Homilías Obispo

HOMILÍA EN LA MISA ESTACIONAL DEL DOMINGO XXXII DEL T. O. DEL AÑO EN LA VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DEL ESPÍRITU SANTO

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos este domingo XXXII del tiempo ordinario del año, próximo al final del año litúrgico, en el domingo de la Iglesia diocesana y en el marco de la Visita pastoral, esta misa estacional que preside el Obispo. En esta misa hoy se hace presente toda la Iglesia diocesana, y más aún el misterio de la Iglesia, siempre presente en la celebración eucarística.  Damos gracias a Dios porque este encuentro entre la comunidad de los fieles de esta parroquia del Espíritu Santo y el pastor diocesano me ha ayudado a mí a conocer más y mejor a esta querida comunidad parroquial, y a vosotros a conocer más a vuestro pastor.

La parroquia del Espíritu Santo, como todas las parroquias que forman el tejido orgánico de nuestra Iglesia particular, tiene en la celebración de la Eucaristía presidida por su pastor un momento especial de gracia, porque en ellas se celebra y se expresa sacramentalmente el misterio de la Iglesia como grey del único Pastor, Cristo nuestro Señor, al cual humildemente cada uno de los obispos representamos en la Iglesia diocesana. Por medio del pastor diocesano es el mismo Jesucristo quien nos preside y sólo el Señor, mediador único entre Dios y los hombres, es el sumo sacerdote y único pastor de nuestras almas, pues es él quien nos ha recatado y nos ha reunido en su rebaño, ya que dice san Padre que, por causa del pecado, antes «erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y obispo (=guardián) de vuestras almas» (2 Pe 2,25).

Jesús es, en verdad, el buen pastor que conoce a sus ovejas y ellas le conocen a él y ese conocimiento recíproco dimana del conocimiento que el Padre tiene del Hijo y éste, Jesucristo, tiene del Padre (cf. Jn 10,14-15). Se trata de un conocimiento que es comunión en el amor, en el cual el Hijo conoce al Padre y su designio para el mundo: designio que es «de paz y no de aflicción, de daros un porvenir de esperanza» (Jer 29,11). Un designio, entonces, de salvación para el mundo, que se verá recobrado de su perdición eterna por medio de la entrega de Jesús, el Hijo de Dios encarnado por nosotros. Entendemos las palabras de Jesús: «Como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas» (Jn 10,15), así la grey del pastor ha de conocer al pastor bueno que se entrega por ellas.

El Obispo ha sido puesto por el Espíritu Santo en la Iglesia para representar a Cristo y su ministerio es un servicio de amor para que ninguno de los que el Padre le dio se pierda (cf. Jn 6,39), por esto mismo su misión de pastor del rebaño es llevar a todas las ovejas de la grey de Cristo al conocimiento de Cristo y conozcan en él al Padre, conozcan su amor y misericordioso, que no quiere que se pierda ninguno de sus hijos, porque él es el Creador de todos y «todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios» (Rm 14,10). La liturgia de la Palabra nos recuerda en la misa de estos domingos últimos del año como sólo podemos evitar el juicio y salir airosos de él, si confiamos en la misericordia de Dios y nos proponemos desechar el pecado y rehacer nuestra vida según la mente de Dios, que ha entregado el juicio a Cristo Jesús, en razón de su muerte por nosotros y su glorificación en los cielos como señor de vivos y muertos. San Pablo nos recuerda en la necesidad de tener que comparecer ante el tribunal que el Padre ha confiado a Cristo Jesús es «para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal» (2 Cor 5,10).

El ministerio pastoral es ministerio de Cristo, con cuya autoridad los ministros llaman a todos a la conversión y a la reconciliación con Dios. Los ministros del Evangelio exhortan a todos con la autoridad de Cristo, para que se salven y, al hacerlo ―dice san Pablo―, actúan «como embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros» (2 Cor 5,20). Es así, queridos hermanos y hermanas, porque el ministerio de los pastores en la Iglesia es fundación de Cristo y es ministerio sacerdotal para la salvación y la santificación, porque el ministerio sacerdotal ha sido «constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (Hb 5,1). Nadie tiene derecho a arrogarse o exigir el ministerio sacerdotal (cf. Hb 5,4). El evangelio de san Marcos nos describe la llamada de Jesús a los Apóstoles precisando que cuando instituyó a los Doce, Jesús «subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron junto a él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios» (Mc 3,13-14).

Como vivimos tiempos de cierta confusión, es necesario decir que el ministerio sacerdotal es un don al que nadie tiene derecho, tampoco los varones, porque si ellos ejercen en la Iglesia el ministerio sacerdotal es por voluntad de Cristo, es un don que no responde a ningún supuesto derecho de nadie ni ante Dios ni ante la Iglesia de Cristo, que no tiene autoridad para cambiar la voluntad de Cristo. Este ministerio expresa y representa el amor del Esposo de la Iglesia por ella y este significado esponsal del ministerio sacerdotal se expresa sacramentalmente y sólo se accede a él por la llamada de Cristo por medio del Espíritu Santo en la Iglesia. Todos, hombres y mujeres somos agraciados con este ministerio, porque es el mismo ministerio de Cristo prolongado mediante el sacramento del Orden sacerdotal en el tiempo. Por esto hemos de suplicar este don para que el Señor nos dé los sacerdotes que necesitamos para presidir en nombre de Cristo nuestras comunidades parroquiales en comunión con el obispo, con el cual colaboran los sacerdotes.

El Obispo es el sucesor de los Apóstoles y a él corresponde ejercer el sumo sacerdocio, representando a Cristo pastor y sacerdote en la Iglesia diocesana. Se puede, por esto, entender que el santo mártir san Ignacio de Antioquía (ca. 30/35-107) en sus cartas nos haya dejado un testimonio de cómo el Obispo reúne en torno a sí a la comunidad en la comunión de la Santa Trinidad. No es de extrañar que san Ignacio pidiera a los presbíteros, diáconos y fieles de las comunidades a las que escribía camino del martirio en Roma que no hicieran nada sin el Obispo, porque el Obispo es el fundamento visible de la comunión de la Iglesia diocesana y el vicario de Cristo en ella, como el Papa, sucesor de Pedro, lo en el conjunto de toda la Iglesia universal.

La visita pastoral se propone fortalecer la cohesión de las comunidades cristianas de la diócesis, confirmando a todos en la fe; y ejercer el sacerdocio de Cristo con los presbíteros, que son sus primeros y más estrechos colaboradores, para salvación y santificación de los fieles. Quiera el Señor que esta visita ayude a fortalecer la fe en tiempos difíciles como los nuestros, para que demos testimonio de Cristo ante nuestros contemporáneos con una vida irreprochable, con las obras y con la palabra que confiesa la fe en Cristo, Señor de vivos y muertos.

Como he indicado, estos domingos últimos del año litúrgico ponen de manifiesto que el designio de Dios para nosotros es la vida eterna y feliz, participando de la vida de Dios para siempre, meta que nos espera cuando acontezca la resurrección de los muertos. Hasta que nos llegue, sin embargo, el momento de encontrarnos definitivamente con Dios y ser incorporados a la vida eterna, Dios quiere que estemos dispuestos a sacrificarlo todo, como lo hicieron los siete hermanos Macabeos por el valor supremo que gobierna nuestra vida, Dios mismo. Los dos libros de los Macabeos nos ayudan a comprender cómo la fe en la resurrección alienta la vida de los mártires y da razón del sentido y alcance que tiene la oración por los fieles difuntos. Judas Macabeo envió al templo de Jerusalén una colecta para sufragar los sacrificios y oraciones por los caídos en combate. Manifiesta el autor sagrado que Judas obró así por la fe en la resurrección de los muertos: «Pues de no esperar que los soldados caídos resucitarían, habría sido superfluo y necio rogar por los muertos» (2 Mac12,44).  Es lo que hemos escuchado de los siete hermanos que prefirieron perder la vida a manos de los torturadores que apostatar de Dios. Impresionan las palabras del último de los hermanos: «Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará» (2 Mac 7,14). Así lo dice el libro del Apocalipsis refiriéndose a los mártires de la primera hora de la Iglesia: no valoraron tanto su vida como para temer la muerte: «No amaron tanto su vida como para temer la muerte» (Ap 12,11).

Hoy, cuando se habla poco de la vida eterna y de la resurrección de los muertos, pero san Pablo les dice a los Corintios que, si no hay resurrección de los muertos, entonces tampoco Cristo resucito, porque los muertos no resucitan, pero Pablo corrige con fuerza este error que induce al materialismo y al nihilismo, es decir a una fe en la nada como destino de la vida humana; y el Apóstol de las gentes afirma: «¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron» (1 Cor 15,20). La vida divina nos espera y allí se consumará el amor de forma definitiva, tal como dice Jesús en el evangelio de hoy a los errados maestros de la ley. Esta consumación del amor está más allá de los lazos que nos unen en esta vida terrena, pero nadie perderá el amor por las personas que amó, sino que lo consumará en una forma nueva y no sospechada en la tierra, porque seremos como los ángeles de Dios, les dice Jesús a quienes le tientan (cf. Lc 20,35-36).

La visita pastoral no se acaba con este encuentro, se prolongará en próximos encuentros con la comunidad parroquial, y aún nos queda un día más para los libros sacramentales y la administración parroquial, con la visita a las piezas del complejo parroquial. Todo lo vuestro me interesa, para fortalecer vuestra fe y alentar muestro compromiso misionero, vuestra presencia en la sociedad que es la nuestra, como bautizados y enviados. Dando testimonio del amor que ha de unir a padres e hijos en la familia cristiana, lejos de la mentalidad divorcista actual; con la predilección por los niños, lejos de una mentalidad materialista del amor conyugal sin natalidad; transmitiendo los valores del evangelio a los jóvenes, como nos invita a hacerlo el Papa Francisco en su Exhortación Christus vivit, fruto del sínodo sobre la evangelización de la juventud y las vocaciones; y conscientes, en fin, del valor de nuestro testimonio público en la sociedad, en la que hemos de vivir como cristianos.

Que el Espíritu Santo, el gran don de la Pascua de Cristo nos inspire y sostenga, y que la Virgen María, Madre de la Iglesia, y san Juan Bautista de la Salle, titular también de esta comunidad, intercedan por nosotros.

Almería, Parroquia del Espíritu Santo

10 de noviembre de 2019

 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

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