Homilías Obispo

HOMILÍA DEL XIV DOMINGO DEL T. O.

Iniciación cristiana de dos jóvenes

Lecturas bíblicas: Z a 9,9-10; Sal 144,1-2.8-11.13-14; Rm 8,9.11-13; Aleluya: Mt 24,42.44 («Estad en vela…») 11,25-30

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo décimo cuarto del tiempo ordinario la palabra de Dios se halla particularmente referida a Jesús como Hijo de Dios humanado; por medio de él hemos llegado a conocer el misterio del Dios Uno y al mismo tiempo Trinidad de personas divinas: un misterio de amor, a cuya imagen y semejanza hemos sido creados. Que el evangelio de san Mateo nos transmita esta oración de alabanza de Jesús a Dios su Padre, es una feliz circunstancia, por la que damos gracias a Dios. La claridad del misterio de Dios revelado en Jesús ilumina la vida de los hombres y, por esto mismo, la luz poderosa que irradia el misterio de Dios viene hoy en ayuda de los dos jóvenes que reciben los tres sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía.

Estos dos jóvenes catecúmenos estaban preparados para recibir estos sacramentos en la vigilia pascual y no pudo ser por causa de la pandemia. Ahora, pasados los riesgos mayores de esta grave enfermedad infecciosa, pueden acercarse a los sacramentos que los incorporan a la Iglesia insertándolos en el cuerpo de Cristo, en la comunidad eclesial que hoy los acoge con alegría en el marco de la celebración de esta misa dominical.

El evangelio nos coloca en primer lugar ante la acción de gracias de Jesús que alaba a Dios su Padre, porque ha revelado a la gente sencilla el amor de Dios y su divina misericordia con los hombres. Para esto Jesús es el Hijo de Dios que se hizo hombre, para que pudiéramos conocer a Dios en nuestra carne y acceder a él y en él encontrar misericordia. El conocimiento de Dios tiene ciertamente un primer nivel natural, pues por las huellas que Dios ha dejado en la creación el entendimiento humano puede llegar hasta el Creador como origen de lo creado y providente sustentador de cuanto existe. Es Dios creador quien ha infundido en el corazón del hombre el deseo de llegar a él y conocerle. Es Dios quien ha inscrito en el corazón de su criatura la ley moral que ha de guiar sus actos como sujeto de responsabilidades.

Dios quiso, sin embargo, que el hombre, que es pecador desde su origen, le pudiera conocer sin las oscuridades con las cuales el pecado envuelve la existencia del ser humano, y así nos ha revelado su misterio mediante su propio Hijo hecho hombre por nosotros. Dios revela el misterio de Jesús como Hijo de Dios a quienes con fe sencilla y sin prejuicios acogen el anuncio del Evangelio. El misterio de Cristo sólo puede el hombre conocerlo, si Dios mismo se lo revela, si Dios infunde en el hombre la fe que le descubre la filiación divina de Jesús como Hijo de Dios humanado. Este acceso a la identidad verdadera de Jesucristo acontece por obra del Espíritu Santo, que recibe el que cree mediante la palabra del Evangelio y el sacramento del bautismo y de la confirmación. Es verdad que la fe conduce al bautismo, pero el bautismo otorga, alimenta y afianza la fe, porque la fe ―dice el Catecismo de la Iglesia Católica― «tiene necesidad de la comunidad de creyentes. Sólo en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de los fieles…»[1]. En todos los bautizados, niños o adultos, «la fe debe crecer después del bautismo»[2], porque la fe que se requiere para el bautismo necesita llegar a maduración mayor y desarrollo, la fe en definitiva que el catecúmeno pide a la Iglesia, como reza el diálogo ritual de entrada en el catecumenado. Pregunta el celebrante: ― ¿Qué pides a la Iglesia de Dios?, a lo cual responde el catecúmeno: ―La fe. De nuevo el celebrante: ― ¿Qué te otorga la fe? El catecúmeno: ―La vida eterna[3].

El conocimiento del Padre se alcanzará mediante la fe en Cristo, porque sólo mediante Cristo tenemos acceso a Dios, porque Jesús es «el camino y la verdad y la vida», Jesús concluye respondiendo al apóstol Felipe: «Nadie va al Padre si no es por mí» (Jn 14,6). El bautismo es el sacramento de la fe como lo es la Eucaristía. Jesús es el revelador del Padre y en Jesús tenemos el acceso al Dios que es el Creador de todo lo visible y lo invisible, el Dios que nos ha creado y nos salva en Jesucristo y nos acoge como hijos en el único Hijo de Dios.

