Autor: Adolfo González MontesDiscursos, Alocuciones y Otros Escritos

DISCURSO AL CLERO EN LA FELICITACIÓN DE NAVIDAD

Queridos sacerdotes y diáconos:

En todo momento bendecimos y alabamos a Dios dándole gracias, porque Él nos ha bendecido «con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos, en Cristo» (Ef 1,3b). Bendecimos a aquel que, por su iniciativa, llena de misericordia por nosotros nos ha bendecido en su designio de salvación, eligiéndonos en Jesucristo. Todos los humanos hemos sido agraciados en Jesucristo, y él mismo ha dispuesto hacer de nosotros ministros del Evangelio para la salvación de todos.

Partimos de aquí para poner en consideración cómo la bendición de Dios sobre nosotros nos obliga a mirarnos en el espejo de Cristo, conscientes de la constante necesidad que tenemos de purificación y configuración con aquel de quien Dios nos ha hecho servidores, llamándonos al ejercicio del ministerio pastoral para salvación de los hombres. Las reflexiones que me propongo exponer quieren adelantar parte del contenido de la carta pastoral sobre la necesidad de contar con ministros del Evangelio capaces de afrontar el reto de la evangelización en nuestros días. Lo hago atendiendo al impulso que para la pastoral de las vocaciones ha venido a dar el Sínodo recién concluido sobre los jóvenes y las vocaciones; y teniendo delante una lectura detenida de la nueva Ratio formationis sacerdotalis que ha de orientar en los próximos años la formación de los candidatos a las sagradas Órdenes, y su obligada prolongación en la formación permanente y la renovación espiritual.

El reciente Sínodo de los Obispos

En el año que ahora termina, la Iglesia universal ha estado motivada por la XV Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, que ha tenido lugar del 3 al 28 de octubre pasados; y ha reflexionado y debatido un tema de actualidad grande y de urgida proyección al futuro como es la cuestión de «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». La reflexión y sobre el tema con miras al debate sinodal ha venido preparada durante un largo período de tres años que ha precedido a la asamblea sinodal de los obispos.

Entre otros hechos del proceso de preparación hay que mencionar el encuentro del Papa con trescientos jóvenes el pasado 19 de marzo de 2018. Un encuentro estimulante para el Papa, como si de un “pre-sínodo” real se tratara, el de estos jóvenes con el Sucesor de Pedro, a los cuales el Papa les decía: «Habéis sido invitados como representantes de los jóvenes del mundo, porque vuestra contribución es indispensable», recordándoles que Dios ha querido hablar en la historia de nuestra salvación también sirviéndose de algunos jóvenes como Samuel, David y Daniel. El encuentro fue promovido por la Secretaría del Sínodo y la Congregación para la Educación Católica, y tuvo lugar en el Pontificio Colegio Internacional «María Mater Ecclesiae»[1]. El Papa remitía a los jóvenes a las respuestas que la Asamblea sinodal daría a sus preguntas, porque la Iglesia –les decía el Papa– necesita de los jóvenes para realizar el impulso misionero que está llamada a dar en nuestro tiempo. También anticipaba parte de las respuestas esperadas, aunque las presentara a veces como preguntas. Entre otras cosas les dijo a los jóvenes que «el corazón de la Iglesia es joven precisamente porque el Evangelio es como una linfa vital que la regenera continuamente».

Precisamente por esto, la Iglesia necesita constantemente de vocaciones al ministerio pastoral. Lo que exige un esfuerzo de gran alcance por nuestra parte: hemos de poner en marcha una pastoral juvenil acertada, explícitamente propositiva, ofreciendo aquello que tenemos, y que es el conocimiento de Cristo y el plan de Dios para el mundo. Todos hemos puesto la esperanza en que, en efecto, los jóvenes nos ayuden a regenerar la Iglesia, porque somos conscientes de la verdad que encierra el axioma «Ecclesia semper reformanda»; y los jóvenes cristianos ayudarán a la renovación de la Iglesia en la misma medida en que sean consecuentes con la fe de la Iglesia que profesan, dejándose moldear por la palabra de Jesús que les llama. De fuera de la Iglesia nos pueden llegar preguntas y motivaciones para no cejar en el empeño de lograr un mayor compromiso con la misión de la Iglesia.

