Homilías Obispo

HOMILÍA DEL DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Lecturas bíblicas: Hch 2,1-11; Sal 103,1.24-31.34; 1 Cor 12,3-7.12-13; Jn 20,19-23

Queridos hermanos y hermanas:

«Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 118/117, 24). El Señor ha actuado resucitando a Jesús y actuado enviando a la Iglesia su Espíritu.

La fiesta de Pentecostés era para los judíos la fiesta de las semanas legislada en el Antiguo Testamento (cf. Éx 23,16; Lv 23,15-16; Dt 16,9-12) como fiesta de la cosecha y de la recolección. Una fiesta que comenzó con la obligación del agricultor de llevar siete semanas “después de meter la hoz en la mies” la gavilla del balanceo ritual como ofrenda al Señor. Pasan así cincuenta días desde la Pascua y fiesta de los Ácimos hasta Pentecostés[1]. Cincuenta es el número que en griego da nombre a la fiesta de las semanas, empezando a contar desde el día después de la Pascua. San Lucas describe la venida del Espíritu santo dando marco histórico a la aparición en público de los discípulos fortalecidos e impulsados a la predicación por el Espíritu. Esto sucedió según la tradición recibida por el evangelista en la apertura del cenáculo y el discurso de Pedro a los judíos y prosélitos que habían peregrinado a Jerusalén para la fiesta de Pentecostés[2].

Con la resurrección de Jesucristo Dios ha dado cauce a la nueva creación en la humanidad resucitada del Señor. Jesús ha sido exaltado a la derecha del Padre, que por medio de Jesús envía el Espíritu Santo prometido a sus discípulos, para que proclamen a las naciones la Buena Nueva de la salvación sucedida en Cristo. El Espíritu Santo, como hemos visto ya es la nueva presencia de Jesús en el mundo, que guía a los discípulos y los acompaña en la predicación del Evangelio, tal como prometió a sus Apóstoles: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Esta presencia de Jesús acontece por medio de la actuación del Espíritu santo que anima la vida de la Iglesia, le da unidad orgánica y la sostiene en la historia de los hombres, para que les proclame el Evangelio; para que, por la conversión de las personas a Cristo, comience en ellas la acción de la gracia transformadora del Espíritu, que recrea interiormente al ser humano y anticipa ya en la tierra la nueva creación.

El profeta Joél había anunciado el derramamiento del Espíritu sobre toda carne que dará comienzo a los tiempos mesiánicos (cf. Jl 2,28); y Ezequiel había hablado de la vivificación de los huesos secos que el Señor le hizo ver: el Señor sopló un viento regenerador sobre un campo de huesos secos. El Señor dijo al profeta: «Hombre mortal, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: “Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza ha perecido, estamos destrozados”» (Ez 37,11). Con la visión la voz poderosa del Creador anunció al profeta la resurrección y el abandono de los sepulcros, manifestando así el poder regenerador de Dios y su victoria sobre la muerte manifestada en la resurrección de Cristo. Esta obra de regeneración comenzada en la humanidad de Jesús el Espíritu prometido la extiende a las naciones, para que la humanidad abatida por la muerte, causada por el pecado sea definitivamente regenerada. La universalidad de la salvación responde a la universalidad de la muerte que alcanzó a toda la humanidad, porque, como dice san Pablo «todos pecaron y todos está privados de la gloria de Dios» (Rm 3,23).

Pentecostés es el anuncio de la vida, que llega por medio de la redención de Cristo, en la cual Dios ha otorgado el perdón y el don del Espíritu que vivifica a la humanidad. Con la venida del tiempo del Espíritu Santo, como hemos dicho en estos domingos atrás, el don prometido por Jesús, ha comenzado el tiempo de la Iglesia. Los primeros efectos del Espíritu sobre la Iglesia es su configuración como sociedad cohesionada, su unidad. Se habla de los dos efectos primordiales de la acción del Espíritu: el fuego y el ruido impetuoso que sacude el Cenáculo deja sentir su acción vivificadora transformando el corazón de los discípulos y lanzando a los Apóstoles a la predicación. La acción creadora de este viento divino que es el Espíritu Santo alienta la respiración en toda la tierra, devolviendo la vida a los muertos por el pecado. Es lo que hemos cantado con el salmo responsorial: porque los vivientes respiran el aliento divino: «Si retiras el aliento, expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento y repueblas la faz de la tierra» (Sal 103,29-30).

