Homilías Obispo

Homilía en la dedicación de la iglesia del Santuario de Santa María de la Cabeza de la de Monteagud

Lecturas bíblicas:
Ne 8,2-6.8-10
Sal 18,9-10.15 (R. Jn 6,63)
1 Cor 3,9-11.16-17
Jn 2,13-22

Queridos hermanos sacerdotes;
Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades;
Cofrades de la Virgen y fieles peregrinos Queridos hermanos y hermanas:

De nuestro corazón brota hoy un sentimiento de acción de gracias al dedicar esta iglesia del Santuario de Santa María de la Cabeza de Monteagud, que con fe esperanzada muchas generaciones de peregrinos a este lugar de devoción mariana han esperado sin haberlo visto levantado de nuevo. Hoy damos gracias a Dios porque nos ha permitido edificar seta «Casa de Santa María de la Cabeza», para acoger su sagrada imagen y congregar en ella al pueblo peregrino, que viene para suplicar a las plantas de la Santísima Virgen la gracia de la fe y los bienes de la salvación. Peregrinos que suplican a la Virgen la ayuda de sus buenos oficios ante su Hijo, único Mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo nuestro Señor, Redentor del hombre y Salvador universal.

Vienen convencidos de que la intercesión de la Virgen ante Jesús les ayudará soportar la enfermedad o les agraciará con la curación. Vienen a pedir ayuda en las situaciones conflictivas, que traen consigo tantos males morales difíciles de sufrir. Vienen peregrinando al Cerro de Monteagud para encomendarle a la Virgen la custodia de la vida de sus seres queridos, haciendo permanente memoria de las palabras con las que María acudió a Jesús en las bodas de Caná: «No tienen vino» (Jn 2,3), hasta conmover al Señor y provocar en él el inesperado adelanto de su hora. Lo hizo enviando a Jesús a los criados de aquella casa en fiesta: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Vienen, en fin, con alegría y llenos de satisfacción a dar gracias a la Virgen por aquellos favores que sólo ellos saben y que de verdad han recibido, y así quieren comunicarlo a los demás.

La romería del 8 de septiembre, ya muy cercana, volverá a concentrar en tres días a miles de peregrinos que, como sucede en abril, vendrán con fe hasta la nueva edificación que verán como casa nueva de María, como quien se ha mudado a mejor casa, para dar satisfacción mayor a quienes programan sus visitas con ilusión y acogerlos como merecen, venidos incluso desde lejanas tierras aprovechando el descanso estival en los pueblos de la provincia. Con esta convicción empezamos hace dos años esta obra prácticamente acabada, aunque todavía requiera importantes remates. Hemos de acabar la espadaña de la fachada y la torre ya comenzada, la mejora del entorno y otras intervenciones menores. Todo ello no podremos llevarlo adelante sin vuestra ayuda.

Hoy nos alegramos y esta misa estacional del Obispo como pastor diocesano en el Cerro de Monteagud hace presente en este lugar santo a la Iglesia diocesana, y con ella el misterio de la Iglesia universal resplandece en su belleza en esta liturgia de la Dedicación de una iglesia. Esta hermosa liturgia, como estáis viendo y en ella participando, comienza con la proclamación de la Palabra de Dios, que ha resonado por primera vez en esta casa, como primera parte de la misa de Dedicación, después de la presentación de la nueva iglesia realizada a la puerta de la misma y la entrada solemne de la cruz y el Obispo seguido del clero y de los fieles. La aspersión con el agua bendita evoca nuestro bautismo y a él incorporamos las cosas santas, para que la bendición del Señor que reposa sobre nosotros alcance los elementos de la creación que Dios puso a nuestro servicio y de los que dice san Pablo que «la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios… ser liberada de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,19.21)

La primera lectura que hemos escuchado es del libro de Nehemías, el gobernador que recibió del rey persa Ciro el cometido de reconstruir el país de los hebreos, tras el edicto de retorno de los judíos de la deportación de Babilonia. El edicto es del año 539 antes de Cristo y la cautividad de Babilonia había durado los setenta años que anunció el profeta Jeremías. Esta lectura es obligada, porque con la vuelta de los judíos a su patria comienza la restauración de la nación y de su capital de Jerusalén, y comienzan los trabajos de reconstrucción del templo de Salomón, destruido en la conquista de Jerusalén por los babilonios. Ahora los judíos se beneficiaban de la política religiosa de los persas, que habían vencido a los babilonios y a los medos. Bajo la protección de los persas los judíos «vuelven a la Tierra Prometida, restablecen el culto, restauran el Templo, levantan las murallas de Jerusalén y viven en comunidad, gobernados por hombres de su raza y regidos por la Ley de Moisés»[1].

Toda la asamblea de los judíos había sido congregada en la plaza donde se comenzó la lectura el libro de la Ley, que contenía el Pentateuco tal como entonces existía[2]. En el largo destierro habían comprendido que la destrucción del país y la ruina del Templo, seguidos de la deportación y la cautividad babilónica, habían sido fruto del apartamiento de la palabra de Dios y de la ley divina, de la violación de los mandamientos. El pueblo de Israel, pueblo de la elección de Dios, no podía subsistir sin fidelidad a la alianza que Dios había pactado con ellos por medio de Moisés. Si querían volver a Dios, tenían que cumplir sus mandamientos. Todos lloraban de alegría reconociendo el origen de su desgracia, pero todos lloraban agradeciendo a Dios la liberación y la manifestación de la misericordia de Dios, que jamás abandona a su pueblo. Siempre es posible comenzar de nuevo y volver al Señor.

