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HOMILÍA EN LA MISA EN LA CENA DEL SEÑOR

Lecturas bíblicas: Éx 12,1-8.11-14; Sal 115, 12-13.15-18; 1 Cor 11,23-26; Vers. ante Ev.: Jn 13,34; Jn 13,1-15

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos esta tarde la Misa «en la Cena del Señor», haciendo memoria del testamento de amor de Cristo, del cual es prenda de vida eterna la institución de la Eucaristía y, con ella, la institución del ministerio sacerdotal de quienes Jesús llama a ser servidores del pueblo de Dios.

En la noche de la última Cena con la que Jesús quiso celebrar la Pascua con sus discípulos, Jesús nos dejó el testamento de su amor, que escenificó en un acto de servicio singular como fue el lavatorio de los pies de sus discípulos, conforme a la costumbre hebrea. En aquella ocasión memorable, Jesús nos dejó el mandamiento del amor fraterno que inspira la «Jornada del Amor Fraterno» que celebramos cada Jueves Santo.

Con esta jornada tratamos de sensibilizar a los fieles, para que nadie deje de percibir el amor que es santo y seña de los discípulos de Cristo. Estamos lanzando este año una campaña de concienciación para la constitución de un «Fondo de Solidaridad» en Caritas diocesana que nos permita afrontar la ayuda necesaria para las familias, y para las personas menos favorecidas, cuando esta crisis provocada por la pandemia que sufrimos termine. La falta de recursos de muchos hermanos nuestros nos planteará el reto de una ayuda necesaria.

Para constituir este fondo solidario comencemos poniendo algo de lo que es nuestro y asimismo lo necesitamos. Por mi parte, dejo la nómina modesta de un mes para empezar a constituir este fondo, y animo a los sacerdotes y a cuantos diocesanos quieran hacerlo a sumarse a esta iniciativa. Cuando algunos clérigos y laicos críticos reclaman la ayuda de las instituciones de la Iglesia no deben olvidar que la verdadera caridad sale del corazón creyente y no es bueno reclamar otra ayuda, que por lo común es de todos, para negarse uno mismo a dar lo suyo. Es preciso evitar siempre toda actitud hipócrita. Así, pues hay que dar de lo que uno tiene y, además, , hay que dar de buena gana. Como dice san Pablo a propósito de la colecta que estaba organizando para socorrer a la comunidad de Jerusalén: «Cada cual dé según el dictamen de su corazón: no de mala gana a la fuerza, pues “Dios ama al que da con alegría”» (2 Cor 9,7).

Este año no podremos hacer el lavatorio de los pies en esta misa de Jueves Santo por causa de la pandemia, pero la liturgia nos recuerda el texto sagrado con las palabras de Cristo, que hemos escuchado en el evangelio de san Juan: «Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, también vosotros lo hagáis» (Jn 13,15).

En el lavatorio de los pies Jesús ofreció a sus discípulos el signo de amor en el servicio a los demás, porque les había dicho aquella noche: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). El mayor signo de amor se manifiesta en la entrega de la vida por los demás, y esto es lo que Jesús anticipaba en aquella Cena última con sus discípulos: la entrega de su vida en la pasión y la cruz, verdadero sacrificio de salvación por nosotros. Al anticiparlo bajo el signo del pan y el vino con las bendiciones de la liturgia judía, Jesús instituye la Eucaristía como sacramento de su muerte y resurrección. El lavatorio de los pies es en el evangelio de san Juan una acción llena de simbolismo, en la cual Jesús que se ha revelado a sus discípulos como el Hijo de Dios, que sabe que «el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía» (Jn 13,3). Plenamente consciente de su propia soberanía sobre sus actos y sobre la historia de la salvación, Jesús se despoja del manto, se ciñe la toalla y echando agua en la jofaina se dispone a lavar los pies de sus discípulos, que quedan desconcertados. El Maestro y el Señor asume la función de los siervos porque quiere mostrarles que en el servicio a los demás acontece la entrega continuada de la vida por aquellos a quienes se ama.

No es posible resistirse al lavatorio de Jesús, porque para tener parte con Jesús es necesario asumir su misma actitud de servicio, porque Jesús está entre ellos «como aquel que sirve» (Lc 22,27). Si no se dejan lavar los pies, tal como Pedro lo intenta resistiéndose a ello, no pueden participar de su vida, que es participación en la vida divina. Benedicto XVI observa sobre esta relación Dios que «se establece a través de la comunión con Jesús, pues solos y únicamente con nuestras fuerzas no la podemos alcanzar. En cambio, la relación con Jesús es una relación con Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos (cf. 1 Tim 2,6). Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser “para todos”, hace que éste sea nuestro modo de ser. Nos compromete en favor de los demás, porque sólo estando en comunión con Él podemos realmente llegar a ser para los demás, para todos»[1].

