Homilías Obispo

HOMILÍA EN EL DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas bíblicas: Is 25,6-19; Sal 22,1-6 (R/. Habitaré en la casa del Señor por años sin término); Flp 4,12-14.19-20; Mt 22,1-14

Con esta misa concluimos la visita pastoral realizada a lo lardo de un largo a causa de la pandemia. En esta celebración de la Misa vamos a administrar el sacramento del Espíritu Santo a algunos hermanos nuestros, adolescentes y jóvenes que se han educado en la de la Iglesia y ahora concluyen la iniciación cristiana. Los recibimos con una gran alegría en este día de la fiesta del Señor, el domingo, día de la celebración de los sacramentos. Reflexionemos primero sobre las lecturas de la Escritura que hemos escuchado y que iluminan la vida cristiana que asumen con fe joven e ilusionada nuestros confirmandos.
Después de la parábola de los viñadores homicidas, san Mateo recoge una nueva parábola de Jesús, en la que el Señor pone el acento en el rechazo con el que responden a la invitación de un rey que quiso celebrar las bodas de su hijo invitándoles al banquete. Algunos de los que fueron invitados presentaron sus excusas a los criados, y otros los maltrataron y los mataron. De nuevo la alusión a los profetas es clara y, en las imprecaciones contra los escribas y fariseos con las que Jesús denuncia su conducta rebelde al designio de Dios, les acusa de haber rechazado a los profetas y haberles dado muerte, a los cuales después levantan sepulcros. La dureza del discurso de Jesús contra los dirigentes religiosos del pueblo se expresa juzgándoles como homicidas sobre los recaerá la justicia divina de la reprobación (cf. Mt 23, 29-36).
Si en la parábola del domingo pasado el rechazo de los enviados por el propietario de la viña, se resaltaba la muerte del hijo, en esta parábola es Jesús pone el acento en la reprobación de los invitados, cuya conducta se ha hecho acreedora del justo castigo que merecen, porque al rechazar la invitación deja en evidencia que son indignos de participar en el banquete de bodas.
Hay como una gradación en el rechazo: unos se excusan y otros maltratan a los criados llegando algunos a matarlos. La versión de san Lucas de esta parábola, parece más benigna, ya que los invitados tan solo excusan participar en el banquete (cf. Lc 14,15-23). La sentencia del rey es la misma: ninguno de los invitados probará la cena de bodas porque no son dignos de ella.
En la narración hay una insistencia por parte del rey en recoger de los cruces de todos los caminos a cuantos en principio no habían sido invitados, incluso aludiendo de este modo al privilegio de Israel como pueblo de la elección de Dios, destinatario de la invitación. La extensión de la invitación a cuantos habían quedado fuera, tanto buenos como malos, manifiesta el carácter universal de la salvación ofrecida a todos: Jesús es mesías redentor y salvador de todos los pueblos y ha venido para la salvación de todos. ¿Qué significa, entonces, que la participación en el banquete exija vestir el vestido de bodas? No es posible entrar en el banquete sin ese vestido, y la suposición más común, en primera lectura del pasaje es pensar que simboliza la conversión y el revestimiento de los bautizados con el vestido de la nueva condición de hijos de Dios. La universalidad de la salvación se expresa en la carta a los Gálatas mediante el revestimiento de Cristo en el bautismo. Dice el Apóstol: «Los que os habéis bautizado en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3,27-28).
Este revestimiento es la condición para acceder al banquete de bodas, pero el invitado al que el Señor reprende y expulsa del banquete, si está ya dentro se ha de entender que ha accedido como bautizado, dicen algunos padres de la Iglesia antigua. Por tanto, el vestido de bodas parece no ser el bautismo, ya que al haber sido invitados tanto buenos como malos, no cabe duda que muchos malos también reciben el bautismo y los demás sacramentos. Tal vez, incluso como supone san Agustín, el que no lleva el vestido de fiesta aluda alegóricamente no a una sola persona ni a un grupo humano, tal vez más numeroso, porque la narración de la parábola termina diciendo: «Porque muchos son los llamados, mas pocos los escogidos» (Mt 22,14). Aparentemente pareciera que se quedarían todos menos el que había acudido al banquete sin el vestido de fiesta.
El banquete de bodas es gratuito, pero exige el baño de limpieza y la disposición a vestirse de fiesta: la entrada en la asamblea que participa en el banquete eucarístico requiere el bautismo, ciertamente, pero siendo la asamblea eclesial un cuerpo de personas buenas y malas, un cuerpo mezclado (corpus permixtum), en el convidado que no viste el vestido de fiesta podemos ver según los padres de la Iglesia a cuantos les falta la caridad que vivifica y hace fructífera la fe. Así lo entienden san Gregorio Magno y san Agustín. Dice el primero: «Luego, ¿qué debemos entender por el vestido de boda sino la caridad? De modo que entra a las bodas, pero no entra con vestido nupcial, quien, entrando en la Iglesia, tiene fe, pero no tiene caridad» . La razón de esta interpretación la expone el santo Papa Gregorio a continuación en el mismo lugar, diciendo que sólo el amor infinito del Creador le movió a entregar a su Hijo al mundo por nuestro amor; y que así, revestido de caridad hasta el extremo el Unigénito del Padre, Cristo Jesús, se revistió del traje nupcial para desposarse son su Iglesia. Con palabras de san Pablo dice lo mismo san Agustín: «¿Cuál es, pues, aquel vestido nupcial? Este es: El fin del mandamiento, dice el Apóstol, es el amor que procede de un corazón puro, de la conciencia recta y de la fe no fingida. Este es el vestido nupcial» , para extender a continuación diferenciando el amor de la caridad del amor con el que también se aman los malos.