Con relación a esta proyección misionera, hemos de anotar dos importantes observaciones: una referida a la conexión que ha de darse entre pastoral juvenil y vocaciones al ministerio pastoral; y otra referida al proceso de formación de los candidatos al sacerdocio. El Consejo diocesano de Pastoral nos ha ayudado a proponer algunas líneas de acción para el nuevo Plan pastoral diocesano en redacción, y entre otras propuestas, el plan insiste en algo sobre lo que venimos insistiendo: en primer lugar, que tanto los presbíteros como sus colaboradores preparen bien la catequesis de la iniciación cristiana, siguiendo las orientaciones del Obispo y de la Delegación Episcopal para la Catequesis; y en segundo lugar, que todos prestemos la atención debida a su mejor y necesaria estructuración, en conexión con la pastoral vocacional de la infancia y adolescencia.

Se trata de una asignatura siempre pendiente. Está claro y lo repetimos una vez más: sin dejar de tener muy en cuenta las vocaciones de jóvenes al comienzo de su etapa universitaria y las vocaciones que son fruto del apostolado juvenil de las parroquias y movimientos, tengamos también presente que las vocaciones al sacerdocio se maduran desde la infancia y la adolescencia. Por esto mismo es muy importante ser conscientes de que la presencia de la llamada vocacional esté unida a la pastoral de infancia y adolescencia, que ponen en marcha el párroco y sus colaboradores en la catequesis sacramental de la iniciación cristiana y la formación de los diversos grupos parroquiales, en los cuales es de primer orden el papel del cura párroco en suscitar y descubrir y orientar las vocaciones al sacerdocio y también a la vida consagrada; y por tanto, también de las niñas y adolescentes.

 

 La nueva «Ratio formationis sacerdotalis»

 

Por lo que refiere específicamente a la formación de los candidatos al ministerio sacerdotal, la acomodación de la nueva Ratio formationis sacerdotalis ha constituido el último tiempo un motivo de reflexión y trabajo de la Conferencia Episcopal Española, con el fin de elaborar la normativa aplicable a las diócesis de España, teniendo muy presente la importancia de un documento así y la situación del clero.

La nueva Ratio lleva por título «El don de la vocación presbiteral» y su finalidad es la de orientarnos en la tarea de formar sacerdotes, del mismo modo que nos hemos servido de la Ratio hasta ahora vigente. No es que sea una Ratio muy distinta a esta última, aunque contiene, como es lógico, algunas novedades. Así, considera conveniente que a los jóvenes que vienen de las parroquias y grupos apostólicos, o bien del mundo laboral, universitario o profesional, tengan un curso propedéutico de preparación. Llega incluso a proponer este curso como norma general para todos los jóvenes que aspiren a ser candidatos a las sagradas Órdenes[2].

Sin embargo, teniendo en cuenta la larga duración del curriculum que han de recorrer los seminaristas del Seminario Menor que pasan al Seminario Mayor, se puede considerar que los seminaristas que pasan al Seminario Mayor procedentes del Seminario Menor, una vez terminada la etapa de educación secundaria básica, podrían durante el último curso de bachillerato pasar al Seminario Mayor como curso propedéutico o de adaptación y discernimiento, sobre todo teniendo presente que las materias introductorias con las que se quiere componer el curso propedéutico forman parte del primer curso de Estudios Eclesiásticos. De cualquier forma, se hace una descripción de las distintas vocaciones por su origen y contexto, antes de fundamentar la formación de los candidatos al sacerdocio. Sí es novedad la conexión que se establece entre esta formación en la etapa de estudios de Filosofía y Teología en el Seminario y la formación permanente de los sacerdotes. Por lo que se refiere a los dos ciclos de Filosofía y Teología de que consta el curriculum de los estudios eclesiásticos reglados, la Ratio ofrece dos claves de interpretación que marcan la orientación que ha de darse a cada uno de estos ciclos, orientación a la que han de atenerse los formadores. Así, durante los estudios filosóficos la clave de éxito de esta etapa curricular está en la apropiación por parte del seminarista del discipulado y seguimiento de Cristo (etapa discipular)[3]; mientras durante los estudios teológicos la clave de desarrollo de los mismos, en estrecha conexión con la formación que se pide de los educadores de los seminaristas, es la configuración con Cristo (etapa configuradora)[4]; y en los dos últimos años se habla de etapa pastoral[5] en la cual se persigue el logro razonable de la síntesis vocacional. De modo general, digamos aquí, sin entrar a comentar en el análisis pormenorizado el documento, que siguen vigentes, porque no puede ser de otra manera, las cuatro dimensiones de la formación total e integradora: dimensiones humanaespiritualintelectual y pastoral. Se ofrecen orientaciones sobre los agentes de la formación, la organización de los estudios y los criterios de discernimiento para admitir a jóvenes como candidatos a las órdenes sagradas. Entre estos criterios que incluyen la salud física y psíquica, los motivos de expulsión y readmisión, contando con el caso de los seminaristas que provienen de otros Seminarios o casas de formación (seculares o religiosas), la Ratio afronta un importante cambio de perspectiva en un capítulo debatido durante las últimas décadas: los candidatos con tendencias homosexuales y la cuestión de la protección de menores y el acompañamiento de las víctimas de abusos.

