Homilías Obispo

HOMILÍA DE LA FIESTA DE SAN ESTEBAN, PROTOMÁRTIR Día de la Entrega de la Ciudad a los Reyes Católicos Día del Pendón

Lecturas bíblicas: Hch 6,8-10; 7,54-59; Sal 30,3-4.6-8.17.21; Mt 10,17-22

Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de san Esteban, el primer mártir de la predicación del Evangelio, día en el cual el reino nazarí hizo entrega de la ciudad de Almería y sus tierras a los Reyes Católicos en 1489. Día memorable por razones diversas, dos ellas muy fundamentales: día que da carta oficial a la incorporación de Almería a los reinos cristianos de Castilla y Aragón, unidos en las personas de los Reyes Católicos; y día en el que comienza la restauración de la cristiandad en unas tierras de las cuales la invasión musulmana había desalojado progresivamente a los cristianos mozárabes, forzados a huir a los reinos del norte de la Península y a refugiarse al amparo de los reyes cristianos. Lo que al principio de la dominación musulmana fue tolerancia del credo cristiano por los dominadores, muy pronto se fue haciendo muy difícil y amenazada permanentemente por el riesgo del martirio, sometida la población cristiana a cuantiosas tasas y limitada la práctica pública de la religión católica con la marginación de los cristianos en el ejercicio de los derechos cívicos, impedidos de tomar parte en la vida pública, no tal como hoy entendemos estos derechos, sino como eran entendidos a partir del siglo VIII bajo la dominación.

Destacamos que el avance incontenible de la Reconquista desembocó en la capitulación del último reino musulmán ante el poder real de Castilla y Aragón. Hoy damos gracias a Dios por el retorno de nuestra ciudad y sus tierras a la libertad a la que siempre aspiraron, sólo parcialmente lograda en un paréntesis de sesenta años tras la primera reconquista de Almería. Esta primera reconquista ocurrió en 1147 y en ella fue decisiva la contribución de la armada genovesa, alentada por el papa Eugenio III. La armada concitó la intervención de Alfonso VII el Emperador, rey de Castilla y León, que contó con la ayuda de aragoneses y catalanes del condado de Barcelona, testimonio incontrovertible de la existencia de un proyecto de unidad como aspiración de los reinos cristianos.

Hacer memoria de estos hechos históricos, al margen de valoraciones ideológicas o de alcance político que aquí no son pertinentes, nos permite afirmar que la nación que hoy somos como realidad históricamente constituida no hubiera podido llegar a ser sin la voluntad de los reinos cristianos de restaurar la cristiandad, y de permanecer en la tradición cultural de Europa inspirada por la fe cristiana. Hoy tendemos a proyectar sobre el pasado histórico conceptos ideológicos y políticos propios de nuestro tiempo, lo que constituye un error de perspectiva que es tanto como pretender injustamente interpretar y, lo que es peor, juzgar el pasado desde la concepción del mundo y de la sociedad de nuestro presente.

Hacer memoria de la historia no es imponer de forma sectaria una visión única y excluyente del pasado, sino reconocer el pasado en su propio acontecer y en su misma complejidad y en su verdad: la que emerge de los hechos históricos. Este pasado ha sido cristiano y la inspiración de la fe llega hasta nuestros días, aun cuando la secularización y la divulgación de una visión agnóstica pretenda difuminar de dónde venimos y a qué cultura nos debemos, a qué concepción de la vida estamos históricamente vinculados.

La fe cristiana no se impuso con violencia sobre nosotros, fue el resultado de la predicación de los varones apostólicos que muy tempranamente, desde finales del siglo I y principios del siglo II anunciaron a los moradores de estas tierras la muerte y resurrección de Cristo, el Hijo de Dios hecho carne y entregado al suplicio de la cruz por nosotros para nuestra salvación. Entre los primeros heraldos del evangelio de Jesús brilla con luz propia Esteban, joven lleno de fe y al que el Nuevo Testamento presenta como predicador del camino nuevo de Jesús, sosteniendo con fuerza de convicción que Jesús es el Mesías prometido, esperado por generaciones en el pueblo elegido durante siglos. Sostenía Esteban que leyendo las Escrituras a la luz de lo ocurrido en Jesús, conforme al designio de Dios, se podía entender la historia de Israel y la trayectoria que va de Abrahán hasta Jesús.