El Espíritu da vida a la humanidad creada, salida en su origen universal de las manos de Dios y vivificada por su aliento: como Dios sopló sobre el hombre hecho de barro (cf. Gn 2,7), así el viento poderoso del Espíritu vivifica a la humanidad pecadora, y la conduce a la congregación de la Iglesia por la predicación del Evangelio. La gracia de la conversión transforma al hombre de pecador en justo, recreado a imagen de Cristo: «Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5,17-18).

Esta inmensa gracia, que trae la salvación al pecador, le llega al hombre a través del ministerio de la reconciliación que Cristo confió a los Apóstoles, como dice san Pablo y lo hemos escuchado en el Evangelio. Como hemos insistido, la fe viene de la predicación y del Espíritu viene que alguien tenga un corazón convertido y pueda decir: “Jesús es el Señor” (1 Cor 12,3). Que podamos confesar a Cristo y dar testimonio de nuestra fe en él es obra del Espíritu Santo en el corazón del que se convierte a Dios y a Cristo, en las entrañas de aquel a quien le han sido perdonados los pecados.

Jesús en la tarde misma de la resurrección se apareció a sus discípulos y después de mostrarles las heridas de las manos y el costado sopló sobre ellos, como Dios lo hizo al crear al hombre. Jesús les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,19-23). Cristo capacita a sus discípulos por medio del Espíritu, para que puedan realizar su misión reconciliadora.

Con esta acción de Cristo para que pueda prolongarse en el tiempo transforma al hombre, el Espíritu Santo además da cuerpo y articulación a la Iglesia, porque Él reparte sus dones (carismas) para edificación común del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Por eso hemos escuchado también a san Pablo afirmar en la primera carta a los Corintios que hay diversidad de dones y de funciones en la Iglesia, pero un mismo Espíritu y un mismo Señor (cf. 1 Cor 12,4-6).

La acción del Espíritu en la Iglesia es acción de unificación en la diversidad, por eso no caben en la Iglesia oposiciones encontradas entre los diversos carismas o dones y funciones, porque todos tienen el mismo origen y todos son para edificación común de la Iglesia. El Espíritu Santo no sólo transforma el interior del hombre y lo recrea, da a la Iglesia estructura y forma ordenada y orgánica, porque todos nosotros «hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu» (1 Cor 12,13).

Pentecostés renueva la Iglesia e impulsa a la misión. Esta Jornada tradicionalmente dedicada por la Iglesia a la Acción Católica y del Apostolado Seglar.  Esta Jornada eclesial tiene este año por lema «Hacia un renovado Pentecostés», porque la proclamación y el testimonio del Evangelio es misión de todos los cristianos. Los obispos hemos querido fortalecer e impulsar a la evangelización a los laicos en el reciente Congreso «Pueblo de Dios en salida» el pasado mes de febrero. Los seglares, al lado de los pastores y los religiosos y religiosas, y junto con ellos, tienen una aportación muy propia a la misión de la Iglesia: hacer visible la fuerza transformadora del Espíritu vivificador por su compromiso con las realidades temporales de la sociedad: la vida de familia, el trabajo y la acción pública en la sociedad, la investigación y la ciencia, las bellas artes y tantos otros campos de presencia para bien de la sociedad.  Por todo esto, oramos hoy por un laicado consciente de su misión, que se forme y configure con una fe fuerte. Jóvenes, hombres y mujeres, y los niños con ellos, que den testimonio de Cristo afrontando los problemas de nuestra sociedad necesitada del Evangelio, reconciliada y fraterna, sensible a las necesidades y sufrimientos de los más desvalidos.

Mañana, tradicional lunes de la primera semana después de Pentecostés, celebraremos por primera vez la fiesta de la Virgen María Madre de la Iglesia. Pidamos que el Señor, por la intercesión de la Virgen María, que dio a la luz de este mundo al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo, ayude a nuestro laicado. María es la estrella de la evangelización y madre de la Iglesia, porque así nos la dio Jesús desde la cruz. María estaba con los discípulos y las santas mujeres cuando el Espíritu vino sobre la Iglesia en Pentecostés. Ella, madre amorosa de los discípulos de Cristo, sigue espiritualmente presente en medio de la Iglesia para acompañar su camino de cada día y ayudarnos a los pastores y a todos los fieles a atraer a Cristo a los hombres.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

31 de mayo de 2020

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

 

[1] La fiesta de Pentecostés toma el nombre de la numeración ordinal de los cincuenta días, del griego pentēkosté / -tós: día quincuagésimo.

[2] J. A. Fitzmyer, Los hechos de los Apóstoles, vol. I. Hch 1,1-8,40 (Salamanca 2003) 314-315ss.

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