Durante estos años pasados se llegó a plantear que la homosexualidad no sería obstáculo alguno, siempre que no fuera activa, sino tendencial bajo control, expresión de la madurez de un candidato. Por aludir a un texto significativo, podemos referir el documento final del Congreso Europeo sobre las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en Europa (Roma, 5-10 de mayo de 1997). En este documento se decía que, a la hora de acoger prudentemente la solicitud vocacional de jóvenes con este tipo de problemas, se debían poner algunas condiciones como la conciencia clara de la raíz del problema afectivo-sexual, que en muchos casos no es específicamente sexual; «que el joven sienta su debilidad como un cuerpo extraño a la propia personalidad, algo que no querría y que choca con su ideal, y contra el que lucha con todas sus fuerzas»; y la importancia que tiene «comprobar si el sujeto está en grado de controlar estas debilidades, con vistas a una superación…»[6].

Esta consideración no se contemplaba en la documentación anterior, ni en la Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (19 marzo 1985), fuente de la vigente acomodación nacional Plan de Formación sacerdotal para los Seminarios Mayores. La formación para el ministerio presbiteral (1996), que actualizaba la primera acomodación nacional de la Ratio fundamentalis para España (1986), tras la aparición de la Exhortación apostólica postsinodal de san Juan Pablo II Pastores dabo vobis (1992), ni en el Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros (1994). Tampoco aparece en la nueva edición de 2013, de este Directorio. Sin embargo, se afronta con meridiana claridad en la nueva Ratio para la formación de los candidatos al sacerdocio. Entre este documento y el Congreso europeo sobre las vocaciones de 1997 media la experiencia y de nuevo se presta la debida atención a las enseñanzas del magisterio[7].

La nueva Ratio desecha cualquier ambigüedad incorporando la enseñanza de los documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe y la Instrucciónde la Congregación para la Educación Católica sobre las personas de tendencias homosexuales: «La Iglesia, respetando profundamente a las personas en cuestión, no puede admitir al Seminario y a las Órdenes sagradas a quienes practican la homosexualidad; presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura gay. Dichas personas se encuentran efectivamente en una situación que obstaculiza gravemente una correcta relación con hombres y mujeres. De ningún modo pueden ignorarse las consecuencias negativas que se pueden derivar de la Ordenación de personas con tendencias homosexuales profundamente arraigadas»[8]. Finalmente, la Ratio vuelve sobre la doctrina ya expresada en la Instrucción, indicando que es deber del director espiritual y del confesor disuadir al candidato de acceder a la Ordenación, y advertir que sería gravemente deshonesto que el candidato ocultara la propia homosexualidad para acceder a la Ordenación[9].

La Conferencia Episcopal, en la asamblea de otoño ha autorizado el texto básico que acomoda la Ratio internacional a las diócesis de España, abierto a las modificaciones que sean pertinentes. Tener presente esta acomodación, una vez aprobada por los obispos españoles, será obligación no sólo de los formadores del Seminario, que han de aplicarla diligentemente, sino muy particularmente de los sacerdotes, por cuanto a ellos y a las personas de vida consagrada corresponde la promoción de las vocaciones sacerdotales en las comunidades parroquiales, movimientos y asociaciones, y de modo propio en la escuela católica.

