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HOMILÍA EN EL XVI DOMINGO DEL T. O.

Lecturas bíblicas: Sb 12,13-.16-19; Sal 85,5-6.9-10.15-16ª (R/. Tú, Señor, eres bueno y clemente);Rm 8,20-27; Aleluya: Mt 11,25; Mt 13,24-43

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de san Mateo proclamado este domingo ofrece algunas parábolas, entre las que destaca la parábola del trigo y la cizaña, que sigue inmediatamente a la parábola del sembrador que escuchábamos el pasado domingo. La parábola dice que un hombre sembró buena semilla en su campo, pero mientras todos dormían, un enemigo suyo sembró la cizaña y. como resultado el trigo y la cizaña crecieron juntos. Lo que proponían los criados del dueño del campo sembrado era arrancar cuanto antes la cizaña, pero el dueño del campo les advierte que es mejor esperar al tiempo de la siega para separar el trigo de la cizaña y diferenciar el destino de ambos.

La explicación de la parábola, como sucede en la parábola del sembrador del pasado domingo, la ofrece el mismo Jesús. El campo es el mundo y el Hijo del hombre el sembrador. Los partidarios del Maligno son la cizaña, porque el que la siembra es el diablo. La cosecha, en fin, está en las manos de Dios, porque a él pertenece el juicio, y se lo ha confiado a los ángeles, que actuarán a las órdenes del Hijo del hombre para ejecutar el destino del trigo y de la cizaña.

Cabe destacar la paciencia y templanza del dueño del campo, con lo que se significa la infinita paciencia de Dios, que así da tiempo al arrepentimiento que evitará el castigo. Para mejor acercarnos al evangelio de hoy contamos con la ayuda de la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría. El texto que hemos escuchado pertenece a la tercera parte del libro (Sb 10,1-19,21), donde el autor sagrado, Jesús ben Sirac, expone el despliegue de la revelación de la justicia de Dios en la historia.

Después de algunas evocaciones de la historia de la salvación, en las que el autor expone cómo Dios acompañó a su pueblo durante la larga travesía del desierto camino de la tierra prometida, y después de algunas reflexiones sobre la tierra santa como meta de la marcha por el desierto, el autor pondera los muchos peligros de los cuales Dios libró a su pueblo. A lo largo de la travesía del desierto y la entrada en la tierra prometida, los israelitas se enfrentaron a graves peligros y tuvieron que afrontar guerras de resistencia a su paso, pero de todos estos obstáculos los libró el Señor, dándole la victoria frente a sus enemigos, los pobladores de la tierra que no les dejaban avanzar y trataban de impedir su marcha con refriegas guerreras al paso de Israel hacia los asentamientos en la tierra de Canaán.

Pondera el autor los milagros de Dios al saciar su sed, en los secarrales inhóspitos del desierto, dándoles de beber el agua que hizo brotar de la roca áspera y piedra dura, de la que manó el agua que les dio a beber (Sb 11,2-4). El autor les invita a considerar cómo Dios libró a Israel primero de los egipcios y después de los pueblos cananeos, que le hacían la guerra cerrándole el paso a la tierra prometida, de la que Dios despojó a sus pobladores para dársela a los israelitas.

Lo importante en esta narración es considerar la paciencia de Dios con los enemigos de Israel, tanto como comprender que, con esta paciencia indulgente de Dios, el Señor pretendía su arrepentimiento. Con los milagros del desierto no pretendía Dios hacer un alarde de poder, sino de compasión e indulgencia. Con esto pone de manifiesto el autor sagrado que la omnipotencia de Dios no anula su misericordia. Así dice que, si Dios quiere desplegar su gran poder siempre a su alcance, ¿quién le va a resistir? Nadie puede hacerlo, porque «el mundo es ante ti como grano de arena en la balanza, / como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra. / Pero te compadeces de todos porque todo lo puedes, / cierras los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan» (Sb 11,22-23).

El autor sagrado hace estas afirmaciones con la finalidad de presentar la actuación de Dios como modelo de conducta para los justos, que no han de proceder movidos por la venganza o el desquite. Sólo Dios tiene en sus manos la verdadera justicia, que supera los juicios de los hombres. Por eso, incluso con los enemigos de los israelitas, con los opresores egipcios y los pobladores de la tierra cananea, de los que el autor narra crímenes e idolatría abominables, Dios fue indulgente y actuaba como un Dios misericordioso y compasivo.

