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HOMILÍA DEL OBISPO EN LA MISA DEL DOMINGO DE RAMOS

Lecturas bíblicas:

Conmemoración de la Entrada en Jerusalén: Mt 21,1-11

Misa del día: Is 50,4-7; Sal 21,8-9.19-20.23-24; Flp 2,6-11; Pasión de NSJ según san Mateo 26,14-27,66

Queridos hermanos y hermanas:

Ha permitido el Señor que este año la celebración de los oficios litúrgicos de nuestra redención sean celebrados esta Semana Santa con la población de España bajo estado de confinamiento domiciliar, como sucede en otros países de Europa y del mundo golpeados por la pandemia. En esta situación la comunidad cristiana no puede reunirse para la celebración desde la liturgia de estos días, en particular en el Triduo pascual, que dará comienzo el próximo jueves Santo con la misa en la Cena del Señor. Tampoco podremos contemplar las ricas manifestaciones de la piedad popular, aunque en familia y por parte de cada uno de nosotros siempre pueden llevarse a cabo devociones oracionales como el rezo del Rosario y el Viacrucis, y también los triduos y quinarios dedicados tradicionalmente por las hermandades a sus titulares: al Señor y a la Virgen María en los distintos misterios y advocaciones veneradas en este tiempo santo, y sobre todo el rezo de la Liturgia de las horas.

Los sacerdotes siguen celebrando la santa Misa, centro del culto cristiano, que ofrecen en la persona de Cristo y en nombre de la Iglesia por todo el pueblo de Dios, por la sanación de los enfermos y el eterno descanso de los fallecidos en esta dura enfermedad infecciosa. La Iglesia celebra el sacrificio eucarístico de la Misa por los vivos y por los difuntos invitando a cuantos sufren a ofrecer su dolor junto al de Cristo crucificado. Invita a presentar a Dios el sufrimiento humano asumiendo personalmente su valor redentor, según aquellas palabras de san Pablo al ofrecer sus padecimientos por las comunidades cristianas que ha fundado: «Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en favor de su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).

Un cristiano conoce el valor de salvación que encierra el dolor, uniéndose a Cristo crucificado, mientras procura con la ayuda de la ciencia médica y el apoyo y cuidado de los hermanos salir adelante y salvar también esta vida terrena, en la que el hombre se prepara para la vida eterna. Nos cuesta aceptar que el sufrimiento tenga algún valor, pero el sufrimiento forma parte de la vida humana, es consecuencia de nuestra finitud y de nuestra condición mortal; y también expresión de nuestros límites, que no tienen solución en los analgésicos. Nuestros sufrimientos nos estimulan a buscar una solución que nos libere de ellos, pero cualquiera solución que hallemos será siempre temporal e insuficiente. El hombre no tiene en esta vida terrena patria definitiva, y ha bastado una infección tan contagiosa y que tantas vidas se está cobrando como el coronavirus para evidenciar aquello que el hombre de la civilización cibernética se resiste a aceptar. Esta pandemia ha puesto de manifiesto que el hombre de nuestro tiempo no es distinto del hombre de todos los tiempos. Esta enfermedad, como todas las demás, nos ayuda a tomar conciencia de la condición humana: somos criaturas contingentes en las que alienta el anhelo de una vida feliz y sin fin, de una vida de verdad duradera, no amenazada por la enfermedad y la desgracia física o moral y, en definitiva, por la muerte.

La vida duradera y feliz sólo puede darla Dios, que nos la ha dado a conocer en la muerte y gloriosa resurrección de su Hijo. Veíamos el pasado domingo, quinto de Cuaresma llamado domingo de Lázaro, que Jesús dice de sí mismo a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerte vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?» (Jn 11,25-26). Jesús vino para darnos la vida, pero a esta vida bienaventurada que esperamos no podemos llegar sin pasar por la muerte, a la cual nos vemos avocados como pecadores.

Nos cuesta pensar que la muerte tenga algo que ver con el pecado, pero es contenido de nuestra fe la relación que la muerte guarda con el pecado, no tanto como muerte meramente biológica, sino como muerte eterna que es alejamiento definitivo de la participación de la vida de Dios, garantía de vida eterna y feliz por toda la eternidad. Jesús vino para liberarnos del pecado, que está en el origen de la muerte eterna, pues la muerte así comprendida entró por el pecado en el mundo. Dice el Apóstol, refiriéndose a Adán, que por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, que pasó a todos los hombres porque todos pecaron (cf. Rm 5,12).  Lo dice para poder afirmar a continuación que, del mismo modo por medio de otro hombre, Cristo Jesús, nuevo Adán, se nos ha devuelto la vida. Así, pues, en esto está el amor misericordioso de Dios por nosotros, pues su Hijo padeció por los impíos ―continúa diciendo san Pablo en el mismo lugar― y, por eso mismo, «la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5,8). Jesús asumió en su propia carne los dolores de la humanidad y, como hemos escuchado en la lectura de Isaías, Jesús es el Siervo de Dios que ofreció sus espaldas a los que le golpeaban y no ocultó el rostro a insultos y salivazos (Is 50,6).

