Homilías Obispo

«Damos gracias a Dios, porque nos ha permitido ver levantada la anhelada torre del campanario, el nuevo altar y el baptisterio»

HOMILÍA EN LA MISA DE CONSAGRACIÓN DEL ALTAR: Parroquia de Nuestra Señora de Aguadulce

Lecturas bíblicas (Leccionario de Misas rituales: para la Dedicación de un altar en tiempo pascual): Ap 8,3-4. Sal 83,3-5.10-11 (R/. «He aquí la morada de Dios entre los hombres»). Hb 13,8-15. Aleluya: Hb 13,8 («Cristo es el mismo ayer y hoy y siempre»). Evangelio: Jn 4,19-24.

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy es un día de alegría y gozo espiritual para esta comunidad parroquial que no sólo ha visto construida la torre del campanario, sino con ella también el baptisterio, del cual carecía la iglesia parroquial. Después de haber bendecido estas importantes piezas, vamos a consagrar el altar fijo al cual acompaña la pieza de gran importancia como es el ambón para la lectura de la Palabra de Dios.
Esta iglesia fue construida en la segunda mitad de los años setenta del pasado siglo, después de haber sido creada canónicamente la parroquia de su nombre por mi venerado predecesor Mons. Manuel Casares Hervás el 3 de septiembre de 1973. Su construcción fue confiada por el Obispo a D. Fernando Berruezo Sánchez, primer párroco de esta parroquial del Carmen de Aguadulce, quien se sirvió de la vieja capilla del lugar, que en su día había sido filial de la parroquia de Enix y desde los años veinte del pasado siglo había pasado a ser filial de la parroquia de Roquetas. La vieja iglesia acogería la celebración del culto hasta que la nueva parroquia pudiera disponer de un templo adecuado a la población de la misma en los pasados años setenta.

Construida en una arquitectura no usual hasta el momento, con estructura de auditorio, el nuevo templo parroquial prestaría al tiempo albergaba el servicio litúrgico y pastoral, prestaría un servicio simultáneo como auditorio, lo cual explica la disposición del lugar de los fieles en graderío.

La nueva iglesia parroquial, en la cual nos encontramos, fue dedicada el 19 de septiembre de 1982 por Mons. Casares Hervás. Construida en una arquitectura no usual hasta el momento, con estructura de auditorio, el nuevo templo parroquial prestaría al tiempo albergaba el servicio litúrgico y pastoral, prestaría un servicio simultáneo como auditorio, lo cual explica la disposición del lugar de los fieles en graderío. No se construyó la torre del campanario proyectada desde el principio, ni se contó con altar fijo. Fue la finalidad compartida del edificio la que impidió colocar un altar conforme a la prescripción de los cánones, y se tomó la providencia de utilizar una amplia mesa de madera desmontable a modo de altar provisional, lo que facilitaba su desplazamiento para los actos culturales. En 2019, el arquitecto D. Miguel Nieto Morales, recibía el encargo de proyectar la torre del campanario, dando curso a la plasmación en realidad del anhelo de la comunidad, que contaba con el aliento constante del Obispo diocesano. No hubiera podido realizarse el proyecto sin la generosa colaboración del Excmo. Ayuntamiento de Roquetas de Mar, que ha financiado la obra respondiendo así al deseo de los ciudadanos en su mayoría católicos. Es de agradecer el apoyo prestado por D. Gabriel Amat Ayllón, alcalde de Roquetas de Mar, que consideró que el campanario de una iglesia forma parte de la tradición cultural de un país cuyas raíces cristianas alimentan la cultura que expresa su identidad. Hoy la UNESCO tiene entre otros proyectos la consideración del toque de campanas como patrimonio cultural de los pueblos cristianos que merece ser patrimonio inmaterial de la humanidad.
Damos gracias a Dios, porque nos ha permitido ver levantada la anhelada torre del campanario, para «utilizar campanas de bronce, que inviten al pueblo de Dios a la oración», como reza la oración de bendición, que suplica a Dios: «Haz que tus hijos, al oír su voz, eleven a Ti sus corazones y, compartiendo las alegrías las penas de los hermanos, vayan con prontitud a la iglesia, donde sientan a Cristo presente, escuchen tu palabra y te expongan sus deseos» .
No sólo hemos bendecido la torre del campanario, después de haber bendecido, el 21 de enero del año en curso de 2021, las tres campanas cuyo sonido se expande ya desde el campanario. También hemos bendecido el baptisterio, que como acabamos de decir tampoco había sido construido como tal hasta el presente. Esta bendición ha sido verdaderamente emotiva, porque el baptisterio de una iglesia parroquial contiene la fuente de regeneración bautismal, por cuyas aguas se realiza de forma sacramental y mística la comunión de los cristianos con la muerte y resurrección de Cristo. El bautismo es el sacramento de la fe que nos hace hijos adoptivos de Dios, porque, por el agua y la acción consagratoria del Espíritu Santo, nos abre las puertas de la Iglesia, insertándonos en el cuerpo místico del Señor. Por medio de esta entrada en la comunión eclesial que nos inserta en Cristo, venimos a formar parte de su cuerpo, del cual él mismo es la Cabeza, miembros de un pueblo de reyes, profetas y sacerdotes, que han sido rescatados del pecado y de la muerte eterna mediante la sangre preciosa de Cristo. Así se expresa san Pablo: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6,4).

