Homilías Obispo

HOMILÍA DEL VI DOMINGO DE PASCUA

Lecturas bíblicas: Hch 8,5-8.14-17; Sal 651-7.16 y 20; 1 Pe 3,15-18; Aleluya: Jn 14,23; Jn 14,15-21

Queridos hermanos y hermanas:

La misa que estamos celebrando está dentro de los actos religiosos conmemorativos del 500º Aniversario de la fundación de la Hermandad de la Santísima Virgen del Mar, aprobada por el Papa Inocencio X el 13 de septiembre de 1651. Esta es una fecha llena de significado para mejor comprender la devoción secular a nuestra excelsa Patrona la Bienaventurada Virgen María del Mar. Esta devoción, profesada en la mediación de una advocación de la Virgen entrañable para nuestra Iglesia diocesana, es clara expresión del carácter mariano de nuestra honda fe cristiana, la fe que ha iluminado nuestra historia. Damos gracias a Dios porque en esta trayectoria nos ha guiado la Virgen María como Estrella de los Mares que conduce al puerto seguro que es Cristo, donde los navegantes que somos nosotros podemos encontrar seguridad en Dios Padre, y así vernos libres de aguas borrascosas, unas veces, y tempestades embravecidas, otras.

No han faltado persecuciones y martirios en estas tierras, pero la intercesión de la Virgen María ha ayudado al mantenimiento de la fe cristiana, que inspira la vida de la mayoría de los almerienses, a pesar de haber sido la Iglesia soterrada, primero, y forzada a emigrar durante la invasión musulmana, después. Todavía en nuestro tiempo, reprimida con dureza durante la persecución de los años treinta del pasado siglo, los hijos de la Iglesia fueron sometidos a una dura prueba de fidelidad a Cristo. Hoy ante un futuro incierto, los cristianos hemos de superar nuevas pruebas en una sociedad inmersa en una cultura secularizada a la que cuesta aceptar la historia de la salvación que Dios ofrece al mundo en Cristo muerto y resucitado.

La Iglesia ha de afrontar el futuro con esperanza, confiada en la palabra de Jesús, porque tiene el mandato de Jesucristo resucitado de predicar el Evangelio a toda criatura hasta los confines de la tierra, y en ello consiste su misión. Esta misión recibida del Señor nos incumbe como deber ineludible a todos los cristianos, pero con la autoridad de Cristo, como garantía de que la predicación es el contenido del Evangelio, corresponde de manera propia a los obispos y a sus colaboradores en el ministerio apostólico que sucede a los Apóstoles. Por eso podemos decir con san Pablo: «¡Ay de mí si no predico el Evangelio!» (1 Cor 9,16). La misión es encargo recibido y razón de ser de la misma Iglesia, que ha de afrontar en nuestro tiempo no sólo la evangelización de cuantos no han oído hablar de Cristo y no conocen verdaderamente el Evangelio, sino la nueva evangelización de las sociedades que en otro tiempo fueron confesionalmente cristianas en toda Europa. Estas sociedades fueron misioneras y hoy se hallan sometidas a un fuerte proceso secularizador. Una cultura de ambiente agnóstico aleja a estas sociedades de su propia historia cristiana, como sucede en gran medida con nuestra propia sociedad.

La Iglesia de Jerusalén comenzó a extenderse más allá de las fronteras judías cuando fue perseguida en territorio judío y los perseguidos cruzaron las fronteras para pasar a Samaría y a Siria. Fue así como Antioquía de Siria se convirtió en un centro de vida cristiana, desde donde la predicación llegaría al Asia Menor, primero, y a Europa, después, comenzando por Macedonia y Grecia hasta llegar a Roma, el centro del Imperio Romano. Hoy vemos que en esta dispersión provocada por la persecución que se desencadenó tras la muerte de Esteban (cf. Hch 8,1). Fue así como sucedió: «Los que se habían dispersado fueron por todas partes anunciando la Buena Nueva de la palabra» (Hch 8,4-5). En este nuevo contexto, Felipe, uno de los siete diáconos recién instituidos, bajó a Samaría y fruto de su predicación fue la adhesión a Cristo de una gran multitud de samaritanos, y «hubo una gran alegría en aquella ciudad» (Hch 8,8). Después de haber aceptado el bautismo los nuevos convertidos, Pedro y Juan bajaron a Samaría para confirmar la obra evangelizadora de Felipe y para que los que habían creído recibieran el Espíritu Santo.

