Homilías Obispo

HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN VICENTE DIÁCONO Y MÁRTIR CXLV Asamblea de los Obispos del Sur de España

Misa y leccionario del Común de Mártires

Lecturas bíblicas: Eclo 51,1-12; Sal 33,2-3.4-5.6-7.8-9;Jn 12, 24-26

Queridos hermanos en el Episcopado, queridos sacerdotes;

Hermanos y hermanas en el Señor:

Los Obispos del Sur de España, invitados por vuestro Obispo Mons. Amadeo Rodríguez Magro, hemos venido como peregrinos para conmemorar la memoria de san Juan de Ávila, en este año jubilar 2019/20 en el que se han cumplido el pasado año de 2019 los 450 años de su muerte acaecida el 10 de mayo de 1569 en Montilla (Córdoba). Según conjetura más probable, estamos a 520 años de su nacimiento en Almodóvar del Campo (Ciudad Real) el 6 de enero de 1499 o1500​; y a 50 años de su canonización por el Papa san Pablo VI, después de haber sido beatificado por Clemente XIII el 8 de febrero de 1759. Fechas todas que vienen a avivar en nuestra memoria los trazos de su recia personalidad de santo de cuerpo entero en este año avilista.

Autor ascético y místico, maestro espiritual de santos y “Apóstol de Andalucía”. San Juan de Ávila es Patrono ejemplarísimo y muy amado del clero español y fue declarado todavía recientemente por el papa Benedicto XVI doctor de la Iglesia universal el 7 de octubre de 2012, doctorado en el que pusieron el mayor empeño los obispos del Sur de España y dio nuevo impulso al seguimiento de tan gran maestro del espíritu y tan admirado sacerdote de Cristo.

Hemos peregrinado hasta aquí, porque Baeza es lugar de singular memoria avilista, donde el santo Maestro Ávila dio estructura y norma a la Universidad, que él convirtió en reclamo de sabiduría humana y divina y quiso poner en particular al servicio de los llamados al ministerio sacerdotal. Venimos como peregrinos y volveremos como estudiosos el próximo mes de febrero, cuando se celebre el gran Congreso internacional sobre «El presbítero en el siglo XXI a la luz del magisterio de san Juan de Ávila», que ha organizado la diócesis de Jaén con la guía del Obispo diocesano y el concurso de expertos sacerdotes de su presbiterio y el excelente elenco de los ponentes del congreso.

Hoy damos gracias a Dios y nos gozamos en su memoria, suplicando de su intercesión nos conceda sacerdotes santos y equipados con la sabiduría de lo alto, para que puedan acompañar y orientar la conciencia creyente de los fieles: los sacerdotes que como pastores necesita el siglo XXI, del que ya hemos recorrido las dos primeras décadas.

La figura de santidad del Maestro Ávila se inscribe en la multitud de los santos, los mejores hijos de la Iglesia, que desde los tiempos apostólicos comenzaron a brillar en el seguimiento de Cristo, destacando desde los mismos orígenes apostólicos de la Iglesia sus mártires. La Iglesia celebra en este día, con eco propio en España, la memoria de uno de los santos mártires de la Iglesia antigua más amados: san Vicente, diácono del obispo Valerio de Zaragoza. Murió martirizado en Valencia y después de sufrir atroces suplicios que le infligieron los torturadores intentando doblegar su resistencia a la apostasía, pero él prefirió el bien mayor entregando su alma a Dios el 22 de enero del año 304.

San Vicente fue venerado muy pronto en la Iglesia antigua. El poeta Prudencio le honra en sus versos y san Agustín atestigua que el martirio de san Vicente es celebrado en todo el Imperio. La fama de su martirio y el culto que lo sigue se acreditan en la inclusión de la eucología de su fiesta en el sacramentario gregoriano y, más tarde, ya en el siglo VII se le incluye en el evangeliario romano.

El formulario oracional de este día resalta la fortaleza del valeroso diácono, que no pudieron doblegar las torturas a que fue sometido durante la persecución de Diocleciano, sufriendo cárcel, hambre, potro y hierros candentes[1]. Dice la antífona de entrada: «No temió las amenazas de los jueces y así alcanzó el Reino de los cielos»[2]. ¿Cómo pudo soportar los suplicios? La oración colecta que hemos recitado nos dice cuál es el secreto del triunfo del mártir sobre los tormentos: el amor intenso que derramó en su corazón el Espíritu Santo. La palabra que los mártires han de proferir cuando sean entregados a los jueces, como Jesús había prometido, será divinamente inspirada: «Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros» (Mt 10,20). Lo había anticipado el libro del Eclesiástico: Dios es el que libra la batalla del mártir, que es sostenido en su lucha para que no lo acobarde el temor. Así dice el libro de Jesús ben Sirac:

 «Tú, Señor y Rey, frente a mis adversarios

 fuiste mi auxilio y me liberaste,

 por tu inmensa misericordia y por tu nombre,

de las dentelladas de los que iban a devorarme,

de la mano de los que buscaban mi vida,

de las muchas tribulaciones que he sufrido

[…]

tú sostienes a los que esperan en ti

y les salvas de la mano de los enemigos» (Eclo 51,2b-3.8).

Frente a las llamas de la hoguera que consumen el cuerpo del mártir, la llama de la caridad divina infundida por el Espíritu Santo salva al mártir de perecer sin esperanza; por eso, en la victoria del mártir es la victoria de Cristo la que brilla en su martirio, de modo que al ofrecer el sacrificio eucarístico hemos de pedir ofrecerlo haciendo memoria del triunfo de los mártires, que se asociaron al sacrifico de Cristo, para poder gozar de su intercesión.

Las Actas del martirio de san Vicente acentúan la contraposición entre la saña de los perseguidores, derrotados por la resistencia del mártir, y la victoria de santo diácono, como dicen algunos comentaristas desde san Agustín en sus sermones. Dice el gran doctor de la Iglesia que «era, pues, el cuerpo de Vicente el que sufría, pero era el Espíritu quien hablaba»[3] Conviene caer en la cuenta de que es la oración la que sostiene al mártir, porque esta fortaleza es la respuesta de Dios a la súplica de auxilio de quien soporta el martirio. Así lo hemos afirmado con el salmista en la recitación del salmo responsorial: «El afligido invocó al Señor, / él lo escuchó y lo salvó de sus angustias […] Gustad y ved qué bueno es el Señor, / dichoso el que se acoge a él» (Sal 33,7.9).

No son la sensación de derrota y, con ella, la pérdida de la fe y el derrotismo, ante el aparente triunfo del mal, lo que define al mártir; ni responde su estado de ánimo ante la persecución a la depresión desesperanzada. Sin que pueda excluirse el temor y el espanto que todo ser humano siente ante la amenaza de los suplicios, porque el miedo es humano, el mártir supera el temor mediante el amor que le lleva incluso al perdón de los enemigos. Así murieron nuestros mártires en la persecución religiosa del pasado siglo XX en España, los mártires que ahora proclamamos beatos, bienaventurados, porque reinan con Cristo en el cielo. No podemos sucumbir al temor, pero menos aún a la opinión que nos lleva al silencio recatado ante riesgos que amenazan nuestro compromiso de perder el puesto o ser promocionados, permaneciendo callados. Hemos de afrontar las amenazas del poder de una sociedad que se aleja de su historia cristiana, en un tiempo como el nuestro; una sociedad que pretende privatizar la fe religiosa y está tentada a repetir la represión que el cristianismo padece desde sus orígenes de época en época. Esta vez, con calificativo propio la represión se lleva a cabo en nombre del pensamiento correcto y de las ideologías rampantes que promueven e imponen una sociedad uniformada y sumisa, sin libertad.

El evangelio de san Juan nos coloca ante las palabras del Señor: «… si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Seguir a Cristo es servirle en permanente identificación con él, verdadero protomártir, en la cruz de cada época, en la cruz que le toca en suerte a Iglesia de cada lugar y tiempo, en la cruz propia e intransferible, por ser el Señor quien la coloca sobre el hombro de cada cual. Hemos de estar siempre listos para aprender de san Vicente y de los mártires que estos días estamos celebrando la lección que san Juan de Ávila aprendió en la contemplación asidua del Crucificado, celebrando el misterio del sacrificio redentor del Señor como ahora vamos hacer, para proclamar su victoria mientras nos convoca a seguir sus pasos.

Baeza, 22 de enero de 2020.

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

[1] Martirologio Romano: Día 22 de enero; cf. vers. española de la 2ª ed. típica (Coeditores litúrgicos 2007) 123 (Día 22 de enero).

[2] Misal Romano: Antífona de entrada, del propio de la fiesta de San Vicente, diácono y mártir.

[3] San Agustín, Sermón 276, 1-2; cit. según comentario de E. Lodi, Los santos del calendario romano. Orar con los santos en la liturgia (Madrid 31992) 52-54.

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