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«No dejemos que las dificultades agosten la fe de nuestros corazones»

HOMILÍA DEL DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Lecturas bíblicas: Hch 10, 34a.37-43; Sal 117.1-2.16-17.22-23; Col 3,1-4 ; Aleluya: 1 Cor 5, 7-8; Jn 20,1-9

Queridos hermanos y hermanas:

Con la celebración de la Vigilia pascual en la noche del sábado al domingo, concluía la primera misa de este domingo de Resurrección, en el que culminan las celebraciones del Triduo pascual, centro del año litúrgico y de la vida cristiana. Las dificultades que la pandemia ha planteado a las celebraciones de Semana Santa no han sido pocas, pero la retransmisión de la Misa cada día y de los santos oficios del Viernes Santo ha llevado las celebraciones de Semana Santa a muchas personas y hogares.

Hemos recorrido esta noche santa la historia de la salvación en la Vigilia pascual, siguiendo el orden de las lecturas bíblicas, que nos llevan desde la creación del mundo a la proclamación de la resurrección de Cristo. Hemos hecho memoria de la acción de Dios en Jesús, en el cual se cumplen las profecías y la esperanza de salvación del pueblo elegido. Una esperanza que, sin embargo, trasciende la historia de Israel, porque es acontecimiento de esperanza para toda la humanidad; y esperanza que se proclama desde los inicios de la Iglesia naciente mediante la predicación del Evangelio de Cristo a las naciones.

Esta esperanza quedaría en mera ilusión si Cristo no hubiera resucitado, y esta la Buena Noticia de la Pascua, hecho histórico que trasciende, sin embargo, la misma determinación de tiempo y espacio que caracteriza a todos los hechos de la historia humana.

Esta esperanza quedaría en mera ilusión si Cristo no hubiera resucitado, y esta la Buena Noticia de la Pascua, hecho histórico que trasciende, sin embargo, la misma determinación de tiempo y espacio que caracteriza a todos los hechos de la historia humana. La resurrección de Jesucristo es un hecho histórico, ciertamente, pero sólo lo podemos concretar en sus consecuencias. ¿Cómo hemos podido llegar a la verdad acontecida en la resurrección de Jesús de entre los muertos? Los Apóstoles y las santas mujeres, los muchos discípulos de aquella hora pudieron constatar que Jesús no había quedado prisionero del sepulcro, porque como profetizó el salmista: «Mi carne descansa serena; / porque no me entregarás a la muerte, / ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción» (Sal 15,9c-10). Cristo Jesús no podía conocer la corrupción del sepulcro quedando abandonado al Sheól, morada de los muertos para la mentalidad religiosa de los judíos, en un reino sin salvación definitiva en Dios.

Los versos del salmista que hemos citado son también aludidos por san Pedro en el discurso de Pentecostés para dar razón de por qué ha resucitado Jesús: con Jesús no ha sucedido como con los profetas y los justos que le precedieron, tal como había profetizado el mismo rey David refiriéndose al Mesías. Por eso Jesús «ni fue abandonado en el Hades (Sheól), ni su carne experimentó la corrupción. A este Jesús Dios lo resucitó; de lo cual nosotros somos testigos» (Hch 2,25.27.31-32). El sepulcro de Jesús está vacío, aunque sólo el sepulcro no hubiera bastado para afirmar la resurrección de Jesús, pero el sepulcro vacío abandonado por el Resucitado se anuncia al mismo tiempo que la experiencia de las apariciones de Jesús a sus discípulos.

En el discurso de Pentecostés san Pedro se refiere a los hechos sucedidos: los judíos mataron a Jesús colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día, mostrándolo vivo «a los testigos que él había designado: a nosotros [dice san Pedro], que hemos comido y bebido con él después de su resurrección» (Hch 10,41). Dios se lo hizo ver a los testigos elegidos por él, para que pudieran dar testimonio de él anunciando que «Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos» (v.42). El príncipe de los Apóstoles se refiere a la necesidad de la fe para llegar a Jesús, sólo en la fe nos encontramos con Él y le sabemos y experimentamos vivo y glorificado. La resurrección no suprime la fe, porque es un hecho que, habiendo acontecido en la historia ―como hemos dicho― trasciende la historia y va más allá: entra en el mismo misterio de Dios que no podemos alcanzar. Si Jesús hubiera vuelto a la nuestra vida terrena, habría vuelto a ser mortal, como Lázaro resucitado por Jesús, que lo llamó del sepulcro para que Dios fuera glorificado y los que le rodeaban en aquella circunstancia de duelo creyeran que era el Enviado del Padre.

