Homilías Obispo

HOMILÍA DEL DOMINGO II DE PASCUA

Lecturas bíblicas: Hch 4,32-35. Sal 117,2-4.16-18.22-24 (R/. «Dad gracias al Señor porque es bueno…»). 1Jn 5,1-6. Aleluya: Jn 20,29 («Porque me has visto, Tomás has creído…»). Jn 20, 19-31.

Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo de la Octava de Pascua se denominaba tradicionalmente domingo “in albis”, porque los neófitos que fueron bautizados en la vigilia pascual del Sábado Santo se despojaban de la vestidura blanca que habían recibido la noche de su bautismo. A ello alude la antigua antífona de entrada (introito): «Como niños recién nacidos, ansiad la leche espiritual no adulterada, para crecer con ella sanos». Se trata de un fragmento de la primera carta de san Pedro en el que invita a los recién bautizados a nutrirse de la palabra de Dios y de los sacramentos pascuales que han recibido (cf. 1Pe 2,1-3).

Este domingo recibe también el nombre de “domingo de la Divina Misericordia”, porque la oración con la que hemos comenzado comienza invocando a Dios como “Dios de misericordia infinita”, atributo divino que revela el amor misericordioso de Dios, cual dio san Juan Pablo II un especial significado litúrgico denominando de este modo el segundo domingo de Pascua. El santo papa fue muy devoto de santa Faustina Kowalska, la santa polaca que promovió la espiritualidad de la misericordia divina, revelada en la obra redentora de Cristo, que hemos celebrado en el Triduo pascual. La celebración de las fiestas pascuales, como dice la oración colecta reanima la fe de los cristianos en el misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo, donde Dios ha manifestado en forma singular su misericordia para con los pecadores. Confesar que Dios es misericordia, como nos recuerda con insistencia el Papa Francisco, es fruto de una fe firme el misterio de Dios no sólo creador, sino asimismo redentor del hombre, que ha querido librarnos del pecado, pues pecadores somos todos los seres humanos, y sólo podemos alcanzar la salvación por la misericordia infinita de Dios.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece un cuadro, sin duda idealizado, de la vida de los primeros cristianos en torno a Pedro y los Apóstoles: «tenían un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). Se mantenían constantes en las enseñanzas de los Apóstoles, vivían todos unidos y lo tenían todo en común, los que tenían campos o casas los vendían y ponían el dinero a los pies de los Apóstoles repartiéndolo según las necesidades (cf. Hch 4,34-35). Acudían juntos al templo y estaban unidos en la alabanza divina y partían con alegría el pan de la Eucaristía en las casas, que recibía el nombre de “fracción del pan” (cf. Hch 2,42-46).

Este cuadro ideal era en parte realidad y al tiempo aspiración, porque pronto comenzaron las disensiones entre ellos, de suerte que la institución de los siete diáconos tuvo por finalidad evitar que el reparto la atención a las mesas de las viudas y personas necesitadas de las comunidades de cristianos procedentes del paganismo y de la gentilidad. Los diáconos debían atender el reparto de las mesas y garantizar la común participación en los bienes asimismo comunes, mientras los Apóstoles se habían de dedicar a la oración y la predicación de la Palabra de Dios (cf. Hch 6,2-6). Con todo, vemos que algunos diáconos como Esteban (cf. Hch 7,2-53) predican la palabra e interpretan la historia de la salvación suscitando entre los judíos el odio a los discípulos hasta provocar su muerte. Felipe, que ha salido de Jerusalén, huyendo de la persecución aparece como un gran evangelizador.  La evolución de los acontecimientos dará lugar a que el ministerio de los diáconos incluya también el servicio litúrgico de la palabra y el auxilio del ministerio eucarístico de los sacerdotes. El libro de los Hechos va a informarnos en las lecturas continuadas de estos domingos pascuales de los pasos que va dando la Iglesia naciente.

Es de la mayor importancia el ideal de vida cristiana que hoy nos presenta este libro de los Hechos, que implica fidelidad a la enseñanza apostólica, pues vivimos de la tradición de fe que arranca de la predicación de los Apóstoles, a los que el Señor confío el ministerio de magisterio que a ellos y a sus sucesores corresponde. Como enseña el Vaticano II, es el magisterio auténtico de los apóstoles y de sus sucesores magisterio el único autorizado a interpretar la doctrina de la fe y su aplicación a la vida cristiana, que orienta y guía nuestra adhesión a los principios morales determinantes de la conducta y del testimonio en la sociedad en que vivimos[1].

Como hemos escuchado en la lectura de la primera carta de san Juan: nuestra adhesión a la doctrina de la fe en el misterio de Cristo vence al mundo: «porque ¿quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?  Este es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre» (1Jn 5,5-6). La fe profesa la divinidad de Jesucristo y su humanidad verdadera, es decir, confesamos que Jesús es el Hijo de Dios encarnado en las entrañas de María: «nacido de mujer al llegar la plenitud de los tiempos, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley y para recibiéramos la adopción de hijos» (Gál 4,4). La referencia al agua y a la sangre que brotaron del costado abierto de Cristo en la cruz evocan los sacramentos de la fe: bautismo y Eucaristía, que nos integran en la Iglesia y nos hacen cristianos. Por medio del bautismo nos configuramos con la muerte y resurrección del Señor, y por la participación en la Eucaristía nos nutrimos del alimento espiritual que nos ofrece la vida divina.

El evangelio de san Juan que hemos proclamado hoy contiene el relato de las apariciones de Jesús a los Apóstoles, una vez cuando faltaba el apóstol Tomás y otra cuando estaba junto con los demás. La primera aparición ocurre en la tarde del domingo de resurrección y Jesús sopla sobre sus discípulos diciéndoles: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos» (Jn 20,23). Si el bautismo nos configura con Cristo, el pecado que nos aparata de Dios queda borrado por el sacramento de la Penitencia, que nos otorga el perdón de los pecados y nos dispone a la participación en la Eucaristía. A propósito de esta aparición a los discípulos, que el evangelista narra después de haber relatado la aparición del Resucitado a María Magdalena, que corrió presurosa a decírselo a los discípulos, comenta san Juan Crisóstomo: Jesús no se retrasó en aparecerse a los discípulos para librarlos de la pesadumbre en que estaban, por no haber creído la palabra de Jesús, que les anunció por tres veces que padecería la pasión y la cruz, pero que resucitaría al tercer día; y también para librarlos del miedo a los judíos, que siempre acrecienta la noche[2]. Por su parte, a propósito de esta circunstancia de que era de noche, san Pedro Crisólogo dice que, aun considerando que la noche atemoriza, no son comparables las tinieblas de la noche con la oscuridad de la tristeza y del temor[3]. Los discípulos estaban realmente desolados y ansiaban creer lo que Magdalena había dicho, pero lo consideraban increíble y sólo la aparición de Jesús podía arrancarlos al temor y a la tristeza.

La segunda vez que se apareció a los discípulos estaba Tomás con los demás discípulos, y el Señor resucitado le recrimina su falta de fe declarando dichosos a los que creerán en él sin haberle visto, dando fe a la predicación. Tomás quería tocar y reconocer palpando el cuerpo del Señor que verdaderamente había resucitado. Jesús satisface su deseo: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20,27). La respuesta del apóstol fue de humilde reconocimiento del Señor, al que confiesa como su Dios y Señor, pero Jesús declara bienaventurados a los crean sólo por la palabra proclamada.

Nuestra fe se apoya en la predicación evangélica, que nos remite a los hechos históricos en los que fuimos redimidos. La unidad en la fe fundamenta la unidad de vida en Cristo, y esta unidad de vid se sostiene en la oración común y recíproca de unos por otros. La comunión de bienes que inspira nuestra caridad y preocupación por los necesitados, en particular en situaciones de crisis económica y social como la que estamos viviendo, es inseparable de la comunión de los cristianos en la oración como miembros de la asamblea litúrgica, en la que participamos en el mismo pan y el mismo cáliz del Señor. Esta unión espiritual de los cristianos en el cuerpo de Cristo nutre nuestra fe y sostiene nuestra vida cristiana. En la celebración de la Misa suplicamos a Dios que conserve la unidad de la Iglesia, pero nuestros pecados nos apartan de la comunión eclesial, y necesitamos el perdón reiterado del Señor. Necesitamos tener plena conciencia de que la integración en su cuerpo místico, que es la Iglesia, no excluye a los que no piensan ni son como nosotros; muy por el contrario, el cuerpo del Señor se compone de miembros diversos, sin que la pluralidad rompa la unidad del cuerpo. Tengamos el corazón abierto a la admisión en la común pertenencia al cuerpo de Cristo de quienes son distintos y diferentes que nosotros, porque nuestra comunión en Cristo se fundamenta en la común participación en el pan que es uno y en el cáliz que es uno solo. Que así lo vivamos en la comunión eucarística y así se lo pidamos al Señor.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

11 de abril de 2021

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

Ilustración. Matthias Stom. La incredulidad del apóstol santo Tomás (1641-1649). Colección Real del Museo del Prado. Madrid

[1] Cf. Vaticano II, Constitución sobre la Iglesia Lumnen gentium, n. 25.

[2] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de Juan 86,2: PG 59,470.

[3] San Pedro Crisólogo, Sermones 84,2: CCL 24A,517-18.

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