Homilías Obispo

HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

Lecturas bíblicas: Sam 5,1-3; Sal 121,1-6; Col 1,12-20; Aleluya: Mc 11,10; Lc 23,35-43

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo trigésimo cuarto del Tiempo ordinario del año, la Iglesia celebra la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, en la cual culmina el año litúrgico, dando paso el domingo próximo al Adviento y el comienzo de un nuevo año litúrgico. Nos vamos a preparar a la celebración de la Navidad del Señor, al misterio de la Palabra de Dios hecha carne. El centro del año litúrgico es la solemne celebración del Triduo pascual, de los misterios de la muerte y resurrección del Señor, a cuya preparación se orienta de manera espacial la Cuaresma, pero el contenido del Triduo pascual es el mismo que se hace presente en la santa Misa de cada domingo, de la cual vive toda la semana, porque «el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico»[1].

La fiesta de Cristo Rey fue instituida por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925 con el propósito de afirmar la realeza de Cristo Señor sobre los hombres y las instituciones frente al laicismo, movimiento de secularización de la sociedad que alcanzaba en tiempos del Papa una beligerante expansión antirreligiosa en la sociedad. Esta ideología anticristiana restaba el legítimo espacio de la religión en la vida de las personas y de las sociedades. El avance del laicismo pretendía entonces igual que hoy, aunque sean distintos los tiempos, sustraer la ordenación de los asuntos temporales a la orientación de la revelación de Dios en Jesucristo. La amenaza que para la libertad y la paz de las naciones han supuesto las ideologías ateas es hoy memoria de terribles atentados contra el ser humano y la identidad de las naciones cristianas. Estas ideologías que han despreciado la religión y la han perseguido han inspirado los sistemas totalitarios del nacionalsocialismo y del comunismo. Estas ideologías contrarias a la religión comparten con el laicismo de nuestro tiempo la voluntad de establecer una sociedad en la que la religión no tenga visibilidad alguna, sin expresión pública; una sociedad sin signos religiosos de ningún género, decidida a recluir la libertad religiosa en el ámbito privado de la conciencia mediante la implantación de leyes injustas.

Por todo esto, la importancia de esta solemnidad está en celebrar con ella la libertad de los hijos de Dios afirmando la soberanía de Dios sobre la creación y la historia. Con la reforma litúrgica del Vaticano II, la solemnidad es celebrada en la Iglesia como culminación del año litúrgico y confesión de fe en la soberanía de Jesucristo sobre la creación y la historia humana. Esta confesión de fe evoca y renueva la fe en Cristo como verdadero hijo de David, en el cual se cumplen las promesas de Dios hechas en la historia de salvación. Estas promesas mesiánicas manifestadas por medio de los profetas conducen hasta Jesús, Verbo encarnado de Dios, Redentor universal y único Salvador del mundo. Dios eligió y elevó a David al trono de Israel, porque lo prefirió a Saúl (cf. 2 Sam 6,21), y proclamado rey en Hebrón, llegó a ser el verdadero padre de la dinastía real de Israel, al que Dios prometió mediante el profeta Natán un heredero que consolidaría su trono para siempre: «Yo seré para él padre y él será para mí hijo» (2 Sam 7,13). Más allá del reinado de Salomón, hijo y heredero de David, las promesas anuncian un heredero mesiánico, que «consolidará el trono de su realeza para siempre» (2 Sam 7,13). Este heredero es Jesús y sólo él traerá la paz que instaura el reinado transcendente que corresponde al Mesías prometido a Israel, en el que se verán cumplidas las promesas hechas a David.

Jesús es el hijo de David y el Salomón mesiánico, el rey pacífico, al que Isaías llamará, como escucharemos en las lecturas de la Navidad, «Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Siempre Padre, Príncipe de la Paz» (Is 9,5). Jesús ha recibido el reino de David «para restaurarlo y consolidarlo por la equidad y la justicia» (Is 9,6). El evangelio de san Lucas nos muestra cómo Jesús, en la entrada triunfal en la ciudad santa de Jerusalén, fue aclamado como rey de paz y como el rey mesiánico, mientras gritaba la multitud: «¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas» (Lc 19,38). El evangelista habla de esta realeza de Jesús en apariencia gloriosa, que muy pocos días después se manifiesta fracasada en la cruz. Sin embargo, se trata de un fracaso sólo aparente, porque el reino de Jesús no es un reino más de este mundo, como dice Jesús ante el prefecto romano Poncio Pilato: la verdadera realeza del Señor pasa por la pasión y la cruz, porque el reino de Jesús «no es de este mundo» (Jn 18,36).

