Homilías Obispo

HOMILÍA EN EL XV DOMINGO DEL T.O.

Dedicación de la iglesia parroquial de Santa María de Lúcar

Lecturas bíblicas: Ne 8,2-6.8-10; Sal 18B, 9-10.15 (R/. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida); Rm 8,18-23; Aleluya: “La semilla es la palabra de Dios y el sembrador es Cristo”); Mt 13,1-23

Queridos hermanos y hermanas:

Nos ha concedido la divina Providencia en este domingo, día del Señor, y ya décimo quinto domingo del tiempo ordinario del año, después de no poco esfuerzo y colaboración de todos, que podamos alabarle y bendecirle al dedicar hoy esta iglesia parroquial y consagrar su nuevo altar.

Dedicamos una iglesia en la cual se celebra el culto desde el siglo XVI, si bien no se consideró acabada de una sola vez para permanecer en el tiempo inalterada, sino que fue conociendo diversas ampliaciones de carácter historicista sobre la base de la primera construcción mudéjar de su fábrica. Consta documento histórico de 16 de marzo de 1.646, por el que se impera al Marqués de Armuña, señor de la villa y también de Lúcar, Sierro y Suflí, la necesaria reparación y ampliación de la Iglesia de Lúcar. Otras intervenciones importantes fueron realizadas en las últimas décadas del siglo XVII a cargo de civiles y eclesiásticos oriundos de estas tierras, en cuya reseña no podemos detenernos.  Baste considerar ahora que la intervención que se ha realizado desde 2018 al 2020 es notable y justifica la dedicación que realizamos y consagración de su hermoso altar nuevo.

Dicen las normas que orientan la oportunidad de la dedicación o consagración de una iglesia que, para que vuelva a realizarse el rito de la dedicación si hubiera sido hecho en el pasado, algo que no nos consta salvo su bendición, se requiere que «haya tenido lugar en el edificio algo nuevo o muy cambiado, sea en su construcción material (p. ej., una radical restauración)»[1], como es el caso; o bien que se hayan producido cambios jurídicos sobre su estatuto canónico. Nos atenemos a lo primero, después de haber reconstruido techumbre y cubierta, solado y haber intervenido también en la fábrica y remodelado algunas capillas, entre las cuales cabe señalar la intervención en el baptisterio y la sacristía, así como en otras piezas del complejo parroquial.

Es una gran satisfacción poder realizar el rito sagrado de la dedicación evocando, como acabamos de escuchar en la primera lectura que la iglesia es la casa de Dios, y por eso es domus Ecclesiae o casa de la Iglesia congregada para la celebración de los misterios de la salvación, de forma especial de la santa Misa, memorial del sacrificio redentor de Cristo. En las iglesias tiene lugar la sagrada liturgia, que es obra de Cristo y de la Iglesia, que es su cuerpo místico; por eso la liturgia ―dice el Vaticano II― «es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia con el mismo título y en el mismo grado no iguala ninguna otra acción de la Iglesia»[2]. La liturgia celebrada en las iglesias nos une a la Iglesia celestial y «actúa sobre nosotros en virtud del Espíritu Santo por medio de los sacramentos»[3], que hacen presente la redención realizada en la humanidad por Cristo Jesús, verdadero y único Mediador entre Dios y los hombres y por ello Salvador universal. En la iglesia se proclama la palabra de Dios que alcanzó su eco propio en el corazón de los israelitas concentrados en torno a la lectura de la Ley, recibida con contenida emoción hasta las lágrimas en la plaza del Agua, junto al templo de la Alianza antigua. Sucedió después del edicto del año 538 a. C., cuando el rey persa Ciro autorizó a los judíos desterrados a volver a la patria y comenzar la reconstrucción de las murallas de Jerusalén y la restauración del templo destruido con la invasión asiria.

Nehemías había sido nombrado gobernador para llevar a cabo la obra de reconstrucción, y el escriba Esdras, que tenía a su cargo los asuntos judíos en la corte de Persia, llegó a Jerusalén con plenos poderes para imponer la ley de Dios, que es la ley de Moisés reconocida como ley real. Este es el contexto histórico[4] de la primera lectura, que narra cómo tras los primeros trabajos de reconstrucción de la muralla durante el gobierno de Nehemías, el escriba Esdras leyó el rollo de la ley. Leyó en pie sobre un estrado de madera construido para la ocasión y el pueblo escuchaba también de pie y con el Amén respondía a lo palabra de Dios, acogiéndola con voluntad firme de llevarla a cumplimiento. Un día grande de fiesta, que invitaba a dar gracias a Dios y festejar el retorno del destierro y la llamada a la conversión y al cumplimiento de la ley divina.

El autor de la carta a los Hebreos dice: «Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo…» (Hb 1,1-2). La palabra de Dios llega constantemente a nosotros como Jesús lo dice en la parábola del sembrador y que él mismo interpretó ante la multitud que le seguía. Se trata de que nosotros queramos acoger la palabra de Dios y, según nuestra capacidad, la hagamos producir en nosotros al ciento, al sesenta o al treinta, según los dones que Dios nos ha dado. Lo que no puede suceder es convertirnos en pedregal o vereda de camino o tierra sin profundidad que permita germinar la semilla que el divino sembrador ha sembrado en nosotros mediante la proclamación de su palabra. El sembrador ha cumplido su cometido, porque Jesús vino para proclamar el reino de Dios y llamar a la conversión del corazón, para que acogiéramos a Dios que en la persona de Jesús su Hijo, Palabra encarnada de Dios.