La fe viene por la audición de la palabra de Dios, pero sólo si se predica podrá ser oída y acogida la palabra del Evangelio (cf. Rm 10,14-17). Aun así, la fe de quienes reciben la palabra de Dios sólo se asienta en quien la asimila, la comprende y no deja que se agoste o se la lleven los pájaros del cielo, como dice Jesús en la parábola del sembrador (cf. Mc 4,13-20 y par.). Es necesario para recibir con fruto la palabra: ser consciente de aquello que ha creído y capaz de razonar los motivos que tiene para aceptarlo, de forma que pueda confesar la fe y al tiempo obrar con coherencia. Por eso en la segunda lectura de este domingo escuchamos la exhortación de san Pedro que pide a los cristianos de aquella primera hora de la Iglesia que sean capaces de dar razón de su fe. Les pide que glorifiquen a Dios en sus corazones por la fe que han recibido, y que sean capaces de hacer explícita esa fe que profersan y «dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere, con mansedumbre y respeto y en buena conciencia» (1 Pe 3,15-16).

No han de descomponer su figura, porque de la buena argumentación y compostura se seguirá que obran con discreción de juicio y lejos de toda desviación supersticiosa o fanatismo religioso. San Pedro les exhorta, además, a afrontar las consecuencias de toda conducta cristiana, sabiendo que es mejor padecer haciendo el bien que obrando el mal, como Cristo padeció y su sufrimiento nos alcanzó el perdón de nuestros pecados (cf. 1 Pe 3,17-18).

En el evangelio de san Juan que hemos proclamado Jesús deja claro que el cristiano se ha de gobernar por el mandamiento del amor que él entrega a sus discípulos, en el cual se resumen todos los mandamientos de Dios; y así permanecerá en él, consciente de que no está solo y sin esperanza. Jesús no dejará solos a sus discípulos, sino que les enviará el Espíritu Defensor, que estará siempre con ellos. Ellos ya conocen al Espíritu porque han visto que obra en Jesús mientras han convivido con él, del mismo modo que conocen al Padre, porque está asimismo en él, como Jesús le ha dicho a Felipe: «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?» (Jn 14,10)[1]. Como el Hijo procede el Padre y el Padre está en él, así el Espíritu Santo procede del Padre y lo enviará en nombre de Jesús a sus discípulos: «Él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). El Espíritu Paráclito les llevará a más alta comprensión de la unidad del Padre y del Hijo, y si el Espíritu viene a los discípulos con la muerte y su partida hacia al Padre, el Espíritu les mantendrá unidos con Jesús y por medio de él con el Padre[2].

Esperamos la gran celebración de Pentecostés, fiesta memorial de la irrupción del Espíritu sobre la Iglesia, que impulsó a Pedro y los Apóstoles a abrir el cenáculo y proclamar la Buena Noticia de la salvación. Que la Virgen del Mar nos ayude a llevar el anuncio del perdón de los pecados y de la nueva creación del Espíritu en el corazón de los hombres, fruto del misterio pascual de Cristo. Un signo de la sanación del hombre entero que Jesús ha vino a traer al mundo fueron sus curaciones. Hoy encomendamos por los enfermos en esta jornada ya tradicional de la Pascua del enfermo en el sexto domingo de Pascua. Los encomendamos a todos en la Eucaristía que ahora vamos a celebrar, teniendo muy presentes a cuantos sufren los graves efectos de la pandemia; y los confiamos a la Virgen María que es invocada como Salud de los enfermos. Que su intercesión nos ayude también a nosotros a alcanzar la salud de alma y cuerpo.

Santuario de la Santísima Virgen del Mar

17 de mayo de 2020

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

 

[1] Cf. X. Léon-Dufour, Lectura del evangelio de Juan, vol. III. Jn 13-17 (Salamanca 1995) 100-102.

[2] F. J. Moloney, El evangelio de Juan (Estella, Navarra 2025) 414-416.

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