Homilías Obispo

HOMILÍA DE NAVIDAD Misa del día

Lecturas bíblicas: Is 52,7-10; Sal 97,1-6; Hb 1-6; Jn 1,1-18

Queridos hermanos y hermanas:

Si ayer contemplábamos con los pastores este maravilloso intercambio entre Dios y el hombre, al haberse hecho hombre el mismo Dios creador del género humano, hoy la misa del día de la Natividad del Señor nos coloca ante el misterio de la Palabra hecha carne. La liturgia de la Palabra de esta tercera misa de Navidad, a la cual han precedido la misa de medianoche y la de la aurora, nos invita a cantar con el salmista las misericordias de Dios con nosotros: «Cantad al Señor un cantico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo» (Sal 98/97,1). Le alabamos y le damos gracias, porque maravilla es el intercambio que nos salva: Dios reviste nuestra carne, para que nosotros participemos de la vida divina.

Acojamos la exhortación del profeta Isaías que proclama la hermosura de los pies del mensajero que anuncia la buena nueva de la victoria sobre los poderes de este mundo, una victoria prefigurada en la liberación definitiva de Israel que ve en lontananza un profeta. Es el gran anuncio de salvación del llamado libro de la consolación, al cual pertenece este fragmento del libro de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura.

El profeta anuncia la victoria del verdadero rey de Israel, no otro que el mismo Dios que llevó a cabo las grandes gestas de la liberación de Egipto y arrancó a los israelitas de la esclavitud a que los sometieron los egipcios. La restauración de Israel no sólo traerá consigo el retorno de los desterrados, que vuelven a la patria gracias a Ciro, el gran rey de los persas, que ha vencido sobre Babilonia, donde habían sido deportados los judíos. Ciro ha decretado el retorno tras la caída de Babilonia, y en su victoria es la victoria de Dios la que contemplan los redimidos del cautiverio. Este retorno es como un nuevo éxodo, como una nueva salida de Egipto camino de la tierra prometida. En adelante Babilonia sólo será símbolo del poder del mal y será destruida, como profetizaron Isaías (13,19-22) y Jeremías (50,21.23ss) y como contempla su ruina el vidente del Apocalipsis convertida «en morada de demonios, en guarida de toda clase de espíritus inmundo» (Ap 18,2).

Así iluminan los profetas la caída de Babilonia y el retorno de los desterrados, figura de la gran victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, la cautividad en la cual vivimos como pecadores. Si Cristo ha vencido en su propia carne y esta victoria suya requería la encarnación del Hijo de Dios, para ser con nosotros solidarios. La encarnación llegó cuando lo dispuso el designio de Dios, y según san Pablo la encarnación del Verbo aconteció en la “plenitud de los tiempos”, cuando el Hijo de Dios se hizo hombre en el seno de María Virgen, nacido así según la carne «de una mujer» (cf. Gál 4,4). Dios, como hemos escuchado al autor de la carta a los Hebreos, dispuso el discurrir de una historia de salvación, tal como había prometido en el Paraíso, cuando maldijo a la serpiente y anunció la victoria de la mujer sobre la serpiente, cuando diera a luz la mujer al Hijo de Dios, que nació siendo plenamente hombre como hijo de María.

Recordemos el diálogo de Dios con nuestros primeros padres y la maldición de la serpiente, es decir, del diablo como tentador que condujo al pecado a nuestros primeros padres. Dios dijo a la serpiente: «Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo: él te aplastará la cabeza, mientras acechas tú su calcañar» (Gn 3,15). Estas palabras de Dios mediante la cuales promete la victoria de la mujer sobre la serpiente son un género literario por medio del cual Dios promete la victoria sobre el demonio y el pecado, victoria que se hizo realidad en el nacimiento de Jesucristo del seno de la Virgen María.

La Navidad celebra el nacimiento en carne de nuestro Señor Jesucristo, cuya preparación Dios dispuso a lo largo de la historia de la salvación: en su desarrollo, dice el autor de Hebreos, «en distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los profetas» (Hb 1,1). De esta manera resume la historia de la revelación durante la antigua alianza, para decir a continuación: «Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, a quien ha nombrado heredero de todo, por quien también hizo el universo» (Hb 1,2); para afirmar a continuación que Jesús es verdadero representante de Dios, porque él mismo es Dios: «reflejo de su gloria e impronta de su ser, que sostiene el universo con su palabra poderosa» (Hb 1,3).

El evangelio de san Juan que hemos proclamado esta mañana nos da la razón de esta afirmación sobre la identidad divina de Cristo, al decirnos que el Verbo de Dios, su Palabra «existía junto a Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1,1). Si Jesús no fuese Dios no habría podido llevar a cabo la redención de la humanidad, y aún estaríamos sin perdón de nuestros pecados. Jesús es el Hijo de Dios, como dice la carta a Hebreos: «Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: “Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado? O: “Yo seré para él un padre y él será mi hijo. Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: “Adórenlo todos los ángeles de Dios”» (Hb 1,5-6).

La Iglesia nos propone hacer nuestra la confesión de fe, siempre necesitada de afianzamiento, para poder dar testimonio de Cristo Jesús ante el mundo y proponerle como aquel que es la Verdad y el único Camino de tránsito a la salvación y la Vida que nos ha de plenificar. Dios hizo los cielos y la tierra, el mundo universo y cuanto existe en él, lo hizo todo mediante su Palabra poderosa, el Verbo eterno de Dios, su Hijo amado, al cual envió al mundo para recuperar cuanto estaba perdido a causa del pecado.

Son verdades de fe que no pueden dejarse de lado, si queremos permanecer cristianos, y la fiesta de la Natividad del Señor viene a recordárnoslo y a fortalecer nuestra fe en Cristo. Porque Jesús es Hijo de Dios, el amor de Dios revelado en la persona de su Hijo, a cuya imagen hemos sido creados es el verdadero fundamento de la dignidad de cada ser humano.

Podemos defender los derechos de las personas y apoyar nuestra defensa en los sentimientos de humanidad que compartimos; y que han sido proclamados en históricas convenciones o como resultado de un trabajosamente logrado entre partes en una determinada sociedad, pero la dignidad de cada ser humano descansa en su fundamento divino. Somos hijos de Dios «creados en Cristo Jesús» (Ef 2,10), a imagen y semejanza de Dios. He aquí el fundamento del amor incondicional al prójimo, a los más débiles y necesitados, a quienquiera que sale a nuestro encuentro necesitado de nuestra ayuda.

Tenemos hoy muy presentes cuanto sufren y van al martirio por el nombre de Cristo, por confesar la verdad del Hijo de Dios. También y con gran preocupación a cuantos emigran de sus países con grave riesgo para su vida, perseguidos o forzados por la pobreza en busca de una vida mejor, o perseguidos siguiendo el camino de la sagrada Familia de Jesús, María y José. También a enfermos y ancianos, personas en soledad y abandono. A todos abraza el Señor y de todos se hace solidario, al poner su tienda entre nosotros, venciendo el pecado que está en el origen de nuestros males. Que la natividad del Señor sea fuente de esperanza para todos y nos devuelva el gozo de saber que hemos sido amados por Dios.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, Navidad de 2018

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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