Castidad perfecta y configuración existencial con Cristo

Me detengo a desarrollar algunas breves reflexiones sobre la razón teológica de conveniencia de la castidad perfecta como medio de configuración sacramental de la existencia sacerdotal, con orientación de la vida del ministro del Señor a adquirir la forma Christi. No se trata sólo de una ley de carácter colateral al ministerio y de carácter meramente jurídico. La nueva Ratio vuelve sobre la imperiosa necesidad de que los candidatos al ministerio pastoral hayan madurado su consagración ministerial al ritmo de la maduración de su afectividad de forma «serena y libre, fiel en la castidad celibataria, a través del ejercicio de las virtudes humanas y sacerdotales, entendida como apertura a la luz de la gracia y no sólo como esfuerzo de la voluntad»[10].

Esto es muy cierto y el Papa Francisco viene insistiendo en las mentalidades de fondo que hay que vencer para poder, en este caso, tener muy claro que, en efecto, «la castidad celibataria no es tanto un tributo que se paga al Señor cuanto, sobre todo, un don recibido de su misericordia. La persona que entra en este estado de vida debe ser consciente de que no asume sólo una carga, sino que recibe, sobre todo, una gracia liberadora»[11].

En este sentido, la Iglesia pide al obispo que se preocupe de presentar el celibato en su plena riqueza bíblica, teológica y espiritual. El Directorio de los obispos añade además que el Obispo ha de procurar suscitar una vida espiritual recia y profunda que colme el corazón de los sacerdotes de amor a Cristo, se fortalezcan los vínculos de la fraternidad sacerdotal y la amistad entre los sacerdotes y quede patente «el sentido positivo que la soledad exterior puede tener en su vida interior y para su madurez humana y sacerdotal, y de presentarse ante ellos como amigo fiel y confidente al cual puedan abrirse en búsqueda de comprensión y consejo»[12].

Naturalmente, esto no significa que el Obispo deba ser consciente de los obstáculos reales con los que el celibato ha tropezado siempre, pero hoy en particular, cuando una cultura materialista viene a oscurecer el significado espiritual de la castidad perfecta, teniendo en cuenta la erotización de la vida en la actualidad. No deja el Directorio de observar que es preciso que el Obispo, consciente de estos obstáculos, exhorte a los presbíteros a comportarse con una “prudencia sobrenatural y humana” al mismo tiempo[13].

Formación de los formadores y seminarios en dificultades

En una carta recibida a comienzos del año que acaba, el cardenal Stella, Prefecto de la Congregación del Clero, alentaba a los obispos de Conferencia Episcopal Española no sólo a la adaptación nacional de la nueva Ratio formationis sacerdotalis, sino a prever una programación específica para los formadores del Seminario, que son «los principales instrumentos de la formación de los seminaristas», observando con tino que la formación de los formadores no se puede improvisar[14], al tiempo que sugiere una cierta reestructuración de los seminarios cuando la escasez de vocaciones así lo aconsejen.

Este es un tema que hemos decidido estudiar en las provincias eclesiásticas. No podemos repetir ahora la concentración de seminarios en las Facultades, pero sí pueden los seminarios con vocaciones, como de hecho ya sucede, acoger a aquellos pocos seminaristas de diócesis que no pueden contar con un Seminario en un determinado momento. Hay que tener en cuenta que el alza y baja de las vocaciones es bastante difícil de prever, sin dejar de tener presentes, por lo demás, los derechos y facultades que la ley universal de la Iglesia reconoce a la jurisdicción de que goza cada obispo.

Formación permanente y renovación de la vida espiritual

Como queda dicho, la nueva Ratio supone asimismo un impulso amplio a la formación permanente del clero. Esta formación es exigida por la ley de la Iglesia, que la contempla como obligatoria para todos los clérigos: para los sacerdotes que son miembros del presbiterio diocesano en términos generales, conforme a una ordenada programación temática; y atendiendo siempre tanto a las necesidades más urgentes en el tratamiento de los temas, como a las propuestas con las que la Santa Sede acompaña y orienta la vida de las Iglesias particulares. Es el caso de los años santos y jubilares, los años consagrados a determinados objetivos y conmemoraciones, los cuales pueden servir para ordenar la programación anual de la formación permanente.

