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CONSAGRACIÓN DEL SEMINARIO DIOCESANO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Divino Corazón de Jesús, a quien Dios Padre ha enviado al mundo por nuestro amor y ha entregado «el Reino, el poder y la gloria por los siglos»:

Yo, Obispo de Almería y representante de vuestra autoridad en esta Iglesia diocesana de la que me habéis hecho padre y pastor, os confío hoy y siempre este Seminario, corazón de la diócesis, porque, sin ministros del Evangelio que proclamen la palabra de salvación y administren vuestros sacramentos, la comunidad diocesana no tendrá la vida que habéis confiado dispensar a vuestros sacerdotes.

Por esto, queremos responder a vuestros deseos y peticiones para que nos entreguemos a Vos con los anhelos propios del pastor y las aspiraciones vocacionales de cuantos, con su dedicación a la formación de los seminaristas, acompañan y orientan a los jóvenes a los que habéis llamado a seguiros. Con el propósito de ayudarles a ser discípulos vuestros fortaleciendo su vocación sacerdotal, vengo a consagraros el Seminario, para gloria vuestra y para que inspiréis en todos nosotros, formadores y seminaristas el más ferviente deseo de santidad.

Os damos las gracias por la institución de este centro de formación sacerdotal, por los candidatos a las sagradas órdenes ya declarados y por la entera comunidad de esta casa, compuesta por los formadores, los profesores y los seminaristas; y por cuantos colaboran con ella para lograr su fin propio: la comunidad de religiosas y los fieles laicos que nos acompañan con la prestación de sus servicios.

Os damos gracias por cuantos oran por nosotros y nos encomiendan a Vos, por los bienhechores y amigos de esta casa que suscita en la Iglesia diocesana tantas esperanzas. Sobre todo, os damos gracias por las vocaciones sacerdotales que sólo son obra vuestra y nos regaláis como don del Padre. Sois Vos, Señor Jesús, quien las suscitáis mediante la acción del Espíritu Santo en el alma generosa de los jóvenes, hoy tan solicitada por tantos reclamos y llamadas a una vida sin respuesta a vuestra invitación a seguiros. Gracias, Señor, porque sois el bienhechor oculto que derrama sus gracias sobre esta comunidad vocacional, semillero de vidas sacerdotales consagradas a vuestra persona y al anuncio del Evangelio de la gracia y la salvación.

Todo os lo debemos a Vos, y por esto os alabamos, bendecimos y glorificamos en cada momento de nuestra vida, sumándonos a la alabanza de los ángeles y de los santos, especialmente de la Virgen María, Madre vuestra y Madre de la Iglesia. Suplicamos que ella y san José, patrono de las vocaciones sacerdotales, y san Indalecio y los mártires de nuestra Iglesia nos acompañe en este acto de consagración.

Os pedimos perdón por cuanto hemos dejado de hacer para dar a conocer vuestro amor por el mundo y vuestra entrega por nosotros, llevada hasta el sacrificio de vuestra vida humana. Reconocemos que nos ha faltado empeño suficiente para presentar al mundo el evangelio de la vida y manifestarnos con fortaleza en las dificultades y siempre con humildad como discípulos vuestros. No siempre hemos sabido estar en el puesto en el que nos habéis colocado como enviados vuestros y celosos apóstoles de vuestro Reino de amor y de gracia, de justicia, libertad y paz.

Nos habéis dado vuestro Corazón y vuestro Corazón os entregamos como el don más preciado que tenemos, porque nada ni a nadie amamos más que a vuestra divina persona en la cual Dios Padre con el Espíritu Santo se nos dan en comunión de amor. El mismo amor revelado en el manantial de agua y la sangre que brotaron de vuestro pecho abierto por la lanza del soldado, para purificar nuestras impurezas y vivificar nuestra vida mortal con vuestra vida divina.

Sólo Vos sois el mediador de la nueva Alianza entre Dios y los hombres[1], el que a la derecha de Dios intercede por nosotros ante el Padre de la misericordia[2], porque sólo Vos sois el rescate pagado por los pecadores[3], entre los cuales nos contamos[4].