La gratuidad de la salvación queda bien patente en el agradecimiento de san Pablo a los cristianos de Filipos, que le han socorrido en la necesidad, para que pueda proseguir con la predicación del Evangelio. Pablo agradece el socorro y al tiempo les dice que él no predica a Cristo por interés, y así está acostumbrado a vivir en anchura y en estrechez, en abundancia y en pobreza. El pobre equipamiento de Pablo evoca el equipamiento que Jesús recomendó a los setenta y dos cuando los mandó por delante a donde pensaba ir él, para anunciar el reino de Dios y disponer el terreno. Cuando establezca la norma, no dudará en afirmar que es lógico que el predicador viva de la predicación, porque «es digno el obrero de su salario» (1 Tim 5,18); pero continúa diciendo poco más adelante que «los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en el lazo y en muchas codicias insensatas y perniciosas que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición» (1 Tim 6,9); y concluye: «la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchísimos sufrimientos» (1 Tim 6,10). Jesús lo dejó dicho: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 16,13).
Pero antes de terminar una última mirada a los textos sagrados. El evangelio viene preparado por un fragmento de Isaías, en el cual el profeta anuncia el fin escatológico, meta última de la humanidad simbolizada en un gran banquete divino en la ciudad santa de la Jerusalén celestial, a donde son congregados los pueblos. Un texto profético muy bello y lleno de simbolismo, que se prolonga en el salmo con el cual hemos respondido a la lectura de Isaías: «Habitaré en la casa del Señor por años sin término» (Sal 22,2).
El banquete que anuncia el profeta es el banquete del Reino, imagen para expresar la consumación de la historia humana mediante la participación de los bienaventurados en la vida divina. Ha ese banquete caminamos, y Dios ha invitado a él a todos los pueblos, pero dependerá de la libertad de los hombres la aceptación de la invitación, como acabamos de ver. Hemos comentado muchas veces que los pueblos cuya historia carece de significado sin el cristianismo, como es el caso de los pueblos de Europa, parecen estar inclinados a un suicidio espiritual, alejándose más y más de sus raíces cristianas. Los gobernantes han adoptado como dogma laico el pluralismo de la sociedad, que es una realidad buena si responde a la propia historia de un pueblo y a una transformación progresiva de la sociedad, en la que entran en juego valores culturales de diverso signo, pero forzar el pluralismo de la sociedad vaciándola de los valores cristianos es agredir a la fe cristiana es suicida.
Hay emisoras en nuestro país que se dedican a ello con palmario entusiasmo programado, olvidando con maldad que el adoctrinamiento del pueblo es contrario a la historia de los pueblos libres. Sucede así que los mismos que han acusado al cristianismo de imponer la visión cristiana de la vida, han apostado en nuestro tiempo por la descristianización de la sociedad, como si tal propuesta de vida del laicismo fuera supusiera una riqueza cierta. Propuestas así parecen haber aprendido poco de la historia y dejan sin sentido la orientación de la conciencia, empeñándose en legalizar pautas de conducta que se han acreditado como radicalmente contrarias a la ética y han producido efectos contrarios a los que anuncian. Así, el aborto libre de las adolescentes que algunos quieren presentar como proyecto de ley no traerá ni educación sexual ni tampoco libertad, más bien arruinará la conciencia moral de las adolescentes y dejará una estela de muerte en las familias. Nadie puede hacer de su cuerpo lo que quiera cuando está en juego el cuerpo y la integridad personal de otro ser humano, en este caso el no nacido indefenso y agredido con la brutalidad del poder de la ley favorable a su muerte.
Quiera el Señor que se recapacite a tiempo, y que los cristianos no tengamos miedo a manifestar nuestras convicciones, que siguen siendo mayoritarias en la sociedad, al menos como marco de los valores que dan identidad al occidente cristiano y a nuestra propia historia. Esta es la valentía y la fortaleza que os transmite, queridos chicos y chicas, queridos jóvenes, que vais a recibir el sacramento de la Confirmación el sello del don del Espíritu Santo, con que seréis marcados. Sed valientes y vivid con arrojo y fortaleza la vida cristiana, convencidos de las palabras del Señor: «¡Ánimo! Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). La gente espera mucho de vosotros, os hemos equipado con fe en Jesús y sois miembros vivos de la Iglesia. Llevad el mensaje del Evangelio a todos con vuestra manera de vivir alegres en la fe, la esperanza y la caridad.
Se lo pedimos a Virgen Madre de Cristo y de la Iglesia, que dio a luz al Autor de la vida.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
11 de octubre de 2010

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

 

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