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HOMILÍA EN EL DOMINGO IV DE ADVIENTO

Ordenación presbiteral

Lecturas bíblicas: 2Sam 7,1-5.8b-11.16; Sal 88,2-5.27.29 (R/. «Cantaré eternamente las misericordias del Señor»); Rm 16,25-27; Aleluya: Lc 1,38 («Aquí está la esclava del Señor…»); Lc 1,26-38.

Queridos hermanos y hermanas:

Hace un año recibía el presbiterado el último sacerdote de nuestra diócesis y este año el Señor nos bendice de nuevo con una ordenación sacerdotal en este domingo IV y último del Adviento, que nos prepara a la celebración de las fiestas de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo. Damos gracias a Dios por el don que hace a nuestra Iglesia diocesana con la ordenación de un nuevo presbítero, en cuyo ministerio se prolonga la humanidad del Señor haciéndose presente en su persona, en la predicación de la palabra de Dios y la enseñanza de la doctrina de la fe, la administración de los sacramentos y el gobierno pastoral de la comunidad cristiana.

Damos gracias a Dios por el don que hace a nuestra Iglesia diocesana con la ordenación de un nuevo presbítero, en cuyo ministerio se prolonga la humanidad del Señor haciéndose presente en su persona, en la predicación de la palabra de Dios y la enseñanza de la doctrina de la fe, la administración de los sacramentos y el gobierno pastoral de la comunidad cristiana.

Este domingo IV de Adviento la lectura del segundo libro de Samuel nos viene a recordar que no es el hombre el que puede preparar una casa para Dios, sino Dios el que prepara esa morada al hombre, porque es la humanidad de Cristo la edificación y el templo donde reside la plenitud de la divinidad. Hemos escuchado un fragmento del segundo libro de Samuel, que nos habla de cómo Dios prohibió a David construir el templo que siempre quiso levantar a Dios, lleno de fervor y de agradecimiento por haber fundado en él la dinastía real y haberle llevado al trono después de las guerras de conquista de la tierra prometida.
Dios por medio del profeta Natán le recuerda a David que es Él quien le ha acompañado desde que lo sacó de andar detrás de los apriscos, y no sólo le ha llevado al trono, tras haberle dado éxito en sus campañas militares, sino que además va hacer mucho más por él, prometiéndole: «Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso, como a los más famosos de la tierra […] Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Tu casa y tu reino durarán para siempre en mi presencia, y tu trono durará para siempre» (2Sam 7,8-9.16).
Estas palabras del profeta abren el horizonte de la dinastía davídica a una consolidación que no se funda en la pervivencia de la dinastía, sino en la herencia de la misma, que pasará al Mesías, pues Dios será para David un padre, y éste será para Dios un hijo (v. 7,14). Estas palabras del profeta Natán, que son las palabras de Dios, prefiguran en David la filiación divina de Jesús como heredero de la casa y de la realeza davídica. Asegurando la permanencia de su dinastía, Dios construye una casa para David y su descendencia, pero la profecía rebasa el horizonte humano, rebasa la historia de la fundación de la dinastía de David, para significar cómo Dios consolidará su presencia en su Hijo hecho hombre por nuestra salvación.
La profecía de Natán es, ciertamente, el primer eslabón de las profecías que se seguirán sobre el Mesías Rey, hijo de David. Aun cuando Salomón, hijo y heredero de David, construye para el Señor el templo de Jerusalén que su padre no pudo construir, es el Señor el que construye un templo para su pueblo . Este templo es la dinastía de David y la humanidad del Mesías, que nacerá de la estirpe de David y será aclamado por quienes suplican de él misericordia y curación, y a la entrada de ramos en Jerusalén la multitud le aclamará al Mesías como al hijo de David, que trae el reino de su padre (cf. Mc 11,9-10; Mt 21,9). La humanidad de Jesús, su cuerpo, es contemplado en el evangelio de san Juan como templo de Dios que el hombre puede destruir, pero Jesús puede reconstruir en tres días, refiriéndose a su resurrección de entre los muertos (cf. Jn 2, 21-2).
En el evangelio que ha sido proclamado hoy, el ángel Gabriel anuncia a María el nacimiento de Jesús poniendo de relieve su origen dinástico, ya que «el Señor Dios le dará el trono de David su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33). Como podemos ver, la anunciación a María trasciende el género literario de las anunciaciones que encontramos en el Antiguo Testamento, porque lo que de verdad interesa al evangelista san Lucas es el carácter cristológico del mensaje angélico (vv. 28-38), más que la escenificación que hace de la anunciación como tal . María dará a luz un hijo al que pondrá por nombre Jesús, que significa que Dios salvará y liberará al hombre de sus pecados por medio de él. En la narración del evangelio de san Mateo tenemos la explicación del nombre que ha de llevar el hijo de María, y será José, cabeza de familia conforme a la ley de Moisés, quien «le pondrá por nombre de Jesús, porque él salvará su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21).
La humanidad de Jesús es la humanidad que hace suya el Verbo eterno de Dios. El nacimiento virginal de Jesús viene atestiguado no sólo en el evangelio de san Lucas, sino también en san Mateo, poniendo de manifiesto que Jesús viene de Dios: la encarnación tiene un origen divino y no es obra del hombre. Nada puede hacer el hombre para lograr su redención del pecado. Esta procedencia divina de Jesús en el evangelio de san Lucas la explica el ángel respondiendo a la pregunta de María con esta aclaración: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios» (Lc 1,35).
Vemos también en la lectura del evangelio de san Lucas que la anunciación del ángel a María corre paralela a la anunciación del ángel Gabriel al sacerdote Zacarías del nacimiento de san Juan Bautista, el profeta que ha de ir delante del Señor como precursor. El evangelista contrapone la fe de María a la duda incrédula de Zacarías, y dice: «No tenían hijos, porque que Isabel era estéril, y los dos de avanzada edad» (Lc 1,7). Sin embargo, mientras el Bautista nace conforme a la ley humana de la generación, conforme al orden natural del nacimiento de un ser humano, el nacimiento de Jesús de las entrañas de María es obra por entero de Dios: Jesús «no procede de la carne ni de la sangre ni del deseo de varón», porque «es nacido de Dios» (Jn 1,13) y así es como «la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros» (v. 1,14).

