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Homilía de Mons. González Montes en la Inauguración del ministerio del Obispo Coadjutor

MISA ESTACIONAL POR LA IGLESIA DIOCESANA

Lecturas bíblicas: Ez 37,15-19.21-22.26-28. Sal 99,2-5 (R/. «Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño»). Ef 4,1-6. Aclamación del evangelio («Gloria y honor a Ti, Señor Jesús»). Jn 17,20-26

Excelentísimos Sres. Arzobispo Metropolitano y hermanos en el episcopado presentes;
Estimado hermano que inauguras hoy tu ministerio de Obispo Coadjutor;
Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades civiles y militares.
Queridos sacerdotes y personas de vida consagrada, seminaristas;
Queridos fieles laicos, hermanos y hermanas:

Celebramos esta misa estacional por nuestra Iglesia diocesana en la Iglesia Catedral de Nuestra Señora de la Encarnación, en la que concelebra por primera vez en con el Obispo diocesano y con los sacerdotes del presbiterio de la diócesis, el Obispo Coadjutor que hoy ha tomado posesión de su oficio eclesiástico, e inaugura su ministerio pastoral y de gobierno como el primero y más estrecho colaborador del Obispo diocesano. La Eucaristía es el sacramento que funda y realiza la unidad de la Iglesia, por la cual elevamos súplicas al Señor. Vivimos un momento privilegiado de la comunión eclesial en esta celebración, porque en ella, siendo el pan uno y uno el cáliz que elevamos, Cristo realiza en nosotros la unidad que suplicó al Padre para su Iglesia. Sólo siendo fieles a Cristo se nos otorgará la unidad deseada que sane los corazones y cierre las heridas de nuestras divisiones. Jesús oró al Padre por la unidad para que en la unidad de la Iglesia realizara la verdad por el amor y el mundo pudiera ver en la Iglesia la señal levantada entre las naciones que fue comprendida como aquello que está llamada a ser: sacramento de la unidad íntima con Dios y de la unidad del género humano (LG, n. 1).
Jesús oro para que sus discípulos fueran uno conforme a la unidad que se da en la comunión de la Trinidad Santa, la unión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo, y oró para que esta unidad de los discípulos, por la predicación y la comunión de vida, atrajera a la comunión eclesial a cuantos habían de ven ir a la fe. La oración sacerdotal de Jesús por la unidad de los discípulos tiene prefiguración bíblica en la profecía de Ezequiel sobre la reconstrucción de la unidad del pueblo elegido, que trajo consigo la partición del reino de David por el pecado de la idolatría que ensombreció el reinado de Salomón (cf. 2 Re 11,29-33). Ezequiel transmite la palabra de promesa de la reconstrucción de la unidad de Israel y Judá: «Los haré un solo pueblo en su tierra, en las serranías de Israel, y un solo rey reinará sobre todos ellos. No volverán a ser dos naciones, ni volverán a desmembrarse en dos monarquías…Con ellos moraré, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Ez 37,19.27). Lo que no pueden lograr los hombres Dios lo realiza por su gracia misericordiosa perdonando los pecados.
Resuenan en las palabras de Ezequiel las palabras del Señor a Moisés en el Éxodo: «Ahora, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es oda la tierra» (Ex 19,5). La unidad se construirá sobre la obediencia a la palabra de Dios y el cumplimiento de los mandamientos, y esta unidad será el signo de que Dios mora en medio de su pueblo, que es «un reino de sacerdotes y una nación santa» (v. 19,6). Jeremías evoca la alianza del Éxodo y promete una renovación de la alianza en los tiempos mesiánicos, que será una alianza que superará el horizonte de la alianza antigua pactada con los padres al salir de Egipto. Esta alianza tendrá como fundamento el conocimiento de Dios, que inscribirá su Ley en el interior de los corazones. Entonces, «todos ellos me conocerán, del más chico al más grande —oráculo del Señor—, cuando perdone su culpa y no vuelva a acordarme de su pecado» (Jr 31,34).
Cuando Jesús ora por sus discípulos, pide su unidad como signo en el que los hombres han de conocer que Jesús es el Enviado del Padre. El conocimiento de Dios es el fin de la evangelización, porque Jesús, palabra y evangelio del Padre, ha venido para darlo a conocer. Los discípulos de Jesús han conocido al Padre en de Jesús: verle a él es ver al Padre (cf. Jn 14,9), porque su rostro es la «imagen visible del Dios invisible» (Col 1,15); y si ver a Jesús es ver al Padre, al Padre sólo se va por el camino que es Jesús (cf. Jn 14,6). El pecado del mundo es el desconocimiento culpable del Padre habiendo rechazado a Jesús. Afrontar el desafío de un mundo que se aleja de Dios y no le conoce no es fácil, porque no hay atajos y soluciones voluntaristas, porque la libertad del hombre entra en juego en este acontecer de gracia y pecado, de salvación y muerte eterna.
