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HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL

Lecturas bíblicas: Ex 12,1-8.11-14;Sal 115,13.16-18;1 Cor 11,23-26;  Jn 13,1-15

Queridos hermanos y hermanas:

La celebración de la Misa Crismal tiene este año su circunstancia propia, al tener que celebrarla por causa de la pandemia sin la participación de la mayoría del presbiterio diocesano y de los religiosos y fieles laicos que otros años se hacían presentes en esta misa. Los presentes asumimos hoy la representación del entero pueblo de Dios en nuestra Iglesia diocesana. Tenemos muy en cuenta que la Misa Crismal no es una misa sólo para los ordenados como sacerdotes, sino que en esta misa que expresa el misterio sacramental de la Iglesia entera como pueblo sacerdotal, al tiempo que expresa la comunión en el ejercicio del sacerdocio ministerial del presbiterio con el Obispo, principio visible unidad tanto del presbiterio como de su Iglesia particular.

La acentuación del carácter presbiteral de la Misa Crismal tuvo un momento importante en la introducción en ella de la renovación de las promesas sacerdotales, que el santo Papa Pablo VI realizó con el propósito de fortalecer, en tiempos de gran crisis, la vocación y la fidelidad de los sacerdotes a al ministerio que la Iglesia les ha confiado. Una vez termine el confinamiento, espero poder reunirme con el presbiterio para celebrar juntos la Eucaristía y recibir la renovación de las promesas sacerdotales. Como se ha dicho con gran acierto: «La Misa Crismal ha de ser vista casi como la epifanía de la Iglesia, Cuerpo de Cristo orgánicamente estructurado que, en los diversos ministerios y carismas expresa, por la gracia del Espíritu Santo, los dones nupciales de Cristo a su esposa (la Iglesia) peregrina en el mundo. Se trata no sólo de la fiesta de los presbíteros, sino de todo el pueblo sacerdotal»[1].

Tiene, por ello su significación litúrgica propia celebrarla el Jueves Santo, como lo hacemos este año en el cual nada lo impide. La Misa Crismal que hoy tenemos es resultado de la reforma litúrgica llevada a cabo por el II Concilio del Vaticano. En la Iglesia antigua, el Jueves Santo se celebraban tres misas: una temprana para reconciliar a los pecadores públicos, una vez terminado el tiempo de la penitencia. Al final de la época de la Iglesia antigua se canceló la penitencia pública, y dejó de celebrarse la misa de reconciliación de los pecadores.

La segunda misa del día, celebrada durante la mañana, era la misa de bendición de los óleos y consagración del Crisma, que se comenzaban a aplicar con los bautismos desde la Vigilia de Pascua. La tercera es la misa «en la Cena del Señor», se celebraba al atardecer, como como lo haremos esta tarde. En este día se acercaban particularmente los fieles a la recepción de la sagrada Comunión, cumpliendo con el precepto de la comunión pascual. La Misa Crismal ha permanecido como la misa que se ha de celebrar la mañana del Jueves Santo, verdadero pórtico de la celebración actual del Triduo Pascual. En ella se manifiesta de modo propio la condición sacerdotal de todo el pueblo de los bautizados, porque todos participamos de la unción de Cristo, que ha recibido del Padre la consagración para llevar a cabo su misión mediante el derramamiento del Espíritu Santo sobre él. Cristo fue concebido por obra del Espíritu Santo y fue ungido en su bautismo, y el evangelio que hemos proclamado hoy nos presenta a Jesús en la sinagoga de Nazaret, donde es invitado a leer y comentar la sagrada Escritura, como aquel sobre el que reposa el Espíritu del Señor.

Jesús lee el pasaje del profeta Isaías que habla de la misión del profeta, y afirma que aquellas palabras se cumplen en él: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido» (Is 61,1a), para llevar a cabo su misión sanadora y de reconciliación que Dios le ha confiado: «dar la Buena Noticia a los que sufren, vendar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad, consolar a los afligidos… para cambiar su traje luto en perfume de fiesta, para levantar el ánimo de los abatidos» (cf. Is 61,1-3). Jesús ha sido enviado para sanar y liberar, para levantar del abatimiento y de la tristeza de la muerte que genera llanto y luto.

Jesús habla de su misión con palabras que adquieren un significado especial en estos momentos de pandemia mundial. Es verdad que es tarea de la ciencia médica y de la investigación científica progresar en el conocimiento para hacer frente a la pandemia y, como sucede en la lucha contra todas las enfermedades, contribuir de este modo a devolver la salud a los enfermos. Sin embargo, como todas las cosas de este mundo terreno, marcado por la finitud y la contingencia, necesitamos la ayuda de Dios, que inspira en nosotros sentimientos generosos y sostiene nuestra tarea de dominar la tierra y hacerla fructificar. Estamos en las buenas manos de Dios y la fe nos permite confesar con humildad que «si el Señor no construye la casa, / en vano se cansan los albañiles; / si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (Sal 126,1).