Esta es la gran novedad de Dios para el mundo, que cambia la meta de la esperanza de la humanidad. Nuestra esperanza está puesta en Dios que nos libera y salva en Jesucristo, heredero del trono de David e Hijo de Dios.

Esta es la gran novedad de Dios para el mundo, que cambia la meta de la esperanza de la humanidad. Nuestra esperanza está puesta en Dios que nos libera y salva en Jesucristo, heredero del trono de David e Hijo de Dios. Naciendo de las entrañas purísimas de la Virgen María, Jesús ha venido a liberarnos del pecado y de la muerte eterna que es su consecuencia. San Pablo, como hemos escuchado, nos dice que el misterio del nacimiento de Cristo es la gran noticia para la humanidad y agrega que el ministerio de los apóstoles es para darla a conocer.
Al ordenar hoy un nuevo sacerdote, hemos de recordar a la comunidad cristiana que este cometido apostólico se prolonga en el ministerio de los Obispos como sucesores de los Apóstoles y de los sacerdotes, sus más estrechos colaboradores, para dar a conocer la salvación que nos ha venido por la encarnación y nacimiento de Jesucristo y así «atraer a todas las naciones a la obediencia de la fe» (Rm 16,27). Esta será la misión del nuevo sacerdote que voy a ordenar para servicio de la Iglesia diocesana y en disposición abierto y generosa para ejercer el ministerio en la Iglesia universal donde Dios quiera. Hoy después de una larga preparación y un tiempo prudencial de ejercicio del ministerio de diácono, nuestro joven hermano en el Señor e hijo en la Iglesia diocesana en la que el Obispo es padre y pastor de la grey, recibe el Espíritu Santo, que ya obró en el en el bautismo y la confirmación, para consagrarlo y configurarlo plenamente con Cristo, a fin de que puede representarle en medio de los fieles, predicar la Palabra de Dios con autoridad y dispensar a los fieles la gracia que nos llega por los sacramentos de la Iglesia.
Por eso conviene, querido hijo que hoy recibes el sacramento del presbiterado, es necesario que tengas muy en cuenta la enseñanza de la Iglesia sobre tu labor apostólica y pastoral, que has de ejercer a partir de hoy, tal como está recogida en la exhortación ritual.

[A continuación, el Obispo lee algunos de los párrafos de esta exhortación ].

S.A.I. Catedral de la Encarnación
20 de diciembre de 2020

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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