Hemos conmemorado la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, acompañado de los discípulos y de las gentes que aclamaban con alegría al que saludaban como Mesías y Rey de Israel, el Hijo de David que viene en el nombre del Señor. Sin embargo, ignoraban que Jesús había llegado a Jerusalén para iniciar la vía dolorosa hacia la muerte, aunque se lo había dicho a los discípulos. Jesús se había referido a su subida a Jerusalén y, tomando aparte a los Doce, les había dicho que tuvieran en cuenta que se acercaban a Jerusalén, donde «el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los paganos» ―se refería a los romanos, que ejecutarían la sentencia de muerte pedida por los sumos sacerdotes y las autoridades judías―, «para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará» (Mt 20,18-19).

Su entrada a lomos de borrica como rey de paz en la ciudad santa, como había profetizado Zacarías, no era para reinar como reinan los reyes y señores de la tierra, sino para sufrir la pasión y la cruz y, elevado en la cruz entre el cielo y la tierra, reinar desde el madero convertido en trono de gloria, tal como le contempla el evangelista san Juan en su evangelio, que transmite la profecía de Jesús: «Y cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). Como dice el evangelista, Jesús hablaba de la muerte que habría de padecer siendo crucificado, pero el alcance de sus palabras llegaba más allá, pues contemplaba el misterio de la cruz: En ella Jesús fue elevado para atraernos a todos a sí, y como rey de la nueva humanidad llevarnos con él a la gloria. Así lo canta un poema del siglo VI a la mayor gloria del misterio de la cruz: ¡Avanzan las banderas del rey y refulge el misterio de la cruz, / que en la vida padeció muerte / y con su muerte nos dio vida! (Vexila Regis prodéunt / fulget crucis mysterium!).

Es la humillación del Hijo de Dios, que, haciéndose hombre por nosotros y por nuestra salvación, nos abrió el camino de nuestra divinización, el camino que lleva a participar de la vida de Dios. La glorificación de Jesús por el Padre, que lo resucitó de entre los muertos, dice san Pablo es la respuesta de Dios Padre a la humillación de Jesús, que por amor a la humanidad, «siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios y tomó la condición de esclavo y… se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,6.8).

La pasión de Jesús según san Mateo que hemos escuchado hoy es una narración que quiere poner de manifiesto la obediencia de Jesús al designio de Dios, que aconteció conforme a las profecías. Isaías había anunciado en los cánticos del Siervo los sufrimientos de aquel que fue llevado como cordero al matadero, verdadero cordero pascual, en cuya sangre ha sido sellada la nueva Alianza. Traicionando a Jesús, Judas cumplió el designio de Dios que sólo Jesús conocía y por eso acepta la traición de uno de sus discípulos, que llevado por su amor al dinero en tan poco (¡treinta monedas de plata!) tasó el precio de su Maestro Dicen los expertos en la Escritura que, tal vez, desencantado de Jesús, porque la imagen del Mesías que esperaba ver encarnada en él no se amolda a la imagen del pastor humilde y entregado a la muerte por amor a sus ovejas. La realeza que Judas quería para Jesús no era la que Dios quería para quien había de ser pastor divino de una humanidad perdida, por la cual pagó con su propia sangre el precio de nuestro rescate. Como veremos en la Misa en la Cena del Señor el próximo Jueves Santo, nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos.

La Eucaristía es el sacramento de la entrega de Jesús por los hombres, para que puedan encontrar el camino de la salvación, que Dios ha querido revelar a la humanidad en la aceptación de la muerte por Jesús en plena libertad, expresión suprema del amor de Dios al mundo, victoria sobre el pecado y la muerte. Sólo quien ama sabe que el amor vence la muerte y con ella los sufrimientos de la vida, cuyo origen es el pecado que arrastra a la humanidad a una vida sin Dios y sin misericordia redentora.

La pandemia se nos presenta como una terrible prueba para nuestra capacidad de humanidad y para suplicar de Dios la misericordia. El hombre de hoy, al no ser capaz de soportar el dolor, está tentado a suprimirlo acabando con su propia vida cuando le aparezca ya inútil y no placentera, cuando incluso no le parezca suficientemente duradera, seleccionando a los fuertes y dejando caer a los débiles, apostando por los que pueden disfrutar de la vida contra los desgraciados, los entrados en años y ya inútiles para producir y todos los excluidos.

Quiera el Señor que el misterio del dolor redentor de Cristo que celebramos en Semana Santa nos ayude a volver a nuestra propia medida y, en la humildad de la obediencia debida a Dios, nos ayude a no abandonar la senda que conduce a la vida.

S. A. I. catedral de la Encarnación

5 de abril de 2020

Domingo de Ramos

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

 

 

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