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HOMILÍA DEL DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

Clausura de la Visita pastoral a la parroquial de San Luis Gonzaga de Almería

Lecturas bíblicas: Sb 6,13-17; Sal 62,2-8 (R/. «Mi alma está sedienta de ti, Señor»); 1Te 4,12-17; Aleluya: Mt 24,42a-44; Mt 25,1-13.

Queridos hermanos y hermanas:
Con esta Misa que celebramos en el Domingo XXXII del T. O. clausuramos la visita pastoral canónica que he realizado a esta querida parroquia de San Luis Gonzaga. Es una feliz coincidencia que en ete domingo se celebre además la Jornada de la Iglesia diocesana, a la que hemos de darle su importancia. La parroquia de San Luis fue creada el 21 de junio de 1991 mediante decreto episcopal de mi venerado predecesor en la sede, el Obispo Álvarez Gastón. Su población fue segregada de la parroquia de San Isidro Labrador, en el populoso barrio de Regiones. Pocos meses antes, el 3 de febrero del mismo año, el prelado había bendecido el modesto local donde comenzó a celebrarse el culto y las reuniones de los fieles. En 2016 se cumplieron los veinticinco primeros años de vida de esta comunidad parroquial que ahora se aproxima a los treinta en el próximo junio de 2021.

No fueron pocas las dificultades para comenzar la construcción de este amplio complejo parroquial, tan necesario para la vida eclesial de los feligreses y su proyección social y evangelizadora.

Haciendo memoria del tiempo transcurrido, en el que se ha desarrollado el tejido social de la parroquia, recordemos la imperiosa necesidad que la barriada de san Luis tenía de una iglesia parroquial. Lo percibí con claridad apenas iniciado mi ministerio episcopal en 2002, sobre todo teniendo en cuenta mi instalación en el edificio colindante del Seminario Conciliar. No fueron pocas las dificultades para comenzar la construcción de este amplio complejo parroquial, tan necesario para la vida eclesial de los feligreses y su proyección social y evangelizadora. No se logró la permuta que se le había prometido al Obispado y que, de haberse realizado, hubiera situado el templo parroquial mucho más céntrico dentro del conjunto de la gran barriada que hoy es este distrito de la capital. Tampoco se logró la financiación de su estructura básica como se nos había prometido. Sólo nuestra decisión sacó adelante el proyecto parroquial en su conjunto, a pesar de las limitaciones que una parroquia tiene a la hora de afrontar la construcción de un complejo parroquial como este.
Sobre los feligreses de la parroquia y la generosa ayuda del Obispado descansa hoy la financiación del complejo parroquial, que ya ha recorrido el trecho nada despreciable de una década. Su necesidad era de urgencia y en ello hemos estado de acuerdo si tenemos en cuenta la importancia que para la evangelización y la acción pastoral de la Iglesia tiene una iglesia parroquial, sin la cual es muy difícil que cuaje el tejido social de una comunidad cristiana.

Lo afirma la reciente Instrucción sobre la parroquia basada en el magisterio del papa Francisco, al decir: «La parroquia es una casa en medio de las casas y responde a la lógica de la encarnación de Jesucristo, vivo y activo en la comunidad humana.

