Homilías Obispo

HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA

Queridos hermanos y hermanas:

Contemplamos hoy el misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, en el contexto del tiempo santo del Adviento que hemos comenzado a recorrer como preparación a las fiestas de la Natividad del Señor. Es un tiempo para renovar la esperanza que se nutre de la fe en Cristo Jesús, en quien Dios ha cumplido las promesas hechas a su pueblo Israel y que, cumplidas en Jesús muerto y resucitado, han dado paso al tiempo de las realidades de salvación que han comenzado. No vivimos ya en el tiempo de las figuras, sino de la salvación que ha llegado al mundo con Jesús, aunque esperamos la consumación de nuestra salvación cuando el Señor vuelva. Entendemos de este modo las palabras de san Pablo a los Romanos, que tomamos del segundo domingo de Adviento. Son una invitación a los cristianos a acogerse recíprocamente, como Cristo ha acogido a cuantos vienen a la, dando así gloria a Dios Padre. Por esto les dice el Apóstol: «Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas, y, por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia» (Rm 15,8-9).

Cristo con su obra de redención ha acogido junto con los judíos también a los gentiles, a nosotros que por Cristo vivimos en la esperanza de alcanzar la vida eterna. María nos acompaña en el Adviento y nos ayuda a vivir de esta esperanza, como ella puso toda su esperanza en la palabra de Dios, por eso María es invocada en la Iglesia como Virgen y Madre de la esperanza, porque ella encarna la confianza en Dios, que siempre cumple sus promesas y nos ha abierto en Cristo el camino de la felicidad eterna. Nuestra fe en Jesús alimenta la confianza que hemos puesto en Dios, sabiendo que ya hemos sido salvados en él, que es el Redentor del mundo, pero aún vivimos en la esperanza de que esta salvación se consume en nosotros. Por eso dice san Pablo que hemos sido «salvados en esperanza» (Rm 8,24); una esperanza que es fiable, no es ilusoria, sino probada en el cumplimiento de las promesas de Dios, que siempre cumple su palabra.

El libro del Génesis, primer libro de la Biblia, en la lectura primera que hemos escuchado hoy, presenta el primer pecado sirviéndose de un género literario que le permite afirmar que la humanidad desde el principio se opuso libremente a la voluntad divina, no creyó en la palabra de Dios. Más aún, movido por el demonio llegó a pensar que Dios le ocultaba la verdad, y quiso ser como Dios arrancándole a Dios sus secretos, para crear un reino independiente de Dios, el reino del hombre.

El pecado original es pecado de desobediencia a Dios, porque el ser humano quiere ser como Dios. Eva cede a la insinuación de la serpiente, símbolo del Maligno tentador, cuando el demonio le presenta sugestivamente el resultado de desobedecer a Dios y comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Los primeros en pecar, declara la fe de la Iglesia, fueron los ángeles, seres espirituales como nosotros, pero inmateriales, cuya existencia afirma tanto la sagrada Escritura como la tradición de la Iglesia[1]. Lo afirma con transcendencia grande, ya que su pecado pone de manifiesto que el pecado del hombre no es resultado de los condicionamientos que el ser humano puede tener como limitado por su propio cuerpo y, por eso, limitado en el tiempo y el espacio y el tiempo. Los ángeles no tienen los condicionamientos con los cuales nos vemos nosotros en nuestra vida, ya que somos seres delimitados por circunstancias que no dominamos o dominamos mal y, como sucedió con Adán y Eva, nos vemos atraídos por el supuesto bien aparente, cuya realidad no podemos conocer del todo; y, sin embargo, los ángeles pecaron.

Adán, como los ángeles, desobedeció ejerciendo su libre voluntad contra Dios, y descubrió en el pecado la pérdida de la amistad de Dios, simbolizada en el castigo que le expulsó del paraíso. Frente a este Adán que, según dice san Pablo, introdujo el pecado en el mundo y con el pecado la muerte, y fue así como la muerte eterna, el alejamiento definitivo de Dios tras la muerte biológica o física, «se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron» (Rm 5, 12). A partir de entonces, es decir, desde el inicio de la humanidad, que libremente se opuso a Dios, el pecado hubiera marcado el destino inexorable y definitivo del hombre, si Cristo, nuevo Adán, no hubiera remediado la caída del primer Adán en manos del Maligno.

La voluntad de salvación que tiene Dios alcanza a todos los hombres y responde al amor universal de Dios. Él no es como los hombres, que se enmiendan de sus decisiones y las cambian con facilidad. Dios quiere las cosas de modo irrevocable, y nos ha amado de modo irrevocable desde siempre, «por cuanto nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo» (Ef 1,4a), porque su amor no tiene límite y en Cristo nos creó y en Cristo ha querido redimirnos. Nos creó por medio de su Palabra, el Verbo de Dios hecho carne, «el Hijo Unigénito que estaba en el seno del Padre» (Jn 1,18) antes de su encarnación y por nosotros se hizo hombre en las entrañas de María. Así, por medio de Cristo Jesús, Hijo de Dios, que es al mismo tiempo hijo de María, hemos sido también recreados, y así hemos nacido de nuevo a la vida verdadera, como dijo Jesús a Nicodemo: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios» (Jn 3,3).

