Homilías Obispo

HOMILÍA EN EL DOMINGO I DE ADVIENTO

Lecturas bíblicas: Is 2,1-5; Sal 121,1-9; Rm 13,11-14; Aleluya: Sal 84,8; Mt 24,37-44

Queridos hermanos y hermanas:

Comenzamos el Adviento y en este día clausuramos la Santa Visita Pastoral a la comunidad parroquial de San Pío X, el santo Papa patrón de la Catequesis y promotor de la renovación de la vida litúrgica, un movimiento de renovación espiritual de la Iglesia que, juntamente con el movimiento bíblico y el movimiento ecuménico abrirían el camino a una nueva andadura de la Iglesia en nuestro tiempo, que culminó en el II Concilio del Vaticano.

Esta iglesia y comunidad parroquial que en ella se congrega están puestas bajo la protección del santo Papa Pío X, que ejerció la autoridad de sucesor de Pedro con firmeza frente a los errores doctrinales de su tiempo, pero que se hallaba dotado de un singular encanto para el pueblo fiel, por su sencillez y humildad. El Papa Sarto estaba dispuesto a defender la unidad doctrinal de la Iglesia Católica frente a las tendencias de disolución de la fe en los moldes intelectuales del racionalismo, excluyendo de la fe todo cuanto no pudiese ser reducido a criterios de racionalidad. Fue su lema el propósito evangelizador de san Pablo de «restaurar todas las cosas en Cristo», que fue asumido como programa de la Iglesia de su época.  Después de un siglo tan convulso como el siglo XIX, en que se fraguaron e impusieron programas seculares enteramente alejados de la Iglesia e incluso contra ella, haciendo prevalecer la ciencia y la sola razón como criterios de interpretación del mundo y del hombre, san Pío X propuso a la Iglesia seguir por la senda del Evangelio que inspiró la gran civilización cristiana de Europa, para devolver a Cristo su señorío sobre todas las realidades humanas, poniendo todas las empresas humanas bajo el señorío de Cristo[1].

San Pío X afrontó una renovación de la Iglesia que tomaba como referencia la voluntad del Padre de realizar su designio de amor por el mundo y «hacer que todo tenga a Cristo por cabeza» (Ef 1,10). Se trata, en definitiva, de dar a conocer a Cristo a los hombres, para que puedan adquirir aquella sabiduría que viene de lo alto; para que la humanidad de todos los tiempos pueda alcanzar a comprender «la esperanza a la que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál la soberana grandeza de su poder sobre nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos, y sentándole a su diestra en los cielos» (Ef 1, 18-20).

Proclamó san Pío X el anuncio de la salvación en Cristo sin descanso y su empeño fue explanar y fortalecer mediante la catequesis el misterio de Cristo, contenido de toda instrucción en la fe desde la infancia y la juventud a la madurez adulta, destinando así la formación cristiana al entero pueblo de Dios. Renovó la pastoral de los sacramentos de la infancia, acercando la recepción de la Eucaristía a los niños a partir de la edad del discernimiento, al mismo tiempo que inspiraba un aliento notable en el estudio de la sagrada Escritura, que hiciera posible el conocimiento de Dios y fortaleciera la fe recibida en una sociedad tradicional de padres a hijos.

Las valoraciones críticas que se han hecho de su pontificado, por el firme ejercicio de la autoridad con la que se enfrentó en la encíclica Pascendi a los errores de su época, conocidos como «modernismo»[2], no dejan de valorar no ya la santidad de vida del Papa Sarto, sino el programa mediante el cual actuó de forma decidida para lograr la plena renovación de la vida religiosa del pueblo cristiano; un programa que consistió en la renovación y fortalecimiento de la catequesis, la primera reforma litúrgica contemporánea y la promoción del canto litúrgico con gran acierto[3]. Para lograr estos objetivos, san Pío X proponía la que hoy llamamos “nueva evangelización” a las sociedades que han sido históricamente cristianas, «la santidad del matrimonio, la educación e instrucción de los jóvenes, propiedad y uso de los bienes, deberes de las administraciones públicas y el restablecimiento, en fin, de un cierto equilibrio entre las distintas clases sociales según las leyes y las instituciones cristianas»[4].

San Pío X, gran amante de la liturgia, que tanto contribuyó a renovar, nos acompaña con su intercesión en el cielo en nuestro favor en este nuevo Adviento, que es tiempo de gracia y de preparación para recibir la Señor que viene. La liturgia de la Palabra, que en cada misa precede a la liturgia eucarística, nos advierte en este tiempo del Adviento cómo hemos de estar preparados para el juicio de Dios, pues como dice san Pablo, «todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo» (2 Cor 5,10). Dios Padre es el único juez de cada ser humano y juez asimismo de la historia de la entera humanidad, pero ha entregado el juicio al Cristo, a quien ha enviado mundo, «para que el mundo se salve por él» (Jn 3,17). Es también el evangelio de san Juan donde las palabras de Jesús se hacen confesión de fe en el designio de Dios sobre su Hijo: «Porque el Padre no juzga a nadie, sino que todo juicio se lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre» (Jn 5,22-23).

En el evangelio de san Mateo, en la parábola de las ovejas y los cabritos, Jesús aparece juzgando al mundo y realizando el discrimen o separación de buenos y malos que sólo a él tiene potestad para realizar. Al separar las ovejas de los cabritos, Jesús pone en relación las obras buenas que acreditan a los justos y la inhibición y el grave pecado de omisión que excluyen a los malos de la vida eterna (cf. Mt 25,31-46). Afirmamos en el Credo que Jesús ha de venir como juez universal a juzgar a los vivos y a los muertos, y en este tiempo del Adviento nos lo recuerda la Iglesia, exhortando a todos a la vigilancia, para no ser sorprendidos por un juicio condenatorio del que tiene el poder de juzgar.

La gran figura que abre el Adviento nos coloca hoy ante la procesión de los pueblos en la peregrinación de las naciones al monte santo del Señor. Jerusalén se presenta como la meta de las tribus confederadas de los israelitas que deben peregrinar al menos tres veces al año a la ciudad santa, donde se administra la justicia a los hijos de Israel (cf. Sal 121,1.4-5). Jerusalén es la gran figura meta de la llamada de la humanidad peregrina para rendir cuentas ante Dios y al mismo tiempo encontrar en ella el descanso definitivo y la consumación de una vida vivida en justicia y santidad. El salmo de respuesta a la primera lectura es la manifestación de los fieles peregrinos hacia la Jerusalén celestial de la que nos habla el libro del Apocalipsis: la Jerusalén que desciende del cielo «engalanada como novia ataviada para su esposo» (Ap 21,2).

El tiempo transcurre consumiendo nuestra vida, pero encierra en sí mismo aquellos momentos de gracia y salvación que Dios nos envía para redimirnos y salvarnos, por eso nos advierte el Apóstol de las gentes cómo hemos de aprovechar el tiempo de salvación, porque si dejamos pasar este tiempo de gracia, ya no retorna. El evangelio de san Mateo nos coloca ante la exhortación de Jesús a la vigilancia, no sea que sucumbamos como la humanidad en tiempos de Noé: «porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor» (Mt 24,42). La oración sostiene la vigilancia y agudiza el sentido espiritual de reconocimiento de los tiempos de gracia, dando a conocer el momento en el que el cristiano vive: el Maligno ha sido derrotado en la cruz de Cristo y la luz ha brillado en la aurora de la resurrección, la humanidad redimida no puede vivir en tinieblas, como si Cristo no hubiera resucitado, ha de andar a plena luz, con la dignidad propia de los hijos de Dios. El Apóstol de las gentes exhorta a los cristianos de Roma a vivir conforme a la fe profesada, conscientes del momento –les dice san Pablo– «porque nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer… vestíos del Señor Jesucristo» (Rm 13,11.15a).

Que el Adviento nos ayude a fortalecer la vida cristiana y nos ayude a permanecer en vigilancia y conocer los tiempos y el momento en que vivimos, para dar testimonio de la fe con el acierto.

 

Iglesia parroquial de San Pío X

Almería, a 1 de diciembre de 2019

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

[1] San Pío X, Carta encíclica sobre el programa del pontificado E Supremi (4 octubre 1903), n. 8.

[2] San Pío X, Carta encíclica sobre las doctrinas de los modernistas Pascendi Dominici Gregis (8 septiembre 2007).

[3] San Pío X, Motu proprio sobre la música sagrada Tra le sollecitudine (22 noviembre 1903).

[4] E Supremi, n. 9.

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