Homilías ObispoNoticias

HOMILÍA EN EL DOMINGO XXII DEL T. O.

Lecturas bíblicas: Dt 4,1-2.6-8; Sal 14,2-35 (R/. «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?»); St 1,17-18.21-22.27; Aleluya: St 1,18 («Por propia iniciativa el Padre nos engendró con la palabra de la verdad…»); Mc 7,1-8.14-15.21-23.

Queridos hermanos y hermanas:

Los últimos domingos la proclamación del evangelio nos ha introducido en el extenso discurso de Jesús recogido en el evangelio de san Juan sobre el pan de vida. La liturgia de la palabra retoma en la misa de hoy la lectura del evangelio de san Marcos, que corresponde a este ciclo dominical. Tengamos presente el contexto del discurso de Jesús que ha interrumpido la lectura de san Marcos que hoy retomamos. Jesús ha dicho de sí mismo “Yo soy el pan vivo bajado del cielo” (Jn 6,51), porque Él es la palabra que Dios ha dado al hombre como alimento de vida eterna; y después de hacer nuestra por la fe la palabras de Jesús que nos abren el misterio de su persona, escuchemos en el evangelio de hoy cuanto Jesús dice sobre el cumplimiento de la ley divina: en la historia del pueblo elegido, la palabra de Dios se hizo presente en la ley divina, que Jesús comenta diciendo a fariseos y letrados que no puede ser disuelta en los mil preceptos de los hombres.

En efecto, el salmo 118/119 es un canto a la ley divina por la cual vive el hombre y alcanza la felicidad plena y verdadera, y sus 176 versículos van desgranando al ritmo de las letras del abecedario hebreo que el justo vive para guardar los mandamientos del Señor, suplicando que Dios le dé a conocer las leyes divinas, porque en ellas se expresa y manifiesta la voluntad de Dios. Dice así el salmista: «Dame inteligencia para guardar tu ley / y a observarla de todo corazón; guíame por la senda de tus mandatos, porque ella es mi gozo» (Sal 118,34-35). Para el israelita fiel, la ley es presencia de la voluntad de Dios, que habita en medio del pueblo elegido, porque en él se proclama la ley divina y se dan a conocer los mandamientos, que son la vida del hombre. Por eso Jesús en el sermón del monte clamará diciendo: «No penséis que he venido a abolir la ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). No desecha Jesús la ley, sino la sustitución de la ley divina por los preceptos de los hombres y el conjunto de prácticas rituales que ahogan la libertad de los creyentes en Dios, que por esta causa caen bajo el peso de un conjunto de preceptos humanos, prolijos e imposibles de cumplir. Preceptos que aumentan con el tiempo y suponen una carga pesada para la gente común, mientras los expertos y maestros en la ley buscan la manera de no cumplirlos. Recriminando con dureza la hipocresía de los fariseos y escribas, dice Jesús a la gente: «Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas» (Mt 23,4).

En el evangelio de san Marcos leemos que los fariseos y letrados preguntan a Jesús por qué sus discípulos no observan las leyes de pureza para comer, siguiendo la tradición de sus mayores. Los maestros de la ley tienen clara intención de censurar la violación de la tradición por Jesús y sus discípulos. Jesús les responde que el cumplimiento no está en la literalidad de las leyes rituales, que se resuelven en preceptos humanos, del mismo modo que la oración no puede resolverse en la recitación meramente exterior de las fórmulas de plegaria sólo pronunciadas con los labios. Jesús argumenta su denuncia de una religiosidad vacía apelando a los profetas, porque ya ellos habían denunciado con dureza esta vaciedad de un culto sólo sostenido por los labios. Así Isaías clama contra la vaciedad del culto que sólo se resuelve en pura ritualidad con estas duras palabras: «El culto que me dan está vacío, / porque la doctrina que enseñan / son preceptos humanos» (Is 29,13). Lo que da contenido a la palabras de los labios es la interioridad creyente que sostiene la recitación de la plegaria, Por eso, sucede así —les dice Jesús comentando las leyes de pureza— que lo que de verdad mancha y hace impuro al hombre no es lo que entra dentro de él cuando come, sino lo que sale del corazón del hombre, para terminar enumerando las malas acciones que manchan al hombre porque salen de su corazón: «Porque de dentro del corazón salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas malas acciones salen de dentro y hacen al hombre impuro» (Mc 7,21-23).