Así lo ha enseñado el magisterio de la Iglesia afirmando que, entre las comunidades de fieles, «destacan las parroquias distribuidas localmente bajo un pastor que hace las veces del obispo. Éstas [las comunidades parroquiales], en cierto modo, representan a la Iglesia visible establecida por el mundo» .
A nadie escapa la importancia de la parroquia en orden a la celebración del culto cristiano y la acción apostólica y misionera de la Iglesia. Lo afirma la reciente Instrucción sobre la parroquia basada en el magisterio del papa Francisco, al decir: «La parroquia es una casa en medio de las casas y responde a la lógica de la encarnación de Jesucristo, vivo y activo en la comunidad humana. Así pues, visiblemente representada por el edificio de culto, es signo de la presencia permanente del Señor resucitado en medio de su pueblo» . Por eso, dice el Concilio que, al congregar a los fieles en asamblea litúrgica, para escuchar la Palabra de Dios y celebrar la Eucaristía y los sacramentos de la fe, «se ha de fomentar teórica y prácticamente entre los fieles y el clero la vida litúrgica parroquial y su relación con el obispo, y hay que trabajar para que florezca el sentido de comunidad parroquial, sobre todo en la celebración común de la misa dominical» .
La parroquia es la comunidad que celebra la fe y, como tal, es la misma que proclama el mensaje y da testimonio de la verdad que ha conocido y del misterio de salvación que celebra. La parroquia se convierte de este modo en sujeto no sólo de las diversas acciones pastorales, sino también de los apostolados, porque ella misma «ofrece un modelo preclaro de apostolado comunitario, al congregar en unidad todas las diversidades humanas que en ella se encuentran, insertándolas en la universalidad de la Iglesia» .
Se puede comprender, por esto mismo, la importancia que la parroquia tiene en la nueva evangelización que hemos de llevar adelante en las condiciones de la sociedad de nuestro tiempo. Si el obispo es el primer responsable de la misión evangelizadora de la Iglesia, los principales colaboradores del obispo son los párrocos, «a quienes se les encomienda, como pastores propios, el cuidado de las almas en una determinada parte de la diócesis bajo la autoridad del obispo», y a ellos corresponde ejercer «su función de enseñar, santificar y gobernar, que los fieles y las comunidades parroquiales se sientan verdaderamente miembros tanto de la diócesis como de toda la Iglesia universal» .

Si la parroquia pierde cohesión, el impulso misionero se debilita, de ahí la importancia de que todos los fieles que la forman tengan clara conciencia de la necesidad de sostener su propia parroquia tanto como comunidad humana como espiritual.