Es preciso señalar la importancia de la formación propia de los sacerdotes que comienza su ministerio, es decir, los sacerdotes del primer quinquenio de vida y ministerio sacerdotal. La orientación de esta formación ayudará, sin duda alguna, a los neo-sacerdotes, pero para que surta aprovechamiento real el esfuerzo realizado en programación y desarrollo, se requiere que los sacerdotes secunden el esfuerzo realizado en la diócesis para lograr la programación anual más adecuada, y tomen conciencia de que están obligados a esta formación.

La formación permanente es también específica para los diáconos permanentes y hemos de ampliarla, asegurando una programación anual en lo que tiene de formación propia, basada en la identidad del ministerio del diaconado. Una formación que, asimismo, igual que sucede con la formación permanente sacerdotal, ha de ir acompañada de la vida espiritual que emana del sacramento del Orden, recibido por los diáconos y que requiere la debida programación de retiros y ejercicios espirituales, tal como los prevé para los presbíteros la ley universal de la Iglesia. Estos encuentros espirituales pueden incluir en algunos casos encuentros o convivencias de reflexión y oración en los cuales pueden tomar parte las esposas de los diáconos casados.

La formación como ejercicio colegial del ministerio

Volviendo a la formación permanente de los presbíteros, hay que observar que esta formación es parte del ejercicio colegial del ministerio sacerdotal. La autoexclusión que practican algunos sacerdotes tiene serias consecuencias tanto para quien se sitúa al                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                margen de la comunión presbiteral como para el conjunto del presbiterio. Quien vive al margen del colegio se priva de la renovación constante de la mentalidad propia del presbiterio, que ayuda a alcanzar la verdadera forma Christi sin la cual se desvanece la condición sacramental de la existencia sacerdotal; y priva a los demás miembros del colegio de la experiencia de fraternidad plena.

Se trata de que la formación permanente ayude a esa renovación necesaria de la mentalidad presbiteral, que ciertamente es parte de la renovación de la mentalidad que constantemente exige el cultivo de la vocación a la santidad de todo cristiano, conforme a la exhortación de san Pablo: «Y no os amoldéis al mundo presente, antes bien, transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12,2).

Hay sacerdotes que han petrificado su mentalidad a modo de esclerosis que torna estéril su ministerio. Han quedado paralizados en un determinado momento vital, condicionado por el modo de pensar crítico del tiempo ya pasado, en el cual permanecen sin darse cuenta de la propia evolución del pensamiento cristiano, de la cultura y, naturalmente, de la vida de la Iglesia. Pasa sobre todo cuando no se sigue el desarrollo del magisterio eclesiástico y ya se ha dejado la formación teológica y moral atrás como si fuera algo adquirido e irreformable. Estos sacerdotes no dudan de su verdad y de la imagen de Iglesia que es la suya propia y desearían imponer en la Iglesia diocesana, pero sucede que no coincide, desgraciadamente para ellos, con la realidad eclesial del tiempo nuevo: esa novedad a la que ellos no prestan atención alguna; ni tampoco se prestan ellos mismos a que la vida del colegio repercuta sobre la suya propia y modifiquen posturas. Si es estéril estar irreflexivamente a la moda, es igualmente estéril mantener por todo equipamiento la forma temporis que afectó a la vida de la Iglesia en unos años determinados, sobre todo si fueron los que dejaron una marca de secularización que difícilmente se borra.

Formación urgida por la caridad pastoral y vivida en la comunión eclesial

El sacerdote no se puede olvidar, por esto mismo, de que la renovación de la mente se nutre de la caridad pastoral, la cual necesita y reclama la mejor y más honda comprensión del misterio del amor de Dios por la humanidad revelado en Jesucristo, de cuyo conocimiento en la fe se nutre la vida cristiana y la vida sacerdotal. Por esto, en efecto, como dice Pastores dabo vobis y recuerda la nueva Ratio: «alma y forma de la formación permanente del sacerdote es la caridad pastoral»[15].