No es, pues, la ley divina lo que está en cuestión, sino su disolución en los múltiples preceptos humanos. La primera lectura recoge el primer discurso de Moisés del libro del Deuteronomio, en cual el profeta y caudillo de Israel exhorta al pueblo elegido a cumplir los mandamientos, porque del cumplimiento de los mandamientos depende que Israel entre en la tierra prometida y alcance una vida feliz, como les enseña Moisés en el segundo discurso del libro (cf. Dt 5,32-33). La ley es contenido de la alianza de Dios con su pueblo, como queda descrito en el libro del Éxodo, donde vemos que una vez expuesto el llamado código de la alianza, es decir, el conjunto de los mandamientos que debe guardar Israel, la ratificación de la alianza mediante el sacrificio de reses y la aspersión de la sangre que santifica al altar y al pueblo va acompañada de la lectura del libro de la alianza a los israelitas, que se comprometen a obedecer y cumplir los mandamientos (Ex 24,5-8).

En el pasaje del libro del Deuteronomio se expone que la observancia de la ley por Israel en medio de los pueblos gentiles revelará a lo paganos la excelencia de la ley, porque en ella se revela la voluntad sublime de Dios, autor de la vida moral del pueblo elegido. En la ley se manifiesta la presencia y cercanía de Dios que mora en su pueblo y, a este respecto, la reflexión de los letrados de la ley irá creando la conciencia religiosa de que en la enseñanza de la ley reside la vida espiritual y el principio de la piedad. Así de la puesta en práctica de la ley, Israel conseguirá que los efectos beneficiosos a que da lugar el cumplimiento de la ley queden reflejados en la admiración y alabanza de los pueblos, que al ver la conducta de los israelitas dirán: «Ciertamente esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente […] ¿qué nación hay tan grande cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?» (Dt 4,6.8). Dios está cerca de quienes le invocan y de la guarda y cumplimiento de la ley depende la vida feliz, porque la ley contiene el amor de Dios contenido de la voluntad divina que recogen los mandamientos.

La carta de Santiago exhorta asimismo a guardar la palabra divina llevándola a la práctica, no limitándose sólo a escucharla: «Poned por obra la palabra de Dios y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos» (St 1,22). El que cumple la ley practica la justicia y la caridad en régimen de plena libertad, porque por la palabra de Dios son engendrados los creyentes y la religión pura consiste en poner por obra la palabra de Dios. No se trata de proponer una moral de hechos que nada tenga que ver con la gratuidad de la salvación que Dios nos ofrece en Cristo por la fe. La enseñanza de san Pablo de la justificación por la sola fe no excluye las obras, porque éstas son fruto de la fe operante, que actúa por medio de la caridad (“fides que per caritatem operatur”), según la expresión de la doctrina católica.

La fe no es alternativa a la ley, sino a un entendimiento de la ley como obra del hombre autónomo ante Dios, pues «los mandamientos del Señor son rectos / y alegran el corazón; / la norma del Señor es límpida / y da luz a los ojos» (Sal 19/18, 9). El hombre por su condición de pecador nunca alcanza a dar pleno cumplimiento a la ley divina, y Dios en su misericordia nos salva por la fe que nos adhiere a Cristo y en su sangre vertida por los pecadores todos somos justificados (cf. Rm 3,21-25), de suerte que así se han de entender las palabras del profeta Habacuc «el justo vivirá por la fe» (Hab 2,4), palabras que encontraron amplio eco en las cartas apostólicas (cf. Rm 1,7; Gál 3,11 y Hb 10,3s). Dice el Apóstol que siendo nosotros pecadores no desistimos, sino que conociendo cómo se ha manifestado el misterio escondido durante siglos, es decir, que Dios quiere salvar a todos sin distinción, judíos y paganos, «según el designio eterno, realizado en Cristo, Señor nuestro, por quien tenemos libre y confiado acceso por la fe en él» (Ef 3,11).

El Señor, entregado por nosotros, nos ha abierto el acceso al Padre, que ama al hombre y le da a conocer su voluntad de salvación. El sacrifico de Jesús que nos ha redimido se hace ahora presente en la celebración de la Eucaristía y así, por la fe en la obra de la reconciliación que Dios llevó a cabo a en nuestro favor en la muerte y resurrección de Cristo se nos da anticipadamente el comienzo de la vida gloriosa que esperamos.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, 29 de agosto de 2021

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

Ilustración. Mosaico absidial de la Abadía de Maria Laach, del s. XII.  Andernach, Renania-Palatinado (Alemania).

 

Mostrar más

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba
Cerrar
Cerrar
X