La proclamación del evangelio nos pide la fe como respuesta a la predicación de la Buena Noticia de la salvación en Jesús, en el misterio pascual de su muerte y resurrección. La situación en la que se encontraron los discípulos cuando María Magdalena les comunicó que el cadáver de Jesús no estaba en el sepulcro fue de gran confusión; y sólo la fe les ayudó a salir de esa turbación y confusión, pero necesitaban ratificar la fe con la aparición del mismo Resucitado, sin que pudieran retenerlo con ellos. La fe pide el testimonio y el testimonio suscita y es seguido por la fe como respuesta. La fe tiene su propio contexto y hay una serie de hecho previos que llevan a ella.

En el caso de los discípulos de Jesús, les hubiera sido difícil reconocer a Jesús resucitado sin haber convivido con él, sin haberle escuchado, sin las comidas en camino de Galilea a Jerusalén, sin las enseñanzas recibidas de él y sin los signos que realizó con ellos y en su presencia; pero, sobre todo, no hubieran podido reconocerlo sin haberle amado confiando en él y sin haberle confesado Mesías. El encuentro con Jesús no comenzaba con la resurrección, sino que la resurrección les abría la inteligencia para llegar al sentido de todo cuanto no habían entendido antes. Comenzaron a comprender que Jesús, en verdad, podía levantar en tres días el templo de su cuerpo, porque no había hablado del templo de Salomón, sino de su propio cuerpo, torturado y roto en la cruz, muerto y sepultado, pero reconstruido en tres días “por su propio poder”, porque poseía el Espíritu que tenía el Verbo de Dios desde la eternidad, el Espíritu que el Padre derramó sobre su humanidad, asumida para siempre por el Verbo de Dios, cuando fue bautizado por Juan Bautista en las aguas del Jordán. Entendieron por qué habían subido a Jerusalén y por qué les había dicho que el Hijo del hombre iba a ser prendido por los sumos sacerdotes y los escribas, y le «le condenarán a muerte, y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen, y al tercer día resucitará» (Mt 20,18-19).

Cuantas veces seamos asaltados por la duda, ante tantas situaciones desconcertantes que los humanos podemos vivir, no dejemos que las dificultades, la enfermedad y el miedo a la muerte puedan agostar la fe que el Espíritu Santo ha sembrado en nuestros corazones

Cuantas veces seamos asaltados por la duda, ante tantas situaciones desconcertantes que los humanos podemos vivir, no dejemos que las dificultades, la enfermedad y el miedo a la muerte puedan agostar la fe que el Espíritu Santo ha sembrado en nuestros corazones, que es quien nos descubre el misterio de Jesús: su persona divina, su pasión y muerte redentoras, y su gloriosa resurrección. Que como Pedro y el discípulo amado corramos para ver el sepulcro vacío sin ser vencidos por el desconcierto y, como el discípulo amado, creamos que ha resucitado y que ya no podemos vivir sino es «aspirando a los bienes de arriba» (cf. Col 3,1-4).

La Pascua pide de nosotros morir al hombre viejo que llevamos dentro como pecadores, «sabiendo que fue crucificado con Cristo, para que fuera destruido el cuerpo de pecado, y, de este modo, nosotros dejáramos de servir al pecado» (Rm 6,6). Ha llegado el tiempo de «barrer la levadura vieja, para ser masa nueva» (1 Cor 5,7): para ser panes nuevos amasados con masa nueva, «panes ácimos de la sinceridad y la verdad sin la vieja levadura» (1 Cor 5,8).

Quiera el Señor que haber vivido esta Semana Santa en condiciones de especial dificultad nos ayude a anhelar siempre la celebración de la fe que profesamos, y a buscar el alimento de la Palabra de Dios y de la Eucaristía que ahora vamos a celebrar. Nos acompaña la Madre del Redentor, que se gozó en el reencuentro pascual con el Hijo que ella llevó en su seno, al que contempló crucificado y esperó recuperar vivo aferrándose por la fe en el designio de Dios.

La resurrección de Jesucristo resucitado llena nuestro corazón de esperanza y nos dice, como a sus discípulos: «En el mundo tendréis tribulaciones, pero ¡ánimo!: yo he vencido el mundo» (Jn 16,33). No podemos tener miedo, Cristo resucitado dice a su Iglesia: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5).

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, 12 de abril de 2020, Domingo de Resurrección

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

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