El Papa Francisco llama a esta renovación de la mente «conversión pastoral», que es inseparable de la conversión misionera, porque la reforma de estructuras que exige la conversión pastoral está en función de la misión de la Iglesia, para que «favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad»[16]. La renovación eclesial impostergable que el Papa Francisco describe dimana de la conversión personal a Jesucristo, que consiste en dejarnos mover por su amor que nos salva. Sólo «unidos a Jesús, buscamos lo que Él busca, amamos lo que Él ama. En definitiva, lo que buscamos es la gloria del Padre; vivimos y actuamos “para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1,6)»[17].

En lenguaje de san Juan Pablo II, la conversión primera es a Dios y Cristo: una conversión sostenida y prolongada en cada tiempo, en busca de la verdadera santidad, que exige amoldar la propia mente a la voluntad de Dios y prender el corazón de su amor y misericordia. La confesión de la verdad del misterio de Cristo abre al hombre al misterio trinitario de Dios y funda la misión de la Iglesia. Por eso, la misión tiene por objetivo proponer la verdad de Cristo, centro de la fe cristiana, «proponiendo todavía una gran aportación, como lo ha hecho hasta ahora, a la edificación de estructuras que, inspirándose en los grandes valores evangélicos o confrontándose con ellos, promuevan la vida, la historia y la cultura de los diversos pueblos del continente»[18].

Muchas veces sucumbimos a la desesperanza por haber fiado en nuestras capacidades y la vida sacerdotal pierde significación para el ministro de la Palabra, cayendo en la desilusión y perdiendo la esperanza de poder lograr algún fruto. Francisco exhorta a superar las dos desviaciones a las que podemos sucumbir hoy como en los primeros siglos de la Iglesia, en realidad se trata de tentaciones permanentes que se hacen presentes de una u otra forma en todos los tiempos. De una parte, es muy crítico el nuevo pelagianismo, que todo lo fía en lo que somos capaces de hacer y, por tanto, en un voluntarismo basado en el solo esfuerzo humano y en una libertad prácticamente autónoma, pero que para desventura de nuestro tiempo se ha convertido en la clave del imperante relativismo[19].

Por otra parte, el Papa critica asimismo el nuevo gnosticismo de quienes ponen su compromiso en una visión ideal del conocimiento como camino de liberación acomodando la fe cristiana a esa visión cognoscitiva e iluminada. El gnosticismo, dice el Papa, «es una de las peores ideologías, porque considera que la propia visión de la realidad es la perfección»[20], conocimiento que sólo logra alcanzar el gnóstico, el iluminado.

Se comprenderá que la formación, en la etapa de estudios de preparación para el ministerio, y la formación permanente no pretende cultivar un gnosticismo de nuevo cuño, desencarnando al formando en una visión iluminada de la realidad que introduce en una élite de “gnósticos” que han reducido la doctrina a formulaciones de razón sin misterio. La formación, por el contrario, tiene por objetivo llevar a cabo la reflexión correcta sobre la realidad a partir de la necesidad de comprender y formular la realidad y su experiencia ordinaria, haciéndolo a la luz de la fe y de las ciencias sagradas (o eclesiásticas) y los conocimientos necesarios de las ciencias humanas. Por este motivo, la formación permanente ayuda a una comprensión de la realidad que va evolucionando al ritmo de su experiencia y mejor conocimiento de las cosas.

Se comprenderá también que, si esta aproximación a la realidad del mundo y de la historia humana se ha de hacer a la luz de la fe, llegar a ver desde la mirada de Dios el mundo en el que nos desenvolvemos, el mundo que constituye en contexto del ejercicio de nuestro ministerio, sólo será posible con la ayuda de la gracia divina, y hemos de recibir este auxilio como el verdadero don del Espíritu Santo, que ilumina nuestra vida, nos abre al futuro de Dios y da solidez a nuestra esperanza.

La beatificación de los mártires en la memoria

Concluyo con unas palabras finales, para hacer memoria de la beatificación de los mártires de Almería del siglo XX, que conservamos en el tiempo cercana y viva en la memoria. Este año, al fin, hemos podido concluir la deposición de las reliquias de los mártires en la cripta de la iglesia de San Miguel de las Salinas. Lo que más nos alegra es que poco a poco se han ido produciendo diversas peregrinaciones a esta cripta martirial. Esta cripta, como todos los lugares donde reposan las reliquias de los santos y de los mártires es referencia de santidad consumada en su vida y muerte, un lugar para reencontrarnos con la vida sacerdotal que nos estimula a darlo todo por Cristo.