Por eso, como hemos escuchado en el evangelio de san Mateo, Jesús puede invitar a todos los que encuentran ese cansancio existencial que la vida lleva consigo, cuando surgen las oscuridades y las dificultades que parecen acorralar a los hombres a causa del pecado. Lo hemos visto en el evangelio: Jesús se dirige a la multitud que le sigue para animar los corazones y levantar el tono vital revelando su misión redentora: ha venido para sanar a los enfermos y levantar el ánimo de los abatidos, cumpliéndose en él las palabras proféticas de Isaías: «Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes. Decid a los cobardes de corazón: ¡Ánimo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene al desquite; es la recompensa de Dios, él vendrá y os salvará» (Is 35,4).

La profecía se ha cumplido en Jesús, pero no en figura de vengador de cuantos han vejado y humillado a Israel, sino «como el pastor que pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las ovejas paridas» (Is 40,11). Jesús es el enviado por el Padre que como Mesías prometido viene como rey pacífico, no sobre un carro de guerra ni a lomos de caballo para la batalla, sino como el «rey que viene a ti justo y victorioso, modesto cabalgando en un asno, en un pollino de borrica» (Za 9,9). Este rey de paz destruirá los carros de guerra y los caballos de batalla de Jerusalén, quebrará los arcos guerreros y «dictará la paz a las naciones» (Za 9,10).

Estas palabras proféticas inspiran la misión de Jesús y, como dijo Jesús hablando de la salvación de los pecadores, nos descubren que ha venido a traer la salvación y no la condena del mundo, porque es médico para los enfermos y no para los sanos. Recordemos cómo llamó al publicano Zaqueo para que bajara del árbol y lo hospedara en su casa: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa… pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10) Por eso, es posible cargar con el yugo de Jesús, porque su yugo es llevadero y su carga es ligera y puede decir a los que le siguen: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Jesús revela y encarna en sí mismo el amor misericordioso de Dios por la humanidad, haciendo posible que la fe en él y en su misión sea la respuesta del que cree a la invitación a seguirle del Hijo de Dios.

En el mundo de hoy muchas personas viven angustiadas por la penuria que limita su vida, por la dificultad de hallar trabajo y tener el cobijo de una casa; o por la enfermedad, la soledad y la exclusión o tantos otros males, pero no es menos angustioso padecer el sinsentido de una existencia sin orientación alguna, vivida en la oscuridad del sinsentido, sin esperanza cierta y sin haber conocido que Dios ama a cada ser humano. La multiplicación de las depresiones, que alcanzan a muchos de nuestros jóvenes, arrastrados por desilusiones que no acallan las fiestas ni la diversión y la droga, o el placer sexual desinhibido de tantos encuentros entre personas promiscuos y fugaces, sin futuro alguno, que son una práctica de amplia extensión, por desgracia, a la que guías ciegos arrastran a los jóvenes.

La fe es firme orientación al Dios, origen y meta de nuestra vida, que es dador de todo bien: el Dios que ha derramado sobre Jesús y sobre la Iglesia el Espíritu que habita en cada uno de nosotros y es la garantía de nuestra vida futura feliz; el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos y, si habita en nosotros, nos resucitará también a nosotros. Como dice san Pablo, si este Espíritu habita en nosotros y hacemos morir las obras de la carne, que llevan a la corrupción y a la muerte, vivificará también nuestros cuerpos mortales (cf. Rm 8,11-13).

Queridos catecúmenos, que los sacramentos que vais a recibir infundan el Espíritu Santo y con él la vida divina en vosotros, que se hará realidad por el agua y la unción con el santo Crisma, consagrado por el Obispo el pasado Jueves santo; pero, sobre todo, os haréis partícipes de la vida divina con la participación del Cuerpo y Sangre del Señor en la Eucaristía, alimento de vida eterna. No dejéis de tomar parte en la celebración dominical de la Eucaristía, porque para vivir como cristianos necesitaréis de la Palabra de Dios, proclamada cada domingo; y necesitaréis la comida que os dará la resurrección por medio de la cual participáis ya de la vida de Dios.

Que os acompañe siempre la amorosa intercesión de la Virgen María, la Madre de Jesús y de la Iglesia, para que con su ayuda amorosa no os apartéis jamás de Jesús en el que creéis y al que amáis.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

5 de julio de 2020

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

 

 

 

 

 

 

[1] Catecismo de la Iglesia Católica [CCE], n. 1253.

[2] CCE, n. 1254.

[3] Pontifical Romano: Ritual de la iniciación cristiana, n. 75.

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