Con fe esperanzada por tanta bondad inmerecida, os consagro hoy nuestro Seminario con todo cuanto comprende, deseando que cuanto hay en él y cuanto en él se haga en adelante sólo sea para vuestra glorificación. Por eso, os rogamos, Señor y sacerdote eterno, que a pesar de las imperfecciones y de los yerros, todo en nuestro Seminario sirva a la más acabada y perfecta configuración con Vos de los llamados a ser ministros del Evangelio[5], para que un día sean puestos al servicio de la santificación de la comunidad eclesial y la salvación del mundo como «verdaderos sacerdotes de la Nueva Alianza»[6].

Os consagro mi persona y el ejercicio del ministerio que me habéis confiado con todos los medios de acción, así como la persona y medios con los que los formadores y profesores se entregan generosamente a la formación de los candidatos al ministerio. Os consagro a los seminaristas presentes y futuros, suplicando que purifiquéis nuestras intenciones, para que en todo seáis Vos quien nos oriente como maestro único[7] y nos guíe «pastor y obispo de nuestras almas»[8].

Al consagraros los seminaristas, os suplico que los atraigáis de tal manera a vuestro divino Corazón que nada pueda apartarlos de vuestra amistad. Haced su corazón semejante a vuestro Corazón e imprimid en él la marca del Espíritu como señal de que son vuestros, porque Vos los habéis llamado porque así lo habéis querido[9], para hacer de ellos pescadores de hombres[10], atentos a los que más necesitan vuestra misericordia y el bálsamo de vuestro amor. Enseñadles a ser vuestros humildes e intrépidos mensajeros, orientando en ellos la búsqueda de su inquieto corazón y ayudándoles a superar cuantas tentaciones puedan alejarlos de vuestro amor.

Cómo deseamos que seáis siempre morador de esta casa, que es obra vuestra, y pedimos vuestra ayuda para los seminaristas que en ella aprendan a vivir sólo para vuestra divina persona, sepan cumplir con sincera obediencia cuanto conviene para su mejor formación y el logro de la meta de su vida: el ministerio al que los llamáis para estar con Vos y servir a los hombres por amor vuestro.

Haced de ellos pregoneros de la palabra de Dios, que anuncien el Evangelio a los fieles y los instruyan con dedicación en la tradición de fe de la Iglesia[11], al tiempo que vais configurando su corazón con el vuestro para guiar hasta Dios a cuantos forman vuestra Iglesia. Los habéis llamado, Señor, para daros a conocer y amar a cuantos se incorporen a ella por medio de su labor apostólica y su caridad pastoral, con preferente amor por los pobres y necesitados, y por los enfermos y los alejados de Dios y de la Iglesia[12].  Que sean santificados en la verdad[13], para que su vida santa aparezca ante los hombres como señal y garantía de que sólo os sirven a Vos y a los hombres por amor vuestro.

Por medio del Inmaculado Corazón de la Virgen María, vuestra Madre y Madre de la Iglesia, os suplicamos que ellos, igual que nosotros vivamos como consagrados al compasivo Corazón de quien sois Señor y Dios Nuestro Jesucristo, el Hijo de Dios, que en obediencia al designio de salvación del Padre se hizo hombre y aceptó por nosotros la pasión y la cruz[14]; y ahora y por siempre, gloriosamente resucitado de entre los muertos, vive y reina con Dios Padre y el Espíritu Santo, Dios por los siglos de los siglos. Amén.

En Almería, ante la sagrada imagen del Corazón de Jesús

Viernes, 28 de junio de 2019

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

[1] 1 Tim 2,5; Hb 12,24; cf. 8,6; 9,15.

[2] Rm 8,34; Hb 7,25.

[3] Mt 20,28; Mc 10,45; 14,24; Lc 22,19-20; Rm 5,8; 1 Tim 2,6; Ti 2,14.

[4] 1 Cor 15,3; 1Tim 1,15

[5] Cf. Congregación para el Clero, El don de la vocación presbiteral. Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (Roma, 8 de diciembre de 2016), nn.68-73.

[6] Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium [LG], n. 21.

[7] Mt 23,8.10; Jn 13,13.

[8] 1 Pe 2,25.

[9] Mc 2,13

[10] Mc 1,17.

[11] LG, n. 21ª; cf. Vaticano II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis [PO], n. 4.

[12] PO, n. 14b. Cf. San Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual Pastores dabo vobis (Roma, 25 de marzo de 1992), n. 23; cf. Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros (Roma, 11 de febrero de 2013), n. 54.

[13] Jn 17, 17.19.

[14] Cf. Hb 2,10; 5,9.

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