La humanidad puede conseguir victorias progresivas sobre las enfermedades, pero no puede cambiar la condición mortal del ser humano. Por esto nuestra confianza plena ha de estar puesta en Dios, que nos ha enviado a Jesús, su Hijo, para ser liberados definitivamente del origen del mal y de la muerte: del pecado. Jesús es el médico de nuestros cuerpos y de nuestras almas, porque vino para sanar y restañar las heridas, para padecer la pasión y la cruz y resucitar al tercer día, abriéndonos el camino hacia la victoria definitiva sobre la enfermedad y la muerte. Con sus curaciones Jesús daba a entender que el Reino de los cielos dejaba sentir su presencia en la tierra (cf. Mt 12,28; Lc 11,20). Sanando a los epilépticos y endemoniados, a tullidos, a cojos y ciegos, y resucitando a los muertos, Jesús adelantaba su victoria sobre la muerte, que esperamos compartir con él en la resurrección final.

Jesús nos hace partícipes del óleo de la alegría que es el Espíritu Santo, el cual actúa en los santos óleos que hoy bendecimos y el santo Crisma que consagramos. Los bautizados participamos del Espíritu de Jesús, porque hemos sido ungidos con su Espíritu al ser ungidos y crismados con los santos óleos, elaborados con aceite de la oliva mezclada con esencias aromáticas, que suavizan nuestras rigideces, dan tersura y belleza al cuerpo, y sanan el alma. Recibiendo el óleo santo que precede al bautismo los catecúmenos son ungidos para prepararse a recibir la purificación y la unción bautismal. Con el santo Crisma son ungidos los bautizados que reciben el agua bautismal, que purifica a los que han crucificado su hombre viejo y han sido sepultados con Cristo. La unción del Crisma, al comunicar el Espíritu Santo a los bautizados que reciben la Confirmación los capacita para dar testimonio de Cristo en el mundo: los habilita para llevar el evangelio de Cristo a los hombres y los pertrecha para el combate de la vida cristiana.

Finalmente, con el óleo de los enfermos son ungidos con la suavidad de este aceite balsámico los que reciben por medio de esta unción el perdón de los pecados y se revisten de la gracia para volver saludables a la vida cotidiana; o para entrar en el descanso eterno a participar de la bienaventuranza, de la dicha feliz que Dios ha preparado para los que le aman.

Con el santo Crisma son ungidos los ministros sagrados, los obispos y sacerdotes, para ser consagrados en el servicio sacerdotal, por medio del cual todo el pueblo de Dios se asocia al sacrificio de la cruz, ofreciendo el sacrificio de la propia vida, única ofrenda que agrada a Dios: el culto espiritual al que son asociados todos los bautizados. La Misa Crismal hace así patente el carácter sacerdotal de todo el pueblo de Dios, para que sea una congregación de santos en medio del mundo, una señal y un signo sacramental de Cristo para el mundo.

Este médico de almas y cuerpos que es el Señor crucificado y resucitado nos ha enviado como pueblo profético a sanar los corazones contritos y llevar la liberación a los oprimidos. Es el momento del compromiso en favor de los más excluidos y necesitados, de las personas que necesitan ayuda. No podemos celebrar el Jueves Santo como «Jornada del amor fraterno», si esta función sacerdotal del entero pueblo de Dios no nos lleva a los bautizados a remediar los males de una sociedad agredida por esta peste nueva que nos agobia y nos preparamos para ayudar a las personas y familias que necesitarán nuestra ayuda apenas concluya este confinamiento en que no podemos quedar encerrados.

Nos urge la caridad de Cristo y nos reclaman compromiso los hermanos necesitados. Hemos sido ungidos para llevar el consuelo, la sanación y la reconciliación que como bálsamo suave cure las heridas y las fracturas de nuestra sociedad. La Eucaristía nos une en la congregación de la Iglesia para que llevemos a cabo esta misión profética de creación de fraternidad: Por eso hemos de pedir al Señor que nuestra comunión física y espiritual en esta Eucaristía, hoy y siempre, fortalezca a cuantos formamos su cuerpo místico en la tierra.

S. A. I. Catedral de la Encarnación, 9 de abril de 2020, Jueves Santo

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

[1] M. Augé, L’anno liturgico è Cristo estesso presente nella sua Chiesa (Ciudad del Vaticano 2011) 142.

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