Homilías Obispo

HOMILÍA DE LA MISA DE NAVIDAD

Lecturas bíblicas: Is 52,7-10; Sal 97. R/. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos vivido la noche santa del nacimiento de Jesús en Belén de Judea, donde el evangelista san Mateo, apoyándose en la profecía de Miqueas sitúa el nacimiento del Mesías en tiempos del rey Herodes el Grande. El profeta anuncia que Belén, aunque es pequeña aldea, su clan tribal la hace grande, «porque de ti saldrá un caudillo, que apacentará a mi pueblo Israel» (Mt 2,6). Las palabras proféticas se refieren a David y a su descendencia. Rechazado por Dios el primer rey de Israel, a Saúl le sucederá en el trono David, verdadero creador de la dinastía de cuyas entrañas habría de salir el caudillo mesiánico esperado como pastor de Israel, pueblo de la elección de Dios. David conquista Jerusalén hacia el año mil antes de Cristo, y hace de ella la capital del reino y ciudad santa, donde piensa construir el templo para Dios, que sólo podrá construir su hijo Salomón, como se lo comunica Dios por medio del profeta Natán.

El pasaje de Isaías que hemos escuchado es el anuncio del retorno de los israelitas cautivos a Jerusalén. El pueblo de Israel conoció primero la esclavitud que le impuso Egipto. Dios liberó a los israelitas por medio de Moisés, que los conduciría de nuevo a la tierra prometida a los patriarcas. Con el rey David la conquista de la tierra fue definitiva, pero volvieron a ser sometidos por Asiria primero y después por Babilonia. Con la victoria de los persas sobre los babilonios Dios devuelve a los deportados y cautivos a la Patria y Jerusalén experimentará la alegría incontenible del retorno a la ciudad santa. El contenido de la primera lectura de la misa es el anuncio de la liberación: Por eso, son «hermosos los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sion: “Tu Dios es Rey”» (Is 52,7).

Este anuncio de salvación no quedará sólo en la noticia del retorno de los israelitas a la patria, el anuncio de esta buena nueva apunta más lejos. Lo que hemos escuchado pertenece a la segunda parte del libro de profecías de Isaías, y es conocido como Libro de la Consolación, porque el anuncio de la liberación trae el consuelo de los israelitas que aliviará los sufrimientos padecidos durante los setenta años de cautividad. Ese consuelo llegará cuando Dios en persona reine en su pueblo. La profecía se abre un cumplimiento final y definitivo, porque en verdad sólo con Cristo Jesús Dios será pastor de su pueblo. Jesús, Mesías de Israel es Salvador de las naciones y todos los pueblos mirarán a Jerusalén y, como dice el salmo: «El Señor escribirá en el registro de los pueblos: “Éste ha nacido allí”» (Sal 86,6).  Todos han nacido en Sión, porque por medio de Cristo «los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios» (Sal 97,3). No triunfa el mal, sino el brazo fuerte del Señor, que vence sobre la oscuridad de las tinieblas del pecado, como en la misa de medianoche escuchábamos con gozo al gran profeta Isaías: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban sombras de muerte, y una luz les brilló» (Is 9,2).

Navidad es la fiesta de la luz, y en ella, en la luz de la Navidad, se anticipa la gloria de la resurrección de Cristo. El nacimiento de Jesús trae consigo el gozo de la liberación plena, porque el mal que acosa al hombre es el pecado, pero el pecado ha sido vencido en la muerte y resurrección de Cristo. Por eso en el anuncio del nacimiento de Jesús, cuyo nombre significa que “Dios libera” y “Dios salva”, la promesa del reinado de Dios se hecho realidad: Dios mismo viene a ser quien reina entre los hombres, haciéndose realidad en Jesucristo el anuncio del profeta Isaías al infiel rey Ajaz dándole la señal que el rey no quiere pedir a Dios: «Mirad: la virgen está encinta y da a luz a un hijo, y le pone por nombre Enmanuel (que significa: “Dios-con-nosotros”)» (Is 7,14).

