Homilías Obispo

HOMILÍA DE NAVIDAD Misa de medianoche

Lecturas bíblicas: Is 9,2-7; Sal 95,1-3.11-13; Ti 2,11-14; Lc 2,1-14

Queridos hermanos y hermanas:

Nos reunimos en esta noche santa, para conmemorar con la celebración de la Eucaristía el nacimiento en nuestra carne del Hijo eterno de Dios, que fue engendrado en el seno del Padre antes de todos los siglos desde toda la eternidad. El Hijo es el Verbo eteno de Dios, su Palabra, que existía antes del tiempo y «por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre».

En esta noche brilla la luz de Cristo anunciada por los profetas, luz que disipa las tinieblas y oscuridades que ofuscan el espíritu de los hombres, marcados por el pecado. Esta noche nos gozamos en la presencia de Dios «como gozan los segadores al segar y la alegría embarga nuestros corazones «porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz» (Is 9,5). Dios se ha compadecido de la humanidad y le envía un redentor, «para que el mundo tenga vida eterna» (Jn3,13).

El niño que nos ha nacido en esta noche santa lleva todos los títulos de la dinastía real de Judá y al mismo tiempo el nombre de Dios: es la Sabiduría de Dios hecha carne; es fuerte como David, padre de la dinastía judía, y, como es Dios Hijo se le aclama como “Padre del siglo futuro”.  Como se llamó Salomón rey de paz (que eso significa el nombre), el hijo que se nos ha dado es el verdadero Príncipe de la paz. Todos estos títulos se dan al heredero de la dinastía en Egipto, y como Jesús es contemplado a la luz de la fe en las Escrituras que a él se aplican, Jesús es el heredero de David al tiempo que hijo de Dios y en él se recapitulan las virtudes de Moisés y de los Patriarcas. Por tanto, es el verdadero Enmanuel (Dios-con-nosotros), profetizado por Isaías[1].

Los padres de la Iglesia antigua comentan estos títulos de Jesús, y así dicen que el título «Maravilla de Consejero», equivalente a «Ángel del gran Consejo»[2], se puso por esta razón. Dice  Gregorio de Nisa, que el Lógos o Verbo de Dios «se llama “ángel” en cuanto revelador del Padre», explicándolo que se llama así también a Dios porque su nombre no se puede nombrar, ya que Dios «no tiene nombre que dé a conocer su sustancia»[3].

Este niño que nos ha nacido es hijo de Dios y es también hijo del hombre por ser hijo de María. Como hombre hereda el trono de David su padre, pero como Dios su principado se dilatará con una paz sin límites (cf. Is 9,6), por contraposición a la paz efímera de los hombres. Fue Jesús mismo el que dijo a sus discípulos que la paz que él les entregaba no era como la paz que da el mundo (cf. Jn 14,27). Lo comenta san Juan Crisóstomo diciendo que Jesús habló de esta forma «porque la paz que procede de los hombres es fácilmente destruible y está sujeta a muchos cambios, mientras que su paz [de Jesús] es segura, inamovible, firme, estable, inmortal y no tiene fin»[4].

Jesús viene a traer la paz que sólo Dios puede darnos: la paz que es shalom, que es salvación. Sólo Dios puede dar esta paz y la ofrece a todos los hombres de buena voluntad, al anunciar a los pastores el nacimiento de Jesucristo. En el evangelio según san Lucas que hemos escuchado, el ángel confirma la condición del recién nacido como heredero de David y verdadero “mesías real”que trae el cumplimiento de la profecía hecha a Israel: el recién nacido es el Mesías que recibe el trono de David, como se lo anuncio el ángel a María. Jesús es un mesías que al tiempo que es rey es el salvador que trae la paz perpetua, que Dios dilata hasta abarcar a las naciones. En realidad, el Mesías de Israel es el Salvador universal. En esta narración del nacimiento de Jesús, el evangelista san Lucas hace de los pastores los representantes del pueblo de Israel, que acudieron presurosos a Belén para ver hecha realidad la llamada del ángel a la adoración del recién nacido. En el evangelio de san Mateo la llegada de los magos de Oriente, para adorar al rey de los judíos que ha nacido, es expresión del carácter universal de la misión de salvación que trae el Nino de Belén.

Estos títulos sagrados nos ayudan a comprender que Jesús es Dios y hombre, porque es el Mesías y al mismo tiempo es el Señor, y como tal ha venido al mundo para traernos la salvación que la humanidad no puede darse a sí misma. Así lo dice san Pablo en la carta a Tito, recordándole que la dicha que los cristianos esperamos es «la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Ti 2,13). El anuncio de san Pablo quiere ser exhortación a vivir en consonancia con la fe que predica: es preciso «renunciar a una vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa» (Ti 2,11) , mientras esperamos la manifestación final de Cristo.

Acojamos la invitación de san Pablo que nos prepara para recibir a Jesús que, habiendo nacido por nosotros llama a la puerta de nuestro corazón. Con los pastores de Belén acudamos ante el pesebre donde María y José han reclinado al Niño y absortos contemplan el misterio de su virginal nacimiento. La sagrada Familia hubo de refugiarse en una cueva para que María pudiera dar a luz lejos del bullicio de la posada, pero en aquella soledad sin tráfico humano alguno irrumpió el ángel del Señor para anunciar a los pastores la gran noticia.

Corramos también nosotros como ellos, presurosos al pesebre de Belén, pero dejemos el bullicio de la fiesta que tanto se aleja de la primera Navidad de la historia. Nuestra Navidad ha perdido hondura religiosa y adoración, porque ya no hay fe en el misterio que acontece a las afueras de la ciudad de David. Claro que hemos de festejar el nacimiento de Jesús, marco tradicional del reencuentro de las familias y de las hermosas vivencias del amor familiar, reforzado por el ejemplo de la sagrada Familia. Lo que decimos es que, si todo se va en fiestas gobernadas por los intereses comerciales, nos quedaremos sin Navidad. Tiempo santo para reconsiderar lo que esperan de nosotros quienes nos necesitan, y lo que esperan de nosotros los que ya no tienen fe, los que nos han dejado en la iglesia y ya no son capaces de contemplar el prodigio inmenso del amor divino y de la divina misericordia. Pidamos a Dios que renueve nuestra fe y la haga firme, y acudamos a dar testimonio de lo que hemos conocido, de lo que han tocado nuestras manos y nuestros han visto (cf. 1 Jn 1,3): que «la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, 24 de diciembre de 2018

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

[1] Cf. Biblia de Jerusalén: Nota a Is 9,5.

[2] Vers. de la Biblia de los Setenta (o Septuaginta) da al Niño el título de “ángel del gran Consejo” [= gr. Megáles Boulês] (Is 9,5).

[3] San Gregorio de Nisa, Contra Eunomio 3,9, 37-41.

[4] San Juan Crisóstomo, Demostración contra los paganos 2,8-10.

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