La explicación de la parábola es clara. Algunos escuchan la palabra de Dios sin entenderla, porque no han tenido una catequesis suficiente en la infancia, y tampoco han sido instruidos en la fe de adultos. Hay quienes no tienen interés religioso alguno, porque, aunque dicen ser cristianos, han abandonado desde muy pronto la práctica religiosa de nuestra fe y viven ajenos a la vida de la Iglesia y a la predicación dominical y la celebración eucarística. Han recibido el bautismo y la primera Comunión y también se casaron por la Iglesia, pero no se preocuparon de la necesaria preparación para recibir los sacramentos y perdieron pronto el interés en recibirlos. En estos casos, la parábola del sembrador deja ver cómo aquellos que recibieron la fe desde la infancia, al no haber continuado una práctica religiosa consciente y preocupada, se expusieron a la pérdida de su fe dejándola estéril e improductiva: «viene el Maligno y roba lo sembrado en el corazón: es la simiente que fue sembrada al borde del camino» (Mt 13,19).

El terreno pedregoso representa el alma frívola de quien, acogiendo la palabra de Dios con alegría, carece de verdadera voluntad de conversión, que exige disciplina y constancia, y cede ante la tribulación y cualquier dificultad (Mt 13,20-21). Lo sembrado entre abrojos es imagen de quienes ahogan la palabra de Dios en los afanes de la vida y la seducción de las riquezas, dejándose llevar por la seducción de lo inmediato y placentero, lo útil para el propio provecho, con interés egoísta y sin preocupación alguna por los demás (Mt 13,22). Por el contrario, lo que fue sembrado en tierra buena, es el que oye y entiende la palabra de Dios, y comenta Jesús―: «éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta» (Mt 13,23).

La dedicación hoy de la iglesia parroquial es una ocasión privilegiada, verdadera gracia de Dios para los hijos de estas tierras que en esta villa como en los pueblos vecinos han recibido la fe y han conocido el evangelio de Jesús. Es una llamada para acrecentar la estima de la palabra de Dios y conducirnos por ella en la vida.

En la dedicación de una iglesia, la consagración del altar ocupa el lugar central. Su unción con el santo Crisma y la plegaria de consagración convierte en realidad santa el altar que es ara del sacrificio donde Jesús se hace presente con su sacrificio redentor. Es también mesa donde los dones eucarísticos son entregados para nuestro alimento espiritual, anticipando en nosotros la participación de la vida divina que esperamos alcanzar. Veneramos el altar, que el celebrante besa antes de comenzar la celebración y al terminarla, porque en él se hace presente el Señor crucificado y glorificado, sin dejar de estar en el cielo junto al Padre. La Eucaristía es el sacramento de nuestra fe que centra toda la vida cristiana, porque a ella tiende, como hemos recordado, toda la acción de la Iglesia. La presencia eucarística de Cristo sacramentado en el Sagrario tiene su razón de ser en la santa Misa, verdadero centro de la vida cristiana.

Vivimos en una sociedad compleja y plural, donde la secularización ha ocultado el sentido religioso de nuestra existencia, y la multiplicidad de opiniones y posturas de diversa índole pretenden ser todas iguales, pero la fe cristiana nos dice que debemos discernir y tener conciencia clara de que no podemos vivir como si Cristo Jesús no hubiera venido a nosotros desde el Padre para decirnos: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida y nadie va al Padre si no es por mí» (Jn 14,5). Seguir a Cristo tiene sus dificultades, y afrontar el testimonio de la fe requiere decisión y fidelidad al Señor, e incluso esta misma fidelidad pide de nosotros sacrificios que pueden convertirse en sufrimientos no deseados. San Pablo, contemplando las exigencias de la vida en Cristo, dice que los sufrimientos de ahora no son comparables con la gloria que esperamos, y que ocurre como si la creación entera gimiera toda ella con dolores de parto esperando la plena redención de todos nosotros como hijos de Dios (Rm 8,18-19). No podemos olvidarlo y no hemos de desanimarnos ante las dificultades, porque contamos con el don del Espíritu Santo que mora en nosotros y obra la santificación de quienes ya somos hijos de Dios y esperamos llegar a la plena participación de la vida divina.

Quiera el Señor que la recuperación de esta iglesia parroquial contribuya a la renovación de la vida cristiana de cuantos en ella celebráis los sacramentos y vivís los momentos intensos de fe que marcan la vida del cristiano. Que santa María Madre de Dios y Madre de la Iglesia interceda por nosotros, para que cuanto celebramos en el templo material, donde se representa el misterio de Cristo, nos convierta a nosotros en templos vivos del Espíritu.

Iglesia parroquial de Santa María

Lúcar, 12 de julio de 2020

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

[1] Pontifical Romano: Ritual de la Dedicación de una Iglesia en la cual se celebran habitualmente los sagrados misterios. Normas generales, 1b.

[2] Vaticano II, Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 7d.

[3] Vaticano II, Constitución sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 50d.

[4] Cf. sencilla información sobre el contexto histórico en la Introducción a los libros de Esdras y Nehemías. Biblia de Jerusalén. Nueva edición revisada (Bilbao 2000) 454-456; y la Introducción a Esdras y Nehemías. Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (Madrid 2010) 635-638.

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