El gozo de la Navidad arranca del pesebre de Belén, donde las promesas de salvación se hacen realidad histórica en la humanidad del Verbo de Dios. En la debilidad del Niño acogido en el regazo de María, después de haberlo dado a luz, y custodiado y protegido por José, Dios sale al encuentro de la humanidad pecadora trayendo gratuitamente la liberación. En Belén se ha hecho realidad aquello que anunciara el profeta: «Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva al hombro el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz» (Is 9, 5).

De esta realidad histórica hablan los evangelios de la infancia de Jesús, y esta realidad histórica es comprendida con gran hondura teológica por los evangelistas y los autores de las cartas apostólicas. Dice el autor de la carta a los Hebreos que Dios, protagonista verdadero de la historia de salvación, «en distintas ocasiones y de mucha maneras habló antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en la etapa final, nos ha hablado por medio del Hijo, a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo el universo» (Hb 1, 1-2).  Palabras semejantes a las del evangelio de esta tercera misa de la Natividad del Señor, llamada «misa del día», para distinguirla de la misa de medianoche y de la misa de la aurora (las tres misas del día de Navidad).

A pesar del pecado del comienzo de la humanidad y de la defección del hombre mediante el alejamiento de Dios, no ha sido dejado a su suerte, sino que Dios ha acompañado la historia de la humanidad dándose a conocer y dando a conocer su designio de salvación progresivamente por medio de los profetas. Hay una encarnación de Dios que pasa por la palabra humana. La palabra de Dios se hace palabra humana para que el hombre pueda acoger el mensaje divino; y con el nacimiento de Cristo en la plenitud de los tiempos la Palabra que existía en Dios se hace hombre: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo lay, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la condición de hijos» (Gál 4,4-5).

En Jesucristo, la Palabra de Dios se ha hecho más que lenguaje, se ha hecho hombre, para que de este modo brillara en la carne de Nuestro Señor Jesucristo la luz poderosa de la divinidad, y en el Hijo de Dios hecho hombre pudiéramos contemplar la gloria de Dios (cf. Jn 1,14). Movido por el amor infinito a la humanidad que creó a su imagen, Dios ha puesto su tienda entre nosotros para morar con los hijos de los hombres; para que por la encarnación y nacimiento en el tiempo del Hijo de Dios pudiéramos contemplar al Invisible, al Todopoderoso que creó el universo por medio de Cristo y en él le dio consistencia, como dice san Pablo: «Porque todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia» (Col 1,16.17). Dios creó el mundo por medio de su Hijo, que es su palabra, para que en el mundo el hombre pudiera ser llamado a trascender las cosas creadas y buscarle a Él por encima de todas las cosas, porque todo ha sido creado por medio del Hijo, que es Verbo y rostro de Dios. Por esto afirma el evangelista: «A Dios nadie le vio jamás. El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1,18).

Vino del seno del Padre para devolvernos la amistad con Dios y salvarnos de la perdición eterna. Así Dios por medio de su Hijo, que es su Palabra y su fuerza lo redimió del pecado restableciéndolo en su dignidad primera por Jesucristo[1]. Como dice san Agustín tan bellamente contemplando la redención de Cristo: «Hubieses muerto para siempre, si él no hubiese nacido en el tiempo… Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no hubiera venido al encuentro de tu muerte… Hubieras perecido, si él no hubiera venido». Por eso invita el gran padre de la Iglesia: «Celebremos con alegría la llegada de nuestra salvación y redención. Celebremos el día de fiesta en que el día grande y eterno desde aquel día grande y eterno vino a este nuestro día, breve y temporal»[2].

Nos acogemos a la Virgen María, Madre del Hijo de Dios, que se hizo temporal y mortal por nosotros, y con ella digamos al recién nacido que por su nacimiento nos veamos libres de la muerte eterna y gocemos con los ángeles y los santos del fruto bendito de sus entrañas en el reino eterno.

 

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, Natividad de Nuestro Señor Jesucristo

 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

 

[1] Misal Romano: Oración colecta de la Navidad.

[2] Cf. San Agustín, Sermón 185: edición bilingüe BAC Obras completas de san Agustín XXIV. Sermones (4º) 184-272 B. Sermones sobre los tiempos litúrgicos, trad. y notas de Pío de Luis (Madrid 1983) 8.

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