hijo concebido sin intervención de varón. María tiene presentes las palabras que le dijo el ángel: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús» (Lc 1,31).

¿Cuál es el significado del nombre de Jesús? Nos lo dice la anunciación a José, al que Dios habló en sueños por medio de un ángel, según narra el relato del evangelio de san Mateo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte contigo a tu mujer, porque lo engendrado en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21)[3].

San Mateo nos da la clave del nombre de Jesús: «salvará a su pueblo de sus pecados». Jesús es el Salvador del mundo, porque él llevará a la libertad definitiva a su pueblo, cual nuevo y definitivo Moisés. Así la bendición que Dios entregó a Moisés tiene esta doble eficacia: santificará a los hijos de Israel y con esta bendición los bendecirá el sumo sacerdote, pero tiene un destinatario seleccionado por Dios: la Virgen, Madre del Mesías, en la cual Dios ofrece a la Iglesia su propia figura e imagen como recapitulación del pueblo santo. María personifica al resto de Israel, a la comunidad de los que esperan la salvación, que sólo puede venir de Dios.

La meditación de María es la que puede hacer un creyente israelita consciente de la historia de la salvación de Dios con su pueblo. Ella sabe que Dios la ha elegido y contempla en silencio de adoración su propio destino unido al del Niño recién nacido. Es inseparable de él y en su divina maternidad reside su gloria. Desde el pesebre hasta el Calvario, María permanece unida a Cristo y hace suyo el designio de Dios sobre Jesús. Dios la ha asociado a la existencia terrena del Hijo de Dios desde su nacimiento e infancia más tierna a su definitiva salida de la casa de su madre, para llevar a cabo el ministerio público que le conducirá a la muerte en cruz. Para mantenerse junto a su hijo María necesita la fe honda que ha de ayudarla a sostenerse en los momentos duros, que apenas podrá comprender. Simeón, como hemos recordado estos días, al ser presentado el Niño en el Templo le anuncia que una espada le traspasaría el alma (cf. Lc 2,35). El primer dolor con el que Dios asociaba a María al dolor de su Hijo fue la circuncisión del Niño, al contemplar María y José la primera sangre del redentor del mundo.

Jesús nacido bajo la ley ese somete a su cumplimiento, cumpliendo sus padres todas las prescripciones que ordenaba la ley de Moisés, como cumplieron estas mismas prescripciones los padres de Juan Bautista, el Precursor que había de ir delante de él. Esto pone de manifiesto en el cumplimiento de la ley, lo que dice san Pablo sobre Jesús: que, llegada la plenitud de los tiempos, Dios «envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción» (Gál 4,4-5). Con el nacimiento en carne de Jesús, Dios abre el camino que conduce al misterio pascual del que ha sido engendrado y nacido de Dios Padre en la eternidad. Es lo que cuenta el prefacio de la misa: «el eterno, engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal para asumir en sí todo lo creado, para reconstruir lo que estaba caído y restaurar de este modo el universo»[4].

Al hacerse temporal Cristo ha querido participar de nuestra finitud y someterse así a la ley del sufrimiento y de la mortalidad. Vivimos los mortales en el tiempo, y año tras año caminamos hacia el término de nuestra vida, pero no quedamos devorados por la muerte, porque nuestro destino es Dios y la vida inmortal.  El Papa Francisco nos invita a vivir la Jornada de Año Nuevo dedicada a la Paz en un mensaje centrado en la esperanza, el diálogo, la reconciliación y conversión ecológica.  El Papa dice que la paz es objeto de nuestra esperanza y que «esperar en la paz» nos coloca en tensión, porque la realidad de falta de paz se nos impone. ¿Cómo esperar en la paz cuando no cesan las guerras y los enfrentamientos, las acciones terroristas y la ausencia de verdadera paz social, sin la cual peligra la convivencia? El Papa responde citando a su predecesor, el papa Benedicto XVI, que afirma que sólo cabe esperar si hay una meta que alcanzar, y de este modo cualquier situación difícil, “se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino”[5].

La paz será una meta alcanzable, si somos capaces de desterrar los enfrentamientos y disensiones, defender la dignidad de todas las personas y amparar a las más vulnerables y necesitada de apoyo y asistencia, acercamiento solidario y fraterno; si nos proponemos combatir que haya personas sin techo, niños de la calle abandonados a su suerte, menores hacinados en centros de internamiento como ilegales, ancianos solos y víctimas inocentes.

En esta Jornada de oración por la paz pidamos a la Virgen Madre de Dios, Reina de la Paz, su intercesión, para que la bendición que reposó sobre ella venga sobre nosotros por medio de su hijo Jesús, único redentor de los hombres y salvador del mundo, porque sólo él es el Príncipe de la Paz, que nos ha reconciliado con Dios en su sangre y ha obtenido para nosotros el perdón de los pecados. Que María y san José su castísimo esposo intercedan por la Iglesia, para que en ella podamos ofrecer a la humanidad la comunión que supera toda división y anticipa la comunión en Trinidad de Dios, meta que por la misericordia de Dios esperamos alcanzar.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, 1 de enero de 2020

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

[1] Cf. M. Augé, L’anno litúrgico. È Cristo stesso presente nella sua Chiesa (Ciudad del Vaticano 2011) 246-253; E. Lodi, Los santos del calendario romano (Madrid 1992, 3ª ed.) 33-37.

[2] San Beda Venerable, Homilías sobre los evangelios 1, 7: CCL 122, 49; selección y versión de La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia. Nuevo Testamento 3. Evangelio de san Lucas, dir. A. A. Just Jr. y ed. de Th. Cohen y M. Merino Rodríguez, 90.

[3] CCL 122, 49-50: ibid., 90-91.

[4] Misal Romano: Prefacio II de Navidad.

[5] Benedicto XVI, Encíclica Spe salvi (30 noviembre 2007), n. 1.

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