En la vida y muerte de los santos y los mártires la doctrina se hizo confesión de fe creída y testimoniada, porque en ellos contra la duda y la tentación haber acogido con humildad la gracia redentora y de santificación iluminó su existencia. Su vida y su muerte, en verdad, aparecen en los mártires y en los santos iluminadas por la revelación divina del amor de Dios que acogieron en la luz de la fe, anticipando para ellos la entrada definitiva en la luz que ahora habitan. Por ello, podemos decir que «el martirio es imitatio perfecta Christi y conformitas vitae cum Christo crucifixo, por cuyo corazón traspasado los mártires han hallado el acceso cierto a la visión en Dios de la verdad creída y profesada en la fe, y rubricada en el martirio; acceso que es por Cristo al Padre en el Espíritu Santo»[21].

Conclusión: proyectos de ejecución en curso y oración final

Termino refiriéndome brevemente a los proyectos de ejecución en curso que esperamos ver cumplidos, si Dios quiere, a lo largo del año que vamos a empezar. En primer lugar, al escribir estas reflexiones al terminar el año que acaba, espero con ilusión ver hecha realidad la acomodación de la capilla martirial de la Catedral, donde será colocada la arqueta que contendrá reliquias de los mártires del siglo XX de Almería de los cuales tenemos restos de su cuerpo. Está diseñado el proyecto de ordenación de la capilla.

El santuario de Monteagud está en lo fundamental acabado gracias a las donaciones de los fieles, la ayuda de la «Fundación Unicaja», que financia la obra socio religiosa y cultural de la «Fundación P. A. Tienda Asilo»; y la empresa Grupo Consentino S.L., que se ha hecho cargo de todo el amueblamiento litúrgico en mármol macael del presbiterio. Se han conservado las pocas ruinas que perviven del pasado en el lugar y junto a ellas se ha edificado la nueva iglesia. Esta nueva construcción está dotada de la fábrica amplia y generosa que forma el aula de la iglesia, que dará sin duda cabida a los miles de peregrinos que llegarán a ella a lo largo del año, pero sobre todo en tiempo mariano y festivo o vacacional. La nueva iglesia acogerá a los fieles devotos que acuden a rendir homenaje a la Virgen María, para postrarse a sus plantas y suplir con ella y con su recomendación y amparo el favor de la misericordia divina, para bienestar espiritual y corporal de todos los que se sienten hijos de la que es Madre de Dios y Señora nuestra, invocada en Monteagud con el título secular de Nuestra Señora de la Cabeza.

Finalmente, hemos presentado ante el Ministerio la documentación pertinente para financiar el proyecto de restauración interna de la torre de la Catedral de la Encarnación, mediante la asignación del 1,5 % de inversión pública en la capital de Almería a proyectos culturales. Si se aceptara por parte del Ministerio este importante proyecto, la magnífica pieza arquitectónica de la Catedral podría prestar un importante servicio cultural.

Como hacemos todos los años, terminamos con un recuerdo y un homenaje a los sacerdotes que han consumado su vida y la han puesto para siempre en las manos del buen Pastor, cuyo ministerio les fue concedido desempeñarlo generosamente en la tierra para santificación de los hermanos. Fueron operarios de la viña del Señor y ahora nuestra oración se eleva para que reciban, del único dueño de la viña y de sus frutos, el premio del servicio fiel que desempeñaron. Su marcha se compensa con la ordenación de los nuevos sacerdotes que la misericordia del Señor nos ha otorgado ordenar el presente año. Se los encomendamos a la Virgen María, Madre de la Iglesia, para que cuide con amor maternal de estos seguidores cercanos de su divino Hijo, elegidos por él para el ministerio pastoral, por medio del cual Cristo ha querido prolongar la dispensación de la salvación.