Jesús resucitado a confiado a los apóstoles la misión de anunciar al mundo que, en él, en Cristo Jesús, es Dios mismo el que sale al encuentro del hombre para manifestarle su amor y ofrecerle la vida eterna. ¿Cómo hacerlo si los bautizados vivimos en la división? Quienes en la Iglesia obran con hechos consumados, tratando de imponer la propia visión de las cosas, pierden toda credibilidad, y la misma esterilidad se produce cuando se reivindican derechos que no lo son contra la explícita voluntad de Cristo y no faltan quienes pretenden la modificación de la doctrina de la fe, incluso hallándose fuera de la Iglesia, pero parecen tener un manifiesto interés en que la Iglesia se acomode a la mentalidad difundida y programada desde los medios de comunicación que están a su servicio.
No es posible evangelizar sin padecer tribulación, por eso Jesús dice a los apóstoles: «En el mundo tendréis tribulación; pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). El triunfo de Cristo sobre la tentación y su palabra de promesa de estar siempre con su Iglesia alientan nuestra misión y nos ayudan a superar todas las dificultades. Somos hombres de esperanza, porque hemos conocido el amor de Dios que ha entregado a su Hijo para que el mundo tenga vida. No necesitamos aguar el vino del evangelio creyendo que un mensaje acomodado al pensamiento de la época y a la mentalidad de cada momento histórico tiene garantizado el éxito. Los espejismos no garantizan la salida del desierto. Nuestra misión es dar a conocer a Cristo y llevar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo al conocimiento de Dios que Cristo nos ha revelado, porque sin Dios y sin su perdón y misericordia no hay futuro alguno para el mundo, porque el único horizonte de un mundo sin Dios es la muerte.
Ejercer el ministerio pastoral en nuestro tiempo exige coraje y fortaleza, demanda de los cristianos, y de los pastores en especial, no capitular ante la dificultad de transmitir el mensaje evangélico y ser comprendidos. No podemos sucumbir al engaño de quienes quieren dividir a los pastores, rompiendo así la unidad del rebaño. La Iglesia se asienta sobre la roca firme que es Cristo, que ha constituido a Pedro y a los apóstoles en piedra y cimientos de la edificación de Dios, formando un solo cuerpo habitado por un solo Espíritu, que alienta una sola esperanza e inspira una misma vocación, tal como recitamos en el símbolo de la fe cada domingo: confieso un solo bautismo para el perdón de los pecados.
La Cuaresma es un tiempo de conversión, en el que con los catecúmenos toda la comunidad camina hacia la luz pascual, en espera de recibir el bautismo o de renovar las promesas bautismales Como san Pablo se lo recordaba a los Efesios, por el bautismo que une a todos los cristianos mucho más que lo que nos separa, Dios es conocido como Padre de nuestro Señor Jesucristo y en él, en Cristo, como Padre común de todos los hombres.
La sociedad de nuestros días necesita la regeneración que llega por la conversión a Dios y a Cristo, porque sin el cambio de la persona no habrá regeneración de la sociedad. Son muchas las voces que apelan a la unidad y al consenso, pero estos reclamos esconden con demasiada frecuencia una clara voluntad de poder y de imposición. El evangelio es anuncio de la verdad que hemos conocido en Cristo, la verdad que hace libres frente a toda voluntad de dominio y sumisión. Los obispos como pastores de la grey no podemos dejarnos imponer la ideología del mundo, abdicando de nuestra función de guías y pastores, de maestros de la fe; como no podemos sucumbir a un silencio perturbador que pudiera dar a entender que sólo nos importa conservar intereses de supervivencia, porque estos intereses son del mundo. Movidos por la caridad pastoral hemos vivir volcados en el servicio del pueblo de Dios, hermanos de todos y atentos los sufrimientos y las alegrías de todos, acompañando a todos, con especial atención a los más necesitados y marginados, a quienes sufren desamparo, a los enfermos, a cuantos se han visto forzados a emigrar, y a cuantos con alma inquieta o angustiada buscan el sentido de una vida verdaderamente humana, que sólo encontrarán en Dios. No podemos renunciar a llevar a Dios, bien supremo a cuantos no lo han conocido en Cristo. Se nos ha puesto al frente de la Iglesia para orientar a todos a Dios revelado en Cristo.
Que nos lo conceda Nuestra Señora de la Encarnación, titular de esta iglesia Catedral, pues por nosotros y por nuestra salvación de ella Cristo tomó nuestra naturaleza y se hizo hombre, y el cuerpo que de ella recibió nos lo entrega como alimento en la Eucaristía que hace presente su sacrificio sobre el altar.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 13 de marzo de 2021

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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