Conscientes los fieles de esta identidad de la parroquia, a cuyo servicio el párroco ejerce su ministerio pastoral, todos ellos, cada uno según su condición y estado, llevarán con impulso misionero el Evangelio de Cristo a todas las realidades humanas en las que se desarrolla su vida. Si la parroquia pierde cohesión, el impulso misionero se debilita, de ahí la importancia de que todos los fieles que la forman tengan clara conciencia de la necesidad de sostener su propia parroquia tanto como comunidad humana como espiritual. La parroquia necesita la financiación de los feligreses igual que su compromiso de sostener la Iglesia diocesana. Por medio de esta cooperación de todos es la misma Iglesia diocesana la que se sostiene y actúa. La Jornada de la Iglesia diocesana debe ayudarnos a fortalecer el compromiso con la parroquia. Sosteniendo nuestra parroquia mantendremos vivo en la sociedad el objetivo misionero de la Iglesia y el anuncio de la salvación.
Lo deja muy claro el evangelio de este domingo, la meta de nuestra vida que Cristo ha logrado para la humanidad, mediante su muerte y resurrección, es lo que la Iglesia comunica al mundo, y podemos perderla si no estamos vigilantes. Cuando la parroquia deja de anunciar a Cristo, pierde su razón de ser. Los bautizados podemos olvidarlo, envueltos como estamos en las cosas inmediatas que nos asaltan cada día y víctimas de una cultura sin Dios. Todos hemos de mantenernos atentos al Señor que está nosotros, como prometió a los Apóstoles: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). No podemos vivir como si él no estuviera con nosotros y nos hubiera encomendado la misión de anunciar la salvación, pero tampoco podemos olvidar que vendrá de forma definitiva al final de los siglos, y que adelanta para cada uno su venida en la hora de nuestra muerte, para llevarnos a la vida eterna y al banquete del reino de los cielos. Ese banquete de gozo que se nos adelanta en cada misa, al celebrar la Eucaristía. En ella el Cristo nos anticipa bajo las realidades materiales del pan y del vino consagrados, en los cuales no se nos ofrecen no ya los alimentos que sustentan el cuerpo, sino los que dan la vida eterna, porque son su Cuero y su Sangre.
Hemos celebrado al comienzo del mes la conmemoración de todos los fieles difuntos, reafirmando en nosotros la fe esperanzada que da sentido a nuestra vida. Vivimos bajo el rigor de una pandemia que tantas muertes ha producido durante los meses, y ahora arrecia de nuevo la agresión de un virus que destruye los tejidos de nuestro cuerpo. Tenemos muy presentes a los fallecidos por esta causa y los encomendamos a la misericordia de Dios. Tenemos presentes asimismo a los enfermos y a sus familiares, orando por su restablecimiento. Al mismo tiempo vivimos en la esperanza de alcanzar la meta que orienta nuestra vida, somos conscientes, como dice san Pablo, de que la «la creación entera gime, en la ansiosa espera deseando la manifestación de los hijos de Dios» (cf. Rm 8,19).
No nos afligimos como los que no tienen esperanza alguna, como hemos escuchado al Apóstol, sino que en vigilante espera aguardamos lo bienes que nos ha prometido Cristo, el Esposo de la Iglesia, que por ella ha dado su vida mortal entregándose a sus propios enemigos. Cristo ha amado a la Iglesia «entregándose a sí mismo por ella, por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada» (Ef 5,26-27). Este amor de Cristo, Esposo de la Iglesia y esposo de nuestras almas, es el modelo que el Evangelio de Cristo ofrece a los matrimonios cristianos, en los cuales el amor de los esposos crece y se expande en la comunión de la familia que forman los padres y los hijos.
La revelación de Dios, a lo largo de la historia de nuestra salvación que culmina en Cristo, presenta el amor de Dios por la humanidad bajo la figura de los esponsales. El amor del Señor por la Iglesia se hace sacramento en el amor humano. Por eso, Jesús en el evangelio, al contar la parábola de las doncellas necias y prudentes, se vale del amor esponsal para referirse al encuentro con Cristo que viene a nosotros, exhortándonos a la preparación de la acogida al esposo llega. Esta preparación exige del cristiano vigilancia y atención a lo verdaderamente importante, porque la orientación a Dios es la que da sentido a todo cuanto hacemos en esta vida terrena y santifica las acciones humanas.
La vigilancia se nutre por esto mismo de la sabiduría que viene de arriba, porque esta sabiduría se nos da en la palabra de Dios que nos instruye y nos comunica el conocimiento de las cosas a la luz de la fe. Esta sabiduría es un don del Espíritu Santo, porque es esta sabiduría no es logro ni conquista del hombre, sino que ella misma se da y sale al encuentro de quien la busca, como sucede con las doncellas vigilantes que esperan al esposo, y éste las encuentra en vela con las lámparas encendidas cuando llega. Esta vigilancia está movida por el amor al esposo, y el encuentro se produce porque ya el esposo llega a darse a la esposa que le espera y le ama. Por eso, el justo, como hemos escuchado en el salmo, tiene sed del Dios vivo y anhela entrar a ver el rostro de Dios; y, si anhela este encuentro y lo espera, vive vigilante para no ser sorprendido a su llegada sin preparación.
La carta de san Pablo a los tesalonicenses previene contra la impaciencia, porque lo importante no es saber cuándo volverá Cristo resucitado, porque ese retorno está escondido en el seno del Padre. Lo importante es estar preparado, al igual que las doncellas prudentes de la parábola, para que a su vuelta el esposo nos encuentre dispuestos. Abramos nuestra mente a la sabiduría divina que viene a nosotros y dejémonos instruir por ella para ser capaces de dar razón de la esperanza que tenemos en Cristo a cualquiera que nos lo pregunte (cf. 1Pe 3,15). El cristiano vive de la sabiduría de arriba que abre al sentido de la vida, que es el amor de Dios y su misericordia, que se ha revelado en la muerte y resurrección de Jesús, misterio de nuestra redención, que ahora se hace presente en el altar.

Iglesia parroquial de San Luis Gonzaga
8 de noviembre de 2020

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

 

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