Sacerdotes presentes en la diócesis fallecidos durante el año 2017

Sacerdotes diocesanos

Rvdo. D. Miguel Pérez de Perceval y del Moral (6 de enero)

Rvdo. D. Antonio Ayala Guil (7 de febrero)

Rvdo. D. José Luis Sánchez Nogales (22 de junio)

Sacerdotes de otras jurisdicciones canónicas

Rvdo. D. Álvaro Fontes Montesinos (Prelatur del Opus Dei, 12 de febrero)

Rvdo. D. Agustín Martínez Gilabert (Arzobispado castrense, 10 de agosto)

Rvdo. P. Miguel Rovira Vita CM (2 de agosto)

Rvdo. D. José Antonio Ocaña García (Diócesis de Cabimas, Venezuela, 14 de octubre)

Rvdo. P. Rafael Yuste Moyano SJ (24 de octubre)

Nuevos sacerdotes

Este año el Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres, porque ha querido bendecirnos con más sacerdotes recién ordenados que los diocesanos fallecidos. Damos gracias a Dios y confiamos a la bienaventurada Virgen María y a san José los nuevos sacerdotes, ordenados el pasado 29 de septiembre, fiesta de los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.

Rvdo. D. Federico Parra Miralles

Rvdo. D. Juan Antonio Acién Mayor

Rvdo. D. Jun Manuel Góngora Matarín

Rvdo. D. José María Parra Verdú.

Gracias, queridos sacerdotes y diáconos, gracias de verdad. Feliz Navidad a todos y que Dios nos conceda un año de bendiciones.

Seminario Casa de Espiritualidad «Reina y Señora»

Aguadulce-Roquetas de Mar, 21 de diciembre de 2018.

 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

[1]Cf. discurso (19.3.2018): ttp://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2018/march/documents/papa-francesco_20180319_visita-pcimme.html.

[2] Cf. Congregación para el Clero, El don de la vocación presbiteral. Ratio fundamentalis Institutionis sacerdotalis (8 diciembre 2016), nn. 59-60 (“etapa propedéutica”).

[3] Cf. Ibid., nn. 61-67.

[4]  Cf. Ibid., nn. 68-73.

[5]  Cf. Ibid., nn. 74-79.

[6] Congregación para la Educación Católica, Congregación para las Iglesias Orientales, Institutos de vida Consagrada y sociedades de vida apostólica, Nuevas vocaciones para una Europa nueva. Documento final del Congreso Europeo sobre las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en Europa. Roma, 5-10 de mayo de 1997 (Ciudad del Vaticano 1997) 106-107.

[7] Cf. los documentos de la Congregación para Doctrina de la Fe, Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual «Persona humana» (29 diciembre 1975), nn. 27-30; Algunas consideraciones acerca de la respuesta a propuestas legislativas sobre la no discriminación de las personas homosexuales (23 julio 1992), esp. nn. 4-7; y la Carta a los Obispos de la Iglesia sobre la atención pastoral a las personas homosexuales (1 octubre 1986).

[8] El don de la vocación presbiteral, n. 199, donde se cita: Congregación para la Educación Católica, Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas con tendencias homosexuales antes de su admisión al Seminario y a las Órdenes sagradas (4 noviembre 2005), n. 2.

[9] El don de la vocación presbiteral, n. 200; cf. también Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional, n. 3.

[10] El don de la vocación presbiteral, n. 110d.

[11] Ibid., n. 110b.

[12] Congregación para los Obispos, Directorio para el ministerio pastoral de los obispos «Apostolorum Successores» (22 febrero 2004), n. 82a.

[13] Ibid., n. 82b.

[14] Cardenal B. Stella, Carta del Cardenal B. Stella al Presidente de la Conferencia Episcopal española, de 21 de diciembre de 2017 (Congregatio pro Clericis:  Prot. N. 2017 4859).

[15] Pastores dabo vobis, n. 70; cf. El don de la vocación presbiteral, n. 80.

[16] Francisco, Exhortación apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual «Evangelii gaudium» (24 noviembre 2013), n. 27.

[17] Evangelii gaudium, n. 265.

[18] San Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Sobre Jesucristo vivo en su Iglesia y fuente de esperanza para Europa «Ecclesia in Europa» (28 junio 2003), n. 19.

[19] Francisco, Exhortación apostólica sobre la llamada a la santidad en el mundo actual «Gaudete et exultate» (19 marzo 2018), nn. 57-58.

[20] Ibid., n. 40.

[21] A. González Montes, «Los santos, maestros de comunión», en Mª. E. González Rodríguez, Los santos evangelizan (Madrid 2011) 117.

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