Con este rito sagrado queda habilitado el altar para recibir la celebración de la santísima Eucaristía, mediante la cual adquiere una significación religiosa singular; ya que en verdad el altar es Cristo, es el signo sacramental de su presencia redentora que acontece al hacerse presente sobre él el sacrificio eucarístico del Cuerpo y Sangre del Señor.

La gran acción sacramental que vamos a realizar es la celebración eucarística, en cuyo desarrollo tiene lugar la dedicación del altar a Dios Nuestro Señor, que adquiere su condición de realidad sagrada por la unción de la piedra del altar con el santo Crisma y la recitación por el Obispo de la oración de consagración. Con este rito sagrado queda habilitado el altar para recibir la celebración de la santísima Eucaristía, mediante la cual adquiere una significación religiosa singular; ya que en verdad el altar es Cristo, es el signo sacramental de su presencia redentora que acontece al hacerse presente sobre él el sacrificio eucarístico del Cuerpo y Sangre del Señor. El altar sobre el que vamos a colocar después de su unción el brasero del incienso, con cuyo perfume suben hasta el cielo las oraciones de los santos, es el lugar del sacrificio espiritual desde el cual el ángel del Señor lleva la ofrenda de las oraciones al trono de Dios, tal como fue contemplado por el vidente del Apocalipsis (Ap 8,3-4). El altar es al mismo tiempo la mesa de comunión que une a los comensales en el mismo pan de vida y en el mismo cáliz de salvación. La Eucaristía es el sacramento que hace la unidad de la Iglesia, como dice el Apóstol: «Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos, somos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan» (1Cor 10,17); del mismo modo argumenta san Pablo: «El cáliz que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo?» (1Cor 10,16).
Ambas realidades se aúnan en la piedra del altar: es la mesa de la palabra y del banquete eucarístico donde se ofrece a los comensales la Palabra hecha carne como alimento de salvación; y es el ara donde se hace presente el sacrificio de Cristo, en cuya carne y sangre comulgamos. El alimento de estos dones celestial es garantía de vida eterna, por eso recomienda el autor de la carta a los Hebreos no dejarse seducir por doctrinas diversas y extrañas a la predicación apostólica, porque «es mejor fortalecer el corazón con la gracia que con alimento que nada aprovechan a los que siguen ese camino» (Hb 13,9). Añade el autor de la carta que nosotros tenemos un altar del cual no tienen derecho a comer los que no pueden dar culto a Dios en él (v. Hb 13,10). Nuestro culto es espiritual, es el culto que corresponde a los tiempos de la hora presente santificada por la ofrenda espiritual de Cristo, porque «Dios es espíritu, y los que adoran deben adorar en espíritu y en verdad» (Jn 4,24). Jesús realizó la obra redentora en obediencia al Padre y como manifestación suprema del amor de Dios a los hombres, y como tal permanece para siempre. Dios no se complace en el sacrificio de los animales, ni de los frutos de la tierra, sino en la obediencia de la fe consumada en Jesucristo, por lo cual, como dice el autor sagrado: «Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y para siempre» (Hb 13,8).
También hoy abunda la confusión y pululan doctrinas extrañas, se dan intentos de modificar la fe recibida de la tradición apostólica, como he dicho en alguna ocasión. Quienes hemos sido asociados al ministerio de la salvación y al magisterio de Cristo en favor del pueblo de Dios hemos de velar por la fidelidad a la que hemos recibido de los apóstoles. No estamos autorizados a interpretar la Palabra de Dios desfigurando su verdad al pretender acomodarla a la visión del mundo desorientando así a los fieles. No somos dueños de la palabra ni de la fe recibida, sino servidores de la misma. La Eucaristía nos mantiene en la comunión de la cual no podemos separarnos sin errar en la fe y apartarnos de la senda de los Apóstoles.
Pidamos la intercesión de la Santísima Virgen del Carmen y de san José, Patrono y Protector de la Iglesia, para que nos ayudes a pastores y fieles a permanecer en la comunión de los santos, para ser santificados por el único que es sumo y eterno sacerdote y maestro.

Iglesia parroquial de Nuestra Señora del Carmen
Aguadulce-Roquetas de Mar
7 de mayo de 2021

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

 

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