El poder de Dios es principio de justicia, pues Dios no tiene competidor, no compite con los hombres. Dice el autor sagrado: «tu soberanía universal te hace perdonar a todos» (v. 12,16), para añadir a continuación: «Tu demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total y reprimes a la audacia de los que no lo conocen» (v. 12,17). El autor sagrado dirigiéndose a él en la plegaria recita: «Dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobierna con gran indulgencia» (v. 12,18); y «obrando así enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento» (v. 12,19).

La parábola de Jesús se inspira en este proceder divino del Padre de las misericordias, que no necesita hacer alarde de fuerza y poder impositivos. Su castigo es incluso pedagógico y medicinal, porque el fin último de toda punición es la salvación del pecador. Por eso, en este mundo crecen juntos el trigo y la cizaña tolerando el crecimiento del mal y de la injusticia del Dios que, sin embargo, se ha reservado el ejercicio definitivo de la justicia frente a la injusticia de los hombres, o frente a su malversación de la justicia; y, por desgracia, también frente a la arrogancia con que, ignorando culpablemente su debilidad, exhibe el insensato en su necedad un poder, siempre limitado pero que él juzga sin límite alguno, maltratando al inocente.

El justo, frente al insensato, comienza por reconocer que sólo Dios es Dios y que el hombre, criatura de Dios, no puede sustituir su juicio divino. El profeta Isaías clama por el arrepentimiento del pecador: «Buscad al Señor, mientras se deja encontrar, llamadle mientas está cercano. Deje el malo su camino… y vuélvase al Señor, que tendrá compasión de él, a nuestro Dios, que será grande en perdonar» (Is 55,7). Por medio del profeta es Dios mismo el que exhorta con advertencia firme: «Porque mis pensamientos [de Dios] no son vuestros pensamientos» (Is 55,8). Cuando Dios elige a David, el más pequeño de los hijos de Jesé, el profeta Samuel dice: «No es como ve el hombre, pues el hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón» (1 Sam 16,7).

Los hombres tendemos a la impaciencia y cometemos atropellos que son injusticia ejercida contra el prójimo. Los primeros cristianos estaban impacientes en espera del retorno inmediato del Señor resucitado, por eso san Pedro tendrá que advertirles que el Señor no se retrasa en cumplir su promesa y volver con el juicio que el Padre le ha entregado, lo que sucede es que «ante el Señor un día es como mil años y, mil años como un día (…) usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión» (2 Pe 3,8-9).

El juicio de Dios es inexorable, los pecados no quedarán ocultos ni tampoco las víctimas van a ser oprimidas para siempre, Dios ha entregado a Cristo el juicio y vendrá a separar a justos e injustos, sobre los que ahora hace Dios caer sin distinción la lluvia. El hombre no puede ocupar el juicio de Dios ni desplazar al Hijo del hombre en el ejercicio de la justicia definitiva. En tanto se produce la consumación del mundo y Dios ejerce aquella justicia que sólo a él pertenece, debemos vivir en la paciencia de Dios e imitar la compasión divina, no para tolerar pasivamente la injusticia, sino convencidos de que no hay crimen que quede impune, ni podrán vencer los malvados sobre los justos, sino porque sólo de Dios es la justicia final.

El malvado piensa escapar a la justicia divina, pero este pensamiento es ilusorio y sólo quienes han perdido la conciencia de pecado y rechazan las advertencias divinas se hacen reos de la condenación eterna, que es una posibilidad real para el pecador. La indulgencia de Dios ha de guiar nuestros juicios sobre los demás. Hoy la opinión pública tiene una particular efervescencia por las redes sociales desde las cuales se lanzan los más diversos juicios sobre las personas y las instituciones. Se pretende naturalizar la condena de personas por la opinión publicada y publicitada cuando no se llega a la descalificación fácil y al insulto. Hemos de recordar la sentencia del Señor: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados» (Lc 6,37).

Nos consuela el amor de Cristo, que se entregó por nosotros a la muerte y en su sangre hemos sido salvados, pero el sacrificio de Cristo por nosotros nos impulsa a confesar nuestras culpas y reconocer ante Dios nuestra responsabilidad moral en la conducta de los hombres.

S.A.I. Catedral dela Encarnación

Almería, 19 de julio de 2020

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

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