Homilías Obispo

HOMILÍA DEL DOMINGO XXIV DEL T. O.

Fiesta de Nuestra Señora de la Cabeza de Monteagud

Lecturas bíblicas: Is 50,5-10; Sal 114,1-6.8-9 (R/. «Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida»); St 2,14-18; Aleluya: Gal 6,14 («Dios me libre de gloriarme, si no es en la cruz del Señor…»); Mc 8,27-35.

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos en este domingo próximo a la fiesta de la Natividad de la Virgen María, la solemnidad de esta casa de la Virgen con la advocación de Santa María de la Cabeza, tan entrañable y tradicional en nuestra Iglesia diocesana. El santuario mariano de Monteagud es meta de peregrinación para cuantos acuden a las plantas de la sagrada imagen de la Virgen, para suplicarle gracias y bendiciones que acrecientes su esperanza enraizada en la fe cristiana que profesan. Aquí llegan no sólo los peregrinos del valle y las estribaciones serranas del Valle del Almanzora, sino desde todos los rincones de la diócesis, para encomendarse a la protección maternal de María. Vienen convencidos de que la presencia espiritual de la Madre del Salvador en la Iglesia es garantía de ser escuchados, aun cuando Dios sólo concede aquello que es para salvación de nuestras almas y bien espiritual de sus hijos.

Acudimos a María y ella nos llevará siempre a Cristo, que dice a sus discípulos que el camino de la salvación está en el cumplimiento del designio de Dios Padre. Necesitamos la ayuda de la divina gracia para obrar según la voluntad de Dios, que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4→Ez 18,23), y para que así sea Dios ha colocado a su Hijo como «mediador único entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1Tim 2,5-6). De Jesús dependen todas las gracias que se nos pueden conceder a los hombres, por eso acudimos a su madre para que, estando unida a Jesús como ella está desde que el ángel le anunciara el nacimiento de su divino Hijo, ella como Madre del Señor interceda por nosotros. La imagen de la Virgen tiene a Jesús Niño en los brazos, y ¿cómo no va a escuchar a Jesús, cuando desde la cruz nos la ha entregado como madre espiritual de todos sus discípulos? (cf. Jn 19,26s).

Pero el camino del hijo de María es una senda de sacrificio y de sufrimiento redentor. Sus palabras son claras, como acabamos de escuchar en el evangelio de este domingo: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Mc 8,31). Es la enseñanza que Pedro y los discípulos no reciben de buen grado, y por eso Pedro trata de apartar a Jesús de esta senda, pero Jesús le reprende y le dice: «¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios» (Mc 8,33).  Jesús ha preguntado a sus discípulos qué piensa la gente de él, quién dicen los hombres que es Jesús, ellos le comentaron lo que se decía: unos dicen que eres Juan Bautista que ha vuelto a la vida o incluso el profeta Elías que tenía de volver al mundo; y tomando la palabra Pedro, confiesa: «Tú eres el Mesías (el Cristo)» (Mc 8,29). En el evangelio de san Mateo se añade que Jesús le respondió que esa confesión de fe en su persona es obra de Dios, que así se lo daba a conocer a Pedro; y, con todo, cuando Pedro trata de apartarle del camino de la cruz, Jesús le reconviene y le aparta de sí. Pedro, igual que los demás discípulos, no comprende que el Mesías, el Enviado de Dios al mundo tenga que padecer, no puede aceptar la idea de un Mesías sufriente. Para él, como para sus contemporáneos, la imagen del Mesías era la de un caudillo libertador de Israel, que tomaría del desquite de los enemigos del pueblo de Dios y llevaría a feliz consumación la salvación de Israel que ellos concebían en términos terrenos. Jesús conocía esta idea del Mesías y les prohíbe a los discípulos que digan que es él. Jesús les reconviene y les dice que quien quiera seguirle tiene que cargar con su cruz cada día, añadiendo además esta advertencia: «el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,35). Seguro que no entendieron estas palabras de Jesús, en las que se expresa que la entrega de la vida por él y el Evangelio, como lo hace el propio Jesús, aunque aparentemente pueda parecer un fracaso, en realidad es el camino de la victoria. Estaban apegados a la idea de un Mesías victorioso sobre sus enemigos e instaurador de un reino de prosperidad terrena, por eso incluso después de la resurrección le preguntan a Jesús si es entonces cuando va a instaurar su reino (cf. Hch 1,6).

Esta idea es combatida por san Pablo, que pone un énfasis particular en afirmar que la fortaleza del cristiano se manifiesta en la debilidad, como canta en la antífona del aleluya con unas palabras del Apóstol ««Dios me libre de gloriarme, si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál 6,14). Palabras que nos llegan hondo y nos desconciertan, porque a todos nos parece mejor no tener que crucificar nada de cuanto somos o tenemos. Hemos de asumir, sin embargo, si de verdad nos proponemos seguir la senda de la santidad, que tenemos que guiarnos por la fe sostenida por la gracia de Dios, que siempre está cerca de cada uno de sus hijos, y nos ayudará a sufrir las contrariedades de la vida, las dificultades morales e incluso los fracasos y las enfermedades, porque el amor de Dios nunca defrauda.