Hay unas hermosas palabras de Oseas que iluminan la vida del hombre alabando la misericordia de Dios: «Venid, volvamos al Señor, / pues él ha desgarrado, pero nos curará, / él ha herido, pero nos vendará» (Os 6,1). El profeta anuncia el horizonte definitivo de la salvación que Dios ofrece y que llegará con Jesucristo, con su muerte y resurrección: «Dentro de dos días nos dará la vida, / al tercer día nos hará resurgir / y viviremos en su presencia». (Os 6,2). Jesús pronunciará palabras que hablan del cumplimiento de esta profecía. El evangelio que hemos proclamado nos dice que Jesús indignado por la mercadería que encontró en el Templo de Jerusalén reaccionó ante el espectáculo «haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quitad esto de aquí; no convirtáis en mercado la casa de mi Padre”» (Jn 2, 15-16). Ante la exigencia de los responsables del templo que le pedían explicaciones, Jesús respondió: «Destruid este templo en tres días y lo levantaré» (Jn 2,19). El evangelista dice que ellos no entendieron, creyeron que hablaba de la reconstrucción del templo material, que había constado levantar cuarenta años, pero Jesús «hablaba del templo de su cuerpo» (Jn 2,21), por eso sólo después de su resurrección comprendieron las palabras de Jesús.

Jesús es, queridos hermanos, el verdadero templo de Dios, donde habita la plenitud de la divinidad (cf. Col 1,19), porque es Dios verdadero y hombre verdadero, como recitamos en el Credo; y nosotros somos miembros de su cuerpo, del cual él es la cabeza, como dice san Pablo (cf. 1 Cor 12,12-27; Col 1,18). Somos piedras vivas del templo de Dios y Jesús es la piedra angular (cf. 1 Pe 2,4-8). Sobre la piedra del fundamento se levantan los cimientos apostólicos de la Iglesia y cada uno de nosotros somos piedras vivas del templo de Dios, que entramos «en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por medio de Jesucristo» (1 Pe,5). Por eso, esta iglesia que ahora dedicamos a Dios nuestro Señor es imagen sacramental de la casa espiritual de la que nosotros somos piedras vivas, y del cuerpo de Cristo, en el cual permanecemos unidos a nuestra Cabeza, que es Cristo.

Esta casa que queremos sea de hoy en adelante la «Casa de Santa María de la Cabeza», tiene una piedra angular, la pieza más importante de la casa: el altar que vamos a consagrar y que representa a Cristo, que es altar y víctima inmolada por nosotros, para reconciliarnos con Dios y devolvernos a su amistad. En la Eucaristía que de hoy en adelante celebraremos sobre este altar, tan bellamente construido, se hace presente el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor. El altar se convertirá así en mesa del banquete eucarístico y como hijos del Padre común participaremos del alimento de vida eterna, el manjar de las bodas de Cristo con su Iglesia. Del altar dimana la presencia de Cristo en el Sagrario, donde espera ser visitado y llevado como alimento para los enfermos y del camino último hacia la casa definitiva del Padre que todos hemos de recorrer.

En la segunda lectura que hemos escuchado, san Pablo dice a los cristianos de su comunidad de Corinto que son construcción de Dios, de la cual es el arquitecto el Apóstol, porque él puso los cimientos para que otro construyera encima. Les recuerda por eso que cada uno de ellos es templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en ellos, y les exhorta a vivir como aquello que lo que son (cf. 1 Cor 3,16-17). Nuestro cuerpo es templo de Dios y así, todos los bautizados entramos en la construcción del cuerpo de Cristo que es la casa donde Dios habita, edificación de Dios. Ojalá vivamos como aquello que Dios ha querido hacer de nosotros por nuestro amor, para nuestra salvación.

Que Santa María de la Cabeza nos ayude a ser verdaderos hijos de Dios, y vivamos como aquellos que han sido liberados del pecado y viven para Dios, y lo demuestran amando a los hermanos. El amor al prójimo es inseparable del amor a Dios. Vivamos nosotros como hijos de María y como ella tengamos el corazón abierto a las necesidades y urgencias del prójimo, intentando servir como ella en las bodas de Caná, para remediar la carencia de bienes de los demás necesitan. Si servir es reinar, la realeza de María que hoy conmemora la Iglesia, contemplando a María glorificada por su Asunción en cuerpo y alma a los cielos, es una realeza tejida de amor y servicio. Entrega de amor que ella desempeñó unida siempre a su hijo, sin apartarse de un camino que fue del pesebre de Belén a la cruz del Calvario.

¡Santa María de la Cabeza, ruega por nosotros!

Santuario de Santa María de la Cabeza
22 de agosto de 2019
Fiesta de Santa María, Reina

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería


[1] Biblia de Jerusalén: Introducción a los libros de las Crónicas, de Esdras y de Nehemías, ed. española de 1998 (Bilbao 2000), pp. 453-456, aquí 456.

[2] Biblia de Jerusalén: Nota a Ne 8,1.

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