El libro de los Hechos nos presenta a Esteban como lo presenta a los Apóstoles, por eso, si bien se trata de uno de los siete que fueron elegidos para atender las mesas de las viudas y los pobres, la crónica de san Lucas, autor de los Hechos, nos presenta a Esteban al igual que al también apostólico Felipe, persona distinta de del apóstol Felipe como dos evangelizadores, por cuyo medio avanza la predicación del Evangelio. Dotado de la palabra y conocedor de la historia De esteban dice el libro de los Hechos que, «lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo» (Hch 6,8).

El martirio de Esteban es en realidad una represalia movida por la rabia y la envidia ante quien es mejor y superior intérprete de la historia del pueblo elegido y su argumentación más convincente. La “teología de la historia de Israel” de Esteban obligaba a sus adversarios a renunciar a su teología de la historia oficial de Israel. Cuando no hay en realidad argumentos que puedan desmontar los del adversario, la única salida que deja la envidia y la maldad es la destrucción del adversario, acabar con su vida. Según la información de san Lucas, los adversarios de Esteban son judíos de la diáspora que frecuentan en Jerusalén la sinagoga llamada de «los libertos», probablemente antiguos presos del Imperio e incluso esclavos que redimidas sus condenas con la ayuda de un romano benevolente han recobrado la libertad. Esta sinagoga era frecuentada por judíos de Cirene y Alejandría, Cilicia y Asia Menor (cf. Hch6,8). Estos judíos ortodoxos no podían aceptar la interpretación cristiana de las sagradas Escrituras, sin duda porque en la interpretación judía tradicional tenían el criterio de su identidad judía. La interpretación de las Escrituras que proponía Esteban obligaba a hacer de Cristo el centro y contenido de las Escrituras, conforme a lo que el propio Jesús resucitado dice a los discípulos de Emaús, quien partiendo de Moisés y de los profetas «les interpretó lo que se refería a él en toda la Escritura» (Hch 24,27).

El paralelismo del juicio que condena a Esteban a la muerte con el juicio padecido por Jesús se fundamenta en los mismos argumentos: presentaron contra Esteban falso testimonio: «Este hombre no deja de proferir palabras contra este lugar santo y contra la ley» (Hch 6,13). La acusación de blasfemia contra el templo y la ley de Moisés llevaba consigo la condena a la lapidación hasta la muerte del condenado. Este paralelismo alcanza una singular grandeza, al afirmar Esteban, ya próximo a la agonía, que ve al Hijo del hombre venir sobre las nubles del cielo, en manifiesta alusión a la glorificación de Cristo a la derecha del Padre, siguiendo la profecía de Daniel sobre la venida del Hijo del hombre sobre las nubes del cielo (cf. Dn 7,13). Son las mismas palabras de Jesús dadas como respuesta a la pregunta del sumo sacerdote sobre su identidad: «¿Eres tú el Cristo, el hijo del Bendito?» (Mc14,61). Jesús respondió: «Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (Mc 14,62).

La crisis que trae consigo en los discípulos la participación en la gloria de Jesús, poniendo en cuestión los méritos propios deja ver la fragilidad de los hombres. Los hijos de Zebedeo quisieron ocupar los dos importantes puestos de estar a la derecha y a la izquierda de Cristo en su reino, provocando la reacción celosa de los demás apóstoles es un ejemplo claro de cómo desde el principio hubo divisiones. Desde el principio las rivalidades entre los discípulos se prolongarán en la Iglesia apostólica y sólo el martirio unificará a todos en fidelidad a Cristo. Sólo el Evangelio renueva y ayuda a la Iglesia a superar sus dificultades y contradicciones, resolviendo siempre en favor de la común misión de los cristianos, lo que ha de responder al mandato de Cristo: «Id y haced discípulos de todos los pueblos…» (Mt 28,18-20). El amor a Cristo hace olvidar las divisiones entre hermanos, para afrontar juntos la persecución y la muerte que pueden infligirle los adversarios del Evangelio y perseguidores de la Iglesia.

Que el ejemplo de san Esteban, mártir de la palabra de Dios, y su intercesión nos ayuden a dar testimonio de la fe sin miedo alguno a los adversarios del Evangelio, pues Cristo vino para ser testigo de la verdad.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

26 de diciembre de 2018

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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