Jesús se revelará como verdadero Rey y Señor en el triunfo de su resurrección, hecho glorioso obrado por el Padre, que mediante la acción del Espíritu Santo resucita a Jesús de entre los muertos. Así lo proclamará el anuncio de los apóstoles, en palabras de Pedro el día de Pentecostés: «Sepa, pues, con certeza todo Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo [=Mesías] a ese Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hch 2,36). El letrero que Pilato hizo poner sobre la cruz de Jesús: «Este es el rey de los judíos» (Lc 23,38) decía la verdad sin que Pilato se diera cuenta de ello, ni tampoco las autoridades religiosas que le juzgaron y llevaron a la cruz por mano de los paganos, ni el pueblo y los soldados. Todos ellos, mientras pendía de la cruz se mofaban de él diciendo: «Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo» (Lc 23,37).

Este título de la condena colocado sobre la cruz es, sin duda de ningún género, uno de los datos históricos incontrovertibles de la pasión de Jesús; y atestiguado por los cuatro evangelistas, este títulus crucis es por esto mismo la manifestación de la realeza de Cristo y dice lo que no podían comprender sus adversarios. El reino pertenece a Jesús por legitimidad divina, en razón de su divinidad, porque como hombre su humanidad está unida de modo indisoluble al Hijo engendrado en el seno del Padre, como dice Pío XI apoyándose en la enseñanza de los Padres de la Antigüedad, de forma que tanto los ángeles como los hombres están bajo el imperio de Cristo[2]. La condición real le pertenece asimismo en razón de la entrega que el Padre ha hecho a Jesús del reino de Dios, y este reino divino es «el reino de su Hijo querido» (Ef 1,13), que nos ha llegado en su misma persona divina y humanada.

A este reino hemos sido trasladados nosotros, porque «por su sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados» (1,14). Los sufrimientos de Jesús son los sufrimientos del Siervo (cf. Is 53,5.12). Estaba en el designio de Dios que «el Mesías tenía que padecer para entrar así en su gloria» (Lc 24,26). Tenía que padecer para que nosotros fuéramos reconciliados por medio de sus padecimientos y curados en sus heridas (cf. 1 Pe 2,24-25), y por su humillación en favor nuestro Jesús ha recibido el «Nombre sobre todo nombre», ante el cual «toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,9.10). Muriendo por nosotros en la cruz, Jesús ha vencido sobre los poderes de este mundo y Dios lo manifiesta como Mesías de Israel y Salvador del mundo «resucitándolo de entre los muertos y sentándole a su derecha en los cielos» (Ef 1,20).

Así, pues, hermanos, confesamos que Jesús es rey, porque ha nacido rey «del linaje de David según la carne [y] ha sido constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo nuestro Señor» (Rm 1,4). El Padre lo ha hecho Cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo, porque «es el principio y el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo» (Ef 1,18); y «todo juicio lo ha entregado al Hijo… y le ha dado poder para juzgar (cf. Jn 5,22.27). Y «porque en él fueron creadas todas las cosas… y todo fue creado por él y para él» (Col 1,16); y porque «todo se mantiene en él» (Ef 1,17; cf. Col 1,17), Dios Padre «ha sometido a él todas las cosas» (1 Cor 15,27).

Decimos con toda verdad que Jesús es rey como él mismo lo dice: su reino no es de este mundo, su reino es de una esencia diferente a la de los reinos terrestres y la presencia del reino de Jesús llega a nosotros en él, cuando lo acogemos mediante la fe confesando su verdadera realeza, como lo hizo el buen ladrón. Al contemplar el horrible sufrimiento de Jesús en la cruz, el buen ladrón se manifiesta temeroso de Dios, reconoce la culpa y confía plenamente en Jesús y suplica le acoja en su reino[3]. Jesús le responde: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). Lo que Jesús le dice que “hoy” mismo experimentarás la salvación, que ha comenzado a ser realidad en él con el arrepentimiento del pecado y entrarás conmigo en el reino de mi Padre. En Cristo nos llegado ya el reino de Dios, ha comenzado a ser realidad.

Los tiempos que vivimos no han mejorado los males que percibieron los pontífices para exhortarnos con el autor de la carta a los Hebreos a afrontar la carrera de la salvación «fijos los ojos en Jesús» (Hb 12,2), confiando plenamente en que sólo en Jesucristo el hombre encontrará su destino. La nueva evangelización de nuestra sociedad exige de nosotros el empeño firme en dar testimonio de la realeza de Cristo, de que sin él no hay futuro para la humanidad. Como dice la oración colecta de la Misa que hemos recitado, Dios ha querido fundar todas las cosas en su Hijo muy amado, Rey del universo; y sólo Dios puede liberarnos en Cristo de la esclavitud del pecado[4]. Cuanto más se aleje de Cristo el hombre actual más difícil le será el retorno a Dios, y los planes de futuro que el hombre actual pueda hacerse serán estériles, porque sin Jesucristo no podemos hacer nada, porque él es la vid y nosotros los sarmientos (cf. Jn 15,5).

El Vaticano II reconoce la autonomía propia del mundo creado y las leyes y valores de la sociedad y la actividad humana, que el hombre ha de descubrir y emplear[5], pero si se entiende la autonomía del mundo y de las realidades temporales como independencia del Creador, el error culpable de una sociedad que se aleja de Dios la deja sin futuro, «pues sin el Creador la criatura se diluye»[6]. De ahí la necesidad de hacer nuestro el único programa de futuro, el del Creador, pues Dios ha querido «recapitular todas las cosas en Cristo» (Ef 1,10), y en Cristo ha de ser recreado todo cuanto existe.

Es cierto que hemos de mirar con positiva esperanza la actividad y proyectos del hombre actual por un mundo mejor, pero su existencia terrestre no es reino definitivo ni tendrá sin Dios los contenidos del reino de Cristo, que es «el reino de verdad y vida, de santidad y gracia, de justicia, amor y paz»[7]: un reino que los hombres por sí solos no pueden construir. Muy por el contrario, la historia de la humanidad nos hace evidentes las terribles consecuencias de una sociedad sin Dios, en un mundo de confrontaciones que no cesan, de conflictos armados y violencia homicida, un mundo donde los más pobres, débiles y vulnerables son excluidos de la sociedad de los fuertes.

Hoy como siempre, necesitamos seguir el ejemplo de los mártires y de los santos, que con el testimonio de su vida nos enseñan cómo, sólo si transitamos por senda de aquel que es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6), podremos llegar al futuro deseado de paz y convivencia, progreso verdadero, a la civilización del amor que salvaguarde los derechos y las libertades de todos, sin que unos pueden imponerse sobre los demás.

Que nos lo conceda la intercesión de la Madre del Salvador del mundo y Rey de la Paz, cuyo reinado murieron confesando tantos mártires en los primeros siglos de la Iglesia y han muerto en el atormentado pasado siglo, y mueren hoy los cristianos perseguidos causa del Señor. A él la gloria por los siglos. Amén.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, 24 de noviembre de 2029

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

[1] Vaticano II, Constitución sobre la sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 106.

[2] Cf. Pío XI, Carta encíclica sobre la fiesta de Cristo Rey Quas primas (11 diciembre 1925), n. 12.

[3] F. Bovon, El evangelio de san Lucas IV (2010) 531ss.

[4] Misal Romano: Oración colecta de la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo.

[5] Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, n.  36b.

[6] Ibid., n. 36c (cf. n. 56f y n. 59c).

[7] Misal Romano: Prefacio de la solemnidad de Cristo Rey del Universo.

Mostrar más

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba
Cerrar
Cerrar
X