El siervo del Señor, al que contemplamos en los célebres canticos del Siervo que encontramos en el libro del profeta Isaías, soporta y sufre cuanto le acontece de adverso en su misión, y vence las dificultades del espinoso cometido que Dios le ha confiado, manteniendo la fe en la palabra de Dios. Dios le ha abierto el oído a su palabra y, aunque su misión encierra grandes sufrimientos, porque tiene que llevar la palabra de Dios a las gentes, el Siervo no se rebela ni rechaza la misión: «no se echa atrás» (Is 50,5). El profeta describe probablemente a mediados del siglo VI a. C. cómo vive el Siervo del Señor la resistencia de los hombres a acoger y poner por obra la palabra de Dios, de los que incluso llegar a torturar al Siervo, que es mensajero de la palabra divina. Los sufrimientos que su misión le ocasiona incluso le fortalecen, y por eso confiesa: «Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal…» (Is 50,6-7). Sabe el Siervo que Dios está con él y que no quedará confundido ante los hombres.

Los sufrimientos del Siervo que describe el profeta nos adelantan la pasión del Señor de manera tan real que nos impresiona; y el autor de la carta a los Hebreos dice que si «vemos a Jesús coronado de gloria y honor por haber padecido la pasión y la muerte», es porque Cristo «por la gracia de Dios, gustó la muerte por todos» (Hb 2,9). Lo explica añadiendo que así fue como Dios en su designio entregó a su Hijo, para que «llevara muchos hijos a la gloria perfeccionando mediante el sufrimiento al jefe que iba guiarnos a la salvación» (Hb 2,10). Jesús nos salvó con los sufrimientos de su pasión y asoció a su madre a su pasión y cruz, como volveremos a recordarlo al celebrar la fiesta mariana de los Dolores de Nuestra Señora en los próximos días. Esta unión de María con su Hijo comienza a tomar cuerpo, como hemos dicho, en la anunciación del ángel, cuando María acepta el designio de Dios de ser madre del Redentor y comienza a recorrer el camino que la llevará a los sufrimientos de la pasión y muerte de Jesús. Apenas nacido Jesús así se lo profetizó el anciano Simeón, al encontrarse con el Niño Jesús presentado por sus padres en el templo: «Este ha sido puesto como signo de contradicción, y a ti misma una espada te traspasará el alma» (Lc 2,34.35).

¿Cómo afrontar el camino de la santidad siguiendo a Jesús? Santiago nos dice que sólo nos podrá salvar una fe operante, que se traduce en obras de amor, en verdadera caridad, que a nos mueve a entregar la vida por los demás, por los nuestros y por los más necesitados, que es la única forma de recuperarla de verdad. María nos señala el camino del seguimiento de su Hijo: haciendo de la palabra de Dios razón de nuestra vida cristiana: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Hagamos lema propio estas palabras de María, hoy que la Iglesia contempla en su calendario la memoria del dulce nombre de María.

Recuerda san Bernardo que el nombre de María significa «estrella del mar» y que le viene muy a propósito a la Virgen Madre, porque al igual que la estrella emite sus rayos de luz sin corromperse, así la Virgen nos dio a luz a Cristo sin que ella sufriera merma de su virginidad. María ilumina así todo el universo, «ilumina la tierra, caldea las mentes más que los cuerpos, fomenta la virtud y quema los vicios». Compara el místico doctor mariano el mundo con un mar grande y espacioso, sobre el cual María se levanta con su prodigioso brillo y ante los peligros de este tormentoso mar de la vida, a veces arrastrados por la corriente a los escollos de nuestras tribulaciones y zarandeados por las olas de nuestros pecados y vicios, sólo seremos salvados con la ayuda de María. Por eso san Bernardo nos exhorta: «Mira la estrella, invoca a María». En ella siempre tendremos refugio seguro y amparo, consuelo en la aflicción y permanente gozo en sus virtudes y ejemplo[1]. Madre del Redentor, “mujer eucarística”[2], nos guía hasta Cristo que se entrega por nosotros en esta asamblea eucarística, donde el Hijo de Dios se nos da como alimento de vida eterna.

Santuario diocesano de Monteagud

12 de septiembre de 2021

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

[1] San Bernardo, Sermón sobre las excelencias de la Virgen Madre: Homilía 2, 17, 1-33: SCh 390 (1993) 168-170.

[2] San Juan Pablo II, Cara encíclica sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), n. 53.

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