Homilías Obispo

HOMILÍA EN EL DOMINGO II DE ADVIENTO

Lecturas bíblicas: Ba 5,1-9; Sal 125,1-6 (R/. «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres»); Flp 1,4-6.8-11; Aleluya: Lc 3,4-6 («Preparad el camino del Señor…»); Lc 3,1-6

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos entrado de lleno en el tiempo santo del Adviento, tiempo de conversión como necesaria preparación para la celebración de los misterios de la Natividad del Señor. Hoy vamos a bendecir el nuevo Viacrucis de esta iglesia parroquial, lo que en principio parecería falto de sentido por el hecho de que las estaciones del Viacrucis están al servicio del ejercicio de piedad. Mediante este ejercicio piadoso hacemos objeto de contemplación y oración el camino que recorrió el Señor desde el pretorio del prefecto romano, donde Jesús fue sentenciado a morir en la cruz, hasta el Calvario donde fue crucificado. Sin duda que el tiempo de Cuaresma es el tiempo más acto para bendecir las estaciones del Viacrucis, pero no podemos menos de considerar que este ejercicio de piedad se suele practicar en todos los viernes del año por muchas personas y comunidades de visa consagrada; y que la Navidad anticipa la luz de la redención y el misterio pascual.

No sólo hemos de hacer esta consideración, sino también hacerla ahondando en el hecho de que el nacimiento del Señor en el tiempo, tomando nuestra carne y haciéndose uno de nosotros, aconteció «por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen». A sí lo recitamos en el Credo. El Verbo de Dios, que es el Hijo eterno del Padre se hizo hombre para salvarnos del pecado y de la muerte y devolvernos la amistad de Dios y la vida. La salvación es el contenido del misterio pascual que celebramos en el así llamado Triduo pascual, corazón de la fe y fundamento teológico y contenido de las celebraciones litúrgicas de Semana Santa. El apóstol san Pablo habla de la humillación de Cristo, haciéndose obediente al designio del Padre, «asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre» (Flp 2,7), al tomar como suya nuestra naturaleza y rebajarse de este modo por su obediencia «hasta la muerte y una muerte de cruz» (v. 2,8).

Con ello Cristo Jesús inauguró el sacerdocio de la nueva Alianza, ejerciendo como sumo pontífice de nuestra fe, que ofreció a Dios Padre el sacrificio de la inmolación de su humanidad en la cruz. Como dice la carta a los Hebreos, es así como Jesucristo, en virtud de esta voluntad de obediente aceptación del sacrificio de sí mismo, adquirió para los pecadores la justificación ante Dios y la santificación de nuestra vida, «merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Hb 10,10). Justamente hemos de afirmar que este sacrificio de Jesús es el contenido de cada Misa, que se hace presente con sus beneficios para para cada uno de los fieles cristianos, y tanto por los vivos como por los difuntos.

El libro de profecías atribuido a Baruc exhorta a Jerusalén a la alegría y al gozo de la redención que Dios le da sacándola de la aflicción padecida por la ciudad santa. Observan los expertos en la sagrada Escritura que la ciudad de Jerusalén personificó para el pueblo elegido, desde su conquista por el rey David mil años antes de Cristo, la esperanza mesiánica. El Mesías sería esperado en adelante como el heredero del trono de «David, su padre», y el Hijo de David inauguraría un reinado a perpetuidad. Así se lo anunció el ángel Gabriel a María: «Será grande, se llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33). Cuando nació Jesús, los ángeles anunciaron su nacimiento a los pastores confirmando el cumplimiento de las profecías: «hoy, en la ciudad de David, os ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2,11).

El nacimiento de Jesús da cumplimiento a la esperanza que alimentan las palabras proféticas de Baruc dirigidas a Jerusalén: «envuélvete en el manto de la justicia de Dios y ponte a la cabeza la diadema de la gloria perpetua, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo» (Ba 5,2-3). Jerusalén significa ciudad de paz y con el favor de la salvación divina llevará desde ahora el nombre de “Paz en la justicia” y “Gloria en la piedad” (v. 5,4). Luego ofrece el profeta la visión de Jerusalén como centro de las naciones a donde acudirán gozosos los pueblos, reunidos por el Espíritu, «porque Dios se acuerda de ti [Jerusalén]» (v., 5,5).

Este anuncio profético evoca las palabras del gran profeta Isaías, que mediante imágenes impactantes llama a la conversión para recibir al que viene de Dios: los montes elevados se han de abajar y los barrancos y los valles se han de levantar para que esté dispuesto el sendero llano que ha de pisar el que viene a traer justicia de Dios y la paz. Entonce se cumplirán los versos proféticos del salmista: «La misericordia y la fidelidad se encuentran, / la justicia y la paz se besan. / La fidelidad brota de la tierra, / y la justicia mira desde el cielo» (Sal 85,11-12). La lectura de Baruc nos invita a la audición del evangelio de hoy, que después de situar en el momento histórico preciso la llagada de la salvación en Cristo, presenta al Bautista, precursor del Señor, predicando el bautismo de penitencia para la conversión del corazón y la recepción del perdón de los pecados, sirviéndose de las imágenes del libro de la consolación de Isaías: «preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguales. Y todos verán la salvación de Dios» (Lc 34,5-6→Is 40,3-6).

Nos preparamos a la celebración e la Navidad secundando la llamada del de san Juan Bautista a la conversión, abriendo un sendero al Señor que llega a nosotros y con él llega el reinado de nuestro Dios, llega en él, en su persona divina del Verbo hecho carne, humanada por nosotros, para ser el Salvador del mundo mediante el sacrificio de su propia vida, la oblación por la cual los que creen en Cristo son revestidos de la justicia del mismo Cristo. Él intercambiará su justicia con nuestros pecados, que hace suyos dándonos a cambio el perdón y la inocencia que es suya, para que nos presentemos justos ante Dios.

Para que esta conversión sea realidad eficaz en nosotros hemos de orar unos por los otros, como san Pablo oraba por la comunidad de los filipenses y por las comunidades que él había fundado. El Apóstol pide a los filipenses crecer más y más en el amor recíproco, «en penetración y sensibilidad para apreciar los valores» y poder llegar «al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, para alabanza y gloria de Dios» (Flp 1,10-11). Para lograrlo, el tiempo de Adviento viene en nuestra ayuda, dándonos un espacio necesario para la maduración espiritual de un pensamiento y acción propios de la vida del cristiano. Hemos de dejarnos moldear por la voluntad de Dios, que quiere nuestra conversión para que podamos recibir el bien mayor que Cristo nos ofrece: la salvación de nuestras almas. Es éste un bien inseparable de una vida regida por el cumplimiento de los mandamientos de Dios, por la práctica de la justicia y la caridad, salvaguarda de las relaciones humanas. Cristo hizo suya la voluntad del Padre y recorrió la vía dolorosa hasta la cumbre del Calvario. Seamos, como exhorta san Pablo a los Efesios: «imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma» (Ef 5,1-2). Imitaremos a Dios si amos a nuestro prójimo, porque Dios por nuestro amor entregó a su Hijo para que nosotros vivamos, por eso no podemos desentendernos de nuestros hermanos más necesitados.

El Papa Francisco ha viajado estos días a Chipre y Grecia con dos propósitos: acrecentar la unidad entre los cristianos, encontrándose con la Iglesia griega ortodoxa y alentando la estrecha unión de las Iglesias católicas orientales con el Obispo de Roma, el sucesor de Pedro que, en palabras de san Ignacio de Antioquía, preside a todas las Iglesias en la caridad. También y de manera muy motivada, el Papa ha viajado para encontrarse con tantos miles de refugiados que esperan en la isla de Lesbos y en territorio griego ser admitidos en Europa, compadecido como Jesús por sus necesidades y su pobreza, reivindicando sus derechos y legítima aspiración a una vida mejor. Son hermanos nuestros que están recorriendo la vía dolorosa de un viacrucis que para ellos no termina. Sabemos que la soberanía de los Estados se ejerce mediante leyes que protejan las fronteras de los países, pero debe buscarse una forma de ayudar a los emigrantes y refugiados, sin renunciar a la seguridad de las fronteras. El Papa habla de algunos corredores seguros, que hagan legalmente posible el refugio y el amparo de los emigrantes y fugitivos, al mismo tiempo que las autoridades han de perseguir a las mafias que trafican con seres humanos. Pidamos, por ello, al Señor que viene a nosotros y, como dice Isaías, a «implantar la ley que esperan las islas» (Is 42,4). Pidamos a Cristo, cuyo nacimiento en carne vamos celebrar un año más, que su venida nos ayude a encontrar el camino del amor fraterno, y nos conceda hallarlo con la intercesión de la Virgen Madre y de san José su castísimo esposo.

Iglesia parroquial de Santa Teresa de Jesús

Almería, a 5 de diciembre de 2021

+ Adolfo González Montes, Obispo em. de Almería

 

Ilustración. San Juan Bautista. Óleo sobre lienzo. 1600/1605. Real Academia de Bellas Artes de San Carlos. Valencia.

 

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