Jesús les entrega su propia vida en la Eucaristía como sacramento que contiene el sacrificio de la cruz que acontecerá horas más tarde[2]. La cruz será lugar y signo de salvación, donde Jesús se entrega en obediencia a la voluntad del Padre. La cruz se convierte así en el signo cristiano por excelencia, porque en la cruz de Jesús Dios ofrece la reconciliación a la humanidad pecadora en la sangre del Crucificado: la sangre del Buen Pastor que, en plena libertad, va a la muerte por aquellos a quienes ama. La antífona de entrada de esta Misa en la Cena del Señor canta la gloria del signo de la Cruz, en ella está nuestra esperanza, vida y resurrección, porque en la cruz ha muerto aquél que nos ha salvado y libertado.

No es posible separar la mesa de comunión en el sacrificio de Jesús del mandamiento del amor, porque en el amor al prójimo se prolonga la entrega del Hijo de Dios. En el servicio al prójimo se prolonga la entrega eucarística de Jesús, y hasta tal punto el Señor se hace presente en el amor al hermano que el evangelista ha dejado contenida una narración en la otra. La institución de la Eucaristía que nos transmite la primera carta de san Pablo a los Corintios y que encontramos en los evangelios sinópticos de los evangelistas Marcos, Mateo y Lucas, ha sido sustituida en el evangelio de san Juan por la exhortación al amor recíproco en los discursos durante la Cena.

Jesús es el pan de la vida eterna, el pan que nutre más que el pan que comieron los israelitas en el desierto, porque el maná fue sólo figura del pan de vida que Cristo, que da su cuerpo y su sangre como alimento de eternidad. Ha pasado el tiempo de la Pascua hebrea, cuya institución narra el libro del Éxodo al referir la salida de Egipto la noche en que comieron el cordero pascual, «ceñida la cintura, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y a toda prisa» (Éx 12,11), porque es la noche del Paso del Señor hiriendo a los primogénitos de los egipcios, para sacar en libertad a los hebreos. Aquella Pascua era figura de la nueva Pascua en la sangre de Cristo, el verdadero cordero pascual sacrificado en la pasión y la Cruz.

Se nos hace precisa una referencia a la institución del ministerio sacerdotal, que Jesús vincula al servicio eucarístico e instituye de modo simultáneo a la Eucaristía. Esta mañana en la Misa Crismal, al celebrar en ella el misterio de la Iglesia como pueblo sacerdotal, la liturgia refiere un sacerdocio al otro: el de los ministros sagrados es el ministerio sacerdotal que está al servicio del sacerdocio real de los fieles. El ministerio de los sacerdotes es necesario para que, por la proclamación de la Palabra y la dispensación de los sacramentos, los fieles que forman la edificación espiritual de piedras vivas que es la Iglesia sean edificados como «casa espiritual y sacerdocio santo para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo» (1 Pe 2,5).

Es lo que canta uno de los prefacios de las ordenaciones, al decir que Jesucristo «no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, ha elegido a hombres de este pueblo, para que por la imposición de las manos participen de su sagrada misión»[3]. Dice además este prefacio que los sacerdotes lo hacen así, renovando el sacrificio de la redención y preparando el banquete pascual que es la celebración de la Eucaristía. En ella el pueblo cristiano se reúne en el amor del Padre, se alimenta con la palabra divina y se fortalece con los sacramentos. De este modo, añade todavía el prefacio, los sacerdotes, entregando su vida por amor a Dios y la salvación de los hombres sus hermanos, van configurándose con Cristo, en cuya persona actúan.

Necesitamos que los ministros del Evangelio vayan entregando su vida para que el pueblo sacerdotal viva en la fe, la esperanza y la caridad, como comunidad de quienes se reconocen recíprocamente hermanos por haber llegado a ser hijos de Dios en Jesucristo. Por ello pedimos a Dios que esta celebración de la Cena del Señor nos fortalezca en la fe viva que obra por la caridad. Quiera el Señor con la ayuda de la gracia divina todos colaboremos en la salida de esta pandemia y podamos volver a la vida normal. Cuando esto suceda, nos encontraremos con tantas personas que habrán perdido su trabajo y familias que necesitarán de nuestra fraterna ayuda. Que la Madre de Cristo Jesús, madre eucarística[4], nos ayude a tener aquella relación con el santísimo sacramento de la Eucaristía que ella misma tuvo junto a los Apóstoles, las santas mujeres y los primeros discípulos. Todos ellos alimentaron su fe en la fracción del pan eucarístico.

S. A. I. Catedral de la Encarnación, Jueves Santo

Adolfo Gonzalez Montes, Obispo de Almería

 

[1] Benedicto XVI, Encíclica sobre la esperanza cristiana Spe salvi (30 noviembre 2007), n. 28.

[2] Cf. X. Léon-Dufour, Lectura del evangelio de san Juan. 3. Jn 13-17 (Salamanca 1995) 26-31.

[3] Misal Romano: Prefacio I de las ordenaciones.

[4] San Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), n. 53.

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