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HOMILÍA DEL DOMINGO II DE CUARESMA

Institución de Lectores

Lecturas bíblicas: Gn 22,1-2.9-13.15-18. Sal 115,10 y 15-19 (R/. «Caminaré en presencia del Señor…»). Rm 8,31-34. Versículo antes del evangelio: Mc 9,7 («En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre…»). Mc 9,1-9.

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos avanzado una primera etapa cuaresmal la pasada semana y comenzamos la segunda semana de este tiempo santo que la Iglesia nos ofrece: un tiempo de preparación para renovar nuestra vida cristiana. Como tiempo penitencial de purificación, la Cuaresma nos dispone a la celebración de los sacramentos pascuales, con una particular atención al carácter bautismal de este tiempo litúrgico que nos orienta a la celebración de la Vigilia pascual. En esa noche santa se bautizan los catecúmenos y, tras la iniciación sacramental de los catecúmenos, que reciben los tres sacramentos de la iniciación: bautismo, confirmación y Eucaristía, la asamblea de bautizados renueva las promesas del bautismo.

Este domingo tiene en esta comunidad parroquial de san Pío X un significado especial, porque en el desarrollo de esta misa estacional voy a instituir a dos miembros de la parroquia como lectores, uno de los dos ministerios laicales que el Vaticano II introdujo

Este domingo tiene en esta comunidad parroquial de san Pío X un significado especial, porque en el desarrollo de esta misa estacional voy a instituir a dos miembros de la parroquia como lectores, uno de los dos ministerios laicales que el Vaticano II introdujo al reformar la colación y el significado de las antiguas «órdenes menores». Estas órdenes estuvieron reservadas a los candidatos a la ordenación sacerdotal, para que su ejercicio por los jóvenes clérigos sirviera de preparación y plena maduración de la vocación sacerdotal. Es verdad estas órdenes menores no siempre fueron ejercidas por clérigos, ya que también se encomendaron sus oficios temporalmente a los laicos; y, aunque la reforma del Concilio ha mantenido el criterio de que los ministerios laicales, nueva denominación de las antiguas órdenes menores, sean conferidos a los candidatos al sacerdocio, esto no impide que se confieran asimismo a algunos los laicos. Más aún, es recomendable que así sea.

Es lo que hoy vamos a hacer, para servicio de esta comunidad parroquial y para que el oficio que es confiamos sea ejercido allí donde el obispo lo determine por quienes hoy reciben el primero de estos ministerios, que es el ministerio del lector. Para su recepción, estos dos miembros de la comunidad parroquial que hoy son instituidos como lectores autorizados se han venido preparado mediante la formación necesaria y la preparación espiritual.  La exhortación que precede a la institución introduce a toda la comunidad al cometido que se les confía y sobre el que ellos han sido instruidos.

Antes de proceder a la institución de estos lectores, debemos atender a las lecturas de este segundo domingo de Cuaresma, que nos presenta el evangelio de la transfiguración del Señor, acontecimiento que el evangelista san Marcos coloca inmediatamente después de la reprensión de Jesús a Pedro, por querer apartarle de la pasión y de la cruz. Jesús ha anunciado a sus apóstoles de manera abierta que van hacia Jerusalén, suben a la ciudad santa donde «el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día» (Mc 8,31), pero ellos no entienden lo que les dice Jesús. Su idea del Mesías que esperan y que ha de traer la liberación a Israel es un Mesías humano, un caudillo liberador y de poder, pero Jesús no les deja duda alguna sobre su voluntad de cumplir el designio del Padre. El suyo es un designio que pasa por la pasión y la cruz y ellos no lo entienden. Jesús tras reprender a Pedro, que trata de disuadirlo de este destino de sufrimiento, invita a todos los que le quieran seguir a tomar la propia cruz e irse tras de él: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mc 8,34). El suyo es un designio de amor y de entrega por entero por la salvación del mundo, pero los apóstoles y discípulos no lo comprenden.

La liturgia de la Palabra ha colocado como primera lectura la narración del sacrificio de Isaac, que tenemos en el libro del Génesis, porque ve en la entrega humilde y callada de Isaac a la muerte, pues va a ser sacrificado por Abrahán por mandato de Dios, una prefiguración del sacrificio de Cristo. ¿Cómo puede Dios ordenar a Abrahán la degollación de Isaac, el hijo de la promesa que ha nacido, gracias a la intervención de Dios, del vientre estéril de Sara, su anciana esposa? Dios no quiere sacrificios humanos, todo aconteció como prueba para Abrahán, y se resuelve como dice la narración, cambiando a Isaac por el carnero que Dios muestra a Abrahán para que lo sacrifique en lugar de Isaac. Justo aquí es donde la liturgia de la Palabra nos lleva hoy a recibir el impacto que en nosotros provoca la contraposición que percibimos enseguida: Dios que liberó a Isaac de morir a manos de su padre Abrahán, «no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros» (Rm 8,32). Jesús no se lo puede hacer comprender a los apóstoles, que rechazan por boca de Pedro la pasión de Jesús, quedando sumidos en la perplejidad y el asombro.

La transfiguración revela la divinidad de Jesús que es presentado por la voz del Padre, en palabras semejantes a las del bautismo en el Jordán como su propio Hijo: «Este es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7)

Jesús, para levantar el ánimo de sus apóstoles, toma a los seis días a los tres apóstoles más cercanos a su afecto y amistad, a Pedro, Santiago y Juan, y se los lleva a la montaña donde acontece la transfiguración del Señor: «sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador» (Mc 9,3), porque «Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna» (1Jn 5b) y Jesús participa de la divinidad del Padre como Hijo de Dios. Es Jesús quien, según el evangelio de san Juan, dice de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). La transfiguración revela la divinidad de Jesús que es presentado por la voz del Padre, en palabras semejantes a las del bautismo en el Jordán como su propio Hijo: «Este es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7), como ya hemos referido en la fiesta del Bautismo de Jesús.

La voz del Padre sale de la nube que envuelve a Jesús y a los apóstoles en la montaña es signo en todo el Antiguo Testamento de la presencia trascendente de Dios (shekiná). Dios se hace presente en la nube que cubre el monte Sinaí (cf. Ex 24, 16), a cuyo encuentro sube Moisés para recibir las instrucciones de Dios. En la nube, se manifiesta la gloria de Dios que cubre la tienda del Tabernáculo durante la etapa del desierto (cf. Ex 40,34-38) y que finalmente llenará el templo en su consagración por Salomón (cf. 2Cr 7,1), la entronización del arca (cf. 1Re 8,10-11), y así fue contemplada la gloria de Dios por Ezequiel entrando en el templo y llenándolo de la presencia de Dios (cf. Ez 43,1-4). La nube que envuelve a los apóstoles en la transfiguración trae consigo el bienestar celestial a los apóstoles que contemplan a Jesús en la gloria de su divinidad, acompañado de Moisés y Elías como aquel de quien hablan la ley y los profetas, que dan testimonio de Jesús. Jesús es el verdadero Maestro y Profeta que supera a Moisés y a Elías, el precursor del Mesías esperado para los tiempos últimos y que Jesús identifica con Juan Bautista, respondiendo así a los apóstoles que le preguntan por la venida de Elías (cf. Mc 9,13).

Lo importante es caer en la cuenta de que la gloria de Jesús es inseparable de la cruz, y el evangelio de san Juan presenta la crucifixión de Jesús como su exaltación (cf. Jn 12,32), y porque «la divinidad de Jesús va unida a la cruz; sólo en esa interrelación conocemos a Jesús correctamente»[1]. Sin su divinidad, Jesús no nos habría podido redimir, pero sin su humanidad hubiera carecido de medio para redimirnos según el designio de Dios. Su humanidad fue en todo como la nuestra menos en el pecado, y porque fue hombre en plenitud superó las tentaciones y nos dio ejemplo; y al mostrársenos en su divina verdad estimuló nuestra esperanza de alcanzar un día la gloria para la que fuimos creados en Él (1Cor 12,27; Ef 2,10), que es cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo (Ef 1,22-23; Col 1,18).

Sin su divinidad, Jesús no nos habría podido redimir, pero sin su humanidad hubiera carecido de medio para redimirnos según el designio de Dios.

Decimos con toda razón que tal como la hemos recibido de la tradición eclesial, la Cuaresma es un tiempo de oración, y la transfiguración de Jesús es un acontecimiento de oración, tal como la describe el evangelio de san Lucas; y así mientras Jesús está orando se va transfigurando y haciéndose luz que irradia luz (Lc 9,29), descubriendo a los apóstoles que le acompañan que su divinidad, inseparable de la conversación que Jesús mantiene con Moisés y Elías, «los cuales aparecían en gloria y hablaban de su partida [éxodo], que iba a cumplir en Jerusalén» (v. 9,31). La interpretación que nos ofrece el papa Benedicto XVI compara el éxodo de Israel al tránsito, a la partida de Jesús a la gloria a través de su pasión y cruz, como quien va de la figura a la realidad: «La cruz de Jesús es un éxodo, un salir de esta vida, un atravesar el “mar Rojo” de la pasión y un llegar a su gloria, en la cual, no obstante, quedan siempre impresos los estigmas»[2].

Las interpretaciones de la transfiguración de Jesús van desde la convicción de que se trata de una realidad histórica hasta ver en ella una aparición del Resucitado o incluso una relectura de la «suma de experiencias» de la divinidad del Señor, concentradas en el relato tal como fueron vividas por los apóstoles y que, a la luz de la resurrección llegaron a comprender el misterio de Cristo a la luz de la Escritura[3].

Que la Cuaresma nos entrene con la ayuda de la oración, para el paso del mar Rojo de las tentaciones, de las dificultades y obstáculos que el mundo pone a la fe cristiana, poniendo entre paréntesis a Dios y resistiendo la fuerza renovadora del Evangelio de Cristo, para que podamos celebrar gozosos la Pascua y emprender una vida renovada, de modo que podamos dar testimonio de Cristo al mundo.

[Sigue la exhortación del ritual de la institución de Lector]

Iglesia parroquial de San Pío X

Almería, a 28 de febrero de 2021

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

[1] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Primera parte (Madrid 2000) 357.

[2] Ibid., 363.

[3] Cf. J. Gnilka, El evangelio según san Marcos, vol. II. Mc 8,27-16,20 (Salamanca 1986) 41.

 

Ilustración:  Rafael Sanzio. La Transfiguración del Señor (1517-1520). Museo Vaticano

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