Homilías Obispo

HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA VIRGEN DEL CARMEN

Lecturas bíblicas: Zac 2,14-17; Sal Lc 1,46-55; Aleluya: Lc 11,28; Lc 11,27-28

Queridos hermanos sacerdotes;

Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades;

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo nos llena hoy de alegría, porque la advocación de la Santísima Virgen del Carmen es muy amada por todo el pueblo de Dios desde los orígenes de esta advocación, cuando en el siglo XIII el santo carmelita San Simón Stock viera en una visión mística en 1251 cómo le entregaba la Virgen María el santo escapulario, medio fiel de salvación para cuantos confían en la santísima Virgen.  San Simón fue un gran renovador de la Orden Carmelitana, que transformó la vida religiosa de los eremitas del Monte Carmelo, fomentando comunidades de vida religiosa con fines apostólicos, al estilo de las entonces nuevas órdenes mendicantes de los frailes franciscanos y dominicos.

Los carmelitas han sido grandes apóstoles de la devoción del Carmen, que desde el siglo XVI constituyeron una comunidad en torno a una capilla dedicada a la Virgen en el Monte Carmelo y levantada sobre una capilla anterior[1]. La piedad filial de los fieles experimentó un singular apego a la protección de la Virgen mediante la imposición desde el siglo XVI del santo escapulario. El pueblo fiel ha encontrado siempre en la Virgen María aquel amparo que nos remite a las entrañas maternales de Dios. Pocos lugares de la sagrada Escritura son tan expresivos como el pasaje de Isaías donde Dios manifiesta su infinita ternura por el pueblo de su elección: «¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque esas llegaren a olvidar, yo no te olvido» (Is 49,15).

Así, cuando Dios anuncia la redención de Israel, lo hace con una invitación a la alegría porque llega la salvación, y anuncia el gozo de la redención a la hija de Sión, la comunidad de su elección que él redime perdonando sus pecados e idolatrías. La invitación a la alegría viene del perdón de los pecados y la reconciliación de Dios con su pueblo, porque ha terminado el tiempo de la cautividad babilónica y se formará la comunidad nueva y redimida del pueblo santo que Dios quiere para sí: la comunidad que ya estará formada sólo por Israel, sino por la reunión de muchos pueblos, cuando Dios «tomará posesión de Judá sobre la tierra santa y elegirá de nuevo a Jerusalén» ( Zac 2,16), para hacer de ella la morada de su gloria. Es lo que hemos escuchado en la primera lectura, tomada del profeta Zacarías.

A la motivación carmelitana y a la consideración de María como madre amorosa que lleva y acompaña a los fieles a la salvación, se añade la poderosa simbología que la Virgen del Carmen evoca. María es la estrella que ilumina la singladura de los mares y conduce a los marinos al puerto de buen seguro, donde el amarre del muelle y la protección de los diques de contención del puerto frenan la bravura de la tempestad y la embestida del oleaje. Se dice de la Virgen que es la estrella de la evangelización, porque ella ilumina el camino de las almas que son atraídas a Cristo, “monte de salvación”[2], al encuentro con el Dios vivo y verdadero, porque en Cristo se nos ha revelado el amor del Padre misericordioso por la humanidad. En la entrega del Hijo de Dios a la muerte el amor de Dios se ha manifestado invencible frente al desamor y los odios que alejan a los hombres.

María acompaña a los pregoneros del Evangelio, que anuncian la salvación en tierras de misión, como acompaña a cuantos dan testimonio del Evangelio en el descreído mundo de nuestra sociedad materialista, que todo lo fía al poder y al dinero, al placer y al conformismo del egoísmo, temeroso siempre de perder lo que tiene si se viera forzado a ser generoso.

Es la estrella de los mares, que invocan los hombres del mar, marinos de la Armada que defienden la soberanía de nuestras aguas nacionales, garantizan el derecho internacional del mar y siempre la defensa de la patria. Es la estrella que invocan y ella ilumina la vida de los pescadores y de las familias de la industria pesquera, desde la pequeña y mediana empresa familiar a las grandes empresas de armadores, todos sometidos hoy a la disciplina que protege los mares. La Virgen del Carmen es amada por pescadores y armadores de los países cristianos, y a ella se encomiendan. No es fácil la vida de las gentes del mar, cuya aspiración a una ordenación justa de un sector siempre sometido a las fluctuaciones de intereses de diverso género, debe ser tenida en cuenta por los poderes públicos. Está en juego la continuidad del trabajo de los pescadores asalariados y el bienestar de sus familias. Hoy invocamos nosotros para todos ellos la protección de la Virgen del Carmen, y también para los trabajadores de las empresas mercantes y del turismo de los mares, que representan importantes sectores de la economía del transporte marítimo, la recreación y el descanso.

Hemos escuchado cómo María conduce siempre a Cristo y, por medio de él, a Dios Padre, porque es la gran figura del creyente y de la Iglesia: del creyente, porque María acogió en su seno la Palabra de Dios hecha carne, fiándose de Dios en quien puso su esperanza y su vida; y de la Iglesia, porque ella es la verdadera hija de Sión encarna y recapitula la vida de la comunidad eclesial. Es bienaventurada, ciertamente, por haber llevado en sus entrañas al Hijo de Dios, y su divina maternidad es la que le confiere el lugar singular que ocupa en la historia de nuestra salvación y explica la influencia que ella y nadie como ella tiene ante Jesús, que es Dios verdadero y hombre verdadero. María es, en verdad, Madre de Dios, pero es también la madre espiritual de los creyentes, porque, como dice el papa san León Magno, María, «antes de concebir corporalmente a su prole, divina y humana a la vez, la concibió en su espíritu»[3]. María aceptó la palabra de Dios y en ella puso su confianza, fiándose de la palabra del ángel, que le manifestaba el designio de Dios sobre ella, que, en verdad, era el designio de salvación de Dios para toda la humanidad. Por eso, ante la alabanza de aquella buena mujer que entusiasmada bendijo a maría por haber llevado en su vientre al Hijo de Dios, por haber dado a luz a Jesús y haberlo alimentado con sus pechos, Cristo la proclamó bienaventurada por haber escuchado la palabra de Dios y haberla llevado a cumplimiento.

Que María nos ayude a nosotros a ser fieles cumplidores de la palabra de Dios, y a hacer de ella el norte de nuestra vida. María nos ayudará a dar cumplimiento a la palabra de Dios, si a ella acudimos, y llenos de fe le confiamos cuanto nos preocupa, cuanto anhelamos y cuanto esperamos de Dios: su amor, su perdón misericordioso y la permanente fidelidad al Evangelio de Cristo, para que todo lo demás que pidamos se nos dé por añadidura, si nos conviene.

Iglesia parroquial de San Roque de Almería

En la Fiesta de la B. V. María del Monte Carmelo

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

[1] Cf. la breve Nota histórica de la memoria litúrgica del 16 de julio: E. Lodi, Los santos del calendario romano. Orar con los santos en la liturgia (Madrid 31999) 240-241.

[2] Misal Romano: Oración colecta de la memoria litúrgica de Nuestra Señora del Carmen.

[3] San León Magno, Homilías sobre la Natividad del Señor1 [21], 1: PL 54, 191-192; vers. de la Liturgia de las Horas: Oficio de la memoria litúrgica.

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