Dios concibió en su amoroso designio de amor por nosotros, tal como se lee en la carta a los Efesios, para que llegáramos «a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo redunde en alabanza suya» (Ef 1,12).  No podíamos imaginar la forma de llevar a cabo este designio de amor misericordioso de Dios por la humanidad. Fue así, en su designio de amor, como Dios unió la predestinación de la Virgen María a la salvación de todos los hombres, para la cual ella fue concebida sin pecado, siendo la primera redimida por Cristo de forma anticipada, para que de ella naciera, como lo señaló Juan Bautista, «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

Dios quiso unir el destino de la Inmaculada Virgen María a la misión redentora de su Hijo, un destino de amor sacrificado nque quedó proféticamente anunciado en las palabras de Simeón, cuando el Niño fue llevado al templo para la circuncisión: «Éste [Jesús] ha sido puesto para que muchos caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción ―y a ti misma una espada te traspasará el alma―  para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones» (Lc 34-35).  La unión de María con Jesús había de ser la de contribuir, con su misión de madre del Hijo de Dios, a que la humanidad de nuestro Redentor fuera plenamente humana. Así, en plena comunión con nosotros, siendo igual a nosotros menos en el pecado, nos amó hasta el extremo, rebajándose a asumir él por nosotros las consecuencias del pecado (cf. Hb 2,17; Jn 13,1). Su sangrienta pasión fue participada por María, unida al sufrimiento redentor de su Hijo, y la mujer concebida sin pecado alguno, como virgen y madre inmaculada, sin mancha de pecado, soportó los terribles efectos del pecado de los hombres sobre la humanidad de su propio Hijo y sobre su corazón de madre.

Para cumplir esta misión, María fue llena de gracia por Dios que, de este modo, así la amó en la persona de su Hijo, Dios verdadero de Dios verdadero, como a su propia madre. Dios obró en ella por medio del Espíritu creador una nueva humanidad para su Hijo. En María halló complacencia Trinidad santísima, que mediante la resurrección Jesús la asoció a su triunfo glorioso llevándola al cielo, Reina y Señora de los hijos de Dios, bendecida y alabada por los ángeles y los santos.

En María Dios nos ha ofrecido la figura por excelencia de la Iglesia, pues en su obediencia a Dios y por la humildad de la sierva del Señor, María es alabada y felicitada por las generaciones que se suceden en el tiempo y con santa Isabel la proclaman «dichosa». María es «bienaventurada», por haber creído lo que le dijo el Señor por medio del ángel Gabriel. También nosotros, unidos a la alabanza de las generaciones de los siglos, «celebremos la Inmaculada Concepción de la Virgen María, aclamemos a su Hijo, Cristo el Señor». Como anoche, cuando en la vigilia meditábamos sobre el misterio de María, también ahora damos gracias a Dios porque, contemplando su santidad llena de hermosura, hemos comprendido que, en efecto, “la existencia de María pende enteramente de Dios, porque sólo en Dios se apoya la hija de Sión, sólo la fe en Dios sostiene a María en la difícil situación en la cual la sitúa el ángel Gabriel…”[2]. Contra toda apariencia, María sabe que no está sola, que el Señor está con ella para siempre y así, por la fe como hija de Abrahán, que lleva a consumación la fe, María se une voluntariamente al designio de salvación de Dios.

En una sociedad en la que la fe retrocede, pidamos hoy y siempre la intercesión de la Virgen Inmaculada, para que la fe no se agoste en el alma de los niños y de los jóvenes que han recibido la instrucción cristiana y, por la recepción de los sacramentos de la iniciación cristiana, han sido introducidos en la configuración con Cristo. Pidamos que las madres no dejen de transmitir la fe a los hijos de sus entrañas, para que crezcan como Jesús, «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52).

Pidamos por las mujeres, que se preparan para el matrimonio y son imagen de la Iglesia esposa y madre, receptoras de la vida que por ellas llega a crecer y madurar en los hijos para esta vida de los hombres, y a renacer para Dios en los sacramentos. Pidamos por las mujeres que son heridas y maltratadas como personas y tantas veces pierden la vida por la violencia que ellas padecen de forma especial. Pidamos por las jóvenes, para que abriéndose a su misión femenina sepan responder a la llamada de Dios a la vida consagrada y, llenas de generosa entrega a Dios y a los hermanos, no duden en vivir para Cristo, Esposo de la Iglesia, para el mundo sea más humano y conforme con el plan de Dios para el mundo.

Que nos lo conceda la Inmaculada Virgen Madre de Dios y Madre de la Iglesia.

 

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 8 de diciembre de 2019

 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

 

[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 328.

[2] Mons. González Montes, Homilía de la Vigilia de la